Pintado en la Pared No. 344
Asesinos
Hay asesinos
circunstanciales que han matado a alguien muy a su pesar. Lo han hecho muy
posiblemente en defensa propia, en una situación de apremio en que era
indispensable salvar la propia vida. Ese tipo de asesino vive mal, recuerda
aquel momento siempre como la gran pesadilla de su vida. Es una mancha que no
puede limpiar, un remordimiento que no logra remover y todas las noches vendrá
el mal recuerdo que le atormentará. Ese asesino mató a alguien y dejó de vivir.
Ganó la infelicidad hasta su muerte y es muy posible que alguna vez se suicide
o al menos lo intenté.
Hay otros asesinos muy
decididos que comienzan su trayectoria desde muy jóvenes, casi niños. Algunos
tienen un prontuario desde los doce años, edad en que por ejemplo mataron a un
padrastro que golpeaba a la madre o que violaba a ese niño y a sus hermanos.
Con aquella primera experiencia criminal queda el mundo abierto para seguir
matando. Después de aquel momento primigenio adquieren destrezas con varias
armas, hacen parte de bandas delictivas, caminan las calles muy seguros de sí
mismos. Sienten que han nacido para matar y ofrecen sus servicios. No sienten
ni dolor ni vergüenza ni lástima por nadie, salvo por su propia madre y sus
hermanos menores. Si no se vuelve jefe, entonces es el más fiel servidor de
alguno, el incondicional y, sobre todo, el más efectivo. Ganará dinero y
prestigio por asesino y andará orgulloso de la leyenda que ha ido construyendo
en forma prematura. Morirá joven o quedará inválido sin cumplir veinte años. No
podrá amar a nadie.
Aquellos asesinos por
profesión temprana serán superados solamente por los asesinos por vocación.
Aquellos que han sido preparados espiritualmente para entender la vida como un
combate a muerte. Para ellos matar no es una necesidad, no es un negocio, no es
asunto de dinero. Es un asunto de honor, es el método ideal del triunfo en la
sociedad. Matan por pura convicción, porque hay que deshacerse de rivales y
obstáculos que se atraviesan en su camino hacia el éxito. Ansían el poder,
ansían los placeres mundanos. Nada puede trastornarles la intención de vivir
así. Estos seres planean y ejecutan, calculan muy bien sus acciones y las
consecuencias. Luego, curtidos de esa trayectoria, sabrán delegar en sicarios,
en matones como aquel niño que acabamos de describir. Estos asesinos por
vocación y por convicción son rutilantes, famosos, hasta populares. Suelen ser
políticos audaces, a la vez amados y temibles.
Los asesinos por vocación
pueden matar hasta a su propia madre. No tienen amigos, sólo creen en aliados y
cómplices circunstanciales. Son individuos intelectualmente bien preparados;
han ido a las mejores universidades. Conocen el recetario neoliberal en
economía y lo aplican con rigor. Suelen situarse en las derechas de la política
y, acaso, muy hábiles, se camuflan en la izquierda para eludir sospechas. Este
tipo de asesino es el más parecido al asesino serial, al psicópata. Pero, al
tiempo, es el más difícil de detectar, sólo podrá percibirlo alguien muy
cercano que haya padecido y sobrevivido a su aplastante maquinaria de desprecio
y perversión. Si no cometen errores en sus acciones, llegarán muy lejos en sus
ambiciones de dominio. Los veremos con frecuencia en la televisión.
(Tomado de la libreta de apuntes de un agente de policía en Bogotá).
Comentarios
Publicar un comentario