miércoles, 23 de octubre de 2013

Pintado en la Pared No. 95





Biografía, ¿para qué?

El 17 y el 18 de octubre tuvo lugar en México D.F. el Congreso Internacional titulado “Biografía, ¿para qué?”, organizado por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). La conferencia inaugural estuvo a cargo de François Dosse, autor de El arte de la biografía y de, además, dos biografías intelectuales, la de Michel de Certeau y, más recientemente, la de Paul Ricoeur. Fueron dos días intensos en que fue posible conocer muy diversas experiencias en la escritura biográfica. El evento fue auspiciado por un grupo de biógrafas, liderado por las profesoras Daniela Spenser y Mílada Bazant, que comunicó con pasión su vínculo con un género de investigación y de escritura muy difícil de situar en el espectro de las ciencias humanas contemporáneas. 

La reunión sirvió para compartir experiencias y para discutir tendencias, concepciones, prácticas en torno a la escritura biográfica. Unos parten del inicial apego a la disciplina histórica; otros y otras han hecho unas trayectorias mucho más cercanas a la antropología, a la literatura, a la filosofía,  al periodismo. Para unos, la biografía es un ajuste de cuentas con ciertos nombres del pasado; para otros es un ejercicio dentro de las luchas por la representación a las que estamos habituados en la profusión de discursos de estos tiempos; para otros más se trata del rescate de individuos olvidados por las generalizaciones estructurales de la gran historia. Algunos se presentaron con una experiencia tras de sí que les permitió comunicar una síntesis de su percepción de los alcances, límites y riesgos de la escritura biográfica. Otros prefirieron compartir casos muy puntuales, obras en proceso que contienen sus muy particulares matices.    

El evento fue una intensa conversación sobre un mundo posible. La biografía constituye un universo propio con muchas más afinidades que lejanías con respecto a las ciencias humanas. Ha sido un desafío a unas normas rígidas de escritura que han empobrecido el lenguaje de esas ciencias, pero también ha sido una propuesta de apertura a un diálogo indispensable que trasciende las fronteras artificiales de los mundos mono-disciplinares. La biografía, hasta para el más positivista de los investigadores sociales, es desde un simple instrumento documental hasta un fin en sí mismo que combina el oficio y el arte, la verdad y la ficción, el rigor y la belleza. Hasta el historiador más geométrico la concibe como el corolario de la exhaustividad. Sin embargo, es muy significativo que la expansión de este interés por lo biográfico haya partido de la antropología y no de la muy recatada disciplina histórica.

Fue un privilegio escuchar a Michael Scammel, Eric van Young, Fabienne Bradu, Tomás Pérez Vejo. A jóvenes investigadoras como Aurelia Valero y Rebeca García Corzo. También supimos de los trabajos en ciernes de Daniela Spenser, Mílada Bazant y Sergio Francisco Rosas. Y alrededor de ellos hay, por lo menos en lo que pudimos captar en la corta estadía, una veintena de biógrafas y biógrafos que están desbrozando la dimensión de un método, de un arte y de un tipo de escritura. Al final, Pavel Granados, escritor y editor, hizo un balance y lanzó una inteligente provocación sobre la escritura de biografías y, además, se permitió evocar la contribución de quien es, hoy por hoy, el mejor escritor de biografías en Colombia: Fernando Vallejo.

Habrá tiempo para seguir conversando; no sería exótico pensar en una revista latinoamericana que examine sistemáticamente el recurso biográfico. Hace falta seguir pensando sobre la importancia del individuo singular en la historia, sobre las relaciones de lo biográfico con las tradiciones disciplinares de las ciencias humanas, sobre las hibridaciones entre verdad y ficción, sobre los retos narrativos de lo biográfico. Queda la tarea de ampliar esa conversación a nuestros colegas del sur de América hasta consolidar una comunidad de pensamiento y de escritura que corresponda con este interés expandido por nuestras amigas del CIESAS.

