Pintado en la Pared No. 347-Censurados
Censurados
Los museos son uno de los
tantos artificios modernos construidos para hacer recordar. Los Estados
nacionales modernos, explicaba un libro ya clásico, acudieron a los museos para
edificar instituciones que ayudaran a contar el relato oficial de la historia
nacional. Ese Estado ejercía su soberanía simbólica construyendo una idea -su
idea- acerca del pasado y de ese modo fabricaba una identidad, un lazo de
comunión con unos hechos, unos individuos, unas instituciones que obraron en
correspondencia con esa idea de pasado. Los museos, por tanto, han sido una
construcción vertical proveniente del poderío simbólico ejercido por quienes
controlan el Estado, sus archivos, sus monumentos, sus vestigios, sus
historias. El propósito fundamental ha sido, por supuesto, hacer creer que la
historia fue así, que el pasado fue vivido así y que los individuos fueron esos
y no otros. Los museos, con sus arquitecturas grandilocuentes, con el silencio
solemne impuesto sobre los visitantes, con la preparada repartición visual de
sus salas, ha sido un instrumento educativo de la sensibilidad y de la memoria
colectivas en la adopción de un discurso funcional para la comprensión del
pasado y, claro, para seguir viviendo como comunidad humana en el futuro. Los museos ayudan a vincular a los ciudadanos
con unos orígenes heroicos y de ese modo se ofrece como un espacio sagrado. Los
objetos dispuestos en los lugares estratégicos del museo fueron algo en el
tiempo que alguien o algunos los usaron, ayudan a recordar lo que alguna vez
sucedió; al estar expuestos en el museo se vuelven objetos de interés de
histórico. Son piezas vitales en la composición del relato general que escriben
y re-escriben los museos nacionales.
El Museo Nacional de
Colombia fue, por mucho tiempo, el lugar que contuvo un relato oficial
monológico de la nación. Por mucho tiempo, sus salas transmitieron la idea de
una nación muy blanca y muy católica. Todo lo que había allí fue creación de una
mirada centralista y bogotana. Un relato frío y andino de la historia del país
que no concordaba con la plural composición étnica de Colombia, que no relataba
los puntos de inflexión, las rupturas, las disidencias; en fin, que había
descuidado la compleja formación de algo que intentamos arropar en la palabra
nación. En los dos últimos decenios, las ciencias humanas y sociales lograron
persuadir acerca de esa riqueza y complejidad del ser colectivo colombiano. Eso
permitió darles valor histórico a aquellas cosas y aquellos seres que no habían
tenido significación histórica. Los colores del museo abandonaron el aburrido
gris de los retratos estirados y penumbrosos de los “próceres”, de los “padres
de la patria”, de las “gestas heroicas” de nuestros antepasados con apellidos
de largo linaje, como una especie de nobleza que tuvo que vivir extraviada en
este territorio polvoriento y bárbaro. Entonces el museo fue intentando colocar
en algún lugar a los indígenas, a los negros esclavizados, a los saberes
ancestrales, a las mujeres, a los homosexuales, a los comunistas, a las víctimas
de masacres. Todos ellos han dicho y hecho algo cuya huella documental está
registrada; todos ellos nacieron, vivieron y murieron en Colombia y tuvieron,
mal o bien, la categoría de ciudadanos, miembros de la compleja comunidad
política que hemos venido siendo con sus amores, sus afinidades y sus odios mortíferos.
Eso somos, como lo supo sintetizar, una prestigiosa escritora, somos “libres de
todos los colores”; gentes de muchas partes que tenemos en común el mismo lugar
de nacimiento que nos define y a la vez nos condena.
La censura sobre algunas
piezas que colgaban de las paredes del Museo Nacional de Colombia es una
censura que nos cae a todos, a las ciencias humanas, al sistema universitario
colombiano, a los libros de historia, a los gestores culturales, a los
artistas; porque somos muchos que por convicción y por obligación (la realidad
es los suficientemente gruesa como para ignorarla) aprendimos a entender que
este país es muy complicado, muy diverso, muy asimétrico. Lograr que el Museo
Nacional hiciese un retrato muy esquemático de esa asimetría fue el fruto de
largas lecturas, de la formación y auto-formación de muchos intelectuales, de
la institucionalización de muchos saberes, de muchísimos proyectos de
investigación, de la conversación con muchas variantes temáticas de las ciencias
humanas; desde las más eurocéntricas y canónicas hasta las más marginales y
heterodoxas. Así que la censura a unas cuantas salas de un museo que pretende
representar a la nación es una censura a lo que ha venido siendo todo el país
académico. En las universidades predicamos e intentamos practicar pluralidad
disciplinar, tolerancia, respeto a las diferencias, apertura a lo novedoso,
inclusión de los desterrados de los privilegios de la lecto-escritura.
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