domingo, 3 de septiembre de 2017

Pintado en la Pared No. 163-El retorno a lo básico



El historiador usa el tiempo y, por tanto, piensa el tiempo. Eso nos han enseñado a hacer algunos historiadores que nos dicen, a su modo, que no olvidemos el tiempo. Cuando vamos en busca de un objeto de estudio, estamos preparando una relación temporal en varias dimensiones. Una, muy obvia, la del encuentro de la temporalidad del historiador con la temporalidad del asunto elegido para el examen. Una conversación entre tiempo presente y tiempo pasado, una conversación entre momentos de las sociedades. Una conversación desigual en que el historiador se siente superior, omnisciente.  Pero hay otra dimensión, la de la temporalidad elegida y sus conexiones y contrastes inmediatos. Esa temporalidad se llena de límites, fechas probables del inicio y del fin de algo, entonces hablamos de procesos. O vemos esa temporalidad formada por pequeños sucesos que, en sumatoria, constituyen un acontecimiento significativo o una etapa definida o una tendencia de época, en fin.
La temporalidad tiene otras dimensiones menos evidentes; tiene que ver con su densidad histórica. Hay momentos, como aquellos que conocemos como de transición, en que muchas cosas se acumulan en muy pocos años. Momentos densos en información, plagados de datos significativos, de actividad colectiva e individual en muchos ámbitos; momentos de seres ambiguos que no pueden zafarse de viejas prácticas y creencias pero que comienzan convivir con nuevas prácticas y nuevas concepciones del mundo. También hay momentos de planicie, de cierta aridez en la experiencia colectiva, como si la sociedad hubiese pactado una tregua en sus conflictos o como si de modo subterráneo se preparase una ruptura muy radical e intempestiva.
Fernand Braudel, poco y mal leído, fue quizás el más acucioso manipulador del tiempo como categoría. Su modelo, basado en la disección de estructuras temporales, produjo una manera de escribir e indagar en la ciencia histórica que le permitieron a esa disciplina convertirse en la reina de las ciencias sociales. Recuperar a este historiador francés en la lectura iniciática, en la formación de nuevas generaciones de historiadores puede ayudar a resolver varias cosas; además de ayudar a entender la relación íntima del historiador con el tiempo, sirve para aleccionar acerca de la relación entre el espacio y el tiempo. Hoy, cuando aparecen ciertas modas que el mercado académico sabe vender como lenguajes políticamente correctos, leer a Braudel es gratificante porque demuestra que la ciencia histórica tiene modelos ya clásicos para hablar acerca de la relación de los seres humanos con su entorno geográfico. Braudel enseñó a narrar los cambios históricos del clima, de los mares, de los vientos. Puso a debatir los vínculos entre el espacio natural y las mentalidades colectivas. Y, quizás más importante, nos demostró que punto culminante de la investigación histórica es el libro. El corolario de una larga y sistemática pesquisa que puede atravesar lustros es un libro; una historia no se narra ni explica cabalmente en un artículo de revista especializada. La forma comunicativa sustancial del proceso de investigación del historiador es el libro.
Fernand Braudel y otros historiadores han sido medianamente sepultados por las frivolidades posmodernas que son improductivos cantos de sirena. Antes de leer a los autores posmodernos hay que leer, por método, a los modernos. Buena parte de las carencias escriturarias de nuestros días, en las ciencias sociales, tiene que ver con la propensión a dudar, precisamente, de las virtudes de la investigación y la escritura. El inmovilismo de los planes de estudio de nuestros programas de Historia, en Colombia, tiene que ver con este desapego por leer y comentar a los modelos básicos (no los llamemos ni clásicos ni grandes para evitar otras discusiones). Si se aplicasen en mínimo grado algunas de las sugerencias de estos historiadores que sacudieron los paradigmas epistemológicos en el transcurso del siglo XX, tendríamos diseños curriculares más audaces.
Leer a Braudel o a Edward P. Thompson es tan básico como leer, en una formación literaria, a Cervantes y su Quijote o a García Márquez y Cien años de soledad. Es lo básico, y cuando eludimos lo básico vivimos sin bases, volando entre nubes.  


viernes, 18 de agosto de 2017

Pintado en la Pared No. 162-El libro en Colombia (4)

De la ciencia a la política
La conversación entre científicos y aficionados a las ciencias que querían hacer parte de una exclusiva comunidad ilustrada fue lo predominante hasta los años de la ruptura política, así lo ha demostrado la obra de Silva Olarte y ayuda a reafirmarlo Nieto Olarte en su estudio sobre el Semanario del Nuevo Reyno de Granada, bajo dirección del “sabio” Caldas; pero al lado del libro científico que entretuvo las ilusiones de una élite criolla hubo otro género de obras que pudieron haber llegado a sectores en apariencia muy alejados de la capacidad lectora. No es fácil hacer hallazgos de lectores y lecturas entre grupos sociales que podemos calificar como plebeyos o populares en los últimos años del siglo XVIII. Sin embargo, en una reciente tesis de maestría, cuyo asunto central son los casos de maltrato a la mujer en los últimos decenios de la vida colonial, aparece de modo casi distraído el hecho de que, en 1782, el cultivador de una pequeña parcela cerca de Almaguer (gobernación de Popayán), para justificar el asesinato de su esposa, haya reconocido que leyó el Prontuario de la teología moral del padre Francisco Lárraga, un libro que servía de manual de los confesores católicos desde su primera edición de 1706 y que ocupó lugar primordial en muchas bibliotecas personales sobre todo en la primera mitad del siglo XIX. En su comparecencia, el labrador había leído a su manera el famoso manual de Lárraga: “No peca el marido que mata a la mujer cogida en adulterio”.[i]
Los libros e instrumentos científicos distinguieron fácilmente las “librerías” de los hombres ilustrados; mientras la antigua biblioteca de los jesuitas y la del convento de los franciscanos en Santafé de Bogotá mostraron el predominio de lo que podemos llamar las formas del libro sagrado, los listados testamentarios de sacerdotes católicos, hacendados y hombres de letras demuestran que hubo una tendencia a reunir libros que se ocupaban de asuntos profanos. Por ejemplo, el remate de los bienes que habían pertenecido al presbítero Juan Mariano Grijalba, rector del Real Colegio y Seminario de Popayán entre 1784 y 1808, demuestra un equilibrio entre obras profanas (171) y libros sagrados (143); a eso se añade que el mismo remate de sus bienes propició que su biblioteca y objetos tales como microscopios, prismas, termómetros, brújulas y globos terráqueos terminaran en manos de individuos laicos.[ii]
Pero esta situación del libro todavía replegado en exclusivas librerías de gente ilustrada interesada en la difusión de las ciencias naturales de la época va a cambiar fuertemente a partir de la coyuntura revolucionaria que surge con la crisis monárquica de 1808 a 1810. Muy evidente, aquellos que parecían consagrados a las minucias de la botánica, la química y la física, como Caldas, pasarán a interesarse en otras ciencias, las de gobierno. Los proto-científicos reunidos alrededor de la expedición botánica y del Semanario del Nuevo Reyno de Granada, pasarán a discutir ardorosamente sobre la interinidad política del virreinato; Caldas, por ejemplo, de redactor responsable del Semanario será, enseguida, redactor del Diario político de Santafé de Bogotá. Los periódicos o “papeles públicos” adquirieron importancia por su eficacia comunicativa, un formato breve de circulación regular que proporcionaba noticias frecuentes sobre una situación política inédita. “Con la Revolución asistimos, en primer lugar, a un cambio en lo que se lee”, advierte el historiador Isidro Vanegas y algunos epistolarios de la gente de la época lo confirman; entre 1810 y 1815, por lo menos, era apremiante para los hombres notables suscribirse a varios títulos de periódicos y, además, era primordial afianzar buenas relaciones con los administradores de correos.[iii]
La política absorbió las preocupaciones del notablato criollo; sus bibliotecas personales comenzaron a revelar los intereses propios de hombres públicos consagrados a las tareas de gobierno. Es el caso de los libros que pertenecieron a Francisco de Paula Santander, presidente encargado entre 1821 y 1827 y por elección entre 1832 y 1837; su viaje de exilio y su presencia sistemática en el proceso de construcción estatal, luego del triunfo definitivo sobre el ejército español ayudaron a moldear los géneros de libros contenidos en su biblioteca. Destacamos, por ejemplo, la sección dedicada a lo que podemos llamar asuntos militares, resultado obvio de su actividad al lado del ejército: reglamentos de infantería, libros de estrategia e ingeniería militares, manual de procedimientos para las tropas, diccionarios de sitios y batallas. Más relevante quizás, el grupo de autores relacionados con la administración del Estado: codificaciones, códigos, constituciones de varios países, revistas de estadística, tratados sobre sistemas marítimos, manuales de contribución e impuestos, planes de secretarías de hacienda. Por supuesto, el alto porcentaje de autores y obras de ciencia política encabezados por la obra de Jeremy Bentham; los diez volúmenes de la obra de Maquiavelo y luego Jean-Jacques Rousseau. Entre los asuntos militares de política y administración del Estado, su biblioteca personal reunía casi el 32%. Luego, entre la literatura y la filosofía se sumaba un 24.6%. Sin duda, el viaje de exilio le permitió interesarse por las bellas artes,  por el teatro italiano, por la poesía y la novela alemanas en cabeza de Goethe; sin embargo, se impusieron las prioridades del político profesional, del hombre de Estado.[iv]