  

lunes, 7 de octubre de 2013

Pintado en la Pared No. 94



LOS PREMIOS DE
LA FUNDACIÓN ALEJANDRO ÁNGEL ESCOBAR

Son muy pocos aquellos premios que, basados en principios estrictamente meritocráticos, constituyen un reconocimiento autorizado de la creación intelectual en las ciencias sociales y humanas en Colombia. Uno de esos premios, considerado como una especie de Nobel de dimensión local, es el que ofrece anualmente, desde 1955, la Fundación Alejandro Ángel Escobar (FAAE). Desde ese año, esa fundación otorga premios a los mejores investigadores en ciencias naturales y exactas; y desde 1995, lo hace en ciencias sociales y humanas. Desde entonces, es un premio deseado por muchos y conseguido por muy pocos.   

Como bien lo recordaba un colega cuyo nombre no estoy autorizado a divulgar, el creador de la FAAE “era un economista graduado en Cambridge, notable investigador en ciencias agropecuarias, ministro de agricultura de Laureano Gómez y empresario exitoso. Dicen que le llamaban el "míster" por sus modales refinados. Al final de sus años, Ángel Escobar decidió legar su fortuna al fomento de la ciencia y la cultura y a la promoción de las élites intelectuales de este país. Para ello decidió emplear el patrón moderno de filantropía académica y científica de la Fundación Rockefeller que en el periodo de entreguerras contribuyó a la reconstrucción de la ciencia europea y en mucho a la constitución del desarrollo moderno de las ciencias en América Latina”. En fin, agrego yo, el empresario en mientes obró como un mecenas que quiso contribuir a darle firmeza a la producción intelectual de alto nivel en una Colombia que apenas estaba consolidando un sistema universitario de educación superior; su lema fundador de los premios, que se repite por estos días de octubre, ha sido el siguiente: No es mi deseo que se premie al menos malo, sino al muy bueno”.

Sin embargo, los premios de FAAE siguen pasando inadvertidos en muchas instituciones universitarias y regiones del país. Basta ver el contraste entre la difusión que les otorgan las universidades de Bogotá y Medellín en sus publicaciones oficiales, incluso en sus programas radiales, con la escasa repercusión en, por ejemplo, Cali. Hace un año, el suscrito recibió el premio en ciencias sociales y humanas por su libro Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación. Colombia, 1811-1882. Ningún funcionario de la Universidad del Valle me acompañó al acto de premiación; no hubo nota de felicitación de ningún directivo de la universidad, salvo un par de líneas desganadas del consejo de Facultad de Humanidades de ese entonces. Tampoco hubo mención alguna del hecho en la prensa local, menos en los pequeños boletines que informan de los sucesos menudos de la vida universitaria. En contraste, el rector de la Universidad de Antioquia acompañó y leyó un discurso para elogiar al ganador en ciencias naturales y exactas, un joven investigador egresado de su universidad que estaba radicado en Alemania. Su periódico, Alma Mater, le dio generoso despliegue a la noticia e incluso publicó apartes de mi discurso de recepción del premio.

En la Universidad del Valle sucedió más o menos todo lo contrario. Salvo las felicitaciones escritas de un par de colegas y de algunos miembros del grupo de investigación al que pertenezco, el premio provocó más bien daños colaterales. Uno de ellos lo protagonizaron quien era, en ese entonces, mi asistente de investigación y un profesor que era, precisamente, el director del grupo de investigación Nación-Cultura-Memoria. Un asalto a la oficina de un profesor premiado pudo ser una forma oblicua de reconocimiento que se añadió al silencio generalizado. Por eso el disfrute de un premio de esa trascendencia quedó recluido en la esfera estrictamente privada. Todo eso habla mucho de la condición de la institución a la que se pertenece y de la situación de una comunidad académica muy específica. Viendo hoy la entrega de la versión 2013 de los premios de la FAAE, es felizmente obvia la importancia que sigue teniendo en otros lugares y para otros colegas del país.

