viernes, 20 de mayo de 2011

Pintado en la Pared No. 54 - La Universidad del Valle necesita proyecto académico

Por: Gilberto Loaiza Cano.

En la Universidad del Valle, la principal universidad pública del sur-occidente de Colombia, en el sur de América, el rector, desde 2003, es el ingeniero electricista Iván Enrique Ramos Calderón, quien además ostenta un título de Maestría en Ciencias de la Informática y otro en Dirección Universitaria. El señor rector Ramos Calderón acaba de convocar a un Claustro general para presentar informe de su gestión; se aproxima la finalización de su mandato y, por supuesto, se acerca la disputa por elegir un nuevo rector. Antes de ser rector, el ingeniero Ramos Calderón fue vicerrector académico y puede decirse que es un profesor universitario que se preparó para dirigir una universidad pública; muchos coinciden en decir, además, que el señor rector es una excelente persona; es más, dicen que es buena persona en exceso.

No me consta que sea buena o mala persona, porque no he tenido el privilegio de conocerlo, ni siquiera de saludarlo. Pero sí me consta que se trata de una persona muy discreta, de bajo perfil, no es elocuente y en medio de otros rectores de otras universidades colombianas se destaca por su reserva. En estos momentos polémicos, en que discutimos en Colombia un proyecto presentado por el presidente Juan Manuel Santos, que pretende modificar la ley que regula el sistema universitario nacional, el señor rector Ramos no ha dicho nada contundente, a favor o en contra, a diferencia de otros rectores, como el profesor Moisés Wasserman, de la Universidad Nacional, o como el profesor José Fernando Isaza, de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, y actual presidente de la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN).

Yo no sé si mis colegas, fáciles de seducir e impresionar, se dejarán convencer del informe de gestión del profesor Ramos. No sé si el señor rector aspira a una reelección. Pero sí estoy persuadido de que ciertas cosas comenzadas o consolidadas en su rectoría deberían prolongarse y que en otras es necesario un viraje rotundo. Por ejemplo, me parece muy bien que se haya tratado de imponer una cultura de la planificación institucional, de presentar proyectos para satisfacer demandas en la infraestructura; si fuésemos previsivos, ordenados y soñadores, en la Facultad de Humanidades ya tendríamos un hermoso y útil edificio que nos evitase seguir dependiendo de las aulas y dotaciones de la Facultad de Ingenierías. Y me parece muy mal que durante su larga gestión de ocho años nos hayamos tenido que acostumbrar a que se rodee de muy malos funcionarios para liderar procesos académicos. Durante su rectoría se ahondaron las malas relaciones entre profesores y la vice-rectoría académica. En hechos recientes, en un volátil Departamento de Historia, unos funcionarios que se han ganado el ascenso en la nomenclatura de la Universidad por alguna sibilina razón –no por méritos acumulados, eso es cierto- nos han restregado todo el poder político que tienen y la poca autoridad académica que ostentan.

La sensibilidad académica del señor rector Ramos y de algunos de sus funcionarios ha estado, muchas veces, más abajo de los tobillos. Nos hemos ido acostumbrando a que la investigación, la docencia, la extensión, los convenios internacionales e interinstitucionales, los proyectos de creación de programas de maestría y de doctorado corran por cuenta de la buena iniciativa de cada uno de nosotros y que, además, dependan del buen humor político de los personajes que están en cargos directivos. Así, si a un grupo esclarecido y hasta incauto de profesores se les ocurre preparar un programa doctoral, podrían encontrarse con la inesperada pero probable situación de que su proyecto es, académicamente, perfecto, pero políticamente incorrecto, porque lo han formulado delante del funcionario equivocado a la hora política equivocada. Un ejemplo más: en esta hora de necesaria internacionalización de las universidades, de conversación continua entre pares, en que se ha vuelto atractivo proponerles a los estudiantes estadías en otras universidades y la obtención de un doble diploma, la Universidad del Valle no tiene una verdadera Oficina de Relaciones Internacionales. Yo esperaría que, en aras de la precisión, para su informe le recordaran al señor rector Ramos que algunos convenios, como los de la Universidades Paris 3 y Paris 7, tuvieron gestión con nombre propio. O que el mismo recordara que a un profesor de la Facultad de Humanidades, que fue invitado durante un semestre universitario por la Universidad de la Sorbona, la dirección de la Universidad del Valle casi que no encuentra –porque no quería- la fórmula legal mágica para que el profesor pudiera cumplir tranquilamente con el honor de la invitación.

El 13 de mayo de 2011, con discursos de los gobernantes de la región y del señor rector, fue re-inaugurada la piscina olímpica de la Universidad del Valle, cuya remodelación consistió, entre otras cosas, en hacer una ampliación de dos (2) centímetros según los reglamentos universales de la competición olímpica. La obra costó 1.500 millones de pesos (cerca de 750.000 dólares). Todos estamos felices con esos dos centímetros y otras arandelas técnicas de la piscina olímpica y es posible que por eso nos ganemos algún premio nacional o internacional (la universidad colombiana con mejor piscina, por ejemplo). Pero espero que esa piscina olímpica no signifique un desprecio olímpico a la investigación y otras cosas elementales que necesitamos fortalecer. Hace poco expiró el plazo de una convocatoria interna de investigación en ciencias humanas y sociales, en que como algo excepcional se destinó la suma global de 600 millones de pesos (300 mil dólares), algo así como el equivalente al costo de un nuevo centímetro de la dichosa piscina.

