martes, 29 de septiembre de 2015

Pintado en la Pared No. 128

Gerhard Masur, historiador alemán

En estos tiempos de disputas por la representación de la figura de Simón Bolívar, he recordado la biografía que escribió el historiador alemán Gerhard Masur (1901-1975). Hace unos años, en la estación de tren de Baden-Baden, un ciudadano alemán con un fluido español de acento caribeño, en medio de los apretujones y afanes del andén de espera, me contó que había aprendido el español mientras su padre cumplía funciones diplomáticas en Venezuela y en algunas islas del Caribe. Cuando supo que yo era historiador, me lanzó una pregunta que exigió una respuesta apresurada, casi automática, porque el tren acababa de llegar: “¿Qué biografía me recomienda sobre Simón Bolívar?”; mientras subía al vagón logré decirle, casi gritarle, que la mejor biografía la había escrito precisamente otro alemán, Gerhard Masur.
No sé si aquel señor de apellido Müller tomó nota de mi recomendación. Hoy sigo pensando que la biografía de Masur es un tesoro, a pesar de sus inconsistencias. Y lo es por otras razones que he venido descubriendo, entre ellas por el carácter del propio biógrafo. La primera edición en español data de 1948, año difícil de la historia de Colombia. Sólo el paso de la versión original en alemán a la española está teñida de peripecias y tergiversaciones del original; aquello de traduttore traditore parece cumplirse a la perfección en este caso. La primera versión fue alemana, le siguió el paso al inglés y del inglés vertió al español. Ese proceso de tergiversación dice mucho de una dificultad comunicativa en el medio intelectual latinoamericano.
Más interesante es que Masur, en su juventud, pareció tener vínculos con el nazismo, luego tuvo que optar por el exilio y cumplió su parábola por algunos países del sur de América y se estableció en Estados Unidos, donde enseñó por muchos años. Antes de 1948,  e incluso cuando todavía vivía en Alemania, ya era un aplicado continuador de las enseñanzas fundadoras de Leopold Ranke y de las propuestas biográficas de Wilhelm Dilthey. La relación entre poesía y vida la ejercitó en varias ocasiones; en 1939, por ejemplo, con el apoyo de unas traducciones de Guillermo Valencia y Otto de Greiff, escribió una interpretación de la poesía de Goethe. Más  explícito, poco después de la primera edición de su Simón Bolívar, escribió un ensayo para el Journal of History of Ideas sobre el autor de Poetry and Experience.  
El biógrafo alemán fue situándose en el  paisaje académico de la abarcadora historia de las ideas promovida por los profesores reunidos en aquella revista norteamericana. Su vínculo con esta tendencia historiográfica tuvo corolario en su aporte al Dictionary of the History of Ideas, en 1968; los editores le encargaron escribir sobre “Crisis in History”. Antes de su muerte, en 1975, viajó a Berlín y anudó sus recuerdos de infancia y adolescencia en esa ciudad. Escribió una historia urbana, Imperial Berlin, con base en aquella remembranza.

Gerhard  Masur fue un historiador alemán que dejó una trayectoria que va mucho más allá de su biografía bendecida por la Academia Nacional de la Historia de Venezuela y por las embajadas de la "revolución bolivariana"; sus posibles vínculos con los intelectuales colombianos en los decenios 1940 y 1950, su difusión del pensamiento de Dilthey, su cercanía con los historiadores de las ideas son asuntos por desenredar y que, seguramente, agregarán matices para entender el proceso de institucionalización de la ciencia histórica en este lado del Atlántico.   

lunes, 21 de septiembre de 2015

Pintado en la pared No. 127



                                          Enemigos públicos

Daniel Llano Parra. Enemigos públicos. Contexto intelectual y sociabilidad literaria del movimiento nadaísta, 1958-1971, Fondo Editorial FCSH, Universidad de Antioquia, 2015.

El nadaísmo pudo ser una broma colectiva, un suceso urbano muy efímero
circunscrito al estado de ánimo de unos cuantos jóvenes cuya irreverencia terminó adormecida en los laureles de la fama o de la necesidad de empleo para no morir de hambre. Lo que haya sido, sigue siendo, hoy, un fenómeno muy mal estudiado porque suele estar mal documentado, porque quienes hablan de aquella época son analistas ocasionales e interesados que juegan a ser investigadores y testigos al mismo tiempo. El nadaísmo tiende a ser mitificado, arropado en la buena o mala memoria de algunos. En fin, todavía es un objeto mal atrapado por las  ciencias sociales.

