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Angustia

Hoy me aferro a una palabra que intente atrapar un sentimiento colectivo, esa palabra es angustia. Algunos psicólogos nos hablarán de un trastorno de ansiedad o de pánico y otros, quizás más freudianos o lacanianos, hablarán de la angustia. Yo lo hago por un apego etimológico; hoy estamos sumergidos en una angustia porque nos señala una condición de estrechez, estamos en un momento en que el mundo se ha vuelto angosto de muchos modos; por un lado, la inminencia de un peligro que puede hacer breves nuestras vidas, súbitamente breves. Por otro, estamos recluidos en espacios pequeños, con poco movimiento, con poca capacidad de acción, nuestro libre albedrío ha sido constreñido a unos pocos metros cuadrados. Imagino esas buhardillas de estudiantes en París, donde hay que sobrevivir en 9 metros cuadrados o esa prole numerosa y hambrienta en alguna habitación húmeda de Ciudad Bolívar, en el extremo sur de Bogotá, o en cualquier barrio marginal colombiano. Este tiempo es angustioso, ...

El virus profético

El virus Covid-19 ha despertado otra pandemia, la infección inherente a los profetas, a los agoreros de todo pelambre que, también muy sabios, son los oráculos de todos los males que el destino, la providencia, dios, la virgen y todas las fuerzas naturales y sobrenaturales (sobre todo estas últimas) nos tenían reservados a esta pobre humanidad “agobiada y doliente”. Entonces han hablado los profetas del Armagedón; este bicho microscópico era la plaga que faltaba para castigar todas las perversiones, todas las porquerías mundanas que hemos cometido en nuestras míseras existencias. De modo que, si hacemos bien las cuentas cristianas, esta es como la sexta plaga que faltaba para desatar una limpieza global de pecadores y sólo sobrevivirán los que han sabido esperar el retorno de Cristo; y ese honor sólo lo tendrán aquellos cuya fidelidad fue imperturbable. Por eso solemos decir, cuando se avecina una calamidad, que “nos coja confesados”. Todos los que tengamos un déficit en la caj...

El virus conspirativo

Las teorías conspirativas son fecundas en fantasía; contienen, en su base, algunas certezas que indican que nuestras vidas, nuestras simples vidas, están gobernadas o, mejor, controladas, por grupos selectos de individuos que acaparan los resortes del poder. Nuestro libre albedrío es una gota en un mar proceloso cuyo oleaje es movido por un dedo omnisciente y caprichoso. Entonces, creemos que el mundo está bajo el control de las logias masónicas desde los tiempos de la revolución francesa; o que el mundo lo controlan los judíos repartidos por diferentes rincones del planeta, sincronizados en sus ambiciones por los códigos secretos de una extensiva hermandad; otros desconfían de los adeptos del Opus Dei, otra secta que cabalga entre la religión y la política. Otros verán comunistas o neonazis que se ocultan en altos cargos de la burocracia internacional y que guían las tendencias de la economía y, peor, de los desastres que agobian al planeta. Hoy, el contagio por el coronavirus...

Primero la vida

Me equivoqué, había dicho que el primer lugar de la protesta social colombiana, dictada desde el 21 de noviembre de 2019, era para los jóvenes. Hoy creo que no, las duras circunstancias del asesinato de líderes y lideresas sociales me han obligado a cambiar de opinión. Las estadísticas más conservadoras refieren más de 200 asesinatos al terminar 2019. Matar a un líder o una lideresa social es eliminar la ciudadanía activa, la ciudadanía que delibera, que divulga derechos y deberes, la ciudadanía que congrega, organiza a grupos sociales específicos. Matar a un líder social es matar a quienes piensan, leen, escriben y, muchas veces, cuestionan o discuten decisiones gubernamentales en legítimo uso del derecho a disentir. Los líderes sociales son el resultado genuino de una sociedad que intenta organizarse para hacer prevalecer derechos; su formación y presencia en la vida pública corresponden con la movilización permanente de fragmentos sociales que necesitan reivindicar asp...