lunes, 26 de mayo de 2014

Pintado en la Pared No. 106


Colombia decide entre derechas

Luego de los resultados de la primera vuelta de las elecciones por la presidencia, ha quedado evidente que la sociedad colombiana se ha ido alinderando, en los últimos doce años, en una matizada pero muy vigorosa expresión de posiciones políticas de derecha que, en lo fundamental, pregonan por soluciones militares al longevo conflicto armado, por un modelo económico neoliberal, por la intolerancia exacerbada en la comunicación política cotidiana y por el aniquilamiento de cualquier forma de disidencia al unanimismo moral e ideológico que esas derechas promueven. El irresistible ascenso de una especie de delincuencia políticamente organizada ha tenido mucho que ver con la emergencia y consolidación del modus vivendi de expresiones mafiosas cotidianas y del vínculo vergonzante de la clase política con las formas de economía basadas en el liberalismo extremo y que caminan por la cornisa de lo ilegal y criminal. El uribismo ha sido el producto más genuino y sincero del desenfreno derechista de buena parte de la sociedad colombiana que considera como situación ideal las soluciones cruentas. La sintonía entre el discurso beligerante y desapacible del personal político de esa tendencia y la sociedad colombiana, es aún buena materia de análisis para los investigadores de la historia política reciente de Colombia.
La masa votante, que es poca en un país con el histórico recurso de la abstención (el promedio abstencionista en los últimos 16 años es del 60 %), se basa en una población avejentada y disciplinada en los ritmos de aceptación de las soluciones para-estatales y violentas mezcladas con un alto grado de permisividad de los comportamientos corruptos de la clase política que ha tenido en los últimos decenios el control del Estado. Mientras tanto, la juventud sigue siendo un enigma como expresión electoral, su presencia en las urnas es volátil y ni el Estado ni los partidos políticos han sabido proporcionarle a esta franja poblacional una presencia decisoria permanente en la vida pública. Aun así, es llamativo que en el episodio insondable del hacker, en el movimiento político hoy triunfante, se revelara un retazo de discurso neofascista de uno de los jóvenes protagonistas del escándalo que, entre otras cosas, hizo parte del condimento sensacionalista de los últimos días de agitación pre-electoral.
El gobierno del presidente Juan Manuel Santos, descendiente de una familia política muy tradicional en Colombia y vinculado hasta los tuétanos con los dos gobiernos anteriores de Álvaro Uribe Vélez, decidió deslindarse de su antecesor y tutor con la apuesta por un acuerdo de paz con la guerrilla de las Farc; ese deslinde pacifista ha tenido para el uribismo un sabor a traición. A eso se ha agregado su muy mediocre desempeño como presidente en otros temas neurálgicos, tales como las necesarias reformas a la justicia, a la salud y a la educación. Las vacilaciones en esos asuntos opacaron sus avances en la negociación con la guerrilla, su política de reparación a las víctimas del conflicto armado y de restitución de tierras a los campesinos que habían sido desplazados por los agentes armados. También se agrega sus impopulares y hasta erráticas acciones ante los paros del movimiento campesino y su ortodoxia económica neoliberal que muy poco contribuye a solucionar los problemas de desigualdad social, aspecto en que Colombia ocupa los peores lugares a nivel mundial.

Colombia decide entre derechas. Tres de los cinco candidatos presidenciales hicieron parte de los gabinetes ministeriales en uno o dos de los periodos presidenciales de Álvaro Uribe Vélez, el dirigente político más influyente de la última década. Los dos restantes alcanzaron a delinear, a pesar de todo, las posibilidades electorales de la izquierda colombiana. Hoy, su caudal electoral podría ser determinante en las necesarias alianzas de conveniencia de la segunda vuelta prevista para el 15 de junio. Los dos candidatos con la mejor votación se asemejan, como sucedió hace algunos años en Francia, al dilema de escoger entre la centro-derecha reunida alrededor de Jacques Chirac y la ultraderecha expresada en la figura de Jean-Marie Le Pen. Sí, los colombianos decidimos hoy entre derechas.

