domingo, 28 de marzo de 2010

CUANDO CARMEN SE FUE DE ESPAÑA

Pintado en la Pared, No. 27
“Tengo que confesar que me emociona pensar que nuestras simples historias puedan interesarle a alguien más que a nosotros mismos”. Carmen.

“Del gris al rojo”

Carmen Rodríguez Álvarez es una mujer menuda, vivaz, que no tiene dificultades para simpatizar con los niños; nació en Vigo, en el extremo de Galicia, en 1956. La conocí en los pequeños y bulliciosos parques infantiles de Strasbourg; la conocí montando en su bicicleta con la destreza de los profesionales y supe que hace poco dio el salto a una moto que le permite atravesar más rápido el río Rhin para “darle una manito a Mathias” en su consultorio. Suele hacer tantas cosas en un sólo día que había que aprovechar cualquier oportunidad para conversar, aunque fuera por capítulos, hasta por fin reunir su historia. Todo lo que evoco en este relato pudo decírmelo mientras iba y venía del pequeño huerto alquilado por la alcaldía de Estrasburgo y que ha cultivado con esmero en el último año; mientras iba y venía con los niños que llegan a su casa después de la escuela; mientras iba y venía de su cotidiana travesía franco-alemana; mientras iba y venía de los cursos de lengua española que imparte en la Universidad Popular.

Carmen nació y creció en un hogar donde trabajó siempre la madre porque el padre pasó la mayor parte del tiempo desempleado, una de las consecuencias de la guerra civil española; la mamá había conseguido un puesto de secretaria en el servicio social de la Falange, una organización fascista a la italiana pero con la marca del catolicismo español que terminó siendo uno de los bastiones del ascenso político del general Francisco Franco; gracias a ese trabajo se alimentaron en la misma casa ocho personas: cinco hijos, la abuela materna y los dos padres. Como entre franquismo y catolicismo había poca diferencia, todos los hijos fueron a parar a escuelas católicas; a Carmen le tocó ir con sus dos hermanas mayores a un colegio de monjas. “Todos estábamos estudiando para meapilas, pero yo era la niña contestona, indócil y rebelde de la casa que preguntaba por qué tenía que hacer todo sin chistar”; por esa razón pasó buena parte de su niñez y adolescencia en castigo permanente, tanto en la casa como en el colegio, hasta que en la turbulencia de sus 13 años se plantó desafiante y lanzó un ultimátum: “O me cambian de escuela o no voy a aprobar jamás ninguna asignatura”.
Gracias a uno de sus hermanos fue posible que al año siguiente pasara a estudiar al primer instituto mixto fundado en Vigo, atrás quedaron las malas notas en el sombrío claustro de las monjas; consiguió rápidamente amigos e hizo lecturas que comenzaron a abrirle los ojos. Del color gris del colegio católico, Carmen fue pasando “al color rojo de la conciencia política”. Desde entonces percibió que en España se vivía a escondidas, que muchos jóvenes de los sectores populares se reunían en la clandestinidad y desafiaban el régimen del generalísimo Franco.
Como muchos jóvenes españoles, Carmen comenzó a sentir el miedo constante, la desconfianza generalizada, el cosquilleo de sentirse vigilada, con “los teléfonos pinchados”. Pronto supo de amigos de colegio que desaparecían o eran torturados o asesinados. Pero también supo de la solidaridad, de las marchas obreras, de las protestas estudiantiles y terminó por simpatizar y adherirse al Movimiento Comunista de España, una disidencia de inspiración maoísta que se había separado del Partido Comunista.
“La muerte del dictador duró tanto como su dictadura”
Carmen se siente obligada a hacer una pausa; prepara un cálido té y se detiene a hablarme de los duros años en la España de 1972 a 1975: “No éramos muchos –recuerda- llevábamos una doble vida, la de la casa, la de los amigos y las diversiones, como gente normal; y la vida de las pequeñas y grandes mentiras para poder escapar a repartir volantes en las fábricas, pintar los muros o para asistir a las reuniones donde leíamos a Marx o el Libro rojo de Mao”. Algunas veces había fuertes discusiones en la casa; en varias ocasiones tuvo que afrontar la noticia del asesinato de sus amigos y lloró de impotencia, de saber que lo que hacían apenas si arañaba a un monstruo muy grande que los aplastaba. Sin embargo, todo no es rabia en su recuerdo; también hay lecciones silenciosas de compañerismo, de honradez, de sentido de justicia.
Una nueva pausa es el preludio de un relato más amargo. “La muerte del dictador fue tan larga como su dictadura, nos hizo sufrir hasta el final; desde su lecho de muerte se negó a una solicitud de la Santa Sede para conmutar la pena de muerte de varios amigos nuestros de Vigo”. Pasaron semanas de suspenso, a la espera del desenlace; “aunque sabíamos que con el perro no desaparece la rabia”, la desaparición física del dictador era presentida como un momento de alivio. Carmen recuerda que esos días fueron largos, de un silencio sepulcral a la espera de la gran noticia; “hoy pienso que hasta eso nos robó, yo me imaginaba un inmenso abrazo comunal entre risas y lágrimas, pero no pudo ser así”. Y no pudo ser –explica- porque la policía secreta estaba hasta en los bares. Pero, por fin, un 20 de noviembre de 1975 llegó la gran noticia “y nos lanzamos a la calle besando y abrazando a todo el mundo”. La muerte del dictador fue una liberación.
“El desencanto de la transición”
La lucha contra el dictador había aglutinado, pero al morir Francisco Franco se murió el gran enemigo. Comenzó para muchas gentes en España la llamada “transición”; era la salida de una situación para entrar en otra muy distinta y desconcertante. El dictador reunía amigos, fieles, súbditos; pero también reunía opositores a ultranza que sacrificaron sus vidas, que forjaron solidaridades gracias y en medio de la clandestinidad. Con su muerte se vislumbraba una etapa de apertura política, pero esa apertura también significó dispersión, división, distracción, olvido de aquellos años duros. La legalización de los partidos políticos abrió las puertas de nuevas ambiciones; muchos pensaron en hacer política y eso de “hacer política” fue, para unos, el inicio de una época y, para otros, más bien, la muerte de una época. “Para mi fue triste, después de un Congreso del Movimiento Comunista Español hubo escisiones, polémica, desengaños, desconfianzas, entonces me di cuenta de que algo muy importante en mi vida se había acabado. Creo que habíamos perdido el sentido de ser, de existir como organización”. Ya no se hablaba de hacer una revolución; unos se dedicaron a vivir de la política, otros se estancaron en la añoranza o cayeron en la desesperación. “Yo pensé en comenzar otra vida, en seguir luchando de otra manera”.
“Yo quería hacer mi propia revolución”. Son los inicios de la década de 1980 y Carmen comienza a mirar más allá de España.

