martes, 31 de diciembre de 2013

Pintado en la Pared No. 98




Colombia, país con futuro condicionado

Muchos colombianos estamos a la expectativa del desenlace de las negociaciones que han transcurrido en La Habana entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc. Muy poco sabemos acerca de qué y cómo han llegado a acuerdos parciales. Mientras tanto, se ha ido imponiendo, en el lenguaje público de todos los días, hablar del país del “post-conflicto”. Por ahora, hablar de un eventual y próximo momento del post-conflicto se parece a “ensillar sin tener la bestia”; es decir, se trata de pensar más con el deseo que con el dato concreto que brinde la realidad.  

Si aceptáramos, de muy buena gana, que el mejor resultado de las negociaciones de La Habana sea el fin del enfrentamiento armado entre el Estado colombiano y uno de los más viejos movimientos guerrilleros del mundo, tendríamos que admitir que un prolongado, cruento y descompuesto conflicto armado ha cesado de provocar muertes violentas y pérdidas cuantiosas en la infraestructura. Implicaría la superación de una larga y terrible etapa en la historia contemporánea de Colombia signada por difusas expresiones de violencia en la vida pública: masacres de población civil, desapariciones y desplazamientos forzados, secuestros, magnicidios, creación de para-ejércitos. Supondría, además, el abandono de una forma de lucha y, por tanto, una disposición para enfrentar los conflictos que el país ha venido acumulando y que aún no ha resuelto. Dicho de otro modo, el abandono, por parte del Estado y del movimiento guerrillero, de la lucha armada, nos obligaría a mirar de otra manera y en otro orden de prioridades lo que ha venido siendo Colombia, tanto la anterior al conflicto como la que hemos ido conociendo durante más de medio siglo de enfrentamientos armados.

Colombia es y seguirá siendo un país de muchos conflictos no resueltos y que no han dependido de modo directo de la existencia de una cruenta lucha del Estado contra movimientos guerrilleros, contra grupos paramilitares y contra organizaciones delincuenciales asociadas con el narcotráfico. Y, entonces, de ser posible, la tarea científica colectiva más responsable sea discernir cuáles son aquellos conflictos inherentes a la construcción del Estado-nación en Colombia y cuáles son aquellos de inmediata relación con las secuelas que fue dejando en nuestra sociedad la lucha armada.

Lo mejor que le puede suceder a la sociedad colombiana, si los negociantes reunidos en La Habana llegan a un acuerdo de paz, es que obtengamos una nueva perspectiva de evaluación de lo que ha sido la historia de la formación del Estado-nación. Es decir, poder entender que hay conflictos cuya fuerza de inercia histórica han sido tan determinantes y de tanto peso en la construcción de una personalidad colectiva que es indispensable, ahora sí, abordarlos; algo así como si, por fin, nos hubiésemos decidido a tomar el toro por los cuernos y abandonásemos comportamientos evasivos con su correspondiente lenguaje de eufemismos.

¿Por qué, en la formación del Estado-nación en Colombia, se impuso el individualismo extremo en vez de algún tipo de cohesión colectiva? ¿Por qué se impuso, de adehala, el peso arbitrario de micro-poderes locales que no dejaron asentar proyectos unificadores promovidos episódicamente por el Estado? ¿Por qué ha sido tan débil e incompleta la conformación de una ciudadanía con un amplio espectro de derechos, de obligaciones, de deberes y responsabilidades; de una ciudadanía capaz de distinguir entre lo privado y lo público? ¿Por qué instituciones básicas de cualquier Estado moderno no han logrado, en Colombia, cubrirse de la dignidad o la majestad suficientes como para ejercer de modo persuasivo su autoridad ante la sociedad?

Los colombianos, en pleno siglo XXI, no sabemos aún qué hacer con las basuras; no conocemos el disfrute de elementales formas de transporte colectivo; no poseemos un sistema nacional de vías que nos permita transitar segura y cómodamente por nuestro territorio; Bogotá, la capital, es el mejor retrato colectivo de un inmenso fracaso en la administración pública, en el ejercicio de la política,  en la definición de prioridades del bienestar común y en la educación de ciudadanos (habitantes de ciudad, en sentido estricto). Nuestro sistema de justicia es mezcla de corrupción e incompetencia; el sistema educativo es un fraude en muchos sentidos. Y todo eso que puedo mencionar -apenas algunos ejemplos- no es adjudicable de modo directo al cruento y prolongado conflicto armado, y hace parte de nuestra corriente confusión (muy interesada) entre las causas y las consecuencias. Esos son, en todo caso, conflictos cuya procedencia es distinta. Algo ha venido fallando estructural e históricamente arriba, entre los agentes usufructuarios de los aparatos del poder político, y algo ha venido sucediendo abajo, en la vida local, en la sociedad civil, en la población. Somos una sociedad que no ha aprendido a gozar de derechos básicos y que, comparativamente, está atrasada en formas modernas de la vida material. Ignoramos, genéricamente hablando, el buen gobierno y el buen vivir.

