Cali: ciudad de la protesta.
En ninguna ciudad de
Colombia la protesta callejera adquirió la intensidad y la complejidad de lo
que ha vivido durante más de veinte días la ciudad de Cali. La capital del
Valle del Cauca y sus alrededores han experimentado la movilización de la minga
indígena caucana, de las comunidades afrodescendientes, las mujeres y, sobre
todo, los jóvenes. Allí, el estallido social ha mezclado el desespero por el
hambre y el desempleo, la indignación por expectativas frustradas, los intereses diversos de los agentes sociales y las comunidades
étnicas, las urgencias de la participación directa en la búsqueda de soluciones
inmediatas. Cali ha levantado, al inicio de las manifestaciones, el bastión de
la resistencia, del coraje; es la ciudad que ha tenido que enfrentar la
represión brutal de la fuerza pública, luego el fuego de
paramilitares protegidos por la penumbra de la noche y por la complicidad de la
policía nacional. Hoy, allí, se está discutiendo en cada instante, en cada
rincón, cómo será el futuro inmediato luego de una lucha en que los principales
sacrificados han sido los jóvenes.
Cali es la principal
ciudad del suroccidente colombiano, concentra y expresa histórica y
demográficamente las desigualdades sociales y económicas. El suroccidente ha
sido desde hace varios siglos el espacio de convivencia muy conflictiva de
comunidades indígenas, afrodescendientes esclavizados, campesinos blancos
pobres, hacendados con sus peonadas. En la segunda mitad del siglo XVIII, desde
Cartago hasta Pasto, la región fue el epicentro de asonadas, motines y
levantamientos en contra de las reformas borbónicas; hubo incendios de los
estancos, de las casas de autoridades parroquiales, manifestaciones en las
plazas centrales. Entre 1848 y 1851 hubo revueltas populares en contra de los
hacendados que pretendían tener el control de los ejidos ; en ese entonces hubo
saqueos, asesinatos, azotes con zurriago a los dueños de haciendas.
En Cali y en el
suroccidente de Colombia se acumula una larga historia de conflictos
relacionados con la propiedad de la tierra, tanto en el medio rural como en el
urbano. Las comunidades originarias han sido sistemáticamente desterradas de
sus propiedades ancestrales mientras ascendía la propiedad hacendataria
concentrada en pocas familias de blancos que se ufanaban de sus linajes
españoles. En Cali, desde el siglo XVIII hasta nuestros días ha habido
conflictos y debates en torno a los ejidos, terrenos comunales cuya propiedad
ha estado en permanente litigio. Más cerca de nuestros tiempos, el
narcotráfico, el comercio de armas, la minería ilegal, la tala de bosques han
exacerbado el crimen organizado, la organización de grupos guerrilleros y
paramilitares, las disputas por zonas estratégicas para el comercio ilegal.
La fisonomía de la
capital del Valle del Cauca ha sido esculpida por enfrentamientos étnicos y
clasistas, por disputas territoriales, por luchas simbólicas en el control de
barriadas. Cada agente social y étnico lucha por el reconocimiento de antiguos derechos,
reclama prioridades en la repartición de recursos, cuestiona fortunas
conseguidas mediante masacres y destierros. Es una ciudad cuya topografía ha
sido segmentada por expectativas enfrentadas; blancos ricos que han usurpado tierras y han querido
imponer su ideal de civismo; blancos pobres provenientes de la colonización
antioqueña que hallaron refugio en el pequeño comercio urbano ; comunidades
indígenas que han sido constreñidas a vivir en tierras áridas y que sobreviven en
medio de las hostilidades de organizaciones guerrilleras, de cultivadores y
comercializadores de coca; afrodescendientes que guardan en la memoria
colectiva las expoliaciones del viejo sistema de la hacienda esclavista más
aquellos que padecen el desplazamiento forzoso en Chocó y Nariño y buscan
refugio en los cordones de miseria que bordean el río Cauca.
Los sucesos de Cali, como
de muchas partes de Colombia, rebasan los postulados iniciales del paro nacional
convocado el 28 de octubre; el pueblo caleño es protagonista de una revuelta cuyo
desenlace ahora no podemos entrever. No ha sido solamente una rebelión de la
pobreza, no ha sido solamente la protesta de los jóvenes sin futuro, no ha sido
solamente la indignación por el asesinato sistemático de líderes y lideresas
sociales, no ha sido solamente la exasperación por el incumplimiento de los
acuerdos de paz. Ha sido todo eso y más. Ante la ausencia de genuinos
liderazgos y de representantes políticos, la heterogénea masa popular caleña
tomó las calles y busca una metodología de negociación con autoridades locales
y nacionales que le garantice la satisfacción de múltiples anhelos.
Entre todas las
exigencias que afloran del día a día de la persistente protesta callejera, en
Cali, destaco el papel cumplido por la juventud. Los muchachos esperan cambios
cualitativos en la educación que les permitan el acceso a una formación técnica
y universitaria gratuita y que les garantice un porvenir profesional. Hablan de
políticas culturales incluyentes, de espacios de recreación y deporte, de
salarios dignos, de acceso a planes de vivienda.
El tiempo pasa y es
posible que la protesta se degrade, que aparezcan agentes sociales que buscan
aprovechar la coyuntura para sus propósitos delincuenciales o para sus
ambiciones electorales. Urge que los jóvenes caleños se organicen y obliguen a
los funcionarios gubernamentales a asumir compromisos por exigencias concretas.
Y supongamos que, en el peor de los casos, la gente caleña que ha expuesto sus
vidas todos estos días no consiga nada palpable que mejore sustancialmente su
situación económica, aun así, ya ha demostrado una valentía y una dignidad que
contrastan con la iniquidad de las acciones del presidente Duque.
La ciudad, luego de esto,
ya no será la misma. Ya no habrá lugar para hipocresías y discursos cosméticos.
La sociedad caleña está dividida; los odios étnicos y de clase han quedado
expuestos. Habrá necesidad, de todos modos, de nuevos pactos de convivencia
entre agentes sociales muy diversos.
Pintado en la Pared No.
229.
Contextualizacion muy necesaria de lo que pasa! Gracias Gilberto!
ResponderEliminarGracias profe por este texto tan pertinente. Un abrazo fraterno.
ResponderEliminarHoy me sigue pareciendo oportuno este texto.
ResponderEliminarProfe me queda una pregunta: La ciudad si cambió en algo?