lunes, 18 de mayo de 2009

LA UNIVERSIDAD PÚBLICA COLOMBIANA (PREMISAS PARA UNA DISCUSIÓN)

PINTADO EN LA PARED No.12


Una mezcla de convicción, necesidad y oportunidad (y oportunismo) suele movernos cíclicamente a discutir acerca de la recurrente situación crítica de la universidad pública en Colombia. El único efecto visible de las conversaciones universitarias, por lo menos en los últimos veinticinco años, ha sido terapéutico. Discutir sobre la universidad pública en Colombia nos permite desahogar nuestra repulsa a las iniquidades que padecemos desde adentro y desde afuera; pero también nos hace recordar nuestra impotencia ante fuerzas superiores y nefastas que nos gobiernan; quizás descubramos lo relativos que somos en un sistema de normas que nos ha puesto a elegir entre un reducido campo de alternativas. Aun así, la discusión es necesaria y ojalá sea depuradora de costumbres. Es mejor, en todo caso, tomar el toro por los cuernos y no dejar que nos sigan organizando la agenda los colegas expertos en el conciliábulo politiquero de todos los días. Es mejor despertar de nuestra minoría de edad y asumir el examen y auto-examen que la situación requiere.


Cualquier discusión que se avizore debe, en mi opinión, partir de algunas premisas. Hay que partir de un reconocimiento histórico de lo que ha sido el devenir de la universidad pública en Colombia; a la historia de nuestra universidad pública no se le puede aplicar la noción de tabula rasa en que no vemos nada constructivo ni valioso en el pasado. En todo lo que llevamos recorrido de vida republicana, con todas las desigualdades y arbitrariedades inherentes a nuestra imperfecta democracia, la universidad pública ha sido la institución cultural más perdurable, más influyente y sistemática. La universidad pública en Colombia ha servido para reunir y formar generaciones de científicos (buenos y mediocres), políticos (más mediocres que buenos); para popularizar formas de conocimiento; para incidir, bien y mal, en las mutaciones de las ciudades colombianas (que lo digan los ingenieros y arquitectos); para contribuir al reconocimiento social y político de grupos marginados; para guiar proyectos nacionales de instrucción pública; para producir algún tipo de cohesión en nombre del Estado-nación. De modo que ninguna discusión tendría que partir de poner en duda su larga y difícil existencia; se trata, más bien, de examinar las condiciones en que ha existido sobre todo en una coyuntura vivida y conocida por nosotros. Pienso que desde mediados del decenio 1980 la universidad pública ha estado inmersa en una encrucijada que es necesario todavía descifrar; una coyuntura en que ha sido relativizada, debilitada por los supuestos amigos y por los declarados enemigos.


Otras premisas son indispensables; cualquier discusión debería abarcar dos niveles complementarios. Una discusión fundada en la reflexión de la Universidad sobre sí misma, sobre su estado interior, sobre su estructura institucional, sobre la noción interna de democracia que ha venido predominando; sobre la condición de los grupos de individuos que la componen, sobre las relaciones entre academia y administración. Sería un ejercicio de retrospección e introspección en que se discuta el sentido de democracia que ha prevalecido en los últimos decenios en nuestras universidades. ¿Hemos estado en universidades en que se respeta la diversidad ideológica, en que se gobierna mediante procesos de elección y de selección responsables y diáfanos? ¿O estamos en universidades sometidas al designio de corrillos politiqueros y a las jefaturas políticas de cada comarca? ¿Cuál ha sido la tendencia de la representación profesoral y estudiantil? ¿Esa representación de qué ha servido para el colectivo universitario? ¿Por qué ha predominado, tanto entre estudiantes y profesores, una tendencia a la cooptación institucional? ¿Cuál ha sido el peso de las relaciones endogámicas? ¿Qué incidencia ha tenido el relevo generacional en el profesorado? ¿De qué ha servido -si acaso han existido- los movimientos estudiantil y profesoral? ¿Qué alternativas institucionales de discusión, de participación en la vida diaria universitaria, hemos creado para anular el recurso del tropel? ¿Por qué hay universidades en que no se enseñan ni asignaturas ni carreras que correspondan con las demandas sociales de cada región? ¿Por qué, en nuestro caso, la interdisciplinariedad o la flexibilidad curricular son más cacareos de moda que realidades tangibles? ¿Por qué se fue imponiendo la condición de menores de edad, de ciudadanos de segunda, a unos grupos de profesores por obra y gracia de los “gamonales” de unidades académicas y facultades? ¿Qué ha conducido a la trivialización del conocimiento y al desprecio de los méritos acumulados?


