miércoles, 23 de septiembre de 2009

RAÚL, VEINTE AÑOS DESPUÉS

PINTADO EN LA PARED No.17


“Hice todo lo que quise y me atuve a las consecuencias”. Raúl Andrade

Conocí a Raúl Andrade en 1981, en Armenia, cuando estaba recién posesionado como profesor de Física en la Universidad del Quindío, luego de haber estudiado en la Universidad Patricio Lumumba. Yo no estrenaba aún cedula de ciudadanía y andaba en el limbo de haber terminado el bachillerato y buscar un lugar en las aulas universitarias, así fuera como asistente ocasional a uno que otro curso porque no podía pagar una matrícula. Pero a Raúl lo conocí más de cerca en la militancia comunista y, sobre todo, en lo que me pareció su peculiar y voraz forma de estudiar. Por entonces estaba obsesionado con el aprendizaje de la lengua alemana y su método consistía en leer en casa cualquier clásico y extraer todo el vocabulario posible; a cada palabra le dedicaba un papelillo con su significado y su transcripción fonética. Cada semana hacía una prueba de adquisición de léxico, diez, veinte, cien, mil nuevas palabras aprendidas que podían ir a la caneca de la basura. Ya había hecho algo semejante con el inglés, pocos años después lo hizo con el francés hasta que volvió principio de su formación leer cada autor que le diera la gana en la lengua original. De ese modo se especializó, a su manera, en las novelas de Agatha Christie y Georges Simmenon. También podía responder cualquier duda sobre la segunda guerra mundial.


Raúl pudo haber envejecido como profesor de Física en la Universidad del Quindío o en cualquiera otra universidad colombiana; pero pronto escogió un camino para muchos inusitado. Mientras era profesor en Armenia comenzó a estudiar medicina en la Universidad Nacional, en Bogotá. Lo interesante del asunto es que comenzó a hacerlo sin asistir a todas las clases, sólo se presentaba a los exámenes y aun así obtenía las mejores notas. Sin embargo, asomó el dilema, tomó la decisión de volver a ser estudiante y abandonó su condición confortable de profesor universitario. Se fue para Bogotá con algunos ahorros, se unió a la recuperación de las residencias estudiantiles y ocupó, orgulloso, la inolvidable pieza 7 del bloque 7 de la unidad Camilo Torres (hoy son oficinas de la burocracia universitaria). Allí comenzó otra vida, conoció a Alicia, otra joven estudiante de medicina, su compañera hasta la muerte y con quien tuvo dos hijos.


Aunque pudiera tener algunos años más que sus nuevos compañeros de universidad, Raúl vivió como cualquier muchacho universitario; tenía vocación de bohemio y sibarita. Se dio el lujo de llegar ebrio a algunas clases, de abrochar mal el disfraz de médico y seguía siendo el “muchacho” de las mejores notas. Compañeros de otras habitaciones y de otras regiones del país pasaron por su pieza a hacer preguntas, a pedirle angustiados la fórmula para no olvidar un sólo hueso u órgano del cuerpo o para presentar con éxito los exámenes de ingreso a la universidad. A su lado hicimos a mediodía las largas filas de la cafetería estudiantil -siempre leyendo “un libraco”, como le gustaba decir- y padecimos las tristemente célebres “avalanchas”, un método bastante húmedo para desordenar la fila y dejar pasar al restaurante a gente que no tenía vínculos con la Universidad Nacional. También padecimos el largo cierre de 1984, la pérdida definitiva de las residencias universitarias. Y eso era apenas el comienzo de las pérdidas que íbamos a padecer en adelante: los asesinatos de Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro, Luis Carlos Galán, en fin, la aniquilación de la Unión Patriótica, de figuras importantes de la oposición política en Colombia y de quienes intentaban restablecer cierta pulcritud en la práctica política.


