El camino hacia el infierno, dicen, está empedrado de
muy buenas intenciones o, en palabras de mi querido Oscar Wilde, las peores
cosas las hacemos con las mejores intenciones. Todo esto es enteramente
aplicable a la estrategia de financiación de la investigación a nivel doctoral
que se inventó mi Universidad; quizás por haberle dejado la letra menuda de la
estrategia a una oficina jurídica o a leguleyos cuya sensibilidad universitaria
la deben tener más debajo de los tobillos, hoy varios profesores que fungíamos
como directores de tesis quedamos comprometidos en un acta como “ejecutores del
gasto”. Es decir, pasamos de un plumazo a ser objetos de eventuales juicios
fiscales cuando éramos – y debimos seguir siéndolo- unos simples directores de
tesis de doctorado. Pues bien, en aquellos casos en que nuestros estudiantes de
doctorado -todos ellos ciudadanas y ciudadanos capacitados para asumir deberes
y derechos- no cumplieron por alguna razón con el compromiso de escribir,
sustentar y aprobar sus tesis, deberemos asumir las consecuencias
disciplinarias, fiscales y laborales de esos incumplimientos.
La credulidad excesiva en el tino de nuestros
directivos universitarios y en la honestidad o capacidad intelectual de
nuestros estudiantes nos ha colocado, a los directores de tesis, en una situación deplorable. Por un lado,
fuimos demasiado ingenuos al creer que cualquier papel que nos haga firmar una
vicerrectoría es un documento surgido de la lucidez más venerable; y, por otro,
aceptamos volvernos fiadores de estudiantes cuyas peripecias personales, cuyos
dramas de salud física y mental ignoramos. De ese modo, algunos/as estudiantes
recibieron dichosamente en sus cuentas bancarias alrededor de 20 millones de
pesos que no sabemos cómo ni en qué gastaron porque, en ciertos casos, las/los
estudiantes se esfumaron; en otros, las/los estudiantes comenzaron a fingir o
demostrar urgencias hospitalarias, tragedias familiares, accidentes caseros, daños
irreparables en el “disco duro”, tratamientos psiquiátricos y hasta ilusionados contagios por esta pandemia.
Con ese panorama, ni el dinero, ni la tesis
doctoral, ni futuras tesis, ni futuras mediciones de Colciencias,
ni futuras investigaciones, ni futuros grupos de investigación, ni futuros
programas de doctorado. Todo eso quedó bloqueado. Tanto daño colateral no lo tuvimos en cuenta ni los
abogados que se inventaron la fécula del acta de compromiso, ni quienes
diseñaron la resolución de “estímulos” a la investigación a nivel de doctorado,
ni los profesores que aceptamos ponernos la soga de la ejecución del gasto, ni los
estudiantes que terminaron hundidos en la enfermedad de la procrastinación. De
este asunto nadie salió satisfecho, todo lo contrario.
Pero por lo menos debería estar sucediendo una cosa que no vemos que suceda; a ningún funcionario de mi Universidad se le ha ocurrido -parece- tocar la puerta (virtualmente, claro, por ahora) de las y los estudiantes que recibieron los dineros que ellos gastaron y que les sirvieron para hacer creer que investigaban y escribían sus tesis doctorales. Al menos, creo, hay que hacerles recordar a esos estudiantes que ellos también firmaron el mismo papelucho comprometedor, que utilizaron recursos de la nación, que le deben alguna lealtad a la Universidad que quiso ayudarles en su formación profesional y que, incluso, tienen alguna deuda de honestidad intelectual con los profesores que metieron las manos en el fuego por quienes quizás no lo merecían.
Y puede hacerse algo más: evitar el uso de esa misma estrategia de “estímulo a la investigación” porque, de seguir haciéndolo, sólo lograremos acelerar la imbecilidad colectiva y la muerte de la investigación universitaria; porque unos vivos seguirán disfrutando del candor de los tontos. Y de eso ya estamos saturados.
Pintado en la Pared, No. 215.
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