[i] Mirando el Prontuario del padre Lárraga, la afirmación es contraria a la que expresó el esposo asesino de 1782: “Y la razón porque no puede el marido matar a su mujer adúltera cogida en el mismo adulterio, ni tampoco al adúltero, es porque no se guardaría el moderamen inculpate tutelae”, Francisco Lárraga, Prontuario de la teología moral, Barcelona, Imprenta de Sierra y Martí, 1814, p. 427. Sobre este caso, Lida Elena Tascón, Sin temor de Dios ni de la real justicia. Amancebamiento y adulterio en la Gobernación de Popayán, 1760-1810, Universidad del Valle, 2014,  p. 162.
[ii] Remate de bienes del padre Grijalba, Archivo Central del Cauca, Sección Colonia, J-II-10 su (sig. 10057), fols. 11 v.-26 v. (1808-1809). Entre los beneficiarios del remate se cuentan notables criollos como José Félix de Restrepo, José Antonio Arroyo, Gerónimo de Torres.
[iii] I. Vanegas, La Revolución neogranadina, Bogotá, Ediciones Plural, 2013, p. 119; el mismo Vanegas es compilador de un precioso epistolario lleno de testimonios sobre el interés lector de un grupo de comerciantes: Dos vidas, una revolución. Epistolario de José Gregorio y Agustín Gutiérrez Moreno (1808-1816), Bogotá, Universidad del Rosario, 2011. 
[iv] Nos hemos basado en el estudio preliminar y el inventario reunidos en el tomo Santander y los libros, Biblioteca de la Presidencia de la República, Bogotá, 1993

Pintado en la Pared No. 161-El libro en Colombia (3)

El  libro en la transición hacia la república, 1767-1839
En esta etapa varios hechos contribuyeron a la consolidación del libro como instrumento educativo del Estado bajo control de la potestad civil. El libro dejó su reclusión en el ámbito predominante religioso católico; la gran biblioteca de los jesuitas pasó a ser una biblioteca pública que incentivó “un uso intensificado del libro” y, agreguemos, permitió una paulatina apropiación laica del legado bibliográfico que había acumulado la Compañía de Jesús. Los libros de esa biblioteca pasaron a ser de dominio público y a servir de apoyo a la formación universitaria.[i] Ese cambió lo acompañó la difusión cada vez más amplia del libro científico, bajo el impulso de la política cultural de la Corona; varias veces, el rey, con ayuda de los virreyes, se encargó de recomendar las innovaciones científicas europeas traducidas al español y que debían hacer integrarse a la enseñanza universitaria en sus posesiones americanas. Algunos de esos libros fueron tutelares en la formación de por lo menos dos generaciones universitarias que entraron en contacto con las novedades de la química, la física, la botánica y medicina, principalmente. Un ejemplo se destaca al respecto, el Diccionario universal de física de Mathurin-Jacques Brisson, libro de tres volúmenes publicado originalmente en francés, en 1781 y cuya traducción al español, problemática por cierto, comenzó a ser publicada en español entre 1796 y 1802; una enjundiosa obra que llegó a los diez volúmenes y que necesitaba, sin duda, del mercado lector de las posesiones españolas en América. La recomendación real era, por supuesto, una actitud de mecenazgo en apoyo a los esfuerzos de los científicos e impresores españoles que abordaron la titánica tarea. La recomendación real llegó el 30 de agosto de 1801 y decía que “habiéndose publicado el Diccionario de Física de Brisson, obra de gran mérito en su clase, traducida al castellano con notas del traductor que la hacen más apreciable, y considerando el rey su importancia por lo que puede influir en el adelantamiento y progresos de los conocimientos útiles, se ha servido su Majestad mandar que vuestra excelencia promueva su despacho dándola a conocer y recomendándola por los medios que le dicte su celo y procedencia. Lo que de real orden participo a vuestra excelencia para su inteligencia y cumplimiento”.[ii] La recomendación debió tener impacto, porque la obra aparece en inventarios de varias bibliotecas (o librerías particulares), por ejemplo en las de Camilo Torres y Francisco de Paula Santander.
El libro científico tuvo su mejor momento, al parecer, entre 1767 y 1808. La presencia de José Celestino Mutis, el paso por el virreinato de Alexander von Humboldt y la organización de la expedición botánica alentaron en los criollos letrados la afición por la exploración científica y por la búsqueda de modelos de conocimiento de la naturaleza. Algunos, como Francisco José de Caldas, se obsesionaron (y se frustraron) con la intención de ponerse al día en el conocimiento de los avances de las ciencias naturales. Sus dificultades para adquirir ciertas obras en boga le hicieron sentir agudamente la distancia con respecto a los lugares de producción de las novedades en algunas ciencias. En su epistolario, Caldas exhibió a menudo la angustia de la incomunicación ante la dificultad para tener a la mano las obras de Linneo o Buffon; hacia 1801 dijo que “la imposibilidad de instruirnos parece invencible. A cuatro mil leguas de distancia de la metrópoli, añada fuerzas marítimas de la Gran Bretaña que cierran la comunicación de España con sus colonias, y casi desesperaremos de poder algún día saber lo que un niño europeo”.[iii]




[i] R. Silva, 2002: 72-81.
[ii] (Documentos para la Historia de la educación en Colombia, tomo VI, 1800-1806, doc. 262, pp. 40 y 41).
[iii] Carta de Francisco José de Caldas a Santiago Pérez de Valencia, Popayán, marzo 20 de 1801, Cartas de Caldas, Bogotá, Academia Colombiana de Ciencias Exactas, 1978, p. 59.