Durante el cierre nos refugiamos en el Portón de los Libros, esperando la apertura de la Universidad Nacional. Leímos insaciablemente en tiempos que un libro era el único alimento del día, de varios días. Nos propusimos resolver todos los ejercicios del Algebra de Aurelio Baldor, leer todo Cortázar, todo Sábato, todo Borges. Luego Ulises de Joyce y yo sugerí, ingenuo, que siguiéramos con Balzac, pero Raúl ya lo había leído y se sentó a recordarme La Recherche de l’absolu. Por entonces ya había “cazado” algunos plagios o, por lo menos, coincidencias alarmantes entre unos cuentos de Katherine Mansfield y Anton Chejov. Fueron días de largas caminatas hambrientas desde la biblioteca Luis Angel Arango hasta el barrio La Soledad, o hasta el barrio Santa Rita, en el sur, o hasta donde hubiese un sofá solidario. Hasta que por fin hubo reapertura anunciada con papelería oficial y discurso en el auditorio León de Greiff del historiador que más ha influido en mi vida (y no como historiador), el señor Marco Palacios Rozo. Desde entonces la Universidad Nacional dejó de ser nacional, ya no se veían fácilmente muchachos de todas las regiones del país. Había comenzado otra forma de vivir en la universidad pública.


Desde antes de su graduación, Raúl decía que quería irse a una zona del país que requiriera con apremio la labor del médico. Se había obsesionado con dos lugares: Urabá o Arauca. Se le había ocurrido, precisamente, ir a hacer sus prácticas de médico rural a zonas de conflicto militar, de recientes masacres. En definitiva, se fue con Alicia y sus dos pequeños, de cuatro y dos años, para Saravena; pocos días después del asesinato del obispo de Arauca. El 6 de diciembre de 1989 –un día de varias malas noticias- repicó en la noche el teléfono en Bogotá, alguien llamaba desde el hospital de Saravena para decirnos que “el doctor Raúl Andrade está muerto, lo mataron”. Nunca supimos por qué ni quienes lo mataron, alguien nos dijo que el ELN emitió un comunicado excusándose por el error; otros nos dijeron que fue el Ejército colombiano y otros que un grupo paramilitar. Su nombre aparece en un largo listado de víctimas de la violencia paramilitar publicado hace poco por el Cinep.


Hoy, muy de vez en cuando, nos encontramos con Alicia y otros amigos de Raúl. Los hijos de Raúl ya son egresados de la Universidad Nacional y Alicia no deja de trabajar, día y noche. Desde la muerte de Raúl, Alicia no descansa. Son veinte años de jornadas diurnas y nocturnas en los hospitales, clínicas y consultorios de Bogotá. Lleva veinte años sin descansar, porque en cada pausa, en cada taza de café, en cada conversación con algún viejo amigo, vuelve el recuerdo de Raúl y entonces vuelve a llorar.


Veo ahora la foto oficial de su graduación en el auditorio León de Greiff y me doy cuenta de que los muertos tienen la virtud de volverse más jóvenes que quienes seguimos viviendo.


Septiembre-octubre de 2009

lunes, 7 de septiembre de 2009

LAS MALAS RELACIONES

PINTADO EN LA PARED No.16



Desde los inicios del orden republicano, a pesar de buenas intenciones y de coyunturas favorables, las relaciones entre Ecuador, Venezuela y Colombia han sido las de esos vecinos o hermanos que ni desean ni pueden ponerse de acuerdo en un proyecto común. La etapa embrionaria de la Gran Colombia fue, quizás, una etapa acomodaticia, basada en la lucha contra un enemigo común, en la necesidad de ostentar una unidad administrativa y militar en aras de sellar una victoria casi definitiva. Luego vendrían los celos regionales, los intereses locales de caudillos. Caracas y Quito, acostumbrados a una vida comercial más dinámica por su cercanía con los puertos, no podían conformarse con esperar autorizaciones de la burocracia estatal anclada en la gélida y distante Bogotá. Esa diferencia de vocaciones y ritmos fue determinante en la separación; luego se agregarían otras fracturas decisivas, como la insistente discusión sobre la península de la Guajira y las aguas adyacentes o la competencia y las desconfianzas a la hora de elaborar los mapas políticos que refrendaban la soberanía de unas naciones en construcción.

