miércoles, 21 de enero de 2009

LAS CONMEMORACIONES

PINTADO EN LA PARED No. 5


Es inevitable que nos invada por estos años una plaga conmemorativa. Un listado incompleto nos recuerda el bicentenario de las independencias en Hispanoamérica; los cincuenta años de la revolución cubana; el bicentenario del natalicio de Charles Darwin y el sesquicentenario de su polémica obra; el bicentenario de Edgar Allan Poe; otro bicentenario: el de Abraham Lincoln; son cincuenta años de fundación de la ETA. Fueron cien años de la muerte del escritor brasileño Joaquim Machado de Assis. En tonalidad más parroquiana, fueron sesenta del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, cincuenta de instauración del Frente Nacional, otros cincuenta del manifiesto nadaísta y de la “Revolución invisible” del fundador de la influyente revista Mito. En este 2009 se cumplen los cien años de Idola fori, un libro clave en la historia del pensamiento político colombiano. Fueron cien años del natalicio del presidente liberal Carlos Lleras Restrepo. Serán veinte años del asesinato de Luis Carlos Galán; veinte de la muerte del escritor Adel López Gómez; veinticinco de la muerte de Julio Cortazar. Y agregaría una conmemoración muy personal: hace veinte años fue asesinado mi mejor amigo, Raul Andrade Chaparro, mientras ejercía como médico rural en Saravena, una población en los límites con Venezuela.


Las conmemoraciones son desafíos para quienes quieren recordar y hacer recordar; para quienes prefieren olvidar y hacer olvidar. Las conmemoraciones son competiciones en las formas de dotar de nuevos significados a cada hito. Cada quien hará los énfasis y los ocultamientos más convenientes. En todo caso, somos los individuos en el presente y por el presente que decidimos cómo evocar lo pasado. Algunos ganarán y otros perderán en esa competencia por la memoria, algo del pasado se extraerá para sacarle provecho en la hora actual. Varias de esas conmemoraciones dan prueba de cómo esos eventos pueden ser momentos de pugnacidad entre formas de entender y transmitir el pasado; se convierten en oportunidades para la exhibición de representaciones de los procesos históricos, para la justificación de comportamientos del presente, para establecer comparaciones. Cada quien inventa o sugiere una épica, una comedia o una tragedia. Las conmemoraciones pueden ayudarnos a detectar las perversiones, las virtudes o simplemente el estado mental de la sociedad que recuerda y olvida. En fin, la manera en que asumamos tal o cual conmemoración dice mucho de nuestra situación ahora.


La conmemoración del bicentenario de las Independencias en Hispanoamérica es quizás el evento que más nos concierne y el que mejor puede delatar el estado de nuestra conciencia histórica. A estas horas es evidente que tal conmemoración nos ha tomado indiferentes y desganados. Alguna correspondencia debe haber entre la indiferencia social, el individualismo exacerbado de la sociedad colombiana, nuestra casi nula relación con el pasado y las omisiones de los científicos sociales. Ni la escuela, ni la universidad, ni la televisión, ni los periódicos, ni los partidos políticos han contribuido a fijar símbolos que transmitan un sentimiento de orgullo por nuestro devenir republicano. En las feas y anti-democráticas ciudades colombianas nos rodean pocos lugares para la memoria; pocos símbolos que nos hagan recordar o respetar algo. Un escepticismo o un cinismo más o menos general patrocinado de cierto modo por nuestra clase política. Un escepticismo que tiene su lado bueno, porque nos ha ayudado a desentendernos de grandes mitos y de aparentes héroes; pero que también tiene su sombra de perversión, porque nos ha invitado a matar y destruir con suma facilidad. Mientras otros países y otras comunidades académicas, con las mismas dificultades económicas nuestras, iniciaron sus ejercicios conmemorativos desde 2008 (“todo comenzó en 1808”) nosotros todavía seguimos con los calzones abajo tratando de correr a inventarnos algo digno de la circunstancia. Ya ha quedado claro que esta vez la conmemoración bicentenaria no será tan unánime y optimista como la de hace un siglo.


