domingo, 5 de mayo de 2013

Pintado en la Pared No. 86



COLCIENCIAS ES UN FRAUDE (2)

No vamos a despachar de un plumazo el tema de Colciencias. Hablar de lo que sucede ahora con esa institución debería implicar muchos otros exámenes que considero incompletos: por ejemplo, el de la condición de las comunidades científicas colombianas; el del lugar del conocimiento científico en la sociedad; la relación de esas comunidades con el estado actual del sistema universitario; la situación mundial de los modelos de medición de la calidad y la cantidad de producción científica. Incluso,  a qué le podemos llamar ciencia en nuestros días. Qué está sucediendo con el libro y la escritura en el ámbito de cada forma de conocimiento; las rivalidades o conversaciones entre las ciencias exactas y las ciencias humanas. Y ni modo de pasar por alto que todo esto tiene relación con la inmediata discusión de una reforma de la educación superior  en Colombia. En definitiva, creo que estamos parados en el filo de una situación bisagra en la que algo ha venido sucediendo, sin percatarnos de que esa situación filuda ya nos ha ido dejando heridas en la piel. 

Algo ha debido hacerse y podría hacerse aún en el ámbito florido de nuestras ciencias humanas. Me refiero a la necesidad de un apremiante balance de lo que ha sido la investigación y la creación intelectual en ese particular universo en los últimos veinte años. Y en ese aspecto yo propongo algún tipo de acuerdo procedimental entre departamentos, escuelas, institutos y facultades del país. Nos hace falta un libro de balance, un auto-examen que nos lleve a algún tipo de depuración, que nos permita encontrar una afortunada o desagradable cosa que sea nuestra señal de identidad. He leído, por ejemplo, con sumo interés, lo que ha ido haciendo, laborioso y silencioso, el investigador Rodolfo Masías Núñez, de la Universidad de los Andes. Él se ha concentrado en descifrar el qué y el cómo de la producción de los científicos sociales colombianos, tomando una muestra más o menos representativa de libros y autores entre 1999 y 2009. Menuda tarea que nos puede servir de primera piedra para tratar de entender las prácticas, los gustos, los usos y los intereses de un grupo más o menos representativo de investigadores sociales (un ensayo al respecto aparecerá próximamente en la revista Historia y espacio, en un número monográfico consagrado a la historia intelectual).

Yo creo que a Colciencias le sigue haciendo mucha falta conocer  los matices y particularidades de cada universo disciplinar. Los científicos sociales no escriben como los médicos (por fortuna o por desgracia). Y el público lector de las Humanidades no es el mismo de los ingenieros o de los físicos o de los matemáticos (más por fortuna que por desgracia). Si Colciencias conociera mejor las prácticas de cada oficio intelectual y, además de eso, las variantes regionales en la producción y consumo culturales, sabría mejor discernir sobre modelos de medición de la actividad investigativa; sabría ver dónde es mejor que haya o no revistas especializadas o dónde es mejor que el libro circule lejos de las angostas vías de las paupérrimas y provincianas editoriales universitarias que no saben todavía fabricar ni vender un libro.

Por lo pronto, un balance de la investigación en todas las disciplinas de las ciencias humanas colombianas debería apurarse. ¿Podremos ponernos de acuerdo para hacerlo? Y, sobre todo, ¿nos servirá de premisa para vislumbrar otros horizontes?

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