Son temas y preguntas válidos para el examen del sistema universitario colombiano, no solamente para sacar los trapos sucios de nuestra vida doméstica. Pero, eso sí, este primer nivel de la discusión exige otros requisitos; la discusión tiene que hacerse sin concesiones, sin eufemismos, sin censuras, sin silencios por comodidad o conveniencia. La discusión tiene que ser exhaustiva, con el derecho y el deseo de decirlo todo. Es, en consecuencia, un elemental ejercicio de autonomía, de soberanía, una demostración de que quienes deseamos ser influyentes en la sociedad colombiana tenemos una brújula, que somos capaces de guiarnos antes de guiar. Tiene que ser una discusión responsable, asumiendo el compromiso de la primera persona, aunque implique el riesgo del escarnio, la amenaza o el abandono de la cortesía del saludo. No podemos aplicar aquello que precisamente el maestro Estanislao Zuleta (cuyo magisterio para mí se limita al legado impreso, no tuve la fortuna de conocerlo) había advertido que no hiciéramos: aquello de que “el que no está conmigo está contra mí” (Elogio de la dificultad).


Cumplido ese paso podemos seguir con la otra dimensión del debate, el del examen de la relación de la universidad pública con la sociedad colombiana. En este punto la agenda también es larga, exige premisas y constataciones básicas. Pero puede ser tema para otro articulejo.


Segunda quincena de mayo de 2009.

domingo, 3 de mayo de 2009

EL OLVIDO QUE SEREMOS


PINTADO EN LA PARED No. 11


Los lectores colombianos hemos venido padeciendo o gozando en los tres últimos lustros la saturación de una literatura autobiográfica inclinada a la justificación personal de conductas dudosas; memorias de expresidentes, de exguerrilleros, de exnadaístas, de exdivas, de exdrogadictos (vaya uno a saber si el ex es otra mentira o una verdad), auto-reportajes de paramilitares y mafiosos; a eso se agrega una serie compulsiva de testimonios de exsecuestrados. Una literatura en que, de uno u otro modo, cada cual compite por imponer su verdad y, por tanto, está untada de sospechas. En todos esos relatos, la memoria y la ficción han sido mezcladas con el fin de persuadir al lector de la ingenuidad, el candor o la inocencia del autor-personaje. Todas esas obras contienen auto-exoneraciones, expiaciones, explicaciones, justificaciones, proclamas de redención y hasta recetarios de buena conducta. Algunas intentaron cumplir con un fin terapéutico para los autores. Cada una de esas obras tiene algo o mucho de mitomanía o de megalomanía; todas son un fraude. Y al lado de esa literatura, han aparecido una serie de novelas en que los protagonistas y hasta los vencedores -como si no bastara con el triunfo en la realidad- son asesinos y delincuentes. En fin, hay una saturación de relatos en que las víctimas y los vencidos son una esquina del decorado; ya no se trata de una literatura acerca de la violencia sino, más bien, una literatura que con su pobreza de lenguaje, con sus reiteraciones y llanezas es, ella misma, violencia. Una literatura que ha suprimido la polifonía y el diálogo en favor de la restitución de un ego.


