martes, 14 de junio de 2016

Pintado en la Pared No. 141-La investigación en ciencias humanas (II)



Qué se investiga y cómo se investiga en las ciencias humanas son preguntas que nos hacemos con frecuencia en las universidades. ¿De dónde salen los problemas de investigación? Eso equivale a preguntarnos de dónde surgen nuestras preocupaciones o, quizás mejor, qué delatan esas preocupaciones. Lo que nos interesa investigar surge de muchas partes, pero procede principalmente de nuestras relaciones con la sociedad, con el mundo, con la vida. Alguien decía que investigar en las ciencias humanas proviene de un ejercicio de auto-psicoanálisis. Quienes investigamos y dirigimos investigaciones de nuestros pupilos sabemos del complejo proceso de definición de un problema de investigación o de un objeto de estudio; muchas veces es un auténtico parto de los montes. Decidir qué investigamos es una manera de situarnos en el mundo, es una manera de revelar cómo queremos situarnos en el mundo. Escoger tal o cual fragmento de la vida social para estudiarla nos define, dice mucho de nosotros como investigadores, como seres humanos; señala tendencias, afectos, militancias, gustos, opciones de existencia. Un resorte de motivación de nuestras prioridades en investigación es nuestras adhesiones; si pertenecemos a algo, esa pertenencia nos sitúa en un régimen de valoraciones, de expectativas.
Ese tipo de motivaciones es muy frecuente, por no decir que predominante, y es el que menos me agrada porque delata a un investigador que depende de la red de relaciones en que está inmerso. A eso lo pueden llamar otros “intelectual orgánico”, “intelectual comprometido”, yo creo que se trata, mejor, de un ser demasiado obediente, demasiado subordinado a lo que la pertenencia a algo le indique. Su agenda es una agenda que proviene de lo que el grupo al que pertenece le ha indicado; asume como su deber primordial responder por las aspiraciones de su grupo. Quiere satisfacer de modo inmediato al lugar social en que se ha situado. Si es militante en los asuntos reivindicativos del género, hacia allá conducirá todas sus intenciones de investigador; si es miembro de un activismo  que exalta tales especificidades en asuntos étnicos, hacia allá conducirá sus principales preguntas que desea satisfacer; si es una víctima de un grupo armado legal o ilegal, su vida tendrá una marca indeleble y volcará sus esfuerzos de investigador por escudriñar las causas de la violencia de su comunidad más cercana.
Hay otro espécimen cada vez más raro, pero aún existe; aquel ser curioso cuyas preocupaciones son casi obsesiones. Necesita satisfacer su curiosidad y desde muy joven se dedica con pasión a escudriñar. Son espíritus inquietos, casi monotemáticos, que construyen sus propias parábolas; sus vidas, sus comportamientos se han organizado de tal modo que corresponden plenamente con aquello que les obsede. Es gente talentosa y solitaria que se inventa sus problemas y sus propias soluciones. La academia universitaria les sirve de apoyo, pero son fundamentalmente autodidactas, desordenados, generosos en erudición. Algunos que conozco son especialmente fecundos en escritura; son proclives a escribir mamotretos que concuerdan con su espíritu barroco. Repito, no se hallan con frecuencia; son casos excepcionales que se nos atraviesan muy de vez en cuando. Pero existen, por fortuna.
Y están aquellos que privilegian el ritmo sistemático de la disciplina científica a la que se adhieren; son perfectamente institucionales. Absorben metódicamente la tradición disciplinar; trabajan al lado de sus profesores; leen ordenadamente en las bibliotecas, aceptan sugerencias de lecturas, dan informes juiciosos, escuchan y siguen con atención. Son aplicados hasta el servilismo; memorizan detalles biográficos, citan literalmente, ubican con facilidad escuelas, corrientes, tendencias, generaciones que han forjado su campo disciplinar. Sus intereses investigativos son previsibles, corresponden con el dictado de las modas; saben cuáles son los vacíos e intentan colmarlos. Son disciplinados porque siguen obedientemente el ritmo de su disciplina. Suelen ser los mejores estudiantes, diligencian con precisión y rapidez  cualquier formato, llegan puntualmente a cualquier evento, preparan muy bien sus exposiciones, reciben fácilmente financiación para sus proyectos. El éxito y el reconocimiento parece asegurado, salvo si no se les atraviesa el duende del desorden y se pierden en un amor desenfrenado o en las bocanadas de un alucinógeno que los deja extraviados en un paraíso artificial. Pero, en fin, están hechos para subir con paciencia los peldaños de la disciplina y agregarle a la ciencia unos cuantos adoquines sólidos.

Estas tres variantes del investigador en las ciencias humanas pueden darse completamente puras, ajenas a la mezcla. Pero las mezclas, además de ser posibles son necesarias. Lo ideal, a mi juicio, es el equilibrio entre ellas. Tener un poco de cada cosa: ser un individuo con relaciones en el mundo, con preocupaciones propias de un ciudadano activo; ser  un individuo con inquietudes propias, forjadas en la intimidad de sus dudas y obsesiones;  y ser un individuo dispuesto a conocer el capital simbólico de la disciplina para saber dónde están su carencias o sus excesos. 

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