Pintado en la Pared No. 160-El libro en Colombia (2)

Los puntos extremos de una historia
La historia de la cultura impresa precedió y acompañó los procesos de transformación de la vida pública y puso un sello definitorio de las características de la historia republicana; más precisamente, la cultura letrada fue fundamento de la emergencia de un personal político y de la puesta en marcha de un ritmo de discusión permanente apoyado, principalmente, en impresos de breve formato, en particular los periódicos o “papeles públicos”, y, en menor medida, por el formato más exclusivo del libro. El predominio del universo de los impresos, en el caso de lo que fue el antiguo virreinato de la Nueva Granda y que hoy conocemos como Colombia, lo situamos entre 1767, año de la expulsión de la Compañía de Jesús y de inicio de una política publicitaria de la Corona que partió de la expropiación de la biblioteca de esa comunidad religiosa y su paulatina reorganización en busca de sintonía con un proyecto de reforma educativa en el entonces Nuevo Reino de Granada, plasmada en el Plan de Estudios que rigió entre 1774 y 1779 .[i] Hacia 1777 podía hablarse, entonces, de una biblioteca pública y, sobre todo, de un ambiente más o menos favorable a la circulación de impresos.  Aunque la expulsión de la Compañía de Jesús tuvo indudable sello autoritario, dio inicio a una etapa propicia para la circulación de saberes, para cierta expansión asociativa en las coordenadas muy estrechas de los criollos ilustrados. Unos han constatado, por ejemplo, un incremento del comercio del libro y un ambiente más favorable para su circulación;[ii] otros, más recientemente, constatan, además de una “renovación del periodismo”, la voluntad de aplicar una política cultural en un variado espectro.[iii] Eso entrañó la múltiple tentativa peninsular de modificar los estudios universitarios, de proyectar la utilidad de ciertos avances tecnológicos y científicos, de obtener inventarios de los recursos naturales de sus posesiones. Es cierto que el ejercicio de la opinión siguió controlado por las autoridades coloniales que otorgaban, o no, licencias de publicación y mantuvieron una fuerte censura previa; sin embargo, en medio de ese ambiente estrecho para la comunicación, hubo un tenue pero significativo florecimiento de “papeles públicos” en que se mezclaron la necesidad publicitaria de la Corona con el interés de algunos escritores por cumplir, a veces de modo obsequioso, una labor de agentes de comunicación de los actos de gobierno y de los propósitos ilustrados de la monarquía. Algunos historiadores consideran que hubo en esos años una relación ambigua en que se mezclaron las necesidades de difundir y prohibir, en que hubo desconfianza y a la vez convicción sobre los efectos de la circulación periódica de ideas. Esa ambigüedad produjo momentos de tensión y represalias, pero también consolidó una incipiente esfera de opinión letrada, exclusiva y excluyente, pero productiva y significativa que se plasmó en la existencia de algunos periódicos que sirvieron para forjar las premisas de la opinión letrada permanente, regular, que fue más ostensible y plural después de la coyuntura decisiva de 1808 a 1810.[iv]
El decenio 1930 conoció la última gran tentativa del Estado por popularizar el libro y la lectura; en buena medida, la República Liberal, como lo explica el historiador Renán Silva, y como yo lo entiendo, fue una tentativa de culminar un proyecto varias veces fallido que consistió en la expansión de la cultura letrada y con la convicción de moldear a los individuos y formar ciudadanos bebiendo en las fuentes bautismales de la razón y la ciencia.[v] Por su despliegue en acciones, la República Liberal fue un momento culminante de la presencia de intelectuales iluminados que como agentes del Estado le dieron cimiento a una política cultural de masas basada en la expansión del libro, de la escuela y de la figura laica del maestro; por eso, entre otras cosas, desde finales de la presidencia de Enrique Olaya Herrera y en los inicios del primer gobierno de Alfonso López Pumarejo hubo una reorganización institucional en la formación de maestros de escuela;  el nacimiento en el decenio 1930 de facultades de ciencias de la educación fue uno de los elementos institucionales en el conjunto de políticas estatales de difusión cultural en que el libro y la lectura ocuparon lugar central.[vi]





1Algo detalladamente explicado por Renán Silva Olarte (Los Ilustrados de Nueva Granada, 2002, pp. 46-71).
2Renán Silva, Los Ilustrados de Nueva Granada, 1760-1808. Genealogía de una comunidad de interpretación, Medellín, Eafit-Banco de la República, 2002, pp. 251-277. Téngase en cuenta, también, la legislación peninsular de 1778 a favor de la imprenta en ambos lados del Atlántico; al respecto, Fermín de los Reyes Gómez, El libro en España y América. Legislación y censura (siglos XV-XVIII), vol. 1, p. 607
3 Gabriel Torres Puga, Opinión pública y censura en Nueva España. Indicios de un silencio imposible (1767-1794), México, El Colegio de México, 2010, pp. 195, 196.
4 Además de los autores ya mencionados, aporta en la misma perspectiva el balance que hace de los periódicos difusores de la ciencia, a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, Miguel de Asú, La ciencia de Mayo. La cultura científica en el Río de la Plata, 1800-1820, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, pp.93-116.
5No es casual que el mismo historiador que ha hecho tan minuciosos estudios sobre el mundo intelectual de los ilustrados, en la segunda mitad del siglo XVIII, le haya interesado dar el “salto” hacia los hechos culturales promovidos por los gobiernos liberales entre 1930 y 1946 (R. Silva, República liberal, intelectuales y cultura popular, 2005).
6 Sobre la aparición de las ciencias de la educación en esos años, en Colombia: Rafael Ríos, Las ciencias de la educación en Colombia, 1926-1954, 2008, pp. 64-93.

viernes, 11 de agosto de 2017

Pintado en la Pared No. 159-El libro en Colombia (1)




