Mundos pequeños.
En el microcosmos de la
vida aldeana se aprecia con mejor detalle, como si la escala de observación se
hubiese ampliado y nos permitiese seguir la ruta de una hormiga solitaria, el
peso inercial de costumbres arraigadas, amarradas al suelo por la tradición
familiar, por el respeto al legado de los antepasados y por un sistema de
creencias que combina la adhesión al catolicismo y a unos principios
inamovibles de comportamiento cotidiano. En esta pandemia conocí a Amelia, una
señora que supera los setenta años y que todo su mundo ha sido la labor en la
cocina y el descanso en su habitación; mujer de pocas palabras, tímida, ensimismada
que no toma ninguna decisión propia; sus hermanos son un poco mayores (Esther y
José Manuel) y salen a la cabecera municipal casi todos los días. Ellos, a
diferencia de Amparo, tuvieron vida profesional y conocieron un poco más de
mundo que ella. Esther fue visitadora rural, una especie de trabajadora social que,
en la vida del campo, prestó un servicio comunitario invaluable en la visita a
cada hogar campesino y era la personificación del Estado que llevaba algunas
instrucciones médicas y de higiene; mujeres como ella controlaron los brotes de
malaria y tuberculosis en el campo colombiano hasta fines del siglo XX. José
Manuel tuvo formación universitaria y es ahora un maestro de escuela jubilado.
Ninguno de los tres hermanos ha viajado en avión; la distancia más larga que
han recorrido en los últimos cuarenta años es la que separa a su vereda, en
Montenegro, de Armenia, la capital quindiana. Muy excepcionalmente, José Manuel
fue un día a Cali y regresó ese mismo día.
Pero el caso más impresionante
es el de Amelia. No conoce un mundo distinto a los desafíos diarios de la
culinaria elemental, del tendido de las camas, de barrer y limpiar la habitación,
de alimentar a las mascotas. No lee, no escribe, ve muy poca televisión, su
gran vínculo con el mundo es un par de estaciones radiales y los chismes
diarios que le trae Esther de sus caminatas por el pueblo; cuando va al pueblo
es, casi siempre, por iniciativa de su hermana y cuando el suceso lo justifica:
asistir a un sepelio, reclamar la mensualidad de su reciente pensión. Cuando
los visito, las respuestas de Amelia para cualquier pregunta mía son,
invariablemente, “no sé”. Las decisiones fuertes de la casa, parece, las toman
sus hermanos, incluso en asuntos que le incumben plenamente a ella. Por
ejemplo, en estos días de vacunación para los mayores de setenta años, Amelia
no sabe si se vacunara, “hay que esperar qué dicen José Manuel y Esther”.
Otro ejemplo de reclusión en la vida doméstica es el de mi tío Cristóbal. Su
decisión de replegarse en el solar de su casa, desde 1990, es aparentemente un
ejercicio soberano de su voluntad. El día que más camina es cuando queda solo
en la casa y debe abrir la puerta. Mi tío Cristóbal es locuaz, dicharachero,
buen repentista de refranes antioqueños; pero sus principales conversaciones
son con su vieja lora que tiene más de cuarenta años y con los pobres pájaros
enjaulados. Por alguna razón, a mi tío no le interesa desde hace tres décadas
salir a la tienda, comer en un restaurante y mucho menos visitar al médico o viajar
a otras ciudades. Cuando inició la cuarentena, dijo con su común buen humor que
eso para él no era ninguna novedad, que nos llevaba treinta años de experiencia
en la vida de encierro y que estaba disponible para dar algunos buenos consejos.
Mi tío tiene 86 años y no quiere salir a vacunarse, está esperando que la
enfermera visite su dominio reducido al breve espacio de un patio.
Pintado en la Pared No.
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