martes, 15 de junio de 2010

Pintado en la Pared No. 33- La Universidad (2)

Una Facultad de Humanidades en tiempos de "Pericles"
(Un ejemplo de la relacion entre poder y universidad en nuestro tiempo)

En la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle (en Colombia, cerca del océano Pacifico, sur de América) ha sucedido algo que no puede pasar inadvertido. En la reciente elección de decano de esa Facultad hubo una movilización poco acostumbrada de profesoras y profesores que produjo unos resultados muy significativos: 40 votos estuvieron a favor de la continuidad en el cargo del profesor Darío Henao, quien lleva nueve años (tres periodos) como decano y que, según estos resultados, iniciará un cuarto periodo para llegar a la larga cifra de doce años en ese cargo. Mientras tanto, 38 votos estuvieron a favor de un cambio, de elegir como decano al profesor Adolfo Álvarez; y 11 votos fueron en blanco. Es decir, se movilizó casi un centenar de profesoras y profesores para producir una elección reñida y masiva –fenómenos poco frecuentes en la cultura política de esta Facultad- que expresa una situación digna de ser examinada.

La elección no estuvo precedida de un debate concienzudo y parecía un evento rutinario y hasta expeditivo de reelección de alguien demasiado acostumbrado a no encontrar al frente oposición alguna. Aun así, alcanzó a expresarse en torno al profesor Adolfo Álvarez un deseo de cambio, aunque el candidato no hubiese enunciado un programa precedido de una lenta y minuciosa elaboración en equipo. Mientras tanto, el decano Henao parecía contar con la ventaja de nueve años de gestión, con el inocultable deseo de prolongar su permanencia en ese cargo directivo y con el apoyo definido de aquellos que lo han acompañado y apoyado durante casi una década.

Un balance inmediato de los estrechos resultados nos informa que hay una Facultad dividida en dos percepciones masivas y opuestas acerca de si el profesor Henao debía continuar o no ocupando ese cargo; dos percepciones encontradas que desnudan, en buena medida, lo bueno y lo malo que hemos acumulado en una década. Quienes lo apoyaron deben tener razones muy poderosas que les permiten afirmar que el profesor Henao es, ha sido y será la única persona capacitada en la Facultad de Humanidades para dirigirla. Y que, además, es propio de la vida universitaria que estos cargos sean ocupados por mucho tiempo por figuras individuales. Alguien, un colega muy entusiasta y de lengua rápida, comparó el largo régimen del profesor Henao con el esplendor de los tiempos de Pericles. Y es seguro, si le seguimos la pista a la sesuda reflexión de ese colega, que por ahí deben andar sueltos, en esta renovada versión de Atenas, un Fidias, un Herodoto o un Sófocles surgidos de las grandiosas reformas culturales que hemos vivido entre el 2001 y el 2010. Es probable que muchos de los votantes tengan esta fina percepción de lo que ha sucedido en la Facultad durante nueve años y consideren que el profesor Henao debía ser premiado con la reelección por un cuarto periodo.