Si los señores de arriba lo permiten, si quienes negocian en La Habana lo propician, si las familias y demás grupos de poder que han detentado el control de instituciones estatales, de partidos políticos, de organizaciones sociales y económicas lo admiten, comenzaríamos una conversación muy plural, muy variada y muy colectiva con la pretensión de discutir y solucionar problemas mucho más sustanciales que tienen que ver con un país que se fue constituyendo en medio de inequidades e iniquidades, de exclusiones de diversa índole. Ese es el país que vislumbro, el de conflictos y soluciones que necesitamos afrontar. Pero eso es un futuro condicional, un futuro condicionado por la buena o mala voluntad de otros; por los que negocian secretamente en La Habana y por los que se oponen a esas negociaciones. Si los señores de la izquierda, del centro y de la derecha lo permiten, Colombia podría ser un mejor país, digno de ser vivido.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Pintado en la pared No. 97



El archivo Ancízar en la 
Universidad Nacional de Colombia

En los últimos tiempos no hemos recibido buenas noticias de la Universidad Nacional de Colombia; el mal gobierno del presidente Juan Manuel Santos, con ayuda de su mala ministra de Educación, la ha sometido a una condición humillante. La que ha sido la principal universidad pública del país tiene una infraestructura física atrasada en por lo menos cincuenta años y su ciudad universitaria ha quedado en entredicho por proyectos urbanísticos que la vulneran. Su planta de trabajadores y empleados tiene viejos reclamos salariales y el profesorado ha sido sometido a un estatuto laboral poco alentador. Llevamos por lo menos tres decenios de un continuo ataque al símbolo de lo que alguna vez fue el más ambicioso proyecto de educación dirigido por el Estado en Colombia; el cerco privatizador la ha ido debilitando, al tiempo que se ha ido imponiendo un abigarrado y fraudulento sistema universitario basado más en criterios empresariales que de calidad académica.

Pues bien, la buena noticia es que la señora Isabel Ancízar, albacea desde hace muchos años del archivo de Manuel Ancízar, primer rector oficial que tuvo la Universidad Nacional de Colombia, en 1867, donó su archivo a esa institución. Como otros hombres de su época, quien fue mejor conocido como el Padre Alpha, conservó con esmero toda la documentación posible, convencido de la importancia de sus actos y de la misión constructora de nación que se había auto-conferido. El archivo permaneció un largo tiempo en Buenos Aires, bajo la custodia de uno de sus hijos y la señora Isabel se encargó personalmente de recuperarlo, traerlo a Bogotá y ordenarlo. Lo que ella hizo es excepcional, muy pocos descendientes de personalidades públicas de nuestro siglo XIX saben qué hacer con un archivo personal; prefieren quemarlo, botarlo o venderlo por trozos. Esta vez hubo una voluntad personal por conservarlo y clasificarlo.

Varios investigadores fuimos hasta la casa campestre de Tenjo, pequeño pueblo aledaño a Bogotá, donde la familia Ancízar prestaba orgullosa el voluminoso archivo. Hay una colección de manuscritos del Padre Alpha que merecen una revisión y organización para una posible compilación de su obra completa, muy digna de publicación. Destaco los apuntes de su viaje oficial con la Comisión Corográfica; los fragmentos no publicados de sus Lecciones de psicología y moral; pero más conspicua, por su variedad y abundancia, la correspondencia con los políticos letrados de casi todos los países hispanoamericanos. Cartas con Andrés Bello, con Domingo Faustino Sarmiento, con Francisco Bilbao, con Fermín Toro. También el rico epistolario con la dirigencia política colombiana, especialmente con el caudillo Tomás Cipriano de Mosquera. No sé si la señora Isabel Ancízar añadió a su donación el archivo de Roberto Ancízar, el hijo mayor de Manuel Ancízar, que contiene un panorama de lo que fue la vida pública colombiana después de la guerra de los Mil Días y en pleno dominio presidencial de los conservadores.

