Ahora, cuando en
Colombia estamos situados en el alero que nos aproxima al mes de septiembre de
este año pandémico, cuando sumamos alrededor de 150 días de confinamientos
generales o parciales, de uso de tapaboca, de distanciamiento físico, de toques
de queda, de restricciones en el transporte terrestre y aéreo, de cuarentenas
por zonas en las principales ciudades, se vuelve imperioso un balance de una
experiencia colectiva inédita. Han sido cinco meses esperando “el pico” de la
pandemia que parece haber llegado cuando las cifras han comenzado a dibujar una
meseta estadística y unas leves disminuciones en muertes, en nuevos contagios.
Cifras que merecen evaluarse con escepticismo, puesto que la reducción de
contagios corre pareja con la reducción del número de pruebas en un país que
nunca, en los cinco meses, logró hacer el número mínimo de pruebas en relación
con el número de habitantes.
Los expertos en el
tema -si puede haberlos- hacen un balance claroscuro: en algunas ciudades logramos
la desaceleración de los contagios y, en otras, la aceleración de los contagios
y muertes corrió pareja con el aumento de la pobreza y el desgaste general de
la economía. Lo poco o nada logrado hasta ahora en disminución de contagios y
en el control de las variables de la economía es la dura demostración de que
hacíamos parte de los países menos preparados para afrontar los efectos de una
pandemia; porque, sin duda, para esta pandemia y cualquiera otra todos los
países debieron estar preparados. Los Estados, si eran instituciones
organizadas con cierta capacidad de pronóstico, de cálculo y de control sobre
las expectativas de los seres humanos, debieron poseer el conocimiento
suficiente para preparar sus sistemas de salud, sus sistemas económicos y de
alimentación para mitigar la muy probable llegada de una expansión pandémica.
Precisemos algo: la
pandemia del nuevo coronavirus no ha sido hecho imprevisto, pero sí un hecho
intempestivo. Desde 1997, la OMS estaba exhortando a todos los países a que
tomaran medidas de prevención ante una pandemia de influenza; aún más,
recomendaba que los Estados adoptaran medidas sanitarias no farmacológicas
respaldadas en fundamentos legales y reformas constitucionales, de tal modo que
no hubiese violaciones a los derechos humanos; muchos informes científicos de fines del milenio
pasado sugirieron, casi que imploraron, que los países adoptaran políticas de
salud pública y de control a la producción agrícola que evitaran la propagación
de enfermedades zoonóticas cuyo desenlace fuese la propagación mediante alguna
mutación de un virus de influenza.[1] Los
científicos de entonces recomendaban, además, la destinación de rubros
importantes para la investigación biológica y médica de tal manera que hubiese
algún grado de anticipación farmacológica -las vacunas, por ejemplo- para
evitar el desgaste social de prolongados confinamientos; y a eso agregaban, con
énfasis, que hubiese reservas presupuestales para garantizarles a todos los
seres humanos, de cada territorio, su seguridad alimentaria, su estabilidad
laboral, su expectativa de vida en caso de confinamientos masivos mientras se
hallaba la vacuna contra el nuevo virus. En suma, el hecho pandémico de este
nuevo mileno era previsible; por supuesto, no podía anticiparse ni fecha ni
origen exactos, pero sí era posible que sucediera y había que tener reservas económicas
para resistir a su llegada. Pero se impuso todo lo contrario; se impuso la
lógica del lucro, el comportamiento depredador de la economía mundial aceleró
lo que era inminente y ahora padecemos, en muchos sentidos, los estragos de la
irresponsabilidad de las dirigencias políticas del planeta.
La gran mayoría de
países y sus gobernantes no estaba preparada ni interesada en atajar una
pandemia; nadie, ni chinos ni estadounidenses ni rusos tenían interés en la
moderación de la industria agrícola, y menos en la disminución de la producción
y el consumo masivos de animales. Eso sí, aquellos países apoyados en regímenes
autoritarios o que tenían grandes reservas de dinero en la banca estatal o que
mantuvieron sistemas de salud de amplia cobertura en infraestructura y en
personal médico (o que reunían todas estas condiciones) han podido atender con
alguna ventaja los trastornos muy diversos de la pandemia. Claro, la situación inversa
iba a ser -como está sucediéndonos- para aquellos países cuya precariedad
previa a la pandemia se plasmaba en sistemas de salud arruinados y corruptos,
con un personal médico de baja formación y mal remunerado; con una economía en
altos niveles de informalidad laboral; con alta tasa de desempleo; con baja
productividad agrícola; con una débil banca estatal y, de modo asimétrico, con
una banca privada mimada por el gobierno. Y a todo eso, como si no bastara, le hemos
agregado la corrupción del Ejército; el asesinato sistemático de líderes y
lideresas sociales; el débil, por no decir nulo, ejercicio de soberanía en las fronteras
del territorio; y un joven presidente que había llegado al poder con el apoyo
de quienes quieren “hacer trizas” los acuerdos de paz firmados con la guerrilla
de las Farc. En fin, un país así, como el nuestro, no podía reunir las
condiciones para salir bien librado de la actual pandemia; todo lo contrario,
parece que la dirigencia política colombiana le apostara a un proceso de
auto-aniquilación en que el contagio por coronavirus es apenas uno de los
componentes de una tragedia colectiva.
Mientras que nuestra
poca ciencia local ha podido hacer y decir muy poco -y cuando ha logrado decir
algo provoca ridículo, como las intervenciones debutantes (y dubitantes) de la
ministra del recién creado Ministerio de Ciencia- los políticos de toda laya
han cobrado importancia a pesar de o gracias al confinamiento masivo. El
principal triunfador de estos cinco meses pandémicos ha sido el presidente Iván Duque; y no porque haya hecho lo correcto en materia de medidas económicas para
paliar los golpes sociales del confinamiento, sino porque ha podido hacer lo
que él ha querido sin mayores obstáculos. Ha contado con las ventajas de una
sociedad desmovilizada y con un parlamento inane que no ha ejercido ningún tipo
de control ni ha tenido voluntad legislativa.
Pintado en la Pared No. 216.
[1] La inminencia de una pandemia
de un virus de influenza logró sacudir un poco a la comunidad de países, tanto
que en 2007 el Ministerio de Salud de Colombia contrató un Plan de
Prevención y Mitigación del Impacto de la Pandemia en Colombia. Puede ser
interesante contrastar las orientaciones de aquel plan con las medidas
adoptadas en la situación pandémica actual.
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