Sin líderes.
¿Los políticos, los
gobernantes de cada país de este mundo han estado a la altura de crisis de
salud pública provocada por la peste del coronavirus? No, ninguno se ha
destacado ni por su solidaridad, ni por su generosidad, ni por su audacia.
Todos han tenido un comportamiento reactivo y tardío, otros le han añadido
mezquindad, avaricia y hasta desprecio por la vida humana; eso incluye a los
dirigentes chinos, a los europeos, a los del diverso continente americano.
Todos han estado por detrás o por debajo de la expansión mortal del virus. Ni
el capitalismo, ni el socialismo, ni los populismos de izquierda y de derecha,
ni las democracias parlamentarias han sido eficaces en esta dura coyuntura. En
fin, la política ha sido un fracaso; lo que han aprendido nuestros líderes acerca
de la administración pública, acerca de la salud pública, acerca de cómo
afrontar situaciones imprevistas, acerca de cómo poner el Estado en función de
una emergencia sanitaria ha sido poco, muy poco. O la ciencia política ha
demostrado su ineficacia o los alumnos convertidos en presidentes y primeros
ministros han sido pésimos estudiantes.
Este año de peste nos ha
enseñado, sin piedad, que el mundo carece de líderes. Una de las grandes causas
de la expansión de los contagios en Europa y en América fue que los gobiernos
tomaron decisiones tardías, demoraron en cerrar las fronteras, vacilaron en
decretar cuarentenas. En América, particularmente, algunos presidentes se
distinguieron por subestimar el problema; Donald Trump, Boris Johnson, Jair
Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador quisieron hacer creer que el nuevo
coronavirus no era más que una simple gripa; luego tomaron medidas erráticas
que aceleraron las cifras de contagios y muertes. Más cerca de nosotros, el presidente
ecuatoriano Lenin Moreno fue desbordado por la crisis de contagios y muertes en
Guayaquil, algo que tardó en admitir; luego, sus ministros de salud prefirieron
resolver sus angustias privadas antes que fortalecer el débil sistema de salud;
en Argentina, un ministro creó una sala exclusiva para repartir las primeras
vacunas a familiares y amigos.
En Colombia, un país
acostumbrado a hacer todo a medias respondió mediocremente a las alarmas de la
pandemia; el presidente Duque tardó en cerrar aeropuertos y en declarar el
confinamiento general. Las ayudas a la población pobre fueron insuficientes,
mal distribuidas, porque las bases de datos del Estado son incompletas y no
poseen información fidedigna de cuántos y quiénes son los ciudadanos en situación
económica precaria. La miseria impuso sus propias reglas de desespero y obligó
a la gente a abandonar las restricciones del confinamiento; en otras partes, la
gente pobre hacinada en viviendas estrechas no podía soportar confinamientos
prolongados mientras se vivía a temperaturas superiores a los treinta grados
centígrados. Países como Colombia desmantelaron desde la década de 1990 los
sistemas de salud pública, abandonaron la investigación farmacéutica y la
fabricación de vacunas; el personal de salud es minoritario y mal remunerado
para afrontar los desafíos de la pandemia.
Al lado del gobierno
Duque, otros políticos se han distinguido en esta grave coyuntura por su
locuacidad irresponsable. Gustavo Petro, el posible candidato presidencial a
nombre de un populismo de izquierda, anunció al inicio del confinamiento que
estaba padeciendo una grave enfermedad y que debía viajar a Cuba para
practicarse unos exámenes que descartaran o confirmaran un cáncer; como si en
medio de la pandemia su situación de salud mereciera algún grado de compasión
diferenciado o distinguido. El inquieto expresidente Uribe posó de
víctima del poder judicial y exhibió todas sus argucias para evadir el
ejercicio de la justicia ante un proceso menor, si se compara con acusaciones
aún más terribles relacionadas con cruentas violaciones de los derechos humanos
durante su presidencia, entre 2002 y 2010. Más debajo de estos personajes,
algunos alcaldes y gobernadores aparecieron involucrados en el robo o el desvío
de recursos que debían destinarse a la inmediata atención de las emergencias de
la pandemia. Cuando los políticos y sus situaciones personales se vuelven más
importantes que la comunidad a la que pretenden representar; cuando sus egoísmos
y ambiciones se destacan sobre las urgencias de la sociedad es porque esos
dirigentes no son los individuos idóneos para asumir el liderazgo de sociedades
expuestas a la inminencia de la quiebra económica, del hambre y de la muerte.
La aparición de las
vacunas fue una dosis de esperanza mundial que se diluyó rápido en las
emboscadas de la voracidad nacionalista, en el afán de lucro de las compañías
farmacéuticas. Ningún Estado, ningún gobernante, ninguna asociación de países
ha podido fijar el derrotero acerca de los criterios y prioridades en la
distribución de las vacunas y en la producción y reproducción de las fórmulas.
Hasta ahora, la batalla por el enriquecimiento a la sombra del sufrimiento
colectivo la están ganando los laboratorios. Los países ricos han hecho
prevalecer sus fortunas y los países pobres han quedado a merced de una
distribución a cuentagotas que no compensa la expansión de los contagios y los
fallecimientos diarios.
El tira y afloja
entre la Unión Europea y el Reino Unido lo ha ido ganando la codicia de Boris
Johnson. Su victoria pírrica será poder decir que se adelantó en el
acaparamiento de millones de dosis y que dejó al resto de Europa expuesto a los
riesgos de una tercera ola de contagios. Ni la Organización Mundial de Comercio,
ni la Organización Mundial de la Salud han podido persuadir a los países ricos para
que liberen las patentes de las vacunas producidas en sus países para que en
Asia, África y Latinoamérica puedan multiplicar más rápidamente las dosis que logren
inmunizar a la mayoría de sus poblaciones.
Algo peor que el
coronavirus ha sido, sin duda, nuestros políticos. Lección despiadada del
momento que, quizás, no aprenderemos.
Pintado en la Pared No
225.
Gracias maestro por las reflexiones, he leído este y el último pintado de tiempos de pandemia, como siempre muy acertadas sus palabras, espero todo marche muy bien en Montenegro. Yo también estoy aprendiendo a ser feliz con cosas simples. Abrazos!
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