La vida del libro en su relación con el proceso histórico de cualquier país latinoamericano puede enseñarnos a entender el carácter de nuestros ciclos de modernidad. Hoy, cuando algunos intelectuales importantes anuncian la extinción del libro impreso y el paso definitivo a las formas electrónicas y digitales de circulación de lo que antes se publicaba en papel, se vuelve más interesante entender cómo ha sido nuestra relación, como sociedad, con el mundo de lo impreso.
Hacia inicios del siglo XIX, las incipientes máquinas de imprenta estuvieron asociadas con la modernidad cultural y política; acompañaban la emergencia de una opinión pública deliberante y muy competitiva en que las fuerzas políticas se disputaban el control de los procesos de comunicación cotidiana, buscaban conquistar públicos y adeptos a facciones políticas, partidos, caudillos, proyectos de organización política. El libro y los múltiples impresos periódicos correspondieron con el ascenso de un mercado lector. Al final de ese siglo, en el caso colombiano, ya se insinuaban las librerías como lugares especializados y comercialmente autónomos que promocionaban generosos catálogos de libros en muy diversos géneros, desde los extremos de la bibliografía sagrada a la bibliografía profana. El libro había logrado un lugar institucional en bibliotecas dotadas y reglamentadas por el Estado según políticas de adquisiciones oficiales; y también había logrado un lugar preferente en vitrinas de almacenes, en las casas de gente de “buen tono”, en el humilde taller del artesano, en las pulperías, en las posadas de los caminos, en las sedes de asociaciones mutualistas. En suma, el libro se había vuelto un objeto de circulación masiva y había abandonado su sello de exclusividad social y política.
Aun así, el comercio del libro tuvo durante largo tiempo una relación casi directa con el poder político. Varios políticos y hasta presidentes del país fueron propietarios de rutilantes librerías. Desde Antonio Nariño hasta José Vicente Concha, pasando por Salvador Camacho Roldán y Miguel Antonio Caro, las profesiones de librero y político fueron contiguas. Ellos sabían que la circulación de determinados libros garantizaba, en buena parte, el triunfo de determinadas ideas e, incluso, como sucedió con los impresores, los libreros fueron militantes de uno u otro partido y eso lo expresaron de manera categórica en la naturaleza de sus catálogos. Unos fueron esmerados difusores de la fe católica y otros le apostaron a paradigmas de la vida laica.
Y cuando el mundo de los impresos parecía haber alcanzado su hegemonía en el mercado cotidiano de la opinión y la lectura, llegaron otras formas de comunicación que fueron arrinconando la circulación del libro. Cuando la lectura cotidiana del libro comenzaba a tener cifras comerciales importantes y expresaba un hecho alfabetizador en la sociedad colombiana, aparecieron de manera arrolladora la radio, el cine y la televisión. Se impusieron otros ritmos de comunicación cotidiana y la vida del libro impreso comenzó a erosionarse.

Hoy, sociedades que no alcanzaron a redondear su relación comunicativa con el libro impreso saltaron a las formas digitales de comunicación, rápidas, volátiles. Varias generaciones que no conocieron el contacto cotidiano con el papel impreso navegan en las formas de conversación vaporosas de las redes sociales. El libro en su forma tradicional ha comenzado a estorbar y a verse como un elemento extraño.  Eso habla de lo superficiales que han sido nuestros ciclos de modernidad.  

lunes, 24 de julio de 2017

Pintado en la Pared No. 158-Perros peligrosos


Peter Kriegel, zoólogo especialista en etología animal. Artículo tomado de Die Zeitung, abril 11 de 2012. El artículo fue solicitado por el periódico luego de un terrible caso de muerte de una joven pareja en las afueras de Bonn. Peter Kriegel es autor de Animales y vida cotidiana. Paradojas del mundo animal en el mundo de los humanos (2008). Traducción libre para Pintado en Pared.

“Perro que no muerda no es perro”, decimos desde hace mucho tiempo en Alemania. A eso añado que los perros son animales y hay que entenderlos como tales. Los perros muerden porque son animales, porque, como todos los animales, pueden sentirse amenazados; porque necesitan proteger sus crías o determinar el dominio sobre un territorio o porque quieren ganar entre los machos los favores de una hembra o porque están hechos para perseguir y atrapar o para vigilar. Claro, según la raza o la disposición ancestral serán más determinados en sus actos y estarán más o menos dotados para lanzar sus dentelladas. Como todos los animales, los perros tienen su memoria biológica y a ella son naturalmente fieles. También solemos decir que el perro es nuestro amigo más fiel; pero precisemos que esa fidelidad ha sido un laborioso aprendizaje histórico, largos años de cercanía entre ser humano y perro. Por encima de esa fidelidad hay otra, muy superior, es la información biológica de la especie, con los diversos empaques que son las razas. Según el olfato, la visión y el oído, esa información biológica se expande, se materializa en lo que llamamos el carácter o los atributos de cada raza. Cada perro es fiel representante de una información biológica que lo define.
Y hay otro elemento que solemos olvidar y es sustancial a cualquier perro de cualquier raza, de cualquier lugar, de cualquier cruce de ancestros, es la mordida. El embeleco contemporáneo del amor a las mascotas, y a los perros en particular, nos ha hecho olvidar esa parte vital y diferenciadora de los caninos: sus mordiscos, su mandíbula, su composición dental. El buen veterinario debería decirnos desde el inicio muchas cosas básicas al respecto, antes de que tomemos decisiones acerca de cuál perro nos va a acompañar durante un poco más de una decena de años. Resulta que hay perros que han sido determinados biológicamente para apretar y no soltar a su presa, otros están dotados para apretar y desgarrar fatalmente al soltar. Los humanos, conocedores del material disponible (o armamento), han aprovechado ciertas razas para usos mortíferos, canes que sirven para labores de protección casi militar, otros que sirven para perseguir, capturar y arrastrar a la presa hasta desangrarla, otros más que capturan, aprietan y luego comienzan a desgarrar. En las guerras han sido muy útiles por letales (los romanos en sus invasiones sabían mucho al respecto).
La democratización del consumo de las mascotas ha ido poniendo en manos inexpertas (mezcla de ingenuidad e irresponsabilidad) a canes que deberían estar en regimientos militares, bajo estrictos controles de reproducción, en férreas disciplinas, en espacios amplios para correr, combatir y fatigarse, bajo la autoridad de soldados vigorosos. Ahora los mastines, dogos, buldogs adornan los pequeños apartamentos de la clase media, corretean en los parques infantiles y caminan sueltos por las mismas veredas que transitamos los peatones. Resulta que esos perros pueden pesar unos 40 kilos y cuando amenazan y agreden su fuerza puede equivaler a una triplicación de su peso, así que se vuelve casi imposible bloquear una tracción de casi 120 kilos. Ante esto de nada sirve la buena voluntad del amo que terminará, por lo menos, arrastrado y olvidado por su “tierna mascota”.
La mandíbula y la dentadura corresponden plenamente con la memoria biológica de estas categorías caninas. Varias razas de estos perros tienen doble juego de colmillos arriba y abajo; algunos de esos colmillos tienen la forma de un garfio, de modo que no se sabe si es peor que penetren en la piel o que se retiren. Agreguemos la capacidad de presión en que los mastines y sus derivados son campeones sempiternos; y, por si fuera poco, su olfato les permite detectar los torrentes sanguíneos y las zonas blandas de sus víctimas, allí apretarán sin piedad y sin dificultad.
No se trata de condenar a unas razas, se trata más bien de entender que hay una relación entre la dotación corporal y la información genética que estos animales nunca podrán traicionar. Los mastines y demás perros de presa están hechos para ciertos lugares y ciertas situaciones que hacen honor a su denominación legendaria, no podemos pedirles que se comporten como un bullicioso pekinés o como un tembloroso chihuahua. Quizás sea más importante tratar de entender qué le está sucediendo a una sociedad cuando quiere mostrar que tiene a su lado a razas caninas que han hecho parte de equipos de guerra. ¿Es una advertencia sobre sus temores en un mundo cotidiano inseguro? ¿Es una declaración de hostilidad ante un vecindario que no le es confiable? ¿Una simple exhibición de superioridad y fuerza? ¿Demasiados filmes bélicos o de venganzas entre bandas mafiosas en que estos perros hacen parte del reparto estelar? ¿Otro de los tantos excesos del libre mercado?