martes, 1 de octubre de 2013

Pintado en la Pared No. 93



LAS BIOGRAFÍAS DE FERNANDO VALLEJO

     La prosa de Fernando Vallejo es buena señal del país que somos. Si tomáramos el lenguaje de la gran mayoría de sus escritos para tratar de descifrar el mundo o la época a la que pertenece, podríamos fácilmente llegar a la conclusión de que ha vivido en tierra hostil, difícil, áspera. No hay términos medios en sus frases, nada en lo que dice refleja ecuanimidad, términos medios. No anda por las ramas, no tiene perífrasis ni circunloquios ni eufemismos. El insulto, la diatriba y las imprecaciones son frontales. ¿Palabras en diminutivos, aderezos narrativos, ironías que se captan en cámara lenta? Nada hay de eso. Vallejo sabe que ha vivido en país de hipócritas, de doble moral, de suavidades traicioneras que terminan en asesinatos con sevicia. Colombia es un país en que se mata con cierta facilidad y él ha encontrado su manera de decir eso. Sus novelas se leen, al comienzo, con placer, como terapias en que el espíritu deja escapar todas las quejas acumuladas. Lo que cuenta no es agradable, son cuadros de nítida violencia entre humanos. Su prosa es limpia y esa limpieza la da mucha fuerza. Pero cuando se vuelve frases encadenadas por la repetición, esa fuerza se va diluyendo hasta convertirse en una retahíla incesante que obliga a poner el libro a un lado, porque lo que nos estaba haciendo falta ya comenzamos  a percibirlo como un excedente, como un exceso de palabras que ya no dicen nada nuevo. Ya hemos sabido, con suficiente ilustración, cuáles son sus adhesiones y sus odios.
   Además hemos tenido unos personajes públicos así, muy parecidos a esa escritura, personajes que en la jerga les llamamos “frenteros”, bruscos en la maledicencia, hambrientos de pellejos ajenos, encerrados en la rabia de lo que no han podido ser ni hacer y enverdecidos por la envidia de ver que otros consiguen lo que no han logrado ni lograrán. En la política menuda de todos los días hemos tenido que escuchar ilustres miembros de nuestra clase dirigente completamente desaforados, pendencieros, dispuestos a matar o a que los maten, impulsados por odios viscerales con los que quieren arrastrar al resto de la sociedad. Esa literatura del improperio parece que tuviera su correlato en esa vida pública desapacible que llevamos, poco educada en el debate de ideas. Tanto denuesto puede volverse trivial porque, siempre cabe la sospecha, puede tratarse de una hábil estrategia de mercado y, en vez de una genuina franqueza, estaremos al frente de un excelente vendedor en la feria de las vanidades.  
   Lo que ha escrito Fernando Vallejo nos ha hecho falta, pero también nos ha sobrado. Me quedo más cerca de sus biografías porque son espécimen muy aparte. Son obras que hay que saber leer; sin capítulos, sin apartados, sin notas a pie de página y, aun así, bien documentadas, atiborradas de precisiones y hasta entretenidas. La biografía es un género de escritura, muy fresco, muy vital, porque todo transcurre alrededor de la aterradora especificidad de una vida y porque el biógrafo pone su propia vida en la escritura. No es simple metáfora para cautivar, en la biografía las vidas se encuentran, se narran y se explican. Claro, en el caso de Vallejo hay que separar ese matorral de veredictos contra el mundo, contra el poder, contra la Iglesia católica. Si nos fijáramos sólo en eso, tendríamos más bien un texto auto-biográfico, una desordenada confesión de sus afectos y sus desprecios; pero como lo que nos interesa es saber qué ha podido contarnos o explicarnos del biografiado, nos quedamos con esos retazos interrumpidos de un modo de escritura biográfica que es necesario examinar con más detalle. Por eso recomiendo leer sus biografías con mucha atención, allí hay un ejercicio aleccionador para los científicos sociales que, pobres de lenguaje, nos hemos quedado encerrados en un reducido universo de escasos destinatarios de nuestros mensajes. Hemos olvidado la belleza en busca de un rigor que tampoco atrapamos. La biografía es, al fin y al cabo, un buen desahogo, un género impuro que nos libera de las ataduras de las convenciones de un saber decir que es la mejor forma de no decir nada. 
Coletilla: hay un congreso internacional sobre la biografía, en México, 15 y 16 de octubre de 2013.  

  
   

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