Quienes apoyamos la candidatura del profesor Álvarez pensamos que, así hayamos tenido el privilegio de vivir, sin saberlo, en las bondades de tiempos semejantes a los de Pericles, no es ni democrático, ni ético, ni estético, ni funcional que un profesor universitario ocupe un cargo académico-administrativo por tanto tiempo. Que administraciones tan prolongadas deberían producir informes pormenorizados y públicos acerca del manejo de importantes recursos financieros que han sido el sustento de eventos de trascendencia. Que la reglamentación universitaria, aquí y en cualquier parte, debería contemplar periodos muy definidos para ocupar estos cargos de modo que se garantice la necesaria y democrática alternancia en la dirección de una institución. Que el país mismo estuvo sometido a una discusión muy fuerte acerca de la prolongación o no de la presencia en el poder del presidente Álvaro Uribe Vélez, entonces por qué esa misma discusión no merecería darse en las pequeñas pero significativas circunstancias de una Facultad de Humanidades. Que los cargos académico-administrativos no pueden ser vitalicios ni concentrarse exclusivamente en pocos individuos, y menos en uno solo. Que los proyectos académicos de cualquier Facultad de cualquier Universidad no pueden terminar cristalizados en pretendidos sucesores de Pericles, sino que deben ser el resultado de discusiones, acuerdos, motivaciones y sueños colectivos. Que en nueve años no se ha construido siquiera los cimientos del básico respeto entre colegas y que el decano Henao ni siquiera ha servido de árbitro ecuánime en circunstancias específicas de algunas unidades académicas. Que no ha habido una política seria ni de investigaciones ni de publicaciones, a pesar de las tentativas de búsqueda de prioridades con el actual vice-decano, profesor William González. Que era preferible votar por el profesor Álvarez porque ha dado pruebas de una fundamentada crítica a la gestión del actual rector de esta universidad, una garantía de independencia ante el Consejo Académico de la Universidad del Valle. Que la gestión del profesor Henao ha dado pruebas de mezclar clientelismo con autoritarismo, una especie de versión universitaria del uribismo, lo cual es simplemente detestable en una Facultad reconocida en muchas partes por su tradición crítica. Y, por último, que esa presunta tradición crítica, forjada en el tiempo y mediante una tesonera producción intelectual, no puede ser traicionada por aquellos que confunden sus intereses privados con las prioridades públicas.

La ambición del profesor Henao ha logrado dividir en dos mitades casi exactas a la Facultad de Humanidades. El apretadísimo resultado abre las puertas de un necesario debate. Es muy probable que comencemos a vivir tres años muy intensos que exigirán de nosotros suspicacia y perspicacia. Suspicacia para descifrar por qué tanto deseo de prolongarse en el poder o, en sentido inverso, por qué tanto temor de abandonarlo; perspicacia para darle fundamento a los argumentos a favor o en contra de tan larga administración. Perspicacia, sobre todo, para construir una alternativa colectiva en la dirección de esta Facultad y para darle una merecida despedida a nuestro prolongado decano. La historia dice que en tiempos de Pericles los ciudadanos eran muy activos.

lunes, 7 de junio de 2010

Pintado en la Pared No. 32: La universidad (I)


Si nos preguntáramos hoy, en pleno ascenso del siglo XXI, y aquí, en algún lugar del hemisferio occidental, en un paraíso de la pobreza, la violencia y la corrupción, como es Colombia, por lo que debería ser la condición esencial de una universidad, por aquello que debería ser su signo de distinción, de diferenciación; aquello que debería ser su rasgo irrestricto, que no podría negociarse, creo que daríamos inicio a un debate interminable en que aparecerían, de inmediato, los desacuerdos. Lo bueno de ese hipotético debate es que serviría para desenmascararnos y nos permitiría saber cuál es la misión que le conferimos a una universidad en nuestras condiciones concretas y según nuestras inclinaciones concretas (claro, también se pondría en discusión el dictamen sobre la verdadera condición de un país como Colombia).

Unos podrían responder que la condición esencial de una universidad es la producción de conocimiento; que la universidad es una institución hecha casi exclusivamente para producir conocimiento en cualquier esfera de saber y que, por tanto, toda su estructura administrativa, todo su personal académico debe estar preparado, disponible, dotado para que esa producción de conocimiento sea sistemática. Es probable que un filósofo, un geógrafo, un ingeniero, un médico estén de acuerdo en que cada carrera universitaria tiene sentido si está constantemente produciendo y difundiendo conocimientos específicos.