Cualquier cosa que sea, la única recomendación que se me ocurre, y válida para cualquier perro, desde el más inocuo hasta el más intimidante, es que no olvidemos que todos los perros son animales, que están hechos para morder y que lo harán no porque hayan planeado hacerlo, sino porque han recibido del medio o del momento la estimulación necesaria que los llevará a actuar de ese modo, con la poca o gran dotación dental que los caracterice. Unos perros nos morderán y serán motivo para algún chiste, otros no nos permitirán reír. Todo lo contrario.  

Pintado en la Pared No. 157-Los médicos de la Regeneración



Poco sabemos de la vida pública durante la Regeneración, al menos del lapso que va de 1886 hasta la guerra civil de los Mil Días (1899-1901). Hay algunos estudios puntuales, monográficos, pero no una visión que nos complete el paisaje de lo que fue el mundo de relaciones entre los individuos, sobre el funcionamiento del espacio público de opinión. Tenemos claro, como especie de premisa, que con el triunfo de la alianza de los conservadores y los liberales moderados, sellada por la Constitución de 1886 y refrendada por el Concordato de 1887 que le devolvió a la Iglesia católica potestades que desempeñó con holgura desde entonces y hasta bien entrado el siglo XX, tenemos claro, decimos, que las reglas de funcionamiento de la vida pública tuvieron modificaciones importantes: la libertad absoluta de prensa tuvo limitaciones; la injerencia eclesiástica en el sistema de instrucción pública tuvo el carácter de política cultural oficial. Pero esto es para nosotros lugares comunes, frases de cajón poco o mal demostradas.
Si nos adentramos en la letra menuda de la época, en averiguar cómo los individuos se asociaron y con qué propósitos, quizás hallemos algunos hechos significativos que no habíamos detectado o ni siquiera vislumbrado. Por ejemplo, el incremento de una sociabilidad formal, apoyada en la especialización del trabajo, en la consolidación social de determinadas profesiones. Todo esto tuvo su apoyo legal en la aparición de una legislación en torno al otorgamiento de personería jurídica que entrañó algo más que la necesidad de un registro legal de los asociados, de una descripción de los objetivos de la asociación y de un seguimiento o vigilancia de sus actividades. Aquí estamos ante un asunto que va más allá de la influencia de la Iglesia católica en la custodia de la moral pública, se trata de una especie de regulación de profesiones que habían logrado un estatus comercial y ciertos niveles de reconocimiento en el mercado y ante un público.
En unos casos puede tratarse de asociaciones que reunían a profesiones en ciernes y, en otros, a asociaciones que reunían a profesiones que habían acumulado una trayectoria pública desde antes de la Regeneración. Entre esas profesiones vale detenerse en los médicos. Por lo menos en Bogotá fue evidente el vínculo (quizás una forma eufemística de la vigilancia) entre la jerarquía eclesiástica y la Iglesia católica y la Academia Nacional de Medicina, asociación derivada de la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales. En 1888, esta asociación tuvo pronta colisión con el arzobispo José Telésforo Paul, quien asistía a sus sesiones: en una de ellas, el presidente de la asociación presentó las teorías de Charles Darwin y recibió la inmediata condena de la curia y de la prensa conservadora por la difusión del “evolucionismo materialista e insultar las creencias de un pueblo altamente religioso”.
 A pesar del desliz ideológico, la Sociedad de Medicina pudo participar ( o debía hacerlo) de las actividades públicas programadas por el arzobispado. Para 1892, la asociación se tornó en Academia Nacional de Medicina y se propuso organizar el Congreso Médico Nacional del año siguiente; una presidencia honoraria compartida por el omnipresente Miguel Antonio Caro y los médicos Jorge Vargas y Manuel Uribe Ángel lanzó un temario de discusión para aquel evento en que se revela una preocupación que, en años venideros, iba a ser mucho más fuerte. Aquel congreso anunció una vocación pública que la profesión médica supo explotar y consolidar en los primeros decenios del siglo XX.
Llama la atención que la profesión médica incluyera a veterinarios y naturalistas; una vieja disposición científica proveniente de la temprana Ilustración europea parecía arrastrar todavía la concepción del ejercicio médico. Su espíritu de intervención social también parece provenir de esa raíz ilustrada en un temario que incluía la reflexión sobre la higiene pública y más precisamente sobre la necesidad de determinar políticas públicas de salubridad para ciertos segmentos sociales de la población, entre ellos “la clase trabajadora”. Quizás más interesante es la tentativa de institucionalización de la profesión mediante la reglamentación de la farmacia y de la práctica médica, la diferenciación legal entre la medicina y la odontología. Punto aparte mereció el interés por las enfermedades de “las vías genito-urinarias de la mujer”.

Los médicos colombianos estaban delimitando el ámbito legal de su oficio, negociando con la Iglesia católica su presencia en la vida pública y activando su injerencia en el control social. Todavía no se vislumbraba la fuerte presencia del personal médico en el sistema de instrucción pública, en los procesos de clasificación de las aptitudes de los individuos. 

domingo, 2 de julio de 2017

Pintado en la Pared No. 156


La ciencia histórica en el proyecto interdisciplinario
del doctorado en Humanidades de la Universidad del Valle


Es muy difícil que la ciencia histórica esté por fuera de cualquier apuesta interdisciplinar. Primero, la propia historia de las ciencias humanas y sociales ha puesto a la Historiografía o ciencia histórica en un lugar central en la integración de formas de conocimiento sobre el hombre y la sociedad. La Historiografía fue, por mucho tiempo, la ciencia que devoró a las demás; en la tradición francesa fue la ciencia integradora y, como se decía a mediados del siglo XX, “totalizante”. Ella reconstruía las relaciones de los seres humanos con el tiempo y el espacio, categorías abarcadoras; hacer investigación histórica era establecer conversaciones con la economía, la sociología, la psicología, la geografía. Las ciencias humanas, dominadas en el siglo XX por el proyecto estructuralista era expresión del triunfo de ese proyecto, ella podía despedazar el tiempo en estructuras cortas, medianas y largas, podía dar cuenta de la vida de los hombres en las dimensiones más inmediatas y en las más duraderas, casi a escala geológica. En fin, la Historia ha sido ciencia aglutinadora, devoradora.
Alguien, con mayor autoridad, advirtió que la ciencia histórica es la playa por la cual caminan las demás ciencias humanas. Y todo porque en ella se sintetizan tiempo y espacio, categorías imprescindibles. Siempre acudimos a la historia para situar cualquier hecho, la dimensión histórica es aquella que nos remite a las condiciones que ayudan a explicar cualquier hecho o fenómeno en la vida de los seres humanos, por eso su carácter explicativo imprescindible.
Al ser la ciencia que lograba tantas síntesis, puso en el pináculo de los recursos de investigación a sus oficiantes. En el caso francés, los historiadores pudieron inventarse y administrar la Maison des Sciences de l´Homme y allí decidieron sobre cuáles eran las prioridades de financiación de la investigación en las Humanidades de ese país. Ser historiador era estar en el centro dominante de un campo científico. De tal manera que a la bulimia de una disciplina, tan dispuesta a integrarlo todo para logar alguna explicación plausible de los hechos del pasado, se le agregaba la hegemonía en el control de los procesos administrativos del conocimiento. Todo este legado, vertido en las condiciones de un país de muy corta tradición en la investigación humanística, como Colombia, no deja de convertirse en una enorme paradoja. Una cosa es, por tanto, la tradición de una disciplina y otra cosa es el estado de formación de las comunidades científicas de cada lugar. Ese legado es, para nosotros, apenas un referente que puede volverse en un horizonte de deseo. Ojalá, alguna vez, investigar en Historia, en Colombia, entrañe acaparar el dominio de las ciencias humanas y sociales.
Todo esto para decir que, por sus propios orígenes y tradiciones, la Historiografía es una ciencia expansiva, abarcadora, ecléctica, dispuesta a establecer todos los vínculos que sean necesarios. Atraviesa sin dificultad las fronteras ficticias de las ciencias humanas. Además, está asociada a tradiciones diversas por su propia naturaleza epistemológica y discursiva. En lo epistemológico, porque sus métodos de indagación parten de la íntima relación con todas las formas de lo textual; la ciencia histórica demanda saber hacer operaciones ante los archivos, ante todas las formas de expresión documental; en lo discursivo, porque la forma culminante de la investigación histórica sigue siendo la escritura, el máximo esfuerzo por borrar la distancia entre un pasado muerto y nuestras existencias en el presente. La escritura de la Historia transita en las brumas de lo ficticio y lo real, lo conjetural y lo fáctico, lo probable y lo cierto. La escritura histórica mezcla relato y explicación, es narración documentada que intenta reconstituir lo que ya no es. Por esa condición ambivalente de su escritura, la Historiografía está, en ciertas tradiciones, más cerca de las artes y las letras (por ejemplo en la tradición británica) que de las ciencias sociales (caso francés) y, también por eso, hace parte de las experimentaciones postmodernas de nuestros días.