“Y me fui de España”

Había que empezar una nueva vida, pero dónde. La década del ochenta comienza para Carmen con la idea fija de la búsqueda, salir a buscar nuevos horizontes, preparar viajes, hacer cursos de fotografía, subirse a camiones que atraviesan Europa. Con los ahorros de haber trabajado durante un verano en la vendimia francesa, tuvo ante sí el dilema: “o me compro un equipo de revelado de fotografías o me voy de exploradora con la intención de abrirme camino en otro lugar”. De esas dos “formas de escape”, como las llama la misma Carmen, escogió la que le pareció “la más real”; y así fue que cuando llegaba a sus treintas años terminó con su morral de viajera en Berlín, en esa ciudad bella y triste despedazada por un muro. Se quedaba donde amigas españolas, luego donde amigas y amigos alemanes. Comenzó a darle la vuelta a la ciudad en bicicleta y a asistir a conciertos de rock-pop ensordecedores. Pronto se dio cuenta del enorme obstáculo de la lengua alemana –“una lengua imposible”- y de la necesidad de sobrevivir fuera de su casa y de su tierra. Por fin encontró a un “chico alemán” que le ofreció su casa de manera incondicional, el mismo chico con quien caminó por el muro ya derrumbado, el chico que estudiaba medicina y con quien comenzaría a montar en bicicleta todos los días, juntos; el mismo chico de ahora que atraviesa todos los días el río Rhin para trabajar en el consultorio médico de la pequeña ciudad alemana de Kehl. “No voy a omitir el nombre del compañero: Mathias”.
Carmen encontró empleo fácilmente; el contacto con la familia en Vigo se fue reduciendo a llamadas esporádicas. “Yo me sentía respirando de nuevo otro aire; tenía a mi lado gente amable y solidaria”. Ahora piensa que la decisión de quedarse definitivamente en Alemania debió llegar en algún momento, en el retorno de algún viaje después de visitar a su mamá en Vigo o en el recibimiento cálido en la estación del tren bajo un cielo tranquilo y azul. “La mano de Mathias guiando mis primeros pasos fue una fortuna. Se me fue olvidando que estaba a tres mil quinientos kilómetros del lugar donde nací, simplemente me había ido de España. Ya iba conociendo el camino y el sonido del timbre de mi nueva casa. Nunca creí que me fuera a quedar tanto tiempo y me fui quedando hasta que, mire, ya es la mitad de mi vida”.