Esta saturación ha hecho cada vez más ostensible un vacío que otras literaturas en América latina sí han intentado llenar ; pienso, por ejemplo, en aquellos autores argentinos que como Juan Gelman, Ricardo Piglia o Rodolfo Walsh, por mencionar algunos, han intentado construir un universo literario que desafía el consenso lingüístico que impone el discurso del Estado o del mercado. La literatura de ficción puede reproducir las lógicas consensuales que reparte diariamente el discurso del poder o puede separarse y construir un universo reverso en que se construyen, como dijera alguna vez Ricardo Piglia, « relatos alternativos ». Y me parece que esos son los términos centrales del asunto, es esa ausencia de « relatos alternativos » lo que hay deplorar de nuestra escritura de ficción contemporánea. La escritura individualista del testimonio autobiográfico es una escritura orgánica –lo digo a manera de hipótesis- del modelo económico neoliberal, es una escritura que tiene como resorte y como fin la ausencia de proyectos colectivos y la primacía del honor, la gloria o la fama en sentido estrictamente individual. Pero a eso se une el predominio, en la valoración previa de cualquier relato, de ficción o no, la posibilidad de su éxito o fracaso en el mercado. Mucha de nuestra escritura testimonial y novelesca reciente ha partido en su génesis creadora de una evaluación implícita o explícita del éxito editorial, de lo que el público quiere leer, ver o escuchar y, sobre todo, de lo que puede comprar. Palabras más o menos, es una literatura derrotada de antemano, así ocupe primeros lugares en el listado de los más vendidos.



Según todo esto, habría que examinar qué es lo « alternativo » en el libro testimonial de Héctor Abad Faciolince, un libro que precisamente le ha ido muy bien en los registros de ventas. Primero, quizás lo más evidente, es que es un texto que reúne las voces de los derrotados, de las víctimas, así pertenezcan al ámbito aparentemente estrecho de las vidas y obras del autor del libro y de su padre. Segundo, también evidente, es que se trata de un ejercicio de reparación, el lenguaje como terapia, la palabra y la memoria como instrumentos para restituir un paisaje roto bruscamente. La nostalgia como recurso. Tercero, que la perspectiva de la víctima implicó la selección de un lenguaje sencillo y limpio. No hay complicaciones narrativas. Una escritura paciente y tierna que no se contenta con reconstituir un testimonio personal y unívoco, sino que trata de armar el rompecabezas que ayuda a entender esa y otras muchas muertes violentas en Colombia. Es un libro basado en la combinación de una memoria interna, autobiográfica, y otra memoria de origen colectivo, histórico. El libro es el resultado de una conversación consigo mismo y con aquellos que podían proporcionarle matices, precisiones o énfasis narrativos en tal o cual aspecto. La ficción no fue el instrumento principal para construir el relato; el libro es bien elaborado, con unos pasajes más densos y elaborados que otros; el detenimiento en la muerte temprana de su hermana, Marta, parece tener una intención evidente, hallarle una explicación a los « años de lucha » en que se comprometió su padre en la ruta final. El autor se decidió por algunas reiteraciones, quizás hay excesos o fantasías, por ejemplo la caricatura de un catolicismo practicado por seres deformes. El libro puede leerse como una autobiografía, la del muchacho Héctor Abad Faciolince que recuerda su infancia, las disparejas relaciones con sus padres, sus simpatías y aversiones, sus virtudes y flaquezas; pero también puede leerse como una biografía intelectual del médico y profesor universitario Héctor Abad Gómez, del defensor de los derechos humanos. Pero también puede y seguirá leyéndose como un documento que proporciona información acerca de cómo se estableció una intelectualidad de clase media en una ciudad colombiana. Y algo más, este libro proporciona elementos para comprender las características de la generación intelectual del autor. Es una generación que ha tenido que forjarse en la derrota de la muerte violenta; es una generación a la que le será difícil ver y examinar a este país con alegría y optimismo. Es una generación que sólo puede exaltar la dignidad y firmeza de la frágil palabra ante la fuerza y la irracionalidad de las armas.


El olvido que seremos subsana parcialmente la ausencia en nuestra literatura de la voz de las víctimas; también puede propiciar dudas: puede pensarse que su lenguaje sencillo es otra manera de cautivar un público y garantizar un éxito en las ventas. Pero me parece muy bien que este tipo de escritura tenga un público a la espera, eso es culturalmente un buen síntoma.

Mayo de 2009

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Aunque resulte un poco anacrónico el texto, véase de Ricardo Piglia sus Tres propuestas para el próximo milenio. Me parece que las escritoras colombianas, mucho más que los escritores, han estado cerca de elaborar un relato alternativo, un relato con voces de otros. Pienso, por ejemplo, en algunas novelas de Laura Restrepo, algunos textos de Yolanda Reyes, y en la obra de Fanny Buitrago.

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