Gilberto Loaiza Cano, junio de 2017

lunes, 19 de junio de 2017

Pintado en la Pared No. 155-ZVTy N-Dabeiba



Por:  Juan Guillermo Gómez García

Llegamos, al fin, hacia las tres o cuatro de la tarde. Habíamos avistado el campamento desde la pestaña del frente de la montaña, como una imagen fresca y despejada. Se levantaba la figura emblemática de perfil de Jacobo Arango, labrada en la tierra negra a trescientos metros. Nadie nos detuvo, y nos bajamos de los dos pequeños carros, luego de un viaje de nueve horas desde Medellín.  Nos recibió el comandante Isaías Trujillo. Por instinto, le di mi libro sobre Bolívar y luego, en la mesa de una casa prefabricada, se lo firmé. Era como internarse  a una finca a mil quinientos metros de altura en los Andes americanos, que hubiera diseñado la fantasía de Fourier. Una comunidad auténtica, construida fuera de la nada, de cuatrocientos o quinientos excombatientes. Todo inspiraba, de golpe, trabajo, disciplina, una jerarquía de veteranos.  Hablamos del incidente del incendio de la camioneta Koleos que, a medio camino, había tenido un corto-circuito. Fue un excelente modo, con una taza de buen café, para romper el protocolo.
Dos horas después, Sergio Guzmán y yo estábamos ante un auditorio, para cualquiera, inusitado. Empecé a hablar de la revolución rusa, que este año cumple cien años. Mencioné, por supuesto, las Tesis de Abril, en las que Lenin, contra todo pronóstico, tiró la consigna: “Todo el poder a los soviet”. Me limité a subrayar que la revolución rusa había quebrado definitivamente el eurocentrismo, pues había desplazado el eje de la historia por fuera de Londres, París o Berlín. El mundo pasaba ahora por Petrogrado, es decir, en cualquier lugar del mundo. Si hoy no tenemos a un político reformista como Kerenski (era la derecha constitucional de ese medioevo histórico), un político a la izquierda de Petro, el leninismo podrá tener sentido hoy en Colombia por la incomparable claridad de sus argumentos.  Todo partido político, aduje, es partido si tiene un código de ideas, si esas ideas son claras y precisas y esas ideas están para transformar la miserable realidad. Lenin no vive hoy por su dogmatismo marxista, sino por la jerarquía de sus incuestionables ideas y el modo de escribirlas. Era un intelectual.  No hubo aplausos, pues era una cátedra de filosofía de la historia, pero mantuve, creo ahora, la concentración una buena hora.  Luego intervino Sergio, Monchochenko, como le decimos los descarados amigos, y absolvió muy profesionalmente las preguntas relativas a la amnistía y el indulto.
Salimos esa noche, al lado, doscientos metros del campamento, con Carlos Alberto (un grande) y Sergio, y hablamos con unos chicos y chicas que impartían cursos de cine, diseño y periodismo. Dejamos pues las veinte hectáreas (ni más ni menos que un laborioso kibut), para entender el otro lado del otro lado. Magníficos cuatro muchachos, con su campamentico aparte, en una casa destartalada de campesino. Estaban disciplinadamente allí, desde enero. Un  modelo de pedagogía para una comunidad ansiosa y necesitada de salir de una guerra atroz, como toda guerra. Eran el modelo de paz, y el modelo paradigmático de resistencia. Paz y resistencia eran su modelo de vida. ”Sin partido, no hay revolución”, me dijo radicalmente convencido, una reencarnación de Diego Rivera.
La comunidad de monte arriba de Dabeiba es un modelo inigualable. Cinco días son suficientes para respirar un clima de concordia, de lazos de intimidad. Nunca antes había entendido tanto al sociólogo francés Emile Durkheim. Comunidad es entrega, sacrificio, jerarquía y asimismo libertad. La libertad está allí. No sé las discordias internas, que deben lavarse en casa. Se levantan a las cuatro de la mañana. Reciben instrucción (nunca estuve a la madrugada, pues soy un vago citadino) de cinco a siete. Desde las siete de la mañana a las cinco de la tarde trabajan en el campamento, que está, para arquitectos comunitarios, excelente. Desde las seis a las ocho  parlábamos, muy serios con  con Sergio ante ellas y ellos. No saben la concentración, sobre todo, de la dulcineas con botas pantaneras. Además hablé de Lenin y Bolívar, y al final me corcharon con muchas preguntas, y preguntas astutas. Muchas, muy incisivas y pertinentes. Imagínese ustedes que me cuestionaron, no sin razón,  porqué aduje que Lenin era un ilustrado. Lenin ilustrado ¿cómo salir del paso? Hablé, como pueden imaginar, de su adorable madre que de niños los ponía a hablar a sus hijos entre ellos en alemán. ¡Qué mejor introducción a Voltaire, huésped de Federico II!
Hay muchos perros. Como cincuenta, y de todas las razas. Finas y precarias. No hay gatos. No hay una sola flor, ni un cuadro en las paredes. Eran ayer no más pueblos nómadas. Hoy forzosamente sedentarios. Como siglos de siglos de evolución. Hay un cancha de fútbol en toda regla, en la que, según escuché, ya hay torneo de todas las veredas. No dejaron jugar al equipo de la policía, por razones de orden público. Tendrá mucha razón el comandante y el gobernador. Hay como cincuenta casas de material perecedero, ya hechas y muy cómodas. Nosotros nos quedamos en carpas, creo de refugiados de la ONU, calienticas sin sábanas ni almohadas. El desayuno como el almuerzo y la cena, fríjoles y arroz.  Coca Cola y agua en botella a discreción. Conversé con una guardia con fusil, solo hay dos, y los demás en traje de paisano. Estaba muy ansiosa: “Estoy acostumbrada a caminar”. Bien, caminaba de lado a lado, incesante.       
Ese día la Corte trató de joder el fast track. Nada, dijimos, nada. El proceso de paz está por encima de los pelagatos magistrados. Somos el pueblo. La guerra es un negocio del capitalismo. El capitalismo solo negocia con la guerra; es su esencia. Hoy el asunto, si queremos una democracia profunda, es la paz negociada, de tú a tú, no la paz de las sepulturas. Nos despidieron, muy afectuosamente, la tropa y los comandantes, y nos encomendaron un cachorro que vomitó todo el camino de vuelta. Le bautizamos con ternura, al pobrecito: “Vómito#. Puede, como todo, cambiar de nombre”.