La conversación se interrumpe fatalmente; es la hora de salir corriendo hasta la escuela a recibir a Konstanze, esa otra hermosa razón de vivir que se atravesó en el camino. Alcanza a recordarme que el huerto reverdece, que todas las noches termina exhausta pero que al otro día puede volver a empezar.

Strasbourg, conversaciones del 2008 y 2010.



martes, 16 de marzo de 2010

GERMAN COLMENARES (Bogotá, 1938- Cali, 1990)

Pintado en la pared, No. 26


Hace veinte años, un 27 de marzo, murió el historiador Germán Colmenares, considerado el mejor historiador colombiano de la segunda mitad del siglo XX. Su vasta obra es, en apariencia, cada vez más lejana pero sigue siendo un paradigma –quizás el principal- en la formación universitaria actual; su obra es ejemplo de exhaustividad, de extensión, de intensidad, de variedad, de ductilidad. Su unidad original proviene de la historiografía económica, pero luego se agregaron variantes audaces, exploraciones incompletas, sugerencias teóricas y metodológicas de todo tipo. Sus preocupaciones temáticas atravesaron el periodo colonial, los siglos XIX y XX. Incursionó en la historia cultural, en la historia política y dotó de consistencia la reflexión teórica y metodológica sobre la ciencia historiográfica. Por supuesto, su obra es desigual, hay deficiencias, vacíos, ligerezas, como puede sucederle a cualquier ser humano, como puede suceder con cualquier producción intelectual que sufre un proceso y como tenía que suceder en alguien cuya existencia se truncó relativamente temprano. El mismo, cuentan algunos, estaba siempre dispuesto a reescribir sus libros porque los consideraba imperfectos.

Las nuevas generaciones de historiadores pueden medir su influjo con base en el resultado tangible de su obra, poco o nada pueden decir de su personalidad. A la hora del examen, esa ignorancia es una ventaja. La primera evidencia de su obra es que se trató del acumulado sistemático de un individuo consagrado a un oficio; de alguien que tuvo un proyecto intelectual y que lo sostuvo y lo nutrió con persistencia. La obra historiográfica de German Colmenares pertenece a un clima moral muy particular en el contexto de la vida universitaria colombiana. ¿Qué condiciones, qué factores garantizaron la existencia de un historiador de esas características? Las posibles respuestas podrían ser una manera indirecta de condenar cómo trabajamos – o no trabajamos- los historiadores colombianos actualmente; en todo caso, él sigue siendo el modelo del historiador profesional, consagrado a afrontar retos y a innovar en el oficio. En el prólogo que escribió en Las convenciones contra la cultura, dejó esta caracterización de su tiempo cultural:
“América latina ha mantenido obstinadamente un monólogo cuyo tema invariable ha sido el pensamiento europeo. Mi propia Universidad del Valle, en Cali, ha alimentado durante años mis perplejidades al recibir y propagar casi instantáneamente los más sofisticados productos del pensamiento europeo, particularmente las elaboraciones de la rive gauche.”


Hoy, la historiografía colombiana se consolida como una disciplina científica y reúne ya varias generaciones que han nutrido áreas de estudio que antes eran desconocidas. El universo es plural y en ocasiones parece caótico, sin brújula. Sin embargo, a pesar de las relativizaciones, siempre necesarias, la obra de Germán Colmenares sigue siendo punto de referencia o de debate.

Si hay algo, entre muchas cosas, que merezca una exaltación en la parábola intelectual de este autor, es, sin duda, el carácter cosmopolita de su formación y cómo las influencias, lecturas y conversaciones de variado origen irrigaron su obra. Sus investigaciones fueron el resultado y la determinante de relaciones muy amplias con redes internacionales de conocimiento histórico. Su investigación y su escritura estuvieron vinculadas con procesos de comunicación, con autores y escuelas historiográficas; su formación de historiador implicó atravesar varias veces el Atlántico, leer y escribir en otras lenguas que es, claro, otra manera de viajar. Aunque estuvo más cerca del influjo historiográfico francés, y en especial de su maestro Fernand Braudel, Colmenares también dialogó con las corrientes historiográficas anglosajonas. La elasticidad temática de sus libros es buena prueba de lo que el historiador contemporáneo en Colombia podría ser: un individuo escéptico, creador, ecléctico y transgresor; que camina por los bordes disciplinarios, que atraviesa campos vecinos y no tan cercanos; que se aventura en búsquedas con el deseo de aprender algo.