Aun así, creo que esta conmemoración podría ser el pretexto o la oportunidad –no estamos exentos de cierto oportunismo- para que nos ocupemos, principalmente, de un doble examen: sobre el lugar del conocimiento histórico en nuestras sociedades y sobre lo que ese conocimiento ha producido o dejado de producir. Tal vez exagere si digo que habrá algunos debates y desacuerdos ostensibles que van a plasmar las diferencias obvias entre corrientes, tendencias, comunidades académicas (si las hay), redes de saber y poder (que al fin y al cabo es lo mismo) entre discursos oficiales y puntos de vista independientes. En todo caso, será momento propicio para hacer balances y -palabra ingrata- revisiones. Precisamente, en algunos países han optado por privilegiar proyectos editoriales de envergadura que presenten balances del devenir político, social, económico y cultural en estas dos centurias. Ese tipo de examen podría ayudarnos a preparar un mejor provenir y a afrontar los dilemas de nuestro presente. En Colombia hay un personal académico maduro que con mejores recursos y con mayor respaldo institucional podría contribuir a apurar y difundir ese necesario examen.


Sin embargo, aparte de las carencias de siempre, estamos signados por tiempos de una marcada desconfianza sobre lo que son y lo que producen los intelectuales (ya nos hemos vuelto objeto de investigación constante en unidades de la Fiscalía General de la Nación). Y me parece que esa desconfianza se ha ido contagiando entre algunos colegas y directivos de esta Universidad que han preferido no contar con la opinión conjunta del Departamento de Historia para organizar esa conmemoración. Es cierto, para conmemorar algo no es obligatorio acudir a departamentos de Historia ni a historiadores que pueden estar mirando para otras partes, pero ignorarlos sistemáticamente en una Universidad puede revelar tantas cosas.

Enero de 2009.

(Versión más amplia en revista Número 57, Bogotá, junio-agosto de 2008.)

LA VIRTUD DE SER ATEO

PINTADO EN LA PARED No. 3

Hemos empezado a caminar por el siglo XXI, hemos ya recorrido un par de centurias con algunos serios forcejeos entre el poder tradicional de la Iglesia católica y las tímidas y desordenadas tentativas de secularización de la sociedad colombiana. Algunos, muy pocos, en sus vidas privadas han intentado sacudirse, así sea de manera episódica, de la adhesión a una fe religiosa dominante. Una fe que nos ha ayudado muy poco –al contrario- para cohesionar una sociedad o para salvarnos de la entrada a un capitalismo despiadado que nos ha hecho recordar que el infierno está aquí, entre nosotros, y que no es necesario imaginarlo o inventarlo. Ni el habitante común y semi-analfabeta, ni el ilustrado académico universitario han podido zafarse del todo de las creencias religiosas, de la participación en actividades de iglesias, de la aceptación de la autoridad sacerdotal. Dar el paso adelante de liberarse de instituciones y creencias religiosas ha sido excepcional y traumático. Sigue siendo una especie de herejía, de transgresión a los valores de la doble moral predominante.

Yo no digo que sea necesario convertirse en un estricto y aséptico ateo que ni siquiera en los simples actos reflejos provocados por el pánico pueda invocar la protección divina; no, yo creo que ser ateo, con todas sus inconsecuencias, es la búsqueda de una saludable virtud que permite que vivamos con menos odios. El ateo ha dejado de pensar en un dios que sea el centro de su vida porque prefiere pensar en la vida misma y en la compleja condición humana; los ateos pueden ser más tolerantes y democráticos que los creyentes en dogmas, sectas, partidos y religiones. El ateo está lejos de esos mitos peligrosos que han servido para encender guerras devastadoras: Dios, la Biblia, la Patria, la Nación. Palabras gruesas y atractivas que han propiciado millones de cadáveres. El ateo prefiere que cada cual cultive su propio jardín y ayuda a que cada quien pueda decir lo que siente y lo que piensa. Entre el ateismo y el escepticismo hay un vínculo fecundo que ha dado muy buenos y hermosos resultados, sobre todo en el arte.

