Pintado en la Pared No. 346

 

Por un nuevo programa editorial

 

Uno de los padecimientos recurrentes en el funcionamiento de nuestra Universidad del Valle es el programa editorial. No es la primera ni será la última vez que tengamos que meditar sobre algo que no satisface los requerimientos básicos de la difusión de los avances en investigación en todas las áreas del conocimiento. Su funcionamiento está reglamentado por un Acuerdo del Consejo Superior que data de 2014; mucho de lo que allí dice no se cumple ni se hace; y mucho de lo que allí dice no corresponde con una institución que habla por todas partes de interdisciplinariedad. Por eso hoy tenemos una entidad muy limitada en sus acciones, muy lenta en sus decisiones y muy pobre en sus criterios. Editar libros es un proceso muy complejo que comienza con una obra manuscrita y llega hasta la gestión comercial con una estructura de distribución, difusión y ventas. Todo ese proceso no se cumple ni al ritmo ni al nivel de exigencia de una universidad pública que tiene tantos grupos de investigación activos, tantos investigadores reconocidos y en formación.

El primer gran reparo que debemos hacerle al programa editorial es que su composición es engañosa, no corresponde con lo que viene siendo la universidad. Es inaudito, por decir lo menos, que las ciencias humanas y sociales no tengan un solo representante en el comité editorial. Es sabido que esas ciencias producen algo así como un tercio de los libros de toda la universidad y esas ciencias no gozan de representación en las decisiones que toma el programa editorial. Por eso me parece apenas obvio que se promueva una reorganización radical de ese comité. Una reorganización en el futuro inmediato debería darle paso a la representación de todas las formas de conocimiento de la universidad; en principio, todas las Facultades deberían tener presencia en el Comité Editorial de la Universidad del Valle.

Sin embargo, hay algo tan o más importante que la composición de dicho comité, es la vocación y el funcionamiento del programa editorial. Hasta ahora, según lo señala el reglamento vigente, ese programa editorial parece más interesado en la administración del sistema de revistas especializadas, algo que no ha sucedido plenamente o que ha hecho con resultados muy desiguales. A mi modo de ver, ese sistema de revistas debería estar organizado en otra parte, con unos responsables definidos que, posiblemente, deban rendir cuentas ante una de las vicerrectorías. El programa editorial debería estar volcado enteramente al proceso de edición de libros, a la creación de colecciones temáticas, a la difusión de una cultura intelectual cuyo culmen expresivo sea el libro.

Si el programa editorial y la constitución de su comité pretendiese, de manera genuina, obedecer al carácter plural del conocimiento, debería contar con un equipo de editores por áreas. Pero, antes que eso, debe formar ese equipo pluridisciplinar, capacitado para la corrección de libros según áreas o disciplinas. Hoy, el programa editorial está absolutamente impreparado para editar libros de las áreas de las humanidades, las ciencias humanas y sociales. El comité editorial y su escaso personal técnico no tienen empatía alguna con la índole de las creaciones y las investigaciones provenientes de esas formas de conocimiento. Estamos expuestos al exabrupto, al gazapo, a criterios dislocados en la evaluación de nuestras obras.

Ahora bien, el comité editorial tampoco anda al ritmo de nuestra producción intelectual. Libros que tardan años en publicarse y que circulan difícilmente en librerías y ferias del libro es una pérdida multiplicada. Un comité editorial que se reúne mensualmente y cuyas respuestas a solicitudes básicas tardan meses (si acaso responde) es un organismo inoperante. Es urgente un rediseño institucional de los procesos editoriales, pero me temo que eso no está ni ha estado en las prioridades de las últimas direcciones de la Universidad del Valle.

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