En Montenegro todo
mundo trabaja duro; a las cuatro y media de la mañana uno ya está bañao y traguiao
(los tragos suele ser una bebida caliente para iniciar la jornada; una
taza de aguacafé es lo más corriente en la región cafetera de Colombia). A las
cinco uno está saliendo pa´la finca; a las seis, uno ya está en el surco; a las
ocho, uno está con el desayuno y otra vez pa´l cafetal o la platanera. Aquí no
descansamos ni el domingo, porque ese día hay que lavar, planchar, hacer de
comer y alistar la semana que viene. Pero no ha de faltar el pícaro, el
sinvergüenza, el flojo, el zángano que mientras los demás trabajamos, él se
queda durmiendo. Hay unos que duermen sagradamente el lunes la borrachera del
domingo, y empiezan a trabajar el martes. Algo se inventan para llegar a pedir
trabajo pa´l resto de semana. Pero conozco uno que es peor, ese no trabaja ni
lunes ni martes ni ningún día de la semana. Si acaso sale de la casa el jueves
o el viernes para buscar a quién esculcar o a quién goteriarle (en
Colombia, hombre goterero es aquel que vive tomando y comiendo a
expensas de los demás).
Para más señas, tiene
nombre de alcalde, de hombre importante. Se llama Fabio Arturo Calle, y se la
pasa calle arriba y calle abajo, sobre todo después de mediodía, porque ya está
almorzao. Y les doy otra seña, camina mirándose el rabo. No mira hacia delante,
sino hacia atrás, porque desde pequeño le metieron el terror de que le iba a
salir cola de cerdo, dizque porque el diablo lo tenía entre ojos. Y se quedó
con esa inquietud. Es un viejo de cincuenta y cinco años y todavía cree en esas
bobadas. Mientras usted habla con él, el tipo está mirándose el rabo, hasta da
la vuelta completa como si buscara una mosca que le zumba en el culo.
Pero eso es todo en lo
que cree, porque el hombre nunca va a misa, le debe plata a todo el mundo y no
cree ni en su propia madre; a la pobre vieja la tiene dominada, la pobre doña María
le tiene miedo y hasta dicen que el tipo le pega cuando la viejita no le tiene
la comida lista. La lleva todos los meses a reclamar el susidio (quiso
decir subsidio) para la tercera edad y él se queda con la platica dizque para
hacer un mercado. ¿Y saben lo que hace? Pues se va a beber con el dinero de la
viejita, invita amigos, comienza parranda el jueves y llega amanecido el lunes
a hacer ruido en el barrio para que María le abra la puerta, y muchas veces a
la viejita le toca lidiar con el tasista (el conductor de taxi), porque
el hijito querido no tiene con qué pagar la carrera.
En Ciudad Alegría le
decimos El Zángano, porque no hace enteramente nada; no se lava los dientes
y por eso ya no tiene nada qué mostrar cuando se ríe, y hasta será por eso que casi
no se ríe. Es de los que todavía orina en bacinilla, y la pobre doña María
tiene que levantarse a botarle y a lavarle el becao de orines. Es que le
da pereza hasta caminar al baño. Cuando golpean en la puerta de la casa, él
nunca sale y se tapa con las cobijas. Si usted busca algún día, por curiosidad,
la casa donde vive ese tipo, es muy fácil: es la casa esquinera que huele a
carne rancia revolcada con orina vieja. Imagínese los olores cuando abren la
puerta, yo no puedo entrar del asco tan horrible.
Dicen, los que lo
conocen desde niño, que cuando iba a pasar de la escuela primaria al
bachillerato el muchacho se rebeló y le dijo a su abuela -y no a su madre- que
no quería ir a estudiar al Instituto Montenegro; y la abuela, una viejita
analfabeta y rezandera, le dijo: “Bueno, mijo, quédese aquí conmigo”. Y la
madre, doña María, se quedó viendo un chispero porque a ella no le
volvió a obedecer nada. El muchacho se quedó sobijándole (manera
coloquial de decir sobar) la espalda a la abuela, mientras todos los demás en
la casa trabajaban en fincas aledañas. Mientras todos madrugaban a ganarse lo
del diario, este sinvergüenza seguía envuelto en cobijas, porque era “un tesoro
de niño”. Se quedó como el niño mimado de la casa, andando en pantalones cortos
hasta muy viejo. Se levantaba tarde, comía como un rey, y cuando murió la
abuela quedó mirándose el rabo, porque creyó que había maldición y que por
haber sido un zángano le iba a salir cola. Alguien le dijo eso alguna vez para
asustarlo y es el único susto que le quedó en la vida al desgraciado.
Pintado en la Pared
No. 219
Gilberto Loaiza Cano,
Montenegro, año pandémico 2020.
No hay comentarios:
Publicar un comentario