De todos modos, la donación es un respaldo a la Universidad Nacional y la compromete a ejercer la custodia indispensable sobre una documentación digna de ser leída y consultada por investigadores colombianos y extranjeros. Es, al tiempo, un gran compromiso, y obliga a la dirección de esa universidad a saber definir qué hacer con una documentación que, sugiero, merece tener copia completa en los fondos documentales de la Biblioteca Nacional de Colombia, donde existe desde hace mucho tiempo un Fondo Ancízar que podría recibir un gran complemento con la donación que acaba de hacer la familia de quien es considerado, con acierto, como uno de los pocos auténticos liberales radicales del siglo XIX colombiano.







domingo, 17 de noviembre de 2013

Pintado en la Pared No. 96




NUESTRO DÉBIL LIBERALISMO

Este año se ha conmemorado, en algunas partes e instituciones de Colombia, los 150 años de la Constitución de Rionegro (1863), considerada como uno de los hitos discursivos más imponentes de lo que fue, en el siglo XIX colombiano, el liberalismo radical. La constitución política de 1863 refrendó, es cierto, un momento triunfante del liberalismo pero también fue expresión de sus enfrentamientos internos y de sus dificultades para convertirse en paradigma del proyecto de construcción de nación. Enfrentó a los elementos civiles y militares de ese partido; enfrentó a la élite concentrada en el llamado Olimpo radical, temerosa de cualquier contacto con los sectores populares, y los caudillos regionales acostumbrados a negociar en sus comarcas con grupos plebeyos.
Colombia ha sido un país más conservador que liberal, no solamente por sus filiaciones partidistas, sino por sus actitudes ante la vida, por su modo de situarse en la vida pública en temas sustanciales como la separación entre la Iglesia y Estado, como las libertades de expresión, asociación y movilización, como el lugar otorgado al Estado en el sistema de educación en todos sus niveles. Lo han dicho varios con fundamento: Colombia es un país con una modernidad muy endeble y muy reciente, ciertos rasgos de racionalidad y secularización apenas han ido apareciendo en la vida colectiva, y con dificultad, desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Es un país que apenas ahora se está sacudiendo del monopolio religioso católico en todas las esferas de la existencia.
El liberalismo y el conservatismo colombianos discutieron en el siglo XIX en torno al lugar de la tradición en el naciente sistema político republicano. Discutieron acerca de la preponderancia pública de la Iglesia católica, acerca de la importancia que se les debía conceder o no a la religión, la lengua y la moral. Los conservadores estuvieron  a favor del lugar central de la Iglesia católica en el nuevo orden, por imponer las normas de una lengua, que era uno de los vínculos más ostensibles con el legado cultural español, y por hacer prevalecer una moral proveniente del sistema de creencias y valores del catolicismo. Los liberales -y sólo algunos de ellos- mientras tanto, intentaron relativizar la importancia pública de la Iglesia católica, promovieron algunas innovaciones en las normas y usos de la lengua y hasta quisieron minimizar el legado cultural proveniente España y, también, promovieron una moral universal; pero todo esto lo hicieron muy tímidamente.
Los liberales, principalmente la facción radical, prefirieron replegarse en un reformismo por lo alto y depositaron todos sus esfuerzos en la creación de un sistema de instrucción pública. Así pretendieron fabricar una ciudadanía moderna que, probablemente, fuera el cimiento de un electorado afín al partido liberal. Pero esos liberales radicales fueron voceros de unas reformas que ellos mismos, en el ámbito privado, nunca practicaron. El radicalismo de la élite liberal colombiana fue más bien verbal, pero muy pocos de ellos tuvieron  comportamientos de hombres laicos.
El radicalismo del liberalismo colombiano tampoco produjo obras fundamentales del pensamiento colombiano. La segunda mitad del siglo XIX colombiano estuvo dominada, intelectualmente, por la creación y consolidación de un consistente pensamiento conservador; entre 1849 y 1864 nacieron los principales periódicos conservadores, entre ellos algunos muy exitosos en sus ventas y con buen número de abonados anuales: El Catolicismo (1849), El Mosaico (1857), La Caridad (1864). En los decenios de 1860 y 1870 tuvo génesis las obras fundamentales del conservatismo colombiano escritas por los principales publicistas del catolicismo: Manuel Maria Madiedo, La ciencia social o el socialismo filosófico. Derivación de las grandes armonías morales del cristianismo, 1863;  José Manuel Groot, Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada, 1869; José María Vergara y Vergara, Historia de la literatura de la Nueva Granada, 1867; Sergio Arboleda, La república en la América española, 1869; Miguel Antonio Caro, Estudio sobre el utilitarismo, 1869; José Joaquín Borda, Historia de la Compañía de Jesús, 1872. Y, claro, en 1867, la novela María, emblema del catolicismo triunfante y escrita por un supuesto radical, Jorge Isaacs.
Ante un vigoroso conservatismo tuvimos un raquítico liberalismo. Para el decenio de 1870, muchas de las figuras del radicalismo estaban preparando sus retractaciones públicas, preludio del triunfo del proyecto de nación católica que luego fue refrendado por la Constitución de 1886. El liberalismo radical tuvo mejores expresiones en los medios populares y aldeanos, en prácticas cotidianas del matrimonio civil, en luchas frontales con la autoridad de los curas párrocos. Por lo alto, nuestro liberalismo fue poco radical y poco democrático. Por eso no sorprende que un triste corolario de la historia del radicalismo colombiano fuera el asesinato de Rafael Uribe Uribe, en 1914, a manos de dos artesanos decepcionados con su dirigencia política.  
En la conmemoración organizada por la Universidad Externado de Colombia, nacida del espíritu radical de fines del siglo XIX, se percibe una equívoca comprensión de lo que fue el radicalismo colombiano. En el listado de nombres que evocaba el actual rector de esa universidad, en una entrevista reciente, olvidó, por ejemplo, a Manuel Ancízar, quizás uno de los pocos exponentes de un genuino radicalismo, de los pocos que pasó de su lecho de muerte a la tumba sin ceremonial religioso alguno. Y, en cambio, recordaba un grupo de nombres que poca huella dejaron de lo que era y sigue siendo en esencia ser liberal: ser laico.
Este es un país tan conservador que hasta nuestro poco y débil liberalismo nos parece demasiado. Por eso somos lo que somos en estos inicios del siglo XXI, un país con una modernidad muy frágil.  

