Pintado en la Pared No. 345


Después del terremoto, ¿estamos solos?

La muerte se nos vino encima. El terremoto del 10 de agosto que afectó principalmente un segmento del occidente de Colombia precipitó destrucción y muerte en el lapso de noventa segundos. La gente se preparaba para vivir el nuevo día, incluso muchos aún dormían hacia las 7:30 de la mañana en un lunes que le daba inicio a la agenda de la semana; pero el terremoto interrumpió la rutina, sacudió violentamente los cimientos de casas y edificios. Murieron familias completas; aquellos que salvaron sus vidas perdieron lo que habían construido con los esfuerzos y ahorros de muchos años. Muchos perdieron todo. Perder todo es quedarse sin deseos de vivir; para qué, para quién, cómo volver a empezar si ya no hay hijos ni padres ni mascotas ni casa. Es la soledad total precipitada por un instante. Por eso muchos caminan aturdidos por unas ciudades rotas, mirando sus propios cuerpos lacerados, contemplando el paisaje destrozado de calles con escombros, edificios en el suelo. Todo lo que veníamos siendo en nuestras urbes está despedazado.

Se impone ahora preguntarnos cómo reconstruirnos, cómo enderezarnos de este golpe despiadado, de toda esta desgracia vertiginosa. Cómo recomponer las ciudades colombianas. Es cierto que el terremoto del 10 de agosto provocó menos muertes que el de 1999; esta vez murieron 314 personas, mientras que en 1999 hubo 1185 víctimas. Sin embargo, esta vez los daños fueron de mayor extensión en el territorio colombiano. El sismo de 1999 afectó 17 municipios, en su mayoría situados en el eje cafetero; en el sismo reciente hubo destrucción en 471 municipios. La dispersión destructora del terremoto obliga a un proceso muy complejo de reconstrucción de edificaciones públicas y privadas, de rediseño de las ciudades, de recuperación de patrimonio arquitectónico, de restauración de la vida cotidiana y del ánimo de vivir la vida.

En 1999 hubo una movilización rápida y coordinada de organismos y empresas que dieron origen a un fondo de reconstrucción que logró resultados notorios en un par de años; aunque Armenia, la principal ciudad afectada en aquel entonces, sigue teniendo un aspecto ruinoso y ha estado sometida al saqueo de una dirigencia política corrompida. Para algunos, ese fondo de reconstrucción (FOREC) puede servir de modelo gerencial para crear hoy una entidad semejante que asuma un proceso de reconstrucción. Sin embargo, esta vez los desafíos son de mayor magnitud. La devastación fue más extensa, más dispersa, más variada y, al tiempo, más desigual. Lo cierto es que la situación exige la rápida creación de un liderazgo institucional que involucre agentes privados y públicos, un presupuesto mayor, esfuerzos más grandes de inversión, un plan general de largo plazo y unos planes específicos que contemplen las particularidades de las regiones sumidas en este trauma colectivo.

El momento de los gestos solidarios, de las acciones filantrópicas aisladas, del efectismo mediático, ha pasado. Debería comenzar ya una etapa organizativa que haga sentir menos solas a las alcaldías y las gobernaciones. Los presupuestos locales no alcanzarán para recomponer una situación tan catastrófica; ciudades como Pereira y Cali deben rehacerse según un minucioso cumplimiento de un plan de reordenamiento urbano. El norte del Valle ha sufrido una notoria pérdida de su identidad arquitectónica relacionada con el paisaje cultural cafetero; escuelas, colegios y universidades han perdido edificaciones, no tienen sedes para su funcionamiento regular. Rehacer el paisaje urbano y rural de 417 municipios de Colombia va a necesitar una conjunción inmensa de conocimientos, de agentes inversores, de recursos humanos y materiales, de instituciones y organizaciones sociales. Eso tiene que empezar a suceder antes de que nos sintamos aún más solos de lo que estamos ahora. Necesitamos iniciar nuestra recuperación física, social, económica y afectiva. Recuperarnos, claro, hasta donde sea posible, porque sabemos que muchos lo perdieron todo, hasta el ánimo para seguir viviendo.

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