Tampoco se trata de despreciar al crédulo ni de sentir lástima por su aparente candidez. No, se trata más bien de otorgarle el sentido discreto y humilde que merece cualquier vínculo religioso. Ni un Estado confesional ni un Estado ateo me parecen las mejores opciones, ambos evocan un autoritarismo y un totalitarismo inaceptables, ambos sólo propician la clandestina pero genuina búsqueda de la libertad individual. Pero, eso sí, no soy partidario de esas religiones ruidosas y aparatosas que necesitan tarimas, orquestas, canales de televisión y agresivas campañas de casa en casa; con profetas del bien que tienen cara de escurridizos hombres de negocios. Tampoco me parecen agradables esos creyentes ostentosos y monológicos, cuyos cuerpos están signados y resignados con todas las supuestas virtudes y bondades del credo al que se han adherido. Todo eso tiene algo de artificioso y repelente que no alcanzo a digerir. Necesitamos, en todo caso, aprender a hacer de nuestras creencias un asunto privado, austero, sobrio, algo que hemos construido silenciosa y humildemente, sin vapulear o condenar a los demás.

Es probable que las opciones del ateismo, del librepensamiento, del agnosticismo y otras variantes similares nos sigan pareciendo, incluso en el opaco medio universitario, unas alternativas desagradables y escandalosas, algo así como declararse homosexual o exhibir la oscuridad de la piel. Sin embargo, la secularización es todavía un proyecto vigente en la vida universitaria; muchas de nuestras disciplinas académicas se han forjado en medio del influjo de comunidades religiosas y de sus expertos; la filosofía por mucho tiempo fue una especie de patrimonio jesuítico. La Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional y hasta buena parte de Colciencias han sido en algunos tramos de sus historias fortines del jesuitismo. Las universidades privadas sustentan parte de su autoridad en un sello explícitamente confesional y no es despreciable el poder de franciscanos y dominicos, incluso en versiones aparentemente laicas, en oficinas y comisiones del Ministerio de Educación Nacional. Ni qué decir del influjo del Opus Dei, tan cercano a las actividades y funcionarios de nuestro palacio presidencial.

Por eso es probable que el ateismo sea una condición marginal que delata nuestro escaso avance en prácticas secularizadoras. De todos modos, me atrevo a afirmar que el ateo es alguien que ha pensado, que se ha liberado de un fardo; es alguien que ha vivido la crisis de abandonar algo seguro y cómodo para andar solo. Es alguien que ha aceptado vivir sin muletas espirituales y que ha encontrado en el plural universo de los libros, los amigos y la gente común y corriente unas buenas razones para vivir y para luchar. El ateo no ha dejado de creer, todo lo contrario, es alguien que ha comenzado a creer en muchas cosas que la fe ciega le había ocultado. Ser ateo es una rara y saludable virtud que garantiza, al menos, caminar de pie, sin arrodillarse. Ser ateo es bueno, aunque sea muy de vez en cuando.


Noviembre de 2008.

sábado, 3 de enero de 2009

NI A LA IZQUIERDA NI A LA DERECHA

PINTADO EN LA PARED No. 4

Entre la izquierda y la derecha, que pase el diablo y escoja. Parodiando un decir muy del siglo XIX, podríamos referirnos al dilema todavía vigente, pero muy cuestionable, de decidirnos por las alternativas de las izquierdas o las derechas en política. Esos mitos de la adhesión política en el mundo contemporáneo, sobre todo desde la Revolución francesa, son eso, unos mitos cada vez más espurios, cada vez más vacíos de trascendencia y cada vez menos dignos de respeto. A nombre de ambas demarcaciones se ha usufructuado el poder, se han esquilmado recursos públicos, se han enunciado utopías políticas, se ha perseguido y se ha matado.

En nuestro caso, es preciso ahondar en el conocimiento del personal político, de su cultura, de sus costumbres, para darnos cuenta de que desde los inicios de la formación republicana hubo disputas entre facciones, grupos, familias, regiones y partidos. Pero, más importante para este análisis, es fácil detectar que el personal de la política ha sido volátil y elástico en sus filiaciones. Entre el "gran" personal político del siglo XIX – y también entre los menos notables- hubo continuos deslizamientos, aunque hay que reconocer que fue más fácil encontrar a liberales haciendo retractaciones públicas y solicitando el ingreso a las toldas del conservatismo. El siglo XX, caracterizado por una tendencia al pragmatismo, tanto en lo político como en lo económico; por el abandono de posturas doctrinarias con el fin de sobrevivir en el juego cotidiano del poder, los hombres y mujeres políticos se acostumbraron a transitar de veleidad en veleidad partidista. Al parecer, el espectro de la derecha ha ofrecido mayores comodidades, no sólo ideológicas, para sus miembros; el recurso autoritario ha sido el preferido en América latina, incluso en la versión del "buen caudillo" o del populista carismático. Al parecer, la izquierda ha sido la arriesgada alternativa de quienes desean sociedades democráticas, pluralistas, participativas.

