Trump
es el síntoma de un problema.
Junto
al avance mortífero del nuevo coronavirus, en estos últimos diez meses hemos
presenciado el avance de la deriva política de Estados Unidos. El presidente
saliente, Donald Trump, no ha sido el problema; ha sido, más bien, el síntoma
más visible de una crisis que hunde sus raíces en la segunda mitad del siglo XX
y que, hoy, pone en tela de juicio el modelo exitoso de vida republicana y
sistema capitalista del país del norte.
Donald
Trump personifica, con su errático y hasta peligroso comportamiento, las
abyecciones del capitalismo: los excesos de la codicia, la exaltación del
individualismo sobre cualquier idea de bien común, el irrespeto de las reglas
de la economía y de la política. Por ejemplo, el hecho de no pagar impuestos
era exhibido como prueba de audacia; sin embargo, ese simple hecho simboliza
uno de los problemas que tendrá que resolver prontamente la vieja democracia
norteamericana, el de las desigualdades económicas, el del exceso de riqueza y
el exceso de pobreza, el de un sistema de tributación que ha favorecido a los
más poderosos.
Al
lado del anecdotario cínico del empresario convertido en presidente de la
primera potencia del mundo, ha ido creciendo el enfrentamiento social a causa
de las discriminaciones raciales acompañadas de violencia oficial contra
ciudadanos afrodescendientes, principalmente. En los últimos meses del agitado
cuatrienio de Trump, los enfrentamientos callejeros entre supremacistas blancos
y grupos socio-raciales que han sido víctimas de discriminación y represión han
puesto en evidencia que Estados Unidos ha acumulado conflictos que buscan algún
desahogo, mientras los partidos políticos -el republicano y el demócrata-
parecen desbordados por la fuerza de los hechos.
El
país de las desigualdades.
Estados
Unidos ya no es el país de las maravillas, al contrario. Más o menos desde la
década de 1980 acumula unas desigualdades que han dejado huella de
resentimiento en varias generaciones de norteamericanos hasta hoy. El Estado
abandonó sus compromisos de cobertura universal en el sistema de salud; también
dejó de garantizar el acceso a la educación universitaria basado en el mérito y
las capacidades de los individuos. Los estudiantes brillantes de las clases
populares quedaron a mitad de camino de su formación, mientras el acceso a las
universidades quedó determinado por la capacidad económica de una minoría que podía
comprar los cupos de sus hijos. Al mismo tiempo, el sistema fiscal ha acentuado
la desigualdad al permitir la acumulación de riqueza sin cargas impositivas
para una minoritaria población extraordinariamente rica; lo que esa minoría
poblacional no paga en impuestos deben compensarlo las clases medias. Mientras
todo esto ha venido sucediendo, el nivel del salario mínimo ha ido decayendo, y
a eso debe agregarse las pérdidas masivas de empleo entre aquellos sectores que
con dificultad lograban el disfrute de un salario.
Ante
semejante acumulado histórico de las últimas décadas, era imposible que no se
produjese una enorme brecha entre ricos y pobres, entre grupos sociales
privilegiados y otros que experimentaban el continuo declive de sus esfuerzos
en el mundo laboral. La población blanca empobrecida halló en los
afrodescendientes y en los inmigrantes latinoamericanos los principales rivales
en su afán de lograr algún nivel de vida confortable; pero, en realidad, lo que
ha venido sucediendo es que el antiguo obrero blanco, la población laboral
afrodescendiente y mestiza de diversas nacionalidades han sido los grupos
sociales perdedores de un neoliberalismo rampante que les ha entregado los
mayores beneficios a un grupo selecto de empresarios.
La
crisis de representación de los partidos políticos.
Ni
el Partido Republicano ni el Partido Demócrata parecen tener los instrumentos y
las intenciones para resolver un conflicto de enorme magnitud; ellos mismos han
sido responsables de haber llevado a su país a este callejón sin salida. El
Partido Demócrata, en sus orígenes, representó los intereses de los inmigrantes
europeos, mientras se debatía entre la defensa o no del despiadado sistema
esclavista del sur de Estados Unidos; el Partido Republicano nació
representando a las élites financieras e industriales, y aparentemente modernas,
del norte de Estados Unidos. A partir de la década de 1980, los dos partidos
han dado virajes, quizás no deseados, en medio de la insatisfacción de las
demandas populares; los demócratas dejaron de ser cercanos a los obreros y
campesinos e intentaron ser más próximos de las clases medias urbanas. Mientras
tanto, los republicanos fueron adoptando a los grupos sociales huérfanos de la
representación demócrata. Pero ni el uno ni el otro han sabido atender las
necesidades de los grupos socio-raciales estigmatizados desde los tiempos más
duros de la discriminación y la segregación; ni el uno ni el otro han logrado
satisfacer las exigencias de igualdad en las oportunidades de acceso a la
educación universitaria, al empleo estable y a topes salariales dignos.
Del
lado del Partido Demócrata, cualquier intento de expresión de una política de
centro izquierda o social-demócrata -como la de Bernie Sanders- ha sido
bloqueada por opciones más moderadas o conservadoras como las de Obama, las de
los Clinton y la del actual presidente electo, Joe Biden. Del lado republicano
hubo una toma neo-populista con el triunfo del charlatán Donald Trump. La
ironía de todo esto es que las masas populares norteamericanas vieron en un
empresario, cuya fortuna ha sido el fruto del aprovechamiento de las fisuras
del sistema de tributación, el líder providencial que podía darles genuina
representación a sus demandas de igualación socio-económica. Trump y su círculo
más cercano de políticos del partido republicano estaban sirviéndose del
descontento acumulado por décadas de, principalmente, los blancos empobrecidos
para construir un capital político que, posiblemente, podía derivar en un nuevo
partido. Pero la derrota electoral y los errores de cálculo del propio Trump
(muy visible, por ejemplo, en el discurso de incitación a un auto-golpe con la
toma del capitolio en la jornada del 6 de enero), parecen haber truncado esa
posibilidad.
Las
incógnitas del futuro inmediato.
Puede
ser que Trump quedé tirado en la orilla del camino, desahuciado y despreciado
por los mismos que lo catapultaron al poder y mimaron sus desmanes; pero los
problemas de la desigualdad creciente seguirán presentes en la vida cotidiana.
¿Podrá avizorar ese dilema el viejo Joe Biden? Por lo menos la conformación de
su gabinete permite abrigar algunas esperanzas. ¿Sabrá que tiene que dar unos
duros timonazos que sacudan la comodidad de los archimillonarios
estadounidenses? Una de las grandes reformas tiene que ver con las
desigualdades del sistema fiscal, un tema de amplia discusión en el seno de ese
partido. ¿Aparecerá otro líder de raro carisma que condense ese descontento
social por fuera de los partidos políticos tradicionales de Estados Unidos? Es
muy posible que sí, en la medida que los dos partidos políticos no corrijan
radicalmente la relación con sus electores. A propósito de electores, el
arcaico sistema electoral también ha caído en el descrédito, y no solamente por
las denuncias mal fundamentadas de fraude del ambicioso Trump ¿Joe Biden será
el capitán de un barco a la deriva? Los días por venir nos dirán la respuesta.
Recomendación
bibliográfica sobre el tema: Thomas Piketty. Capital et Idéologie, Paris, Éditions du Seuil, 2019, (especialmente,
capítulos 10 y 11 de la tercera parte).
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