Este pueblo aburre,
siempre tan repetido en sus días. Las mismas caras en los mismos lugares. Hasta
la muerte es aburrida; es costumbre dos asesinatos semanales. Pobres muchachos
con disparos en la cabeza. Los policías, como siempre, llegan tarde. Todos
comentan lo mismo: líos de la venta de drogas. Muchachos pobres que quieren
volverse ricos y se ganan pronto un hueco en el cráneo. Los demás se
acostumbran a caminar las mismas calles, al mismo trabajo, al mismo día de ir
al mercado, al mismo día de bancos cerrados, al mismo viaje a Armenia para pedir
una cita médica, para un examen de laboratorio, para comprar lo que no venden
en este pueblito arrabalero, para esconderse un rato donde las mismas fufurufas.
Teresita Meza se aburre
de ver los mismos árboles, de tender la misma cama, de comer el mismo desayuno.
Vida larga sin sorpresas, sin estremecimientos, salvo la muerte que se acuesta
en largas agonías hasta que de la cama se pasa al ataúd y del ataúd al hueco
del cementerio. Y después sólo queda rezar por el alma del uno y de la otra y
de aquella y de aquel hasta que tanto rezar se vuelve una cosa interminable de
recuerdos mal acumulados, de vivos que parecen muertos, de muertos que todavía
están por ahí caminando vivos y que yo creía muertos (¡Ay! Yo pensaba que
usted estaba muerto). Teresita Meza sale todos los días al pueblo, en el
mismo turno del mismo jeep. Su caminata es predecible. Siempre camina hasta la
alcaldía, pasa a la iglesia, les acaricia los pies a dos o tres santos, pide el
mismo milagro de hace cincuenta o sesenta años, el mismo milagro que ya no le
hicieron (¡Ay! Dios sabe cómo hace sus cosas). Sigue a la misma
panadería, compra el mismo pan (¡Ay! No se me ocurre comprar ese otro pan
que parece tan provocativo). Da la vuelta hacia la funeraria, se detiene a
mirar el aviso fúnebre del día.
-¿Alguien conocido,
Teresita?
-No, yo no sé quién será
el muerto.
-¿No se acuerda de don
Miguel Restrepo? Le decían Cebolla.
-Ay, claro, Cebolla
Restrepo.
-¿No fue novio suyo?
-¡Ay!, cómo se le ocurre
decir esas barbaridades, y aquí delante del difunto. Yo nunca tuve novio.
Teresita Meza sí tuvo
novio, novio a medias, novio de pintado con buñuelo, novio de caminata dominical
por el parque mientras chupaban paleta. Hasta que el novio murió de
aburrimiento. Teresita Meza no sabe qué es montar en avión o tomar masato o beber
cerveza o fornicar o ir a Bogotá un fin de semana o ir a cine o leer Cien
años de soledad. Teresita Meza recuerda que una vez fue a Cali (¡Ay! Espere
me acuerdo. No fue hace mucho, por los días en que vino el papa Pablo VI).
Teresita Meza reza todos los días desde las cuatro de la tarde, a esa hora
comienza a temerle a la noche, a las nubes, a la lluvia, a los relámpagos y
truenos, a que se duerma y no despierte y no pueda salir a caminar y volver a
pasar por la funeraria y ver quién ha muerto (¡Ay! Qué tal que aparezca
anunciado mi nombre. Qué tal que todos sepan, menos yo, que he muerto. Dios me
ampare. Padre nuestro que estás en los cielos).
Gilberto Loaiza Cano
Pintado en la Pared No. 2021.
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