jueves, 23 de mayo de 2013

PINTADO EN LA PARED No. 87 Colciencias es un fraude (3)



Por un modelo diferenciado para las ciencias humanas
Quizás lo más chocante de la propuesta de modelo de medición de grupos de investigación de Colciencias es su falta de matices; igual viene sucediendo en algunas vicerrectorías de investigación de nuestras universidades. Ellos no entienden que lo que escribimos en las ciencias humanas no pasa necesariamente por las mismas bases bibliográficas válidas o vigentes en las ciencias de la salud o en las ciencias exactas. Tampoco entienden que las normas de citación útiles para las informes de investigación de los médicos o de los ingenieros no pueden ser las mismas para historiadores, filólogos o sociólogos. Tampoco han querido o podido entender que la producción de libros sigue siendo, para nosotros, en las ciencias humanas, mucho más tangible y valiosa que la publicación de artículos en revistas especializadas. Para decirlo rápido, Colciencias y sus seguidores obedientes no han entendido que los paradigmas de validación son mucho más diversos y que no pueden imponer una regla universal que suprime posibilidades.
No sé si algunos de Ustedes se han tomado la molestia de hacer una aplicación simulada del modelo de medición que nos han inventado, yo sí lo he hecho con lo que me interesa, con lo que escribo, con las revistas que leo, con las revistas en que me gusta escribir, con los libros que solemos preparar entre nuestra comunidad científica. ¿Y qué hallo? Que muchas revistas importantes en el mundo, dentro de mi ámbito de conocimiento, ni siquiera aparecen en el listado  de la propuesta de medición de Colciencias, que tampoco aparecen en las bases bibliográficas indicadas para un “artículo de investigación clase A” ni para un “artículo de investigación B”.
Ahora bien, los investigadores de las ciencias humanas nos sentimos mejor realizados cuando terminamos nuestra investigación en forma de libro  y, de manera más bien subsidiaria o derivada, dejamos alguna huella en artículos para revistas. ¿Y dónde fueron a parar los libros según el tal modelo? A la exclusiva publicación en algunas editoriales universitarias reconocidas o registradas por Colciencias. Parece bien, si se mira como una oportunidad para que esas editoriales mejoren en su capacidad y calidad de producción y de distribución. Pero parece una condena si nos basamos en la cruda actualidad de esas editoriales: muy pocas saben hacer un libro de calidad, muy pocas saben vender, muy pocas saben reconocer el pago de regalías a los autores. Algo peor si nos fijamos en lo que tenemos al frente en algunas universidades públicas; salvo el salto evidente en todos los sentidos de la Universidad Nacional de Colombia (a mi modo de ver, la Universidad de Antioquia padece un estancamiento en ese aspecto), las demás tienen departamentos de publicaciones o programas editoriales muy poco alentadores para un investigador en las ciencias humanas. No saben o no pueden garantizar un sello distintivo para nuestros libros; editan un libro de historia con las mismas asperezas de un libro de cocina o de matemáticas. Someten al eventual comprador de un libro a hacer filas en ventanillas, a coleccionar sellos y firmas antes de recibir un ejemplar sin mayores descuentos.   
Ni hablar de los libros de autoría colectiva. Los artículos en esos libros están condenados a una valoración pírrica según el decreto 1279 que rige a los profesores de las universidades públicas. Esos libros, que son resultados de procesos colectivos de investigación, de unión de grupos o de redes, terminan infravalorados y hasta sometidos a toda sospecha porque, según arbitraria creencia, no estuvieron precedidos de estrictos criterios de selección, como se cree que sí sucede con las revistas especializadas.
Y el mundo de las revistas especializadas, en nuestro panorama, es casi desértico. ¿Cuántas revistas de ciencias sociales y humanas están en los más altos niveles de Colciencias? Poquísimas, su número y periodicidad no corresponden con una comunidad científica que se ha expandido. Esa expansión de las ciencias humanas, que va más allá del artículo especializado, del informe de investigación, es lo que Colciencias y muchos colegas nuestros no pueden o no quieren ver. O tal vez precisamente por eso es que pretenden anularnos o reducirnos al pobre universo del modelo que nos ofrecen.




  

domingo, 5 de mayo de 2013

Pintado en la Pared No. 86



COLCIENCIAS ES UN FRAUDE (2)

No vamos a despachar de un plumazo el tema de Colciencias. Hablar de lo que sucede ahora con esa institución debería implicar muchos otros exámenes que considero incompletos: por ejemplo, el de la condición de las comunidades científicas colombianas; el del lugar del conocimiento científico en la sociedad; la relación de esas comunidades con el estado actual del sistema universitario; la situación mundial de los modelos de medición de la calidad y la cantidad de producción científica. Incluso,  a qué le podemos llamar ciencia en nuestros días. Qué está sucediendo con el libro y la escritura en el ámbito de cada forma de conocimiento; las rivalidades o conversaciones entre las ciencias exactas y las ciencias humanas. Y ni modo de pasar por alto que todo esto tiene relación con la inmediata discusión de una reforma de la educación superior  en Colombia. En definitiva, creo que estamos parados en el filo de una situación bisagra en la que algo ha venido sucediendo, sin percatarnos de que esa situación filuda ya nos ha ido dejando heridas en la piel. 

