viernes, 10 de diciembre de 2010

Pintado en la Pared No. 45

La formación en la disciplina histórica en Colombia (3).

(Viene del No. 44)

Al historiador no lo define la cantidad de fuentes documentales que acumula; tampoco lo define la asiduidad de la visita a las salas de los archivos. A lo sumo, podrá tratarse de un personaje familiar, simpático y trágico a la vez. Todos nos hemos tropezado con anticuarios curiosos, coleccionistas y fetichistas que nos provocan y desafían, que nos orientan o nos engañan. La relación con el archivo es, para el historiador, más matizada. Precisamente, la relación con el archivo es, de entrada, una posición interpretativa, es una valoración, un juicio preliminar. Cualquier pregunta sobre el pasado hace imaginar el archivo, hace verlo de determinada manera, anuncia o adelanta una selección documental. Luego, cuando tenemos un documento ante nuestros ojos lo estamos leyendo con todo lo que nosotros somos, con todo lo que hemos podido ser hasta entonces. Tan sólo leer el documento es una reactivación, una re-actualización del documento; hemos establecido una relación y hemos hecho una primera operación sobre él. Y aunque quisiéramos que esa fuera la única relación y la única operación, aunque no quisiéramos ir más allá, porqué queremos quedarnos en el grado más empírico posible, el de trasladar el documento, el de transcribirlo y ponerlo íntegro en nuestro relato, aun así el documento camina empujado por nuestro criterio, por nuestro juicio.

Algunos historiadores –no sé cuántos- quedan deslumbrados por los documentos; esa fascinación los paraliza y quieren que el lector los acompañe en esa fascinación. Entonces trasladan documentos íntegros “para que el lector juzgue”, para que el lector comparta el hechizo. Pero esa generosidad del historiador delata varias cosas: que el historiador sucumbió ante el encanto del archivo; que quiere que los demás también sucumban; que no ha sabido tomar la distancia necesaria para evitar el enceguecimiento. La luz del documento lo ha dejado ciego. Esta pereza interpretativa es frecuente, ha pertenecido a alguna de las etapas de la historia de la historiografía de los dos últimos siglos; ha hecho parte de algún momento, quizás infantil, de nuestra formación. Pero incluso en esta etapa, la de nuestra pereza interpretativa, existe algún grado mínimo de ejercicio interpretativo. Quienes huyen de las interpretaciones porque las consideran tachas que ensucian el relato histórico, han hecho sin quererlo alguna interpretación, evidente en medio de la ceguera.

Para el historiador, la relación con el documento es mucho más intensa; se trata, mejor, de una conversación. El documento hay que verlo, oírlo, palparlo; todo lo que hay en él es un universo en versión micro-cósmica. Hay un sistema de lengua, un régimen discursivo puesto en obra. Y el historiador es un sujeto que ve, oye, palpa y lee todo lo que le es posible. La claridad y la oscuridad se combinan; algunas cosas las verá de manera resplandeciente; otras apenas las vislumbrará y otras quedarán ocultas para otras miradas de otros seres en otras circunstancias. Pero lo importante es haber sostenido esa conversación; de un lado, el historiador con toda la carga de lo que es, de lo que viene siendo, de lo que ha heredado, de lo que ha desahuciado y, del otro, el documento con todo lo que pudo contener, con lo que puede evocar o sugerir.

Primero, quizás, el documento aislado de otros y el historiador sintiéndose también solo. Pero, tarde o temprano, habrá que admitir que el documento pertenece a una serie de documentos, está encadenado a una cronología, a lo que hubo antes, durante y después. El documento está relacionado con otros, pertenece a una red; expresa algo en unos códigos culturales compartidos por otros hablantes en determinada época. El historiador parece también solo, pero pertenece inevitablemente a algo: a una institución, a una familia, a un país, a un movimiento político o religioso; cree o ha dejado de creer. El historiador es un retazo de sociedad, un retazo del pasado, del presente y del futuro. Ni el documento ni el historiador están solos y cuando establecen diálogo no pueden sacudirse de todo lo que ellos son ni del lugar en que están; cada uno habla, pregunta y responde situado en alguna parte. Por tanto, la conversación está llena de voces, de interferencias, de énfasis, de silencios sospechosos. Y, de adehala, esa conversación termina siendo un acto creador que contiene elementos generales comunes de otras conversaciones, pero también elementos singulares y originales que dejan su huella más visible en la carga individual e individualista del autor, del historiador que sostuvo la conversación.

El historiador interpreta porque conversa –y viceversa- y el resultado de esa conversación es algo nuevo, una verdad nueva, una afirmación acerca de lo que fue. Una verdad relativa, aproximada e incompleta; por que su conversación no es la única posible, porque hay otros documentos, otros historiadores, otros fragmentos de presente y de pasado que entrarán en colisión para construir algo nuevo. El historiador crea y se crea con las interpretaciones; el historiador no es el mismo después de una interpretación que siente suya, muy suya, aunque no sea tan propia del todo. La Historia se vuelve realidad recreada por nuestras interpretaciones. Y cada interpretación llega hasta nosotros para crear otra interpretación que se prolongará en el tiempo.

Seguiremos hablando de los historiadores que interpretan en el próximo Pintado en la Pared.

Hasta luego y feliz 2011, Gilberto Loaiza Cano

Seguidores