domingo, 27 de abril de 2014

Pintado en la Pared No. 104

Gabriel García Márquez para nosotros

Gabriel García Márquez ha muerto y hemos quedado nosotros para leerlo, para entenderlo, para aprender de su universo creador que aún nos es desconocido. Así es, el escritor Gabriel García Márquez, nuestro único premio Nobel de Literatura, no lo conocemos, no lo hemos leído todavía, no lo hemos examinado; su escritura nos es ajena. Con razón, en vez de artículos concienzudos basados en investigaciones sólidas sobre su generosa obra literaria, sólo hallamos por estos días en la prensa y la televisión colombianas una colección voluminosa de anécdotas, un muestrario de la banalidad de nuestro medio intelectual. Desde el anuncio de su muerte, el jueves 17 de abril, sólo un par de artículos leídos en El Espectador, en nuestra opinión, se separan de los lugares comunes y de las frases de cajón. Uno lo escribió Weildler Guerra Arévalo sobre las “raíces guajiras” de los relatos de García Márquez y nos recordó, además, que Historia de un deicidio, de Mario Vargas Llosa, y los ensayos del profesor de Literatura, Juan Moreno, son lo más sistemático que tenemos a la mano para entender las fuentes de la creación literaria de nuestro escritor recién fallecido; y habría que agregar los estudios que acumuló Jacques Gilard sobre el García Márquez periodista y el grupo intelectual de Barranquilla. El otro es el artículo del escritor británico Salman Rushdie, “La magia al servicio de la verdad”, que puede servirnos a muchos para iniciar una buena conversación sobre los orígenes, los contenidos y las afinidades universales del realismo mágico.

No haber leído ni examinado sistemáticamente la obra de García Márquez, en Colombia, es, sin duda, otro de los tantos desastres de nuestro fraudulento sistema educativo. Un país cuyo promedio de lectura anual es de dos libros por persona y donde no se enseña a crear sino a reproducir de memoria, no puede acercarse fácilmente a la obra de un gran escritor. Además, la obra de Gabo ha estado por fuera de las agendas interpretativas de las teorías literarias, de los cursos de semiótica y hasta de las elementales clases de español; los investigadores de historia oral también la han mirado, irónicamente, de soslayo. Para las generaciones posteriores de escritores, la obra de Gabo era un precedente incómodo; para los científicos sociales, su narrativa aplastó nuestros sistemáticos ejercicios de reconstitución histórica de la verdad del pasado. Cuando alguien en el futuro quiera saber de nosotros va a aferrarse más fácilmente a las certezas narradas en Cien años de soledad que a los libros de un Marco Palacios o un Renán Silva o un Daniel Pécaut. La escritura de la ficción novelesca terminó fabricando un mundo más verosímil que aquel que pretendemos reconstruir paciente y esmeradamente, atiborrados de citas textuales, los metódicos científicos sociales.

García Márquez fue ejemplo de algo que la cultura intelectual colombiana no suele apreciar; se trata de la elaboración sistemática y original de un universo creador suficientemente autónomo. Él fue un gran escritor por compromiso existencial, porque unió talento y esfuerzo; porque leyó y escribió todos los días; porque construyó su propio método de trabajo y no lo traicionó. Nuestro Nobel pulió un estilo, consolidó unas tonalidades narrativas desde sus inicios como cronista (recuerdo un ensayo al respecto escrito por él también fallecido Jorge García Usta). De la crónica pasó a los relatos cortos que fueron una manera muy artesanal y humilde, pero eficaz, de poner a prueba su búsqueda de un repertorio de voces, personajes e historias en diálogo con sus lecturas decisivas de grandes escritores de otras partes. Y luego vinieron las tentativas novelescas hasta llegar a su relato cumbre que significó un punto de quiebre no solamente en la historia de la literatura colombiana, sino, y sobre todo, en la historia cultural de Colombia. Cien años de soledad es uno de los hitos culturales que señalan la separación entre el largo siglo XIX colombiano y el siglo XX. Esa novela es el sello de entrada a nuestra modernidad cultural tardía y violenta.

Durante el homenaje que le rindieron en el Palacio Nacional de Bellas Artes, en ciudad de México, hubo una notoria diferencia en los discursos presidenciales de aquella jornada. El discurso del presidente de la república mexicana, Enrique Peña Nieto, fue una evidente y precisa reivindicación de Gabriel García Márquez como un escritor propio. A México llegó con su familia en 1961; allí se consolidó profesionalmente; allí nació su segundo hijo; allí leyó y aprendió de memoria la obra de Juan Rulfo; allí escribió Cien años de soledad y allí murió. En Colombia, en cambio, conoció la persecución política, la ruina editorial, la envidia y la soberbia. Es hora de empezar a conocerlo, de dejarlo llegar hasta nosotros.


domingo, 20 de abril de 2014

Pintado en la Pared No. 103

Antes Macondo no existía. Una obra contra la mentira

Juan MorenoBlanco[1]
Grupo Nación/Cultura/Memoria – Universidad del Valle


El mismo día en que supimos que a Gabriel García Márquez le otorgaron el Nobel el Ministro de Educación ordenó que en todos los colegios se leyera el primer capítulo de “Cien años de soledad”, pero eso no fue posible porque para entonces todos los estudiantes del país estaban en vacaciones. Esta anécdota, que parece una metáfora garciamarquiana, cobra actualidad ahora que los medios de comunicación nos saturan con la solemnidad de las declaraciones oficiales y semioficiales acerca de la importancia de la obra y figura del desaparecido escritor. Que “una segunda oportunidad sobre la tierra”; que “la supremacía del reportero sobre el novelista”; que el “Realismo Mágico”; que “tuve el honor de conocerlo”; que “esa excepcionalidad suya”… pareciera que el repetido ejercicio de la elipsis –con la que se escribió la satírica prosa de “Los funerales de la Mamá Grande” y “El otoño del patriarca”- quisiera ocultar la significación para Colombia de la titánica y corrosiva labor que la obra del cataqueño acometió contra el nacionalismo cultural –ese que se expresa en el formalismo abusivo, pomposo e hipócrita.

Y es que el provinciano sin apellidos que transformó la historia y la cultura colombianas es para sus compatriotas casi un desconocido. La tormenta de etiquetas y generalizaciones que lo cubren tardará mucho en amainar para que la lectura de su escritura tenga su oportunidad.

Paradójicamente es cuando un extranjero recién llegado a nuestra lengua nos afirma que ninguna otra literatura como la de García Márquez lo encanta que recibimos un aldabonazo  y nos obligamos a releerlo ya no adivinando lo que sabemos que nos va a decir sino escuchándolo, dejándonos fascinar por esa voz perfecta que con metáforas sutiles y afortunadas nos va alfabetizando sobre esa realidad de la memoria y la conciencia tan difícil de creer llamada Colombia. Antes Colombia no existía, fue Macondo la que la hizo existir. Hoy nos es imposible hablar de este país sin apoyarnos en las metáforas garciamarquianas. Cada cuento, columna periodística, reportaje y novela construye imágenes de Colombia burlándose de lo oficial, de lo verdadero; los López de Mesa y los Germán Arciniegas del establecimiento que construyó la memoria de la desmemoria, la verdad de lo mentiroso, quedan relegados al estante de las cuquerías ideológicas de la Atenas Suramericana. Su prosa cuidadosa nos enseña el distanciamiento crítico en la comprensión de nuestra historia. En la lengua garciamarquiana la realidad se amplía, su lectura nos enriquece porque nuestra visión accede al reconocimiento de lo que el nacionalismo cultural nunca reconoció: el saber de la palabra ancestral que circula en la voz común; el presentimiento de que el olvido ha devorado lo mejor de nosotros mismos; la calidad mentirosa, interesada y violenta de la palabra del político y del atuendo que lo acompaña; la seguridad de que el camino de las armas es el peor camino; la plasticidad filosófica del chiste; la valía de los sentimientos de fraternidad y reconocimiento que une a los niños Buendía y a Sierva María de Todos los Ángeles con los indios y los esclavos.

Antes de García Márquez teníamos la imagen de un país en cuya capital se hablaba el mejor español del mundo y cuya cultura de abolengo católico-hispánico se bastaba a sí misma, impetuosa y altiva como las montañas que la aislaban. Si hoy pensamos distinto es porque han sucedido muchísimas cosas que transformaron la idea de “lo nacional” forjada por nuestras élites en el siglo XIX, pero entre ellas la irreverencia y la sátira magníficas de nuestro escritor fueron capitales para liberarnos de la servidumbre de lo que la Constitución Política de 1886 sacralizó. Lo más contundente en su arte fue el irrespeto y atrevimiento ante el legado colonial y republicano que había monumentalizado la verdad. Su manera de hacer literatura para combatir la mentira no tiene antecedentes. En un párrafo de “Los funerales de la Mamá Grande” retrata sin concesiones la cultura política del Frente Nacional; una frase de “Cien años de soledad” ridiculiza la supuesta diferencia fundamental entre los partidos liberal y conservador; aquí y allá se burla del esencialismo cultural de los cachacos; una anécdota de “Crónica de una muerte anunciada” muestra la ceguera de la iglesia oficial ante las expectativas de los feligreses; una imagen de “El otoño del patriarca” profetiza la violenta sordidez de los consejos comunitarios de Uribe; desde “La viuda de Montiel” sus tramas nos repiten que en Colombia toda política secundada por la violencia se hace para robar la tierra a sus legítimos propietarios.

Difícilmente otra expresión artística y cultural podía ir a contracorriente de lo que la maestría de este costeño ponía ante nuestros ojos como evidencia incontestable. Con él tuvimos por fin un desvelamiento del país diverso, de la voz cultural que viene unida al cuerpo del territorio, de los relatos marcados por la experiencia del más de las gentes, de los signos que delatan los deseos, de la memoria que reclama su lugar en la historia. Su obra nos puso a soñar un país plural.



[1] Profesor Titular de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, Cali, Colombia. Docteur en Études Ibériques et Ibéro Americaines, Université Michel de Montaigne-Bordeaux III. Autor de, entre otros libros, La cepa de las palabras. Ensayo sobre la relación del universo imaginario wayúu y la obra literaria de Gabriel García Márquez, Edition Reichenberger, Kassel, 2002 y Gabriel García Márquez: littérature et interculturalité, Editions Universitaires Européennes, Sarrebruck, 2011.

martes, 1 de abril de 2014

Pintado en la Pared No. 102

Jacques Le Goff, historiador y biógrafo (1924-2014)

Ha llegado la noticia de la muerte de Jacques Le Goff, noticia que solamente debe interesarnos a los historiadores y a unos cuantos más. El hecho puede pasar notoriamente inadvertido. Para mí no, porque leí del difunto varios libros que ejercieron algún impacto. Recuerdo que la primera obra de Le Goff que llegó a mis manos fue sus ensayos reunidos en Tiempo, trabajo y cultura en el occidente medieval, cuya primera edición en español data de 1987, tal vez. Allí encontré una soberbia explicación del paso en el control público del tiempo, acerca de cómo la Iglesia católica perdió el monopolio de la vida cotidiana y aparecieron los ritmos temporales regidos por la codicia mercantil. Luego leí Los intelectuales en la Edad Media, libro escrito y publicado antes que el otro.  Allí sostuvo sin aspavientos el supuesto anacronismo de la existencia de intelectuales en la Edad Media. 

Georges Duby y Jacques Le Goff pusieron de moda los tiempos medievales, popularizaron el medioevo con sus libros fáciles de leer, con sus colaboraciones para el periodismo ligero y con sus asesorías en adaptaciones de series para la televisión y de largometrajes para el cine. Con ellos la Edad Media dejó de ser ese tiempo oscuro y estancado para convertirse en los orígenes de categorías contemporáneas de control social, como el matrimonio, o de invención de instituciones imaginarias, como el purgatorio, que hicieron más interesante y tramposo el sistema de creencias del catolicismo. Jacques Le Goff, por ejemplo, legó la idea de una tercería en el camino hacia el cielo o hacia el infierno, cuando a la Iglesia católica se le ocurrió inventar el purgatorio como una especie de metáfora acerca de la aparición, en la sociedad, de unas capas medias indecisas; es decir, demostró cómo una nueva geografía del más allá era una transposición de las mutaciones sociales en el más acá; de eso trata, más o menos, La naissance du purgatoire (1981).

Le Goff perteneció a una generación de historiadores que se sacudió de la sombra dominante de Fernand Braudel y regresó al camino esbozado antes por las obras de Marc Bloch y Lucien Febvre; así le dio vida, una segunda vida, a lo que él y sus coetáneos difundieron como una historia de imaginarios o como una historia de las “mentalités”. Ceñido a la impronta de Bloch, creyó, tal como su maestro hizo en Les rois thaumaturges, que era posible escribir la historia de una creencia. A eso agregó, más cercano del influjo de Lucien Febvre, el interés por la escritura biográfica. La Edad Media produjo suficientes individuos enigmáticos dignos de un rastreo exhaustivo para relatar sus vidas; se concentró en San Francisco de Asís y en San Luis, el rey-santo. La una no es tan lograda como la otra; su fascinación por el personaje no fue suficiente para lograr un relato consistente y quedó a mitad de camino en unos cuantos ensayos sueltos y desganados. Algo muy diferente fue su estudio riguroso que terminó en su biografía sobre San Luis que le ocupó unos quince años. Libro denso, redondo, meticuloso y uno de los mejores ejemplos de ese género híbrido, incómodo y sucio que se defiende con la denominación de biografía histórica.

Los intelectuales de América latina hemos tenido la buena o mala costumbre de acercarnos a la tradición académica francesa; nos gusta su sistema universitario más accesible y democrático que el nuestro; también más exigente en los rigores de la investigación y la escritura, y más sistemático en la búsqueda de difusión. Jacques Le Goff fue fiel representante de esa tradición de historiadores y escritores franceses; hombres de archivos pero también de escritura y de conversación ante los micrófonos. Con este medievalista aprendimos a hacer analogías y comparaciones que nos permitieron entender, por ejemplo, la vida intelectual de tiempos más cercanos a nosotros y también los enfrentamientos entre valores religiosos y valores laicos, otro conflicto muy contemporáneo. Jacques Le Goff nos ha legado una obra de historiador y de biógrafo, de estudioso de los cambios en las creencias colectivas y, también, de narrador de las vidas de aquellos que él llamó sujetos “globalizantes”.

Au revoir, monsieur Le Goff. 

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