Algo ha debido hacerse y podría hacerse aún en el ámbito florido de nuestras ciencias humanas. Me refiero a la necesidad de un apremiante balance de lo que ha sido la investigación y la creación intelectual en ese particular universo en los últimos veinte años. Y en ese aspecto yo propongo algún tipo de acuerdo procedimental entre departamentos, escuelas, institutos y facultades del país. Nos hace falta un libro de balance, un auto-examen que nos lleve a algún tipo de depuración, que nos permita encontrar una afortunada o desagradable cosa que sea nuestra señal de identidad. He leído, por ejemplo, con sumo interés, lo que ha ido haciendo, laborioso y silencioso, el investigador Rodolfo Masías Núñez, de la Universidad de los Andes. Él se ha concentrado en descifrar el qué y el cómo de la producción de los científicos sociales colombianos, tomando una muestra más o menos representativa de libros y autores entre 1999 y 2009. Menuda tarea que nos puede servir de primera piedra para tratar de entender las prácticas, los gustos, los usos y los intereses de un grupo más o menos representativo de investigadores sociales (un ensayo al respecto aparecerá próximamente en la revista Historia y espacio, en un número monográfico consagrado a la historia intelectual).

Yo creo que a Colciencias le sigue haciendo mucha falta conocer  los matices y particularidades de cada universo disciplinar. Los científicos sociales no escriben como los médicos (por fortuna o por desgracia). Y el público lector de las Humanidades no es el mismo de los ingenieros o de los físicos o de los matemáticos (más por fortuna que por desgracia). Si Colciencias conociera mejor las prácticas de cada oficio intelectual y, además de eso, las variantes regionales en la producción y consumo culturales, sabría mejor discernir sobre modelos de medición de la actividad investigativa; sabría ver dónde es mejor que haya o no revistas especializadas o dónde es mejor que el libro circule lejos de las angostas vías de las paupérrimas y provincianas editoriales universitarias que no saben todavía fabricar ni vender un libro.

Por lo pronto, un balance de la investigación en todas las disciplinas de las ciencias humanas colombianas debería apurarse. ¿Podremos ponernos de acuerdo para hacerlo? Y, sobre todo, ¿nos servirá de premisa para vislumbrar otros horizontes?

jueves, 2 de mayo de 2013

Pintado en la Pared No.85



COLCIENCIAS ES UN FRAUDE

Si no es porque ya nos hemos ido acostumbrando a las malas noticias relacionadas con los incentivos a la investigación en las ciencias humanas y sociales, tendríamos que decir que los últimos mensajes que nos envía Colciencias son un mazazo que hiere profundamente a la comunidad científica colombiana. La que hasta ahora ha sido la principal entidad estatal en la regulación de la actividad investigativa en Colombia, ha ido definiendo en los últimos años su perfil; es cada vez más claro que se trata de una institución muy raquítica que ya no sabe responder a lo que cotidianamente deseamos y hacemos; es muy evidente que no le interesa, para nada, fomentar la investigación en los ámbitos propios de las ciencias humanas; también ha dejado en claro que perdió liderazgo en la promoción de la formación doctoral tanto dentro como fuera del país. Su presupuesto es magro y sus convocatorias para financiación de proyectos tienen ahora un reducido espectro temático y se decidió por desterrar del todo cualquier inquietud propia de esas disciplinas científicas que son problemáticas e impertinentes, que ponen en tela de juicio esos afanes modernizadores concentrados en la innovación tecnológica.

El actual régimen presidencial sólo quiere ver investigación aplicada que contribuya a las prioridades productivas de las regiones, a las empresas ligadas con el mercado mundial. Investigar para producir, producir para vender, vender para ganar. En ese modelo no caben ni sociólogos ni historiadores ni psicólogos ni lingüistas. A no ser que tengan que cumplir un papel demasiado funcional y subordinado en la preparación de una receta para hacer crecer plantíos de caña de azúcar o de palma africana.

Su última propuesta de modelo de medición de los grupos de investigación no tiene en cuenta las especificidades de ciertos universos disciplinares ni los ritmos ni tradiciones de escritura y creación intelectual de determinadas comunidades científicas. La producción individual y colectiva de libros ha quedado casi estigmatizada y es inversamente proporcional a la importancia excesiva que se le ha otorgado a la publicación de artículos en revistas especializadas. La escritura en revistas especializadas encierra el pensamiento de las ciencias humanas en paredes muy estrechas, en un mundo lector muy reducido y determina un muy débil impacto social del nuevo conocimiento. Para llegar a y permanecer en la categoría de investigador senior hay que publicar en revistas que estén cercanas al cielo, y en el cielo ya no hay lectores, solamente “pares evaluadores” y quizás algún curioso de un pomposo comité editorial.

Colciencias nos ha puesto a mirar para otro lado. Ahora el problema es cómo una comunidad científica tan disgregada, tan individualista, logra ponerse de acuerdo para inventarse algo menos fraudulento. En cierta medida es un alivio saber que es mejor no seguir dependiendo de los ires y venires, confusos y arbitrarios, de una entidad que ha sido más talanquera que estímulo. ¿Pero, entonces, qué vemos en el horizonte? Yo veo a médicos e ingenieros repartiéndose en las universidades la torta de la financiación de la investigación y auto-adjudicándose generosos puntajes que les sirven para mejorar sus sueldos.

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