Otros podrían decir que la esencia de una universidad; que algo que hace de la universidad una universidad, y no otra cosa, es su capacidad para ser el espíritu crítico de una sociedad. Que la universidad es el único lugar donde se forman, se reproducen los individuos que pueden guiar a una sociedad, solucionarle sus problemas, mostrarle alternativas. Otros más dirán que lo uno y lo otro, conocimiento y espíritu crítico, deben ser los rasgos esenciales de una universidad en cualquier parte del mundo. Que no se trata de producir cualquier conocimiento, de cualquier manera, sin examinar a quién le sirve y a quién perjudica. Se trata de producir un conocimiento controlado, discutido, expuesto a la constante evaluación de su sentido, de su alcance.

También habrá muchos que dirán que aquello que caracteriza a la universidad es la democratización, la popularización del conocimiento. Que la universidad tiene razón de ser si es una institución que abre las puertas a todos los individuos, sin reservas ni discriminaciones económicas, sociales, políticas, religiosas, étnicas, en fin. Que la universidad condensa en su microcosmos la diversidad de una sociedad, incluso sus tensiones y pugnas. Que en cada rincón de la universidad, en el aula, en el laboratorio, en el salón de conferencias, en la reunión de un consejo se escenifican las disputas de todo orden en el resto de la sociedad; pero que a diferencia del resto de la sociedad, la universidad soluciona de manera civilizada, racional y razonable lo que en otros lugares se resuelve de manera cruenta y despiadada.

Muchos más dirán que la universidad en Colombia debe distinguirse por su eficiencia; por su capacidad para resolver rápidamente cualquier trámite, para determinar las funciones de su personal, para garantizar mínimos (sobre todo mínimos) de calidad académica, para satisfacer las demandas sociales. La universidad debería ser, según esto, una institución hecha para cumplir con demandas de cobertura; tendría que ser competitiva; ofrecer un grueso portafolio de servicios; solucionarle asuntos prácticos a las empresas y a la población en general.

Y otros dirán que todos aquellos enunciados de lo que debería ser una universidad en Colombia no son irreconciliables y que, más bien, contribuyen a definir su rasgo verdaderamente singular; que la universidad es el lugar donde circula exclusivamente el principio del mérito. Es decir, que es el único lugar donde los individuos, las actividades, los procesos y los resultados son derivaciones de la aplicación casi natural del principio de las capacidades; algo difícil de hallar en otros lugares y circunstancias. Donde nada ni nadie es el resultado de la decisión discrecional y arbitraria de alguien; donde los agentes de producción de conocimiento están sometidos a un constante examen. Es más, que la universidad misma se desmoronaría si dejara desaparecer ese espíritu de examen. Mejor dicho, que el espíritu universitario, eso tan inasible, tan ideal, fuera precisamente eso: el ejercicio cotidiano del libre examen.

Pero es muy probable que se llegue muy rápido a esta conclusión: que cada uno de estos enunciados – y otros- no son más que elucubraciones, excesos, idealizaciones. Que las universidades reales en que vivimos son letárgicas, silenciosas, tramposas; que sus funcionarios y sus científicos tienen las mismas flaquezas del resto de la sociedad; que los valores que rigen a esos individuos son los mismos que predominan en la selva del capitalismo. Que un rector o un decano o un representante profesoral son más el resultado de habilidades políticas que de brillantes e incuestionables trayectorias académicas. Que las universidades son sitios habitados por seres humanos con sus grandezas y defectos. Que un rector no es necesariamente el mejor habitante de una institución universitaria ni tiene que distinguirse por el acumulado de sus méritos como productor de conocimiento y como heraldo del espíritu crítico. Que, en vez de contrastar con la sociedad, la universidad es fatalmente una de sus prolongaciones más visibles. De modo que lo mejor es no esforzarse por llevarle la contraria a la fuerza de la realidad.

Y también es muy probable que todo esto último sea una explicación para entender lo que ha venido siendo la Universidad del Valle –muy cerca de la costa pacífica, en el sur de América- en las dos últimas décadas. Sin embargo, se trata de hablar de su futuro y ese reto hace necesario sacudirnos del letargo.

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