Ojalá el próximo rector esté a la altura de los debates cruciales sobre el destino de la universidad pública colombiana; que no sea una simple pieza del ajedrez político de la región, que satisface a los dueños de la comarca y deja en vilo esa cosa quimérica que todavía llamamos autonomía universitaria. Necesitamos extender en kilómetros nuestro proyecto académico.

lunes, 9 de mayo de 2011

Pintado en la Pared No. 53- Un libro de historia del siglo XIX colombiano.

Gilberto Loaiza Cano. Sociabilidad, política y religión en la definición de la nación (Colombia, 1820-1886), Universidad Externado de Colombia, 2011, 469 pags.

Libro reseñado por Julieta Bloom, historiadora ítalo-alemana, especialista en América latina.


En su colección Bicentenario, el Centro de Estudios en Historia de la Universidad Externado de Colombia acaba de publicar parte de la tesis doctoral, escrita originalmente en francés, del historiador colombiano Gilberto Loaiza Cano, profesor del departamento de Historia de la Universidad del Valle, en Cali, Colombia. El ciclo conmemorativo de los doscientos años de Independencia ha revitalizado, en Latinoamérica, la reflexión histórica sobre el siglo XIX, se han multiplicado las compilaciones de ensayos, estudios puntuales acerca de los primeros decenios republicanos. La historiografía universitaria ha tenido que pensar de nuevo el horizonte complejo de lo político. Sin embargo, el libro del profesor Loaiza Cano no parece ceñirse a los entusiasmos recientes e improvisados por estudiar la Independencia, está quizás mejor situado en el interés de comprender el largo proceso cultural y político del complejo siglo; no olvidemos que estamos ante el autor de una rigurosa biografía sobre un político liberal que tuvo un periplo por varios países latinoamericanos –Manuel Ancizar y su época, 1811-1882 (Universidad de Antioquia-Universidad Nacional-Eafit, 2004)- raro ejercicio de historia comparada combinada con la aplicación micro-histórica de seguimiento a la trayectoria de un individuo.

En Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación (Colombia, 1820-1886), Loaiza Cano ha pasado de la minucia biográfica a la dimensión prosopográfica; al examen de la acción colectiva, a la expansión asociativa como elemento que contribuyó a moldear el espacio público. Este libro pone a circular de nuevo con fuerza, en la historiografía de América latina, la palabra sociabilidad, rica en matices interpretativos y en antecedentes en la sociología, la antropología y la historia. Muchos políticos europeos y americanos del siglo XIX usaron tal palabra para referirse, más o menos, a la propensión de los individuos a asociarse para tener alguna incidencia hegemónica en el espacio público; la sociabilidad fue, entre las elites hispanoamericanas, un síntoma “civilizador”, una buena costumbre que sirvió para propagar reglas de comportamiento en la vida colectiva. Pero Loaiza Cano demuestra que la sociabilidad fue, en los inicios de la democracia representativa, una libertad peligrosa y, por tanto, concedida con mucha dificultad. Es desde mediados del siglo XIX que el pueblo irrumpe, por fin, en formas asociativas reglamentadas y contribuye a un conflictivo y fragmentado mundo de asociaciones que muestra a una sociedad civil convulsionada. Asociarse fue, según este libro, un acto de afirmación partidista, electoral y bélico; asociarse fue útil para el aprendizaje en común de normas cívicas, pero también fue un instrumento de organización para tratar de imponerse en la vida pública. Por eso nos parece acertado que el autor haya agrupado las formas asociativas en las dos grandes fuerzas históricas que, en el siglo XIX, trataron de tener el control del proceso de construcción nacional, el liberalismo y el conservatismo.

Este libro entra a formar parte del diálogo historiográfico en que ya han hecho aportes muy valiosos y prolijos historiadores de la talla de Pilar González-Bernaldo, analista del caso argentino; Elías José Palti, estudioso del caso mexicano; y Carlos Forment, autor de un voluminoso estudio comparativo entre varios países. Todos ellos, por vías, hallazgos y énfasis diferentes, han mostrado que el siglo XIX en Latinoamérica fue social y políticamente muy intenso; la política no fue asunto de pocos, como hemos creído; más allá de las élites que estamos acostumbrados a evocar, hubo variantes políticas populares que se expresaron en un variopinto panorama asociativo que los historiadores contemporáneos han ido reconstruyendo. El estudio de Loaiza Cano agrega un matiz nada despreciable, el del papel tan dinámico de la Iglesia católica colombiana y los ideólogos conservadores en la organización de un frente asociativo que impidiera la avanzada de un proyecto de modernidad liberal; y también muestra que el liberalismo colombiano fue bastante incongruente entre sus postulados y sus prácticas asociativas; vale la pena destacar al respecto el capítulo muy novedoso sobre la masonería y todo aquello acerca de la ofensiva asociativa conservadora.

Otra vez, Loaiza Cano nos ha ofrecido una visión de conjunto sobre el siglo XIX que vale la pena ser estudiada y discutida. Lamentamos que la edición haya depurado aquellos capítulos, que conocimos en su tesis de doctorado de 2006, dedicados al universo de los impresos: el libro, el periódico, el taller de imprenta, las modalidades individuales y colectivas de lectura del siglo XIX. Pero, según ha prometido este historiador, todo eso va a ser tema de un próximo libro. Mientras tanto, él nos ha dejado bastante materia en qué pensar con este libro que acaba de publicar y que vemos hoy en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, 2011.

Seguidores