             

                       

viernes, 28 de abril de 2017

Pintado en la pared No. 154

Trilogía universitaria básica
London Mendelssohn es, sin duda, la novelista europea más importante de estos tiempos. Ha completado una trilogía consistente que ha conmovido a lectores viejos y jóvenes. Y no se trata de la mejor entre las mujeres escritoras, se trata de la mejor entre escritores y escritoras de relatos de ficción hoy en día. Ha logrado una prosa depurada, limpia, llana y, sobre todo, unas tramas que desbordan el paisaje de lo previsible. A sus cincuenta y cinco años ha logrado acumular tres novelas esplendorosas. Comenzó a publicar hace cinco años, con mucha cautela, casi con recelo; lanzó en 2012 un libro de relatos cortos que parecían, en su momento, esbozos al estilo de un pintor que tuvieron desarrollo nítido en su primera gran novela, Razón perdida. Publicada primero en alemán y, según la breve entrevista de Die Zeit, concebida entre 2003 y 2006, es el inicio de una indagación, en método novelesco, acerca de cómo la razón ilustrada nació con su propio desquiciamiento, que el exceso publicitario de la razón filosófica tuvo, como en el doble rostro de Jano, la cara de la pasión irreprensible. “Los hombres de razón vomitaban pulsiones de muerte”, dice en uno de los pasajes de su opus magna
London Mendelssohn se llama así por varias razones que la vuelven autora con pasado y enigmas. Es hija de una pareja de artistas judíos alemanes que, en medio de la segunda guerra mundial, se refugiaron en Londres; su padre, Maximilien, fue un pianista célebre, heredero del virtuosismo de su bisabuelo, Jakob Felix Mendelssohn; su madre, Aurore Halbwachs, fue una pintora que dejó una generosa colección de cuadros en varias galerías selectas de Europa. Su hija única nació en Londres y sus padres, como expresión de gratitud, decidieron bautizarla con el nombre de la ciudad que los acogió. Fue educada por sus propios padres, entre ensayos musicales y el taller de la pintora; viajó con sus padres por Europa, Asia y África. Tuvieron una breve estadía –un par de meses- en Sao Paulo, mientras su padre ayudaba a formar la orquesta sinfónica y asimilaba las partituras legadas por Heitor Villalobos. En Estados Unidos estuvieron tres años, a inicios de la década 1970. London tiene muy pocos recuerdos del continente americano y, sin embargo, tiene un fluido portugués y un correcto español con un inexplicable acento caribeño, como si hubiese tenido contacto con gentes de Puerto Rico o del oriente venezolano. Nunca fue a escuelas ni colegios ni liceos ni universidades, todo lo que sabe lo aprendió deambulando según la agenda de sus padres artistas.
Desconcierta que en sus novelas, en su trilogía, interesa el mundo universitario europeo de la segunda mitad del siglo XVIII y primeros decenios del siglo XIX. Aprendió a hacer pesquisas en archivos de catedrales, museos y universidades; tuvo acceso a epistolarios de profesores y antiguos estudiantes en Florencia, Bolonia, Berlín, Viena y París. Primero tuvo la “biographical temptation”, pensó en seguir minuciosamente los pasos de un profesor de filosofía asesino que dejó varios cadáveres –de colegas y estudiantes- entre lo que hoy es Italia y Alemania. El hombre nunca fue atrapado, apenas considerado sospechoso en una ocasión; según London (prefiero decir Londres), Friedrich Thomas Moenzer fue un frustrado filósofo de corte hegeliano que no logró cátedra estable en ningún lugar y que en venganza por no recibir reconocimiento ni publicación en vida de su obra, acudió a la venganza simple. La novelista, usurpando el lugar de una detective anacrónica, ha logrado reconstituir cinco asesinatos adjudicables al vengativo Moenzer. El apoyo documental de su tesis decidió reunirlo en un volumen aparte, poco conocido, publicado con reticencias por una pequeña editorial británica con el sobrio pero diciente título Letters of  a Murderer Philosopher, 1776-1802; no hubo edición en alemán porque la familia de Moenzer, hoy relativamente poderosa en Alemania, alcanzó a evitar tal escarnio en retrospectiva. Quizás por temor a represalias, evadió la tentación biográfica y decidió camuflarse en la mezcla de ficción y verdad que permite la novela contemporánea. 
Su primera novela gozó de aclamación en la rápida y exitosa traducción inglesa que ella misma hizo. Ella prefiere hablar y escribir en la lengua que aprendió todos los días al lado de sus padres. Lost Raison (2014) se agotó rápidamente y enseguida apareció la escabrosa historia de una logia masónica que reunía una red de comunicación entre Zurich, Milan, Berlín y Estrasburgo; la logia The Faithful Thought se auto-aniquiló en una seguidilla de asesinatos motivados por envidias y desconfianzas entre sus miembros, en su mayoría grises profesores universitarios que habían recurrido a fraudes y plagios para poder sostener su precaria imagen de autoridades científicas. The Faithful Thought (2015) fue otro éxito que condujo al siguiente para completar la trilogía que llega a la Feria del Libro de Bogotá, se trata de turbios amores homosexuales que consumieron a escritores y naturalistas alemanes y que tuvieron como escenario salones y oficinas de la Universidad de Berlín. Natural History of the Science and the Love (2016), título irónico, completa esta mezcla de novela negra y novela erudita que nos hace recordar que en las universidades también se han cometido asesinatos, en nombre de la razón y la ciencia.
Alberto Otaiza Gallion, escritor mexicano invitado, abril de 2017


lunes, 17 de abril de 2017

Pintado en la pared No. 153

Pequeña vida

"Con licencia del Superior Gobierno".