Algunos de sus libros pueden estar superados por la evolución de nuestra historiografía. Partidos políticos y clases sociales (1968), la tesis con que se graduó como abogado, establece una relación muy simple entre clases sociales y formaciones partidistas. Sus ensayos sobre literatura del siglo XIX, especialmente aquel sobre la novela Manuela, es superficial y errático. Sin embargo, los ensayos reunidos en Las convenciones contra la cultura (1986), siguen siendo, en nuestra opinión, claves para contribuir a descifrar la mentalidad del personal político del siglo XIX y las estrategias discursivas de legitimación de una elite en el proceso de construcción de la nación. Otra obra sugerente, por inconclusa y por audaz, fue su intento de interpretación de la obra del dibujante Ricardo Rendón.

En Colmenares hubo disposición por un fluido diálogo entre las ciencias humanas; ese diálogo que es el resultado inevitable de preguntas cuyas respuestas hay que buscarlas en varios lugares. Hay maneras básicas de rendirle un nuevo homenaje a este historiador: haciendo prosperar esos diálogos entre las disciplinas; preparando una reedición de su Obra completa que supla los vacíos e inconsistencias de la edición de 1997. Y, por supuesto, leerlo sigue siendo paso obligado en la formación de un historiador contemporáneo en Colombia.


Gilberto LOAIZA CANO
Cali, marzo de 2010

lunes, 8 de marzo de 2010

LA SOCIOLOGÍA, ENTRE SABER Y CRÍTICA

Pintado en la Pared, No. 25
Marzo de 2010

A partir de este número, Pintado en la Pared asume una condición plural, contará con colaboradores ocasionales y permanentes en Colombia y el extranjero. Comenzamos con el aporte del profesor de sociología de la Universidad de Strasbourg (Francia), Roland PFEFFERKORN, autor, entre otras obras, de dos libros que seguramente serán también presentados en nuestro Pintado en la Pared:

Le système des inégalités, Paris, La Découverte, Collection « Repères », série « sociologie », 2008, 125 pages (avec A. Bihr).
Inégalités et rapports sociaux. Rapports de classes, rapports de sexes, Paris, Editions La Dispute, Collection « Le genre du monde », 2007, 416 pages.
El profesor Pfefferkorn nos ha permitido traducir al castellano su reseña del libro más reciente de otro sociólogo francés, el profesor Luc Boltanski. A nuestros lectores les presentamos las versiones francesa y castellana.


La sociología, entre saber y crítica

Reseña presentada por el profesor Roland PFEFFERKORN,
sociólogo de la Universidad de Strasbourg (Francia)

Traducida al castellano por Pintado en la Pared.

Luc BOLTANSKI, De la critique. Précis de sociologie de l’émancipation, Paris, Gallimard, 2009, 294 p.

El último libro de Luc BOLTANSKI invita a redefinir el campo y el uso de la investigación sociológica en la intervención social.

“¿La orientación hacia la crítica ha tenido el efecto de corromper la integridad de la sociología y de desviarla de su proyecto científico o debe reconocerse, al contrario, que constituye, en cierta medida, la finalidad o una de las finalidades de la sociología que, si le faltara, no sería más que una actividad vana, separada de las preocupaciones de las personas que componen la sociedad?”

Esta es la cuestión tratada por el último libro de Luc Boltanski. Esta pregunta no es nueva, de Durkheim y Weber a Raymond Aron o Pierre Bourdieu, ella vuelve regularmente a hacer parte de las discusiones académicas. El autor, director de estudios de la École des Hautes Etudes en Sciences Sociales (EHESS), ha aprovechado la oportunidad de las conferencias que presentó en Frankfurt, en el Instituto de investigación social, para volver a interrogar esta relación siempre problemática entre la sociología y la crítica social. Esta pregunta siempre ha estado jalonada por las dos grandes parejas de oposiciones: entre hechos y valores, entre ideología y ciencia, determinismo y autonomía, estructura y acción, enfoques macro y micro sociales, explicación e interpretación, en fin. El autor se ha propuesto responder comparando en una perspectiva teórica la sociología crítica de los años 1970, particularmente en la forma que le había dado Pierre Bourdieu, y la sociología pragmática de la crítica, desarrollada en los años 1980-1990 por Boltanski y algunos de sus colegas.