jueves, 15 de mayo de 2014

Pintado en la Pared No. 105

Se fue García Márquez

Por: Juan Guillermo Gómez García

Se fue García Márquez. Mentalmente, se había ido hacía un par de años, sumido en esa nebulosa del reblandecimiento que lo aquejaba. Como ciudadano, lo habíamos perdido el día en que almorzó con César Gaviria, por allá en 1992. Pero como autor de La Hojarasca, El Coronel no tiene quien le escriba, La mamá Grande, Cien años de soledad, El Otoño del patriarca, El General en su laberinto sigue vivo, al menos, por unas cuantas décadas más, hasta que los lectores del futuro tengan que emplear los artilugios de la filología para tener que comprender el denso humor, la ironía corrosiva, las secretas lecciones de época que nos son a nosotros tan caras, tan hermosas, tan humanas. Pero ya será la momia el que les hable y tendremos a gabólogos como se tiene hoy a cervantistas.  

Es el destino de las letras: envejecer y caer en manos de expertos que les rindan culto como el cajero a los billetes que no son suyos y el sepulturero a las tumbas de muertos que no conocieron. Pero mientras envejece la obra literaria de García Márquez, precisamos volver a leerla, volver a discutirla, volver a disfrutarla, a envidiarla, salir inconforme de todo: de nuestra mancillada patria, de los horrores de sus escritores, de la impotencia que siempre nos ha distinguido. Pero aparte de esta relectura de Semana Santa, que marca su inhumación, estará la de Pascua.

Luego, en la próxima era de hielo cultural que se aproxima a pasos agigantados, millones de sus ejemplares tendrán su infamante destino. Al hacer limpieza de estantes de librerías públicas, se sacrificarán muchos de ellos cargados de polvo y hongos y ya sin lectores previsibles. Alguien, con todo, se perderá en las aventuras cíclicas del coronel Aureliano Buendía. Algunos querrán desposar con Fernanda del Carpio, y que les aproveche. Yo me desveló por la viuda de Montiel, que puede ser la viuda de Carlos Castaño. 

Ángel Rama nos enseñó a apreciar el sentido de la labor genética de prensa en El Universal de Cartagena y El Heraldo de Barranquilla para la definición de la vocación de García Márquez; Ernesto Volkening, a valorar la sobriedad lingüística de su obra temprana, El coronel no tiene quien le escriba, que peligraba ya en El Otoño… (luego vino el desbarrancadero con Crónica de una muerte anunciada y esa novela que parece imitar a sus malos imitadores y está como escrita por Isabel Allende, El amor en los tiempos del cólera); Don Klein, con su bibliografía descriptiva, a destacar la universalidad de sus lectores (incluimos las precisiones regañonas de Gustavo Ramírez); Rafael Gutiérrez Girardot, a redimensionar el humor como armas críticas y de corrosión y el arte magistral de la caricatura histórica (Miguel Antonio Caro es Fernanda del Carpio); o Jacques Gilard, que “datió” –con un cartesianismo casi vanidoso-, pero no comprendió al García Márquez de miembro del Grupo de Barrranquilla…

Como advierte Gilberto Loaiza, es mucho lo que debemos a hacer, investigar. Por empezar, a adquirir sus libros en las bibliotecas universitarias.     

Hay un documento -porque tiene las características de fuente histórica- que escribió García Márquez hacia 1988, para El País de España y que debe acompañarnos al tratar de descifrar el laberinto de nuestra violencia de los últimos veinte y cinco años. Se tituló: "¿Qué pasa en Colombia?". Es una crónica de su visita al Magdalena Medio, en compañía del presidente Omar Torrijos, sobre la situación de orden público hacia 1980. Turbay Ayala mostraba complacido a su homólogo panameño, las esperanzas que tenía en pacificar la zona con los grupos paramilitares que promocionaba su gobierno. La observación de Torrijos: "El remedio es más malo que la enfermedad".  

El buen lector de García Márquez será el que olvide sus metáforas. 


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