Por eso, el libro recién publicado del joven historiador Daniel Llano Parra, en una colección naciente del Fondo Editorial de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia, es una demostración muy refrescante de todo lo que puede empezar a decirse seriamente, con proposiciones consistentes, con fundamento documental, con escritura fluida, con sugerencias metodológicas en el análisis. La historia intelectual, una franja de la historiografía colombiana que ha ido adquiriendo una personalidad definida, tiene en este libro un buen testimonio de los avances en la investigación sobre lo que ha sido la vida intelectual colombiana del siglo XX.  

El nadaísmo no fue un hecho estrictamente literario; es más, literariamente dejó una impronta estética muy débil. Fue, más bien, un hecho socio-cultural, una vivencia colectiva que tuvo como escenario las principales ciudades colombianas; fue la manifestación de una transformación del país, de una tentativa de modernidad cultural con todas las dificultades inherentes. El nadaísmo reunió a jóvenes provincianos con alguna iniciación literaria, una clase media culta emergente que llegó a las ciudades colombianas en busca de relaciones que le permitiera hacer parte del campo intelectual.

Su principal valor como movimiento fue la “transgresión”, así su impulso transgresor se haya extinguido pronto y sus principales protagonistas hayan evolucionado hacia la rutinaria aceptación del orden institucional. Mientras fueron transgresores fueron nadaístas y esa transgresión dejó huellas, quizás tenues, en una bibliografía propia de aquellos que se consideraron miembros del movimiento; en archivos de baúl que guardan testimonios de algunos desplantes que sacudieron el  ritmo de producción y consumo de bienes simbólicos.

El nadaísmo hay verlo como un hecho socio-cultural en la historia contemporánea colombiana que informa de una condición pérdida en nuestra vida pública. ¿Después del nadaísmo qué grupo de semejantes características ha aparecido en la sociedad colombiana? Yo creo que después del nadaísmo, la vida pública colombiana se ha caracterizado por un déficit de sociabilidad. Persecución y asesinato contra el movimiento sindical, contra la izquierda democrática, contra defensores de los derechos humanos, desprestigio generalizado de los partidos políticos. En los últimos cuarenta años hemos asistido a una desmovilización general de la sociedad colombiana, cada vez menos capacitada para relaciones solidarias y sistemáticas entre los individuos. La neoliberalización de la vida cotidiana ha dado sus frutos, un individualismo in extremis, pequeñas ocupaciones y preocupaciones cuya capacidad de convocatoria es muy limitada; ninguna utopía que movilice y produzca hechos estéticos o políticos relevantes. Una sociedad disuelta en la desconfianza, el miedo, la lucha personalizada por la supervivencia en las lógicas despiadadas del mercado; los individuos convertidos en clientes, mientras que la ciudadanía es una categoría cada vez más abstracta que no se plasma en comportamientos colectivos. El nadaísmo fue el último momento de rebeldía juvenil en la historia política reciente de Colombia.


Daniel Llano Parra, en Enemigos públicos, pone el acento en el contexto intelectual y en la sociabilidad literaria que recubrió el fenómeno nadaista. De entrada hace una caracterización que considero acertada, el nadaísmo “se encargó de aglomerar diversos inconformismos”. No fue una secta, no fue un partido, no fue el grupo disciplinado de redactores de una revista. Fue, mejor, una aglomeración episódica de jóvenes que compartían un estado de ánimo. Eran muchachos que antes de congregarse en aquel rótulo movilizador, estaban acostumbrados a reunirse con “gentes raras”. Muchachos inquietos e inquietantes en unas ciudades que apenas comenzaban a sentir el peso de una transformación demográfica que le dio vuelco al país, el paso de la Colombia rural a la Colombia urbana.

Algo que el autor no tuvo muy en cuenta es que la aparición y vigencia del nadaísmo concuerdan con otros sucesos decisivos en la producción y consumo de símbolos de todo orden. Principalmente, son tiempos de la imagen, de la formación de una teleaudiencia; el mundo de los impresos dejaba de ser el principal elemento de comunicación entre intelectuales y entre diversos sectores de la sociedad. La radio, el cine y luego la televisión irrumpieron y fueron fijando otras pautas de consumo cultural, posiblemente más democráticas por masivas y posiblemente más dañinas.

