La universidad pública y la protesta
social (1).
Algunos colegas
consideran que, en estas coyunturas, como la cruda protesta social en Colombia,
los profesores de las universidades públicas debemos comportarnos como
funcionarios que cumplen rigurosamente con su deber técnico de impartir clases.
Por ser funcionarios públicos, arguyen esos colegas, no tenemos derecho a
inmiscuirnos en la discusión sobre las causas y las consecuencias de la
protesta social; tampoco debemos reunirnos ni en asambleas generales ni en
claustros de departamento para examinar colegiadamente temas tan álgidos
porque, afirman, estaremos incurriendo en la violación de los deberes propios
de la función pública. En fin, colegas así piensan que los profesores
universitarios somos gente sin opinión y que las universidades no pueden ni
detenerse ni alterarse en sus rutinas académicas. Para ellos, la vida universitaria
debe transcurrir impertérrita, abstraída de los sucesos que la asedian. Según
ellos, un profesor de una universidad pública no debería responder a entrevistas
de medios periodísticos que le pidan sus diagnósticos y pronósticos acerca del
fenómeno complejo de la protesta urbana en Colombia. De hacerlo, ese profesor
podría ser sujeto de un proceso disciplinario ante la procuraduría.
Esa concepción de la
universidad pública, puesta en práctica, es altamente perjudicial para cualquier
institución que reúna funcionarios cuyos rasgos más evidentes son los de tener
una formación universitaria privilegiada, si se comparan con el resto de
ciudadanos; las universidades públicas en Colombia concentran algo así como el
70% del personal con título de doctorado en cualquier área del conocimiento, en
un país que muy difícilmente reúne un 1% de la población con título de doctorado.
Ese atributo tan radicalmente distintivo hace que el profesor de la universidad
pública tenga el deber permanente, en cualquier circunstancia, de decirle algo
a la sociedad en que habita; con su trabajo cotidiano, los profesores y
profesoras de las universidades colombianas, entre ellas las públicas, están
guiando a la sociedad, están difundiendo nuevo conocimiento especializado,
están orientando discusiones sobre asuntos cruciales, y ese trabajo cotidiano
de conversación con la sociedad incluye lo que sucede en el aula de clase, en
el laboratorio, en el taller, en la salida de campo, en la conferencia magistral,
en la publicación de un libro, en la columna de opinión de un periódico, en la
entrevista radial o televisiva, en la sesión de una asamblea general de
profesores, en la marcha callejera.
Precisamente por ser un
funcionario público que posee conocimientos que difícilmente poseen los demás; precisamente
por ser un funcionario que ha logrado adquirir conocimientos y títulos
universitarios gracias a los recursos del Estado, este tipo de funcionario
tiene la obligación constante de devolverle a la sociedad lo que la sociedad con
sus impuestos le ha permitido llegar a ser. Un profesor o una profesora de
universidad pública no es solamente aquel o aquella que sabe interpretar el
vitral de una catedral gótica o sabe descifrar un manuscrito del siglo XVII o explica
lúcidamente la diferencia entre Gottfried Leibniz y Baruch de Spinoza o sabe
hacer los cálculos de resistencia de los pilares de acero de un puente o diagnostica
a la perfección un conjunto de síntomas de una enfermedad exótica o describe
con precisión la composición fitoquímica de unas plantas. Esta es la dimensión
técnica, especializada y limitada de la función transmisora de conocimiento;
pero hay otra dimensión inherente a la condición de un funcionario público poseedor
de un capital simbólico que le permite hablar de lo que ha sido, de lo que
viene siendo y de lo que puede llegar a ser la sociedad en que están inmersos ese
profesor universitario y la institución a la que pertenece.
Las y los profesores de
las universidades públicas no son funcionarios públicos educados para el
silencio y la sumisión; no importa la índole de su especialización en algún rincón
de una ciencia, su acumulado de conocimiento no es patrimonio de exclusiva y
restringida circulación en las franjas horarias de los cursos semestrales
asignados. Tienen la obligación de hacer circular ese conocimiento por fuera del
claustro universitario, de resignificarlo en los momentos que la sociedad se
debate en torno a asuntos básicos de la existencia. Para los científicos de
las ciencias humanas y sociales, está claro que no es la primera vez que la
sociedad humana está sometida a los desastres de la peste; no es la primera vez
que el ser humano expresa su temor y su indignación ante la enfermedad, la
muerte, la ruina y la pobreza. No es la primera vez que la sociedad cuestiona
las fórmulas de la representación política. Un científico de las ciencias
humanas y sociales, adscrito a cualquier universidad pública, debería partir de
esas elementales certezas para tratar de decirles algo a los grupos humanos que
hoy están discutiendo las premisas del funcionamiento de la vida pública en
Colombia. Hacerlo es un deber de científico, de humanista y de funcionario
público.
Dejemos esto en claro
para empezar a decir algo acerca de lo que la universidad pública puede
proponerle a la sociedad colombiana en esta encrucijada tan difícil, con o sin
licencia de la mordaza de los colegas que, si acaso, saben contemplar los
vitrales de las catedrales góticas de Europa.
Pintado en la Pared No.
230.
El título de este blog me trae recuerdos de la abuela: fulano de tal “no es cualquier pintado en la pared”, luego, los demás sí lo somos, “estamos pintados en la pared”… Más que pensar en estos históricos discursos de segregación, cotidianamente reproducidos, las palabras recogidas en “Memoria de la peste” nos invitan a mirar más allá. Cumplen su papel de producción de conocimiento, inspiran, y sobre todo, llaman la atención sobre el compromiso ético y político (que suele ser tan banalizado en esferas políticas y académicas) de quienes hemos decidido (pese a múltiples dificultades tangibles e intangibles, con o sin privilegios) construirnos como científicos sociales, sin olvidar nuestras raíces, nuestra humanidad, nuestra capacidad para recuperar la esperanza con solidaridad, afecto y unidad desde la diversidad y la adversidad compartida (tal como lo han demostrado las primeras líneas). Retos grandes, pero no imposibles.
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