miércoles, 23 de octubre de 2013

Pintado en la Pared No. 95





Biografía, ¿para qué?

El 17 y el 18 de octubre tuvo lugar en México D.F. el Congreso Internacional titulado “Biografía, ¿para qué?”, organizado por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). La conferencia inaugural estuvo a cargo de François Dosse, autor de El arte de la biografía y de, además, dos biografías intelectuales, la de Michel de Certeau y, más recientemente, la de Paul Ricoeur. Fueron dos días intensos en que fue posible conocer muy diversas experiencias en la escritura biográfica. El evento fue auspiciado por un grupo de biógrafas, liderado por las profesoras Daniela Spenser y Mílada Bazant, que comunicó con pasión su vínculo con un género de investigación y de escritura muy difícil de situar en el espectro de las ciencias humanas contemporáneas. 

La reunión sirvió para compartir experiencias y para discutir tendencias, concepciones, prácticas en torno a la escritura biográfica. Unos parten del inicial apego a la disciplina histórica; otros y otras han hecho unas trayectorias mucho más cercanas a la antropología, a la literatura, a la filosofía,  al periodismo. Para unos, la biografía es un ajuste de cuentas con ciertos nombres del pasado; para otros es un ejercicio dentro de las luchas por la representación a las que estamos habituados en la profusión de discursos de estos tiempos; para otros más se trata del rescate de individuos olvidados por las generalizaciones estructurales de la gran historia. Algunos se presentaron con una experiencia tras de sí que les permitió comunicar una síntesis de su percepción de los alcances, límites y riesgos de la escritura biográfica. Otros prefirieron compartir casos muy puntuales, obras en proceso que contienen sus muy particulares matices.    

El evento fue una intensa conversación sobre un mundo posible. La biografía constituye un universo propio con muchas más afinidades que lejanías con respecto a las ciencias humanas. Ha sido un desafío a unas normas rígidas de escritura que han empobrecido el lenguaje de esas ciencias, pero también ha sido una propuesta de apertura a un diálogo indispensable que trasciende las fronteras artificiales de los mundos mono-disciplinares. La biografía, hasta para el más positivista de los investigadores sociales, es desde un simple instrumento documental hasta un fin en sí mismo que combina el oficio y el arte, la verdad y la ficción, el rigor y la belleza. Hasta el historiador más geométrico la concibe como el corolario de la exhaustividad. Sin embargo, es muy significativo que la expansión de este interés por lo biográfico haya partido de la antropología y no de la muy recatada disciplina histórica.

Fue un privilegio escuchar a Michael Scammel, Eric van Young, Fabienne Bradu, Tomás Pérez Vejo. A jóvenes investigadoras como Aurelia Valero y Rebeca García Corzo. También supimos de los trabajos en ciernes de Daniela Spenser, Mílada Bazant y Sergio Francisco Rosas. Y alrededor de ellos hay, por lo menos en lo que pudimos captar en la corta estadía, una veintena de biógrafas y biógrafos que están desbrozando la dimensión de un método, de un arte y de un tipo de escritura. Al final, Pavel Granados, escritor y editor, hizo un balance y lanzó una inteligente provocación sobre la escritura de biografías y, además, se permitió evocar la contribución de quien es, hoy por hoy, el mejor escritor de biografías en Colombia: Fernando Vallejo.

Habrá tiempo para seguir conversando; no sería exótico pensar en una revista latinoamericana que examine sistemáticamente el recurso biográfico. Hace falta seguir pensando sobre la importancia del individuo singular en la historia, sobre las relaciones de lo biográfico con las tradiciones disciplinares de las ciencias humanas, sobre las hibridaciones entre verdad y ficción, sobre los retos narrativos de lo biográfico. Queda la tarea de ampliar esa conversación a nuestros colegas del sur de América hasta consolidar una comunidad de pensamiento y de escritura que corresponda con este interés expandido por nuestras amigas del CIESAS.

  

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