El capítulo tres me ha llamado poderosamente la atención porque examina las limitaciones del mundo editorial colombiano. Quizás ha hecho falta mejor sustento en estadísticas y una perspectiva comparada, con tal de precisar el atraso o no del mundo del libro en Colombia. Sin embargo, muestra muy bien otro mundo perdido para los intelectuales, el delas revistas. Las revistas con vocación de difusión amplia o, al menos, como vehículo de expresión de un grupo más o menos cohesionado de escritores y artistas, ha sido en todas partes una forma de sociabilidad que alimentaba cohesión, identidad, afinidad de intereses. Pero, sobre todo, permitía la divulgación de formas de sentir y pensar que ampliaban el paisaje simbólico. Eran síntoma de un mundo intelectual activo, crítico, dispuesto a la discusión pública permanente.


Llano Parra, joven historiador recién graduado de la Universidad de Antioquia, tiene por delante una veta de investigación apasionante; ojalá pueda y quiera seguir revelándonos el complejo carácter del nadaísmo, un hecho intelectual cuyas interrelaciones, bien reconstituidas, pueden llevarnos a comprender las tendencias, los estilos de escritura, los comportamientos que fueron definiendo la organización del campo intelectual colombiano, sus relaciones con el poder político y sus implicaciones en la configuración de campos específicos de conocimiento.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Pintado en la Pared No. 126

UN ESTADO MAL HECHO

La Fiscalía, la Contraloría, la Procuraduría, el Instituto de Medicina Legal. ¿De qué están hechos todos estos organismos del Estado encargados de funciones de control, vigilancia,  investigación, judicialización? ¿Cómo se forma una burocracia de esta índole en un país con universidades de malas notas; con un sistema de educación pública muy deficiente; con un débil sistema de universidades públicas y con universidades privadas muy recientes que funcionan más como empresas lucrativas que como sitios de producción sistemática de conocimiento? Todas esos organismos estatales están compuestas, en mayor porcentaje, por egresados de universidades privadas, alguna vez fueron fortines burocráticos de universidades públicas y especialmente de la Universidad Nacional; ahora podemos decir que la responsabilidad de los males que producen es muy compartida y, en ciertos casos, especializada.
Los funcionarios de esos organismos son raramente probos y eficientes. El concurso público de méritos no es el método fundamental de reclutamiento de esa burocracia; y cuando lo son, tampoco es garantía de idoneidad. Para quienes desean trabajar en algún lugar del Estado no tienen como ideal el servicio público; mejor, no entienden sus funciones como un servicio obligatorio ante la sociedad. Consideran, en su amplia mayoría, que ocupar un lugar en la burocracia estatal es la consecución de un estatuto especial, de un privilegio que le permite solucionar problemas  básicos de su vida personal y otros relacionados con sus vínculos afectivos, con sus adhesiones políticas y sus lazos de parentesco. El Estado es un lugar propicio para vivir bien y actuar mal.
¿Qué garantiza hoy en día ser abogado de las universidades Externado o Libre o El Rosario? ¿Qué le garantizan a la sociedad colombiana los economistas de la Universidad de los Andes? Garantizan, más o menos, un país cada vez más descompuesto en materia de normas y prácticas de justicia; garantizan un Estado débil que le ha dejado las puertas abiertas a un neoliberalismo rampante y garantizan una sociedad convertida en una máquina despiadada de lucro sin barreras éticas que impidan aplastar a los demás.

Nuestro Estado funciona como un monstruo; es peligroso y enorme. Nos devora todos los días con sus acciones arbitrarias y también con sus graves omisiones. Se encarga de redistribuir las pérdidas y de concentrar en unos pocos las ganancias. Asedia con impuestos a la clase media urbana y, al tiempo, no ejerce soberanía en las fronteras; abandonó a la ciudadanía ante el fraude diario de las empresas prestadoras de salud. Sus prioridades están mal definidas; o, mejor, están resueltas a favor de los intereses particulares de los grupos particulares que controlan el funcionamiento del Estado. Mientras tanto, la sociedad se disuelve en la lucha diaria e indivualista por resolver, en su pequeña  órbita de posibilidades, todo lo que el Estado no le garantiza: un hospital abierto y bien dotado, una escuela pública con profesores bien remunerados, calles asfaltadas, transporte público confortable. Asuntos básicos que en otras sociedades, con otros Estados, han sido resueltos hace mucho rato.     

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