lunes, 7 de junio de 2010

Pintado en la Pared No. 32: La universidad (I)


Si nos preguntáramos hoy, en pleno ascenso del siglo XXI, y aquí, en algún lugar del hemisferio occidental, en un paraíso de la pobreza, la violencia y la corrupción, como es Colombia, por lo que debería ser la condición esencial de una universidad, por aquello que debería ser su signo de distinción, de diferenciación; aquello que debería ser su rasgo irrestricto, que no podría negociarse, creo que daríamos inicio a un debate interminable en que aparecerían, de inmediato, los desacuerdos. Lo bueno de ese hipotético debate es que serviría para desenmascararnos y nos permitiría saber cuál es la misión que le conferimos a una universidad en nuestras condiciones concretas y según nuestras inclinaciones concretas (claro, también se pondría en discusión el dictamen sobre la verdadera condición de un país como Colombia).

Unos podrían responder que la condición esencial de una universidad es la producción de conocimiento; que la universidad es una institución hecha casi exclusivamente para producir conocimiento en cualquier esfera de saber y que, por tanto, toda su estructura administrativa, todo su personal académico debe estar preparado, disponible, dotado para que esa producción de conocimiento sea sistemática. Es probable que un filósofo, un geógrafo, un ingeniero, un médico estén de acuerdo en que cada carrera universitaria tiene sentido si está constantemente produciendo y difundiendo conocimientos específicos.

Otros podrían decir que la esencia de una universidad; que algo que hace de la universidad una universidad, y no otra cosa, es su capacidad para ser el espíritu crítico de una sociedad. Que la universidad es el único lugar donde se forman, se reproducen los individuos que pueden guiar a una sociedad, solucionarle sus problemas, mostrarle alternativas. Otros más dirán que lo uno y lo otro, conocimiento y espíritu crítico, deben ser los rasgos esenciales de una universidad en cualquier parte del mundo. Que no se trata de producir cualquier conocimiento, de cualquier manera, sin examinar a quién le sirve y a quién perjudica. Se trata de producir un conocimiento controlado, discutido, expuesto a la constante evaluación de su sentido, de su alcance.

También habrá muchos que dirán que aquello que caracteriza a la universidad es la democratización, la popularización del conocimiