martes, 24 de febrero de 2009

EL INTELECTUAL SUBORDINADO

PINTADO EN LA PARED No.7


Todos los intelectuales hemos atravesado etapas de subordinación o nos hemos estancado en alguna de ellas. Muchos de nuestros ritos de paso contienen la premisa de la subordinación a unas reglas de la cultura académica. Muchas veces aceptamos de buena gana someternos a la autoridad de quienes son genuinos transmisores de un acumulado simbólico. Pero, más que eso, el intelectual subordinado es una propensión contemporánea asociada con la defensa de las políticas de Estado o con el auto-reconocimiento como empleado de la clase dominante. Intelectual subordinado es aquel que le sirve al Estado, a instituciones, a grupos sociales y económicos dominantes; que se dedica –por obligación o por convicción- a reproducir y administrar sus pautas de control, sus lemas, su moral, su ideal de sociedad. Su dependencia es simple – incluso burda- como asalariado de una institución y se vuelve más compleja cuando debe estar disponible para sus controles y censuras, cuando debe adecuarse a sus normas de escritura, a la legalidad que lo circunda y determina. No se trata solamente de una dependencia pasiva, aceptada, ante los controles que se le imponen; se vuelve activa cuando se auto-considera miembro del cuerpo institucional y se siente impelido a ser distribuidor, administrador y guardián de su normatividad. El intelectual subordinado no sólo se somete a la vigilancia de sus colegas y de sus directivos, también se encarga, él mismo, de ejercer tareas de control y de censura sobre los demás. Es un intelectual oficioso, dedicado a la letra menuda de códigos y reglamentos. Hace cumplir, sin mayor examen, lo que se ha fijado como norma incuestionable.

En apariencia, esa subordinación está fundada en una actitud voluntariosa; participa del credo tecnócrata de la eficiencia, la efectividad y la eficacia; la institución o la razón de Estado deben estar por encima de cualquier singularidad vista como una anomalía que es necesario extirpar. Su labor fundamental es reproductiva; es decir, nunca se va a distinguir por cumplir funciones creadoras en algún aspecto de la vida; su lenguaje también es reducido, apela a los neologismos técnicos y son responsables de pequeñas innovaciones léxicas que circulan en documentos de dudosa originalidad. El experto técnico es quizás una de las cristalizaciones más visibles de ese tipo de intelectual; terminó siendo el profeta de la avanzada neoliberal que, entre las muchas miserias que nos ha garantizado, nos condujo a una inmensa pobreza en ideas y a una débil comprensión de la magnitud de los problemas del país.

El intelectual subordinado es funcional: acepta requerimientos puntuales como experto en algún aspecto técnico preciso. Acudiendo a su lenguaje especializado, se acostumbra a suministrar datos, a rendir informes, a presentar quejas (puede ser capaz de quejarse), denuncias, presupuestos, proyectos de investigación, resultados de esos proyectos. Escribe para sus jefes, atiende las fórmulas reglamentarias y admite y exige que se cumplan los pasos que han consagrado la costumbre o la letra. En su rutina no cabe la audacia. No suele presentar visiones de conjunto y sus aspiraciones más genuinas no trascienden de querer remplazar alguna vez a sus jefes o de despejar del camino a sus rivales más inmediatos.

Los profesores universitarios somos, quizás, la masa más consciente y vergonzante de ese vaivén entre querer ser intelectuales de más amplio espectro y aceptar la condición de funcionarios disponibles para asesorías y consultorías. Oscilamos entre un “heroico” y frustrado espíritu de servidores públicos y una también “heroica” y frustrada rebeldía contra las iniquidades del Establecimiento. Nos debatimos entre el deseo de asumir responsabilidades públicas de orientación de una sociedad que necesita resolver muchos problemas y el temor a participar en la vida pública porque se corre el riesgo de la muerte violenta o, en el mejor de los casos, de no ser comprendidos ni siquiera escuchados. La figuración pública, entonces, se reduce a escribir según las pautas de intrascendentes revistas que cumplen con las normas nacionales e internacionales de aceptación -inventadas por quién sabe quiénes- pero cuyo número de lectores acaso supera el de los miembros de los comités de evaluación. El efecto de esas publicaciones es pernicioso, puesto que el profesor o la profesora se acostumbran a recibir un premio en que se combina la garantía de una limitadísima repercusión social de lo que escribe con el obsequio de un puntaje que se plasma en remuneración salarial. Muchos replicarán diciendo que nuestra labor diaria en el aula tiene un alto impacto persuasor, que allí estamos moldeando nuevas generaciones y dándole cimientos a una sociedad muy distinta a la de ahora. Sin embargo, me temo que ese influjo es un compuesto vaporoso, una ilusión.


Es posible que esta reflexión contenga las exageraciones de la caricatura, pero también mucho de esto tiene que ver con un clima de conformismo intelectual que ha eludido discusiones necesarias.



Segunda quincena de febrero de 2009.

lunes, 2 de febrero de 2009

CIEN AÑOS DE IDOLA FORI

PINTADO EN LA PARED No. 6

Hace cien años fue publicada por primera vez Idola fori, ensayo político escrito por el liberal Carlos Arturo Torres (1867-1911). Ni la obra ni el autor son desconocidos para las historias de la política y la literatura en Colombia; su nombre está asociado con una generación latinoamericana de escritores afines en su cosmopolitismo ideológico, en su pertenencia a las inquietudes estéticas modernistas y en su ánimo revaluador de lo que había sido el azaroso devenir republicano. Aunque no estamos ante un autor desconocido, no abundan exámenes rigurosos sobre su obra. Rubén Sierra Mejía, en el estudio preliminar a su compilación de la obra de Torres nos recuerda, con ayuda de afirmaciones de Rafael Gutiérrez Girardot, que la obra del pensador liberal no ha sido bien ponderada. Es cierto, lo que se conoce acerca de Torres es desmirriado. En todo caso, hablar hoy de esa obra hace inevitables evocaciones conexas. Una: la aparición de Idola fori coincide con las discusiones acerca de la conmemoración del primer centenario de la Independencia; el libro no está exento del espíritu de balance que acompañó esa intención conmemorativa. Dos: había otra discusión, semejante a la de nuestro presente, acerca de un amago de reelección presidencial del general Rafael Reyes cuyo quinquenio entonces se agotaba. Era, por tanto, tiempo de pujas entre adulaciones de unos y detracciones de otros. Agreguemos las circunstancias del fin de un siglo y el comienzo de otro que también contribuyeron a alimentar la idea de hacer balances y formular utopías, como sucedió con las obras de varios de sus contemporáneos en Latinoamérica: José Enrique Rodó y Manuel González Prada, por ejemplo; otras circunstancias nuestras pueden agregarse: las secuelas de todo orden que había dejado la guerra civil de los Mil Días, penosa manera en que los partidos políticos despidieron una centuria y saludaron otra. El propósito, los contenidos y la organización expositiva de la obra revelan la conciencia histórica del autor y, tal vez, del entorno intelectual de la época. Idola fori integra un balance del devenir político colombiano o lo que él llamó “la síntesis del sentido histórico del siglo XIX” (p.181) Hace un pormenorizado examen de la situación intelectual y política en su presente y finaliza exponiendo la obra transformadora que debe afrontarse.


Se impone un par de observaciones inmediatas acerca del libro de Carlos Arturo Torres. Primero, una advertencia de Sierra Mejía: él nos dice que la génesis del pensamiento plasmado en el libro de 1909 merece rastrearse en artículos prensa; y es cierto, Idola fori resume en buena medida lo que Torres venía escribiendo desde 1902, principalmente en El Nuevo Tiempo. Estamos, en parte, ante un ejercicio de síntesis, de condensación de aquello que había escrito de manera disgregada pero insistente en la prensa de inicios de siglo. Segundo, además de obra sistemática, Idola fori es buen testimonio del espíritu cosmopolita de un ideólogo liberal hispanoamericano en la transición de dos siglos. Un intelectual sintonizado con el pensamiento político europeo, con las novedades de la filosofía y las discusiones sociológicas de la época. La primera observación nos lleva inevitablemente a valorar su condición de intelectual afiliado al liberalismo; se hace indispensable, por tanto, entender la índole del liberalismo colombiano en que estaba atrapado el pensamiento de Torres. Y la segunda nos remite a varios postulados que son la médula de la argumentación del libro y que, además, constituyen el aporte relativamente original a un problema crucial que venía planteándose desde el siglo XIX y que se haría más agudo en el siguiente: el de la dirección de las masas, de las multitudes. Problema íntimamente asociado con el proceso de la opinión pública en que Torres anuncia preocupaciones por venir.


Creo que la obra de Torres -desde sus artículos de 1898 hasta su Idola fori de 1909- es inseparable de un liberalismo derrotado y perseguido; pero más exactamente de cierto liberalismo, aquel que debía ser fundamento cultural de un proyecto secularizador que terminó frustrado por el ascenso de la Regeneración. Dicho de otro modo, lo único esencialmente liberal del siglo XIX fue el proyecto de nación sustraída del elemento religioso y que trató de concretarse en la fallida reforma escolar de 1870 y que se había insinuado desde la tentativas de los regímenes de Francisco de Paula Santander, cuando la implantación de un sistema escolar estuvo acompañada de la relativizacion cultural de la Iglesia católica. La lucha por una vida laica fue, quizás, lo único que pudo distinguir a un auténtico liberal del siglo XIX del resto de personalidades de la política que se doblegaron ante el fuerte peso de la tradición católica. Ese liberalismo doctrinario –sectario para otros- terminó siendo impopular, solitario y, peor, inconsecuente en sus postulados. Impopular, porque era previsible que en un país mayoritariamente católico cualquier postura anticlerical o de apoyo a la libertad de cultos encontrara una vigorosa resistencia. Solitario, porque tuvo que enfrentarse al liberalismo moderado y al conservatismo unidos que contaron, al menos hasta el ascenso de la república confesional que se plasmó en la Regeneración, con las bases populares guiadas por grupos de activos artesanos. Inconsecuente, porque quienes pregonaron ese liberalismo secularizador, moderno, laicizante, no pudieron, en sus vidas privadas, zafarse del fardo católico y muy pocos trataron de llevar hasta la tumba la austera y sobria postura de alguien que hubiese pregonado las virtudes de una moral universal o independiente.


Para pensadores como Carlos Arturo Torres el momento era propicio para efectuar deslindes; no podía persistir un liberalismo doctrinario opuesto a la realidad apabullante de un país gobernado en nombre de una república católica. Además, y parece que el autor compartía esa idea, había ganado terreno la tesis de un liberalismo radical y fanático que se había enfrentado al otro fanatismo de los católicos intransigentes. Por tanto, el lenguaje de la conciliación, de la moderación, de la adaptación a las circunstancias parecía imponerse. Su semblanza de Manuel Murillo Toro, dirigente político del liberalismo radical, es un ejercicio eufemístico con tal de divulgar una imagen presuntamente moderada de quien fue un defensor a ultranza de un Estado laico. En Torres, ese lenguaje concesivo se concreta en una minuciosa argumentación a favor de una necesaria “transformación” o “transfiguración” de las ideas, si nos ceñimos con exactitud a los términos que él utilizó. El mismo autor advierte en la carta inserta en su exposición, dirigida a Paul Bourget, que estaba dispuesto a ir mucho más lejos en su defensa de la mutabilidad en las ideas; entonces exalta la trascendencia del “absoluto cambio de frente” sobre “la fijeza de una posición intelectual” (p.9). Claro, de un lado estaba la justificada preocupación de un intelectual ante la ceguera de los fanatismos políticos, ante el nefasto influjo de los proselitismos que habían contribuido a urdir guerras civiles; Torres prefería, entonces, la apelación a la razón y no a la pasión. Prefería, en suma, y como lo anuncia en las primeras líneas de su libro, la crítica racional que destierra la falsedad de las supersticiones políticas.


Una de las derivaciones inmediatas de esta defensa de la crítica racional sobre las pasiones políticas es el aristocratismo, la tendencia a creer que sólo una escogida capa de intelectuales puede desterrar a los ídolos del foro; que sólo aquellos iniciados en los vericuetos de la ciencia o de la reflexión filosófica podían hacer recapacitar a los demás. Sin embargo, creo que esa no es la única consecuencia de su argumentación y, aún más, me temo que eso no era su principal propósito. Creo, mejor, que Torres estaba abriendo las puertas del pragmatismo político, del necesario pragmatismo que tendría que imponerse como fórmula de convivencia de partidos políticos que habían estado acostumbrados a sangrientas disputas.


Febrero de 2009 (Versión íntegra próximamente en nuestro blog).

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