En la sociología crítica, la descripción en términos de dominación pone el acento sobre el poderío de los mecanismo de opresión, sobre los determinismos que aparecen como implacables, sobre la manera cómo los oprimidos sufre pasivamente, yendo, en su alineación, hasta el punto de adoptar los valores, interiorizados bajo la forma de ideologías, que los encadenan. Para el autor, se estaría aquí en un registro metacrítico, en la medida que las construcciones teóricas dominantes se dirigen principalmente a desvelar la opresión, la explotación o la dominación sin ahondar en la cuestión de las modalidades bajo las cuales ellas se realizan.

La sociología pragmática, centrada en la descripción de las acciones de los hombres y las mujeres, rebeldes y dotados de razón, pone el acento sobre su capacidad, bajo ciertas condiciones históricas, para tomar conciencia de su alineación, para levantarse contra su dominación, para realizar sus aspiraciones e intereses y para forjar nuevas interpretaciones de la realidad al servicio de una activa crítica ordinaria. Esta sociología es atenta a las actividades cotidianas y a las competencias críticas comunes de los actores.

Este denso texto presenta un marco teórico que pretende articular estas dos sociologías en apariencia antagónicas. Más exactamente, busca articular la metacrítica dominante y la crítica ordinaria con el propósito de desarrollar una sociología de la emancipación. “Es contribuyendo a una reactivación de una sociología de las clases sociales que el cuadro presentado en esta obra podría revelarse útil”, señala, en conclusión, el propio Luc Boltanski.

La sociologie, entre savoir et critique
Le dernier livre de Luc Boltanski invite à redéfinir le champ et l’usage de la recherche sociologique dans l’intervention sociale.
De la critique. Précis de sociologie de l’émancipation, de Luc Boltanski, Éditions Gallimard, 2009, 294 pages.

« L’orientation vers la critique a-t-elle nécessairement pour effet de corrompre l’intégrité de la sociologie et de la détourner de son projet scientifique ou doit-on reconnaître, au contraire, qu’elle constitue en quelque sorte la finalité, ou l’une des finalités, de la sociologie qui, en son absence, ne serait qu’une activité vaine, détachée des préoccupations des personnes qui composent la société ? » Telle est la question traitée par le dernier ouvrage de Luc Boltanski. Cette question n’est pas nouvelle, de Durkheim et Weber à Raymond Aron ou Pierre Bourdieu, elle revient régulièrement dans les discussions savantes. L’auteur, directeur des études à l’École des hautes études en sciences sociales, a saisi l’opportunité de conférences données à Francfort dans le cadre de l’Institut de recherche sociale pour réinterroger cette relation toujours problématique entre la sociologie et la critique sociale. Cette question a porté les grands couples d’oppositions entre faits et valeurs, entre idéologie et science, déterminisme et autonomie, structure et action, approches macro et microsociales, explication et interprétation, etc.

L’auteur se propose de répondre en comparant dans une perspective théorique la sociologie critique des années 1970, particulièrement dans la forme qui lui a été donnée par Bourdieu, et la sociologie pragmatique de la critique, développée dans les années 1980-1990 par Boltanski et quelques-uns de ses collègues. Dans la sociologie critique, la description en termes de domination met l’accent sur la puissance des mécanismes d’oppression, sur les déterminismes qui apparaissent comme implacables, sur la façon dont les opprimés les subissent passivement, allant, dans leur aliénation, jusqu’à adopter les valeurs, intériorisées sous la forme d’idéologies, qui les asservissent. Selon l’auteur on serait ici davantage dans un registre métacritique, dans la mesure notamment où les constructions théoriques surplombantes visent avant tout à dévoiler l’oppression, l’exploitation ou la domination sans creuser la question des modalités sous lesquelles elles se réalisent. La sociologie pragmatique, centrée sur la description des actions des hommes et des femmes, révoltés et dotés de raison, met l’accent sur leur capacité, sous certaines conditions historiques, à prendre conscience de leur aliénation, à se lever contre leur domination, à réaliser leurs intérêts et leurs désirs véritables et à forger des interprétations nouvelles de la réalité au service d’une activité critique ordinaire. Cette sociologie pragmatique est davantage attentive aux activités quotidiennes et aux compétences critiques ordinaires des acteurs. Ce texte dense présente un cadre théorique qui vise à articuler ces deux sociologies, apparemment antagoniques. Plus précisément il cherche à articuler métacritique surplombante et critique ordinaire avec pour objectif de développer une sociologie de l’émancipation. « C’est en contribuant à une reprise d’une sociologie des classes sociales que le cadre présenté dans ce travail pourrait s’avérer utile », remarque Luc Boltanski en conclusion.

Roland Pfefferkorn, sociologue.

Septembre 2009.

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