Las malas relaciones tienen malos antecedentes. La incipiente e improvisada burocracia diplomática colombiana del siglo XIX tuvo gestos pioneros en la definición geoestratégica del sur de América. Colombia –entonces Nueva Granada- fue el primer de país suramericano que firmó tratados secretos con Estados Unidos e hizo extender la doctrina Monroe que hasta entonces sólo cubría parte del centro de América. La consigna “América para los americanos” resumía la intención de evitar la llegada de fuerzas militares europeas, especialmente británicas, al continente americano; fue una manera de defenderse de la reacción de la Santa Alianza. Pero ese postulado original fue entendiéndose y extendiéndose como la aceptación de la tutela militar de Estados Unidos sobre el resto de América.


La historia de una diplomacia pro-estadounidense comenzó hacia 1846, con la llegada de Manuel Ancízar al gabinete ministerial del presidente Tomás Cipriano Mosquera. Ancízar era un influyente militante de la masonería unido a redes de políticos e intelectuales que ocuparon cargos de dirección estatal en varios países de Hispanoamérica. Sostuvo con franqueza posiciones anti-británicas y no le preocupó hacerle desplantes a la legación británica establecida en Bogotá. Su llegada a la secretaria del Interior y Relaciones Exteriores marcó una ruptura con lo que hasta entonces había sido una armoniosa y ventajosa alianza para los ingleses.

La reorientación de la política exterior de la Nueva Granada se basó, en principio, en la exaltación del sistema republicano de los Estados Unidos y en la desconfianza que suscitaban las monarquías de Europa. Ese argumento sustentó que en 1847 hubiese la primera aproximación para firmar un tratado con Estados Unidos que garantizara "el amparo territorial" del istmo de Panamá.

Bajo la apariencia de un simple tratado de comercio y con el apoyo del general Alcántara Herrán enviado a Washington, se introdujo "el trascendente artículo 35 por el cual quedan aseguradas la neutralidad y la nacionalidad del istmo durante 20 años. Tratado importantísimo santificado por el odio de los cónsules europeos".
[1] Con el tratado secreto conocido como el tratado Mallarino-Bidlack, promulgado y aprobado por los dos países de manera definitiva el 15 de agosto de 1848, las aspiraciones inglesas y francesas sobre el istmo de Panamá quedaban limitadas a compartirlas o perderlas con Estados Unidos.

El siguiente paso a favor de la influencia geoestratégica de Estados Unidos en el sur de América tuvo lugar en 1851, cuando otra vez la diplomacia colombiana resolvió adelantar un tratado de libre navegación por el río Amazonas con exclusividad para las embarcaciones norteamericanas y sin consultar las opiniones y posiciones oficiales de Brasil y Perú. Además del perjuicio, otra vez, a los ingleses y franceses, en esta ocasión dos países vecinos sintieron las consecuencias de la decisión aislada de un sólo país. Y como sucedió en el caso de Panamá, la letra menuda del tratado sólo pudo conocerse años después. Es necesario admitir que Perú y Brasil habían firmado entre sí un tratado que delimitaba, también de manera inconsulta, las posesiones sobre el río que atraviesa el sub-continente. Todo esto delata la tradición de malas relaciones entre países que comparten fronteras, su dificultad para conformar un frente común de negociación con otras potencias económicas; la soledad y el egoísmo con que cada uno de nuestros pobres países ha preferido satisfacer apetitos foráneos.


Septiembre, 2009.

Sobre el tema:
Apolínar Díaz-Callejas. Colombia-Estados Unidos. Planeta Colombiana Editorial, Bogotá,1997.
Gilberto Loaiza Cano, Manuel Ancízar y su época. Universidad de Antioquia-Eafit, Medellín, 2004.

[1]. M. Ancízar, "Exposición de la conveniencia de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos", agosto 11 de 1847, Archivo Ancízar. Este documento se encuentra también en el Archivo Diplomático de Colombia. Véase además Diego Mendoza, El canal interoceánico. Astillas de mi taller, Bogotá, 1930, pp. 73-78.

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