Pero, insistamos, en nuestro caso la izquierda y la derecha han terminado pareciéndose mucho. Tanto como para que ni la una ni la otra constituyan auténticas alternativas. Hubo un tiempo que tanto en la derecha y en la izquierda se pensaba, había revistas, lecturas, debates. Los políticos condensaban al individuo de acción y de ideas, al parlamentario y al escritor. Hoy, con muy pocas excepciones, los políticos y hampones se confunden; a nombre de una u otra tendencia se ganan unas elecciones, se posesionan unas redes escabrosas de amistad y parentesco, se dilapidan recursos y se aplaza de nuevo la satisfacción de las necesidades más elementales de la población.

Ni la izquierda ni la derecha ofrecen, hoy, algo o alguien confiables. Ambas acumulan sospechas o certezas de procedimientos torcidos. Nosotros deberíamos tener a la mano –para evitar olvidos funestos- un balance de lo que ha sido para las universidades públicas el control ejercido por los antiguos militantes del sinuoso espectro de nuestros compañeros de izquierda. Claro, no podemos olvidar que las políticas del Estado han sido sistemáticamente lesivas de la autonomía universitaria, de su sostenimiento financiero y de su calidad académica. Y también tenemos que reconocer que pensadores fundadores o adeptos de alguna tendencia de izquierda fueron los pioneros en la institucionalización de las ciencias humanas. Ese espíritu crítico que ha cimentado los campos de saber en nuestras universidades es un patrimonio imborrable, por fortuna. Pero, por desgracia, algunas crisis recientes de las universidades cuentan y, al parecer, seguirán contando con el entusiasta auspicio de algunos veleidosos que alguna vez transitaron o aún hacen ostentación de militancia izquierdista. Nosotros soportamos, hace ya un decenio, una crisis que obligó a un largo cierre y en que la responsabilidad de un izquierdismo que padecía de gula y otros pecados capitales fue evidente. Mucho me temo que la lección no la hemos aprendido.

Creo que la reputación de la izquierda universitaria está en entredicho mientras no sea el cimiento de un pensamiento crítico. Por eso creo que ha sido irrespetuoso e irresponsable apelar al nombre de un pensador crítico como Estanislao Zuleta para inventarse una cátedra en una Facultad de Humanidades que guarda silencio ominoso ante evidentes situaciones de deterioro institucional, a favor de relaciones de amistad y parentesco. Una Facultad donde es difícil presentar una simple solicitud porque posiblemente no se la responden o donde la producción de conocimiento parece depender de la sincronización entre hoteles, aeropuertos y agencias de viajes. Una Facultad enredada en el embeleco tecnócrata de la multi, inter, intra disciplinariedad y otras palabrejas por el estilo. Nuestra izquierda ha sido muy fofa en el cuestionamiento de quiénes y cómo ejercen el poder en las universidades, de cómo algunos cargos y recursos han sido (y serán) del disfrute privado.

El afán de tener poder ha sido una semejanza entre la derecha y de la izquierda; eso explica, en parte, las parábolas de muchos de nuestros intelectuales que han preferido convertirse en corifeos del Gobierno de turno y han olvidado a la sociedad, y sobre todo a las víctimas, a los perdedores, a los más indefensos de esa sociedad. Ciertos personajes de nuestra izquierda universitaria se sienten mucho mejor en la placidez de un vuelo (ojalá tipo ejecutivo), confabulando por pequeñeces, fabricando prestigios y preparando ferias de vanidades. Si al menos pensaran en los riesgos cardiovasculares de esa forma de vida.

Diciembre de 2008.

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