Por fin, un día, me aburrí de ver perder los domingos al Arsenal de Arsene Wenger, el perdedor más exitoso de los últimos veinte años. Su equipo, lleno de jugadores talentosos pero desperdiciados por un entrenador devorado por la rutina. La costumbre de fracasar con todos los medios a su alcance debe ser premisa de los mediocres. La hartura de esa situación repetida, amarrada a otras de nivel semejante de insignificancia en mi vida real, me hizo saltar de la modorra de mi suave sofá convertido en cama matutina casi todos los domingos.
¿Cuántos partidos de tenis he contemplado? ¿Cuántas finales de Wimbledon? ¿Cuántos resúmenes semanales de los deportes con goles en repetición industrial, con jonrones o nuevas marcas de velocidad en la pista de autos de fórmula 1 o cuántas disputas de un match-point y sus bolas increíbles? Tantos acumulados de celebraciones y de lágrimas por una derrota. Números organizados en estadísticas que hablan de nuevos registros en los cien metros planos de atletas masculinos, en la carrera de Indianapolis, en el circuito de Montecarlo, en la serie mundial de beisbol, en la liga de baloncesto norteamericano, en los ascensos a premios de montaña en el tour de France, en el giro de Italia, en la vuelta a España.
He contemplado varias generaciones de jóvenes sudorosos que superan antiguas marcas, que logran acumular años de imbatibilidad, seres portentosos de cuerpos atléticos que luego se desmoronan en el retiro, la vejez y el olvido. Otros que comprueban los avances tecnológicos en la fabricación de autos, de ruedas para bicicletas, de zapatillas para atletas. Hombres y mujeres fabricados en laboratorios de dopaje; competidores insaciables que buscan nuevas pruebas, nuevos triunfos, que conquistan milésimas de segundo o centímetros de altura o de extensión en un campo o goleadores que superan las fronteras de anotaciones en una temporada.
Todo eso ha hecho parte de mi vida de espectador que aprendió a recordar algunos nombres propios y volverlos parte de sus afinidades emocionales. Miro el uniforme del Arsenal y me siento un londinense dominical que espera el triunfo de su equipo, pero que regresa a la cruda realidad de la semana en que seguimos trabajando y consumiendo hasta que el espejo nos informe de la existencia de canas, calvicie, arrugas, enfermedades, deformaciones. La decrepitud de alguien que no ha vivido nada glorioso ni memorable. Vida repetida de todos los días sin nada sinuoso, sin grandes sufrimientos ni grandes triunfos. Vida acumulativa de horas pero sin experiencias, sin trascendencia. Individuo reproductivo, repetitivo, sin imaginación, sin intenciones de ruptura.
Hasta que un día reaccionamos como cuando tenemos que sacudirnos de un insecto desconocido que camina por nuestra espalda. Saltamos de la silla o de la cama y salimos a caminar sin rumbo, desorientados, perplejos. Nos hemos dado cuenta de la prolongada muerte en vida. Primer diagnóstico, ya tardío, que nos hace sentir miserables en el tumulto de gentes que van caminando hacia el centro comercial, la iglesia evangélica, el estadio, la fábrica, la universidad. El sentimiento de una vida sin muchas opciones, con expectativas limitadas; un individuo subordinado a jefes, reuniones, comités, compañeros de trabajo, parientes que nos llaman y visitan de vez en cuando. Un listado de pagos mensuales, fechas casi exactas, de vez en cuando la interrupción de una enfermedad, un accidente, un hundimiento depresivo. Pequeños paréntesis de flaqueza en la competencia de todos los días por ser al menos igual a un buen ciudadano o a un buen católico o a un correcto heterosexual o a un funcionario eficiente o a un buen esposo.
Tengo esposa, una compañera que duerme conmigo hace treinta y cinco años. Tranquila, hacendosa, buena en la cocina, lectora juiciosa, correcta en sus modales. Tiene la tenacidad de un ancla, me enseñó a vivir en un orden con ciclos de lavado, de planchado, de compras en días de promoción, de paseos en el auto. Vida sencilla sin excesos, sin defectos, sin grandes compromisos. Nada de militancias políticas ni religiosas; nada de aventuras en el sexo. Imaginación limitada a un buen gusto, parecido al de los platos que pone en la mesa. Todo debidamente distribuido y adobado, porciones justas, horarios establecidos.
Sin embargo, llega la saturación y la corrosión. Los muebles desfallecen, los cuerpos se agrietan, los dolores aparecen en zonas del cuerpo. Los pequeños olvidos se acumulan: el arroz sin sal, el jugo sin azúcar, las frutas se pudren en la mesa. Volvemos al restaurante donde nos han robado más de tres veces y decidimos nunca volver por enésima vez. Olvidamos los nombres de viejos rostros familiares y nos da vergüenza admitirlo.
Alberto Otaiza Gallion, Ciudad de México, marzo de 2016

martes, 21 de febrero de 2017

Pintado en la Pared No. 152- Cien años de una revolución




Son cien años de la revolución rusa, aquella que quiso anunciar un mundo nuevo, el de la realización de la utopía comunista y que terminó siendo una dictadura, no la del proletariado liberado de la opresión capitalista, sino la del partido comunista, esa maquinaria de ambiciones de los supuestos líderes de la “vanguardia revolucionaria”. Después de esos cien años, qué sentido puede tener para nosotros la palabra revolución.

La revolución es una palabra desgastada que ha perdido su valor. Comenzó siendo muy trascendental al indicarnos transformaciones muy importantes en el mundo social y político: “la revolución política inglesa”, “la revolución francesa”, “la revolución bolchevique”, “la revolución mexicana”. La palabra se volvió invasiva cuando quisimos con ella dar sentido de cambio en muchas esferas de la vida: en el arte, en la moda, en las costumbres. Lo trascendental lo volvimos trivial. Los políticos mediocres de todos los días se encargaron de acudir a la palabra revolución como parte de su actividad demagógica. La ilusión de cambio la quisimos disfrazar de revolución hasta que terminamos saturados de revoluciones fraudulentas que escondían dictaduras militares, tiranías en nombre del socialismo o del pueblo o de la igualdad. En fin, hoy la revolución es una noción saturada que provoca desconfianza; dejó de indicar mutaciones radicales para referirse a cualquier cambio de poca trascendencia.
A inicios del siglo XX, ser revolucionario significaba pertenecer al mundo de los grandes cambios, hacer parte de la superación de la democracia liberal y del capitalismo. El  revolucionario era un visionario, era alguien capaz de volver concreta una utopía. Utopía es otra palabra que ha perdido su trascendencia. Revolución y utopía pertenecen a un pasado glorioso de enfrentamiento de lo nuevo contra lo viejo, del comunismo contra el capitalismo. Hoy, con el fracaso de las revoluciones y sus utopías, estamos ante un mundo vacío que busca ser llenado, ¿con qué, cómo? Ese vacío, esa carencia es el sello distintivo de nuestra época.
Las revoluciones y los revolucionarios parecen situarse en el pasado, en una especie de museo. Apelar hoy a una revolución en algo es un anacronismo; es un intento de regresar a una situación anterior. La revolución antes significaba un porvenir incierto pero abierto, lleno de posibilidades y, sobre todo, un futuro que nosotros podíamos construir. Hoy es difícil inventarnos algo porque pareciese que toda nuestra imaginación se hubiese agotado. O quizás nuestro deseo de cambiar ha sido remplazado por el conformismo, por la adaptación a las condiciones de nuestras sociedades contemporáneas.  
Quizás sea necesario regresar a los orígenes de la revolución que históricamente y hasta etimológicamente estuvieron en la rebelión, en la revuelta, en la inconformidad de las sociedades ante sus situaciones. Cuando hay protesta, levantamiento, rebeldía estamos regresando a lo esencial de una revolución que es la inconformidad del ser humano con las condiciones presentes en el mundo en que vive. Sacudirse de cualquier forma de dominación hace parte del fermento revolucionario y es un acto auténtico que tenemos que volver a saber valorar. La revolución tiene un profundo sentido colectivo que hemos perdido; quizás recuperar ese sentido colectivo de la rebelión, de la protesta puede hacernos creer, de nuevo, en la palabra revolución. 
   

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