jueves, 3 de diciembre de 2015

Pintado en la Pared No. 133

París, viernes 13

“Je ne viendrai plus à Paris”.
Madre de una de las víctimas en el salón de conciertos Bataclan.

Europa ha padecido la atrocidad; eso que parecía asunto lejano ya no lo es. Para ser precisos, desde el derribamiento de las torres gemelas, en Nueva York, en 2001, el mundo está viviendo una guerra de otro orden. Estados militarmente organizados incapaces de evitar la acción despiadada de individuos dispuestos a matar y morir de las maneras más audaces. Francia no podrá olvidar fácilmente las masacres en la revista Charlie Hebdo y luego en diversos lugares de París. Mucha gente inerme e inocente fue asesinada en París durante 2015. Pero, ¿por qué en París? ¿Por qué los ejecutores de esos actos son gente joven con lazos que los sitúan entre Europa y Asia o entre Europa y Africa? Mucha tinta se ha derramado para señalar culpables, causas y explicaciones. Yo me quedo con una de tantas: el problema está más dentro que fuera de Francia, y buena parte del problema es la misma dirigencia política francesa.
En términos más globales, Europa central está padeciendo lo que suele ahora llamarse el efecto bumerán. Todos los daños que cometieron los países europeos en su expansión imperialista por Asia y África están retornando de un modo mortífero. La destrucción que ha provocado la depredación europea de los recursos naturales  en otros continentes, en el vecindario magrebí, se ha devuelto en forma de migraciones forzosas. Su riqueza, su confort, hasta la soberbia de sus acciones presentes están teñidos de ese histórico arrasamiento de otros lugares en nombre de las supuestas civilización y razón de Occidente.
La reacción del presidente François Hollande con bombardeos en busca del Daesh sólo va a servir para avanzar en el vértigo de la violencia, para acelerar la espiral de resentimientos y odios contra las potencias europeas. En esos bombardeos muere mucha gente inocente e indefensa. Las ruinas y la desolación servirán de paisaje para futuros embates pletóricos de rabia, así sean aislados y desesperados. Hace falta más introspección, mirar qué ha venido sucediendo dentro del país de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Desde tiempos del  presidente Nicolas Sarkozy, las calles de Saint-Denis, al norte de París, el “cuarto mundo”, porque es más pobre y olvidado que el “tercer mundo”, ese barrio ha enviado mensajes de alerta porque se trata de gente excluida, condenada por sus nombres, por sus variantes étnicas, por su diversidad religiosa, por sus cruces lingüísticos. Ahí se halla una primera tarea en la agenda reconstructiva de los franceses; la dirigencia política tiene que pensar en cómo incluir en sus proyectos de nación a todas aquellas gentes que son ciudadanos de Francia pero que no han sido integrados plenamente a la vida nacional, porque todavía arrastran el fardo de las antiguas colonias, de quienes fueron sometidos a las arbitrariedades del viejo imperio.
No va a ser sencillo convencer a la dirigencia política francesa de los errores cometidos en Oriente medio, de sus injerencias militares, de los apoyos y traiciones a ciertos líderes de esa región. Parece más probable que el gobierno de Hollande se hunda en la ceguera de la venganza y brinde la oportunidad de acelerar el ciclo de las atrocidades; los bombardeos en Siria servirán para darle sustento al resentimiento organizado de jóvenes dispuestos a destruir lugares emblemáticos del mundo occidental. Y no va a ser sencillo porque no asoman alternativas sencillas. El daño provocado por la voracidad del capitalismo en el mundo es muy grande, los odios están dispersos en muchas partes, viajan rápido y actúan con destreza.  

Quizás un principio, muy lento, de solución, sea buscar otra clase de líderes; Francia y, en general, Europa padecen una crisis de liderazgo; el padre de una de las víctimas, en un esfuerzo conmovedor del pensamiento, logró en su dolor señalar “la dramática erosión de la competencia política” en su país. Los jefes políticos de los franceses no son confiables y están embebidos con las ganancias del neoliberalismo despiadado. Quizás haga falta que la gente común, la que sufre las consecuencias de las malas decisiones de la dirigencia política, se movilice y empuje hacia algún tipo de utopía o al menos disuada a su Estado de tomar nuevas decisiones nefastas. Quizás el pueblo francés tenga que volver a hacer una revolución o señale rumbos posibles para un mundo encerrado en un círculo de muerte. Hasta ahora, Francia, Europa, Estados Unidos sólo han demostrado que se han ido acostumbrando a vivir y morir en su error. 

GILBERTO LOAIZA CANO

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