jueves, 17 de septiembre de 2015

Pintado en la Pared No. 126

UN ESTADO MAL HECHO

La Fiscalía, la Contraloría, la Procuraduría, el Instituto de Medicina Legal. ¿De qué están hechos todos estos organismos del Estado encargados de funciones de control, vigilancia,  investigación, judicialización? ¿Cómo se forma una burocracia de esta índole en un país con universidades de malas notas; con un sistema de educación pública muy deficiente; con un débil sistema de universidades públicas y con universidades privadas muy recientes que funcionan más como empresas lucrativas que como sitios de producción sistemática de conocimiento? Todas esos organismos estatales están compuestas, en mayor porcentaje, por egresados de universidades privadas, alguna vez fueron fortines burocráticos de universidades públicas y especialmente de la Universidad Nacional; ahora podemos decir que la responsabilidad de los males que producen es muy compartida y, en ciertos casos, especializada.
Los funcionarios de esos organismos son raramente probos y eficientes. El concurso público de méritos no es el método fundamental de reclutamiento de esa burocracia; y cuando lo son, tampoco es garantía de idoneidad. Para quienes desean trabajar en algún lugar del Estado no tienen como ideal el servicio público; mejor, no entienden sus funciones como un servicio obligatorio ante la sociedad. Consideran, en su amplia mayoría, que ocupar un lugar en la burocracia estatal es la consecución de un estatuto especial, de un privilegio que le permite solucionar problemas  básicos de su vida personal y otros relacionados con sus vínculos afectivos, con sus adhesiones políticas y sus lazos de parentesco. El Estado es un lugar propicio para vivir bien y actuar mal.
¿Qué garantiza hoy en día ser abogado de las universidades Externado o Libre o El Rosario? ¿Qué le garantizan a la sociedad colombiana los economistas de la Universidad de los Andes? Garantizan, más o menos, un país cada vez más descompuesto en materia de normas y prácticas de justicia; garantizan un Estado débil que le ha dejado las puertas abiertas a un neoliberalismo rampante y garantizan una sociedad convertida en una máquina despiadada de lucro sin barreras éticas que impidan aplastar a los demás.

Nuestro Estado funciona como un monstruo; es peligroso y enorme. Nos devora todos los días con sus acciones arbitrarias y también con sus graves omisiones. Se encarga de redistribuir las pérdidas y de concentrar en unos pocos las ganancias. Asedia con impuestos a la clase media urbana y, al tiempo, no ejerce soberanía en las fronteras; abandonó a la ciudadanía ante el fraude diario de las empresas prestadoras de salud. Sus prioridades están mal definidas; o, mejor, están resueltas a favor de los intereses particulares de los grupos particulares que controlan el funcionamiento del Estado. Mientras tanto, la sociedad se disuelve en la lucha diaria e indivualista por resolver, en su pequeña  órbita de posibilidades, todo lo que el Estado no le garantiza: un hospital abierto y bien dotado, una escuela pública con profesores bien remunerados, calles asfaltadas, transporte público confortable. Asuntos básicos que en otras sociedades, con otros Estados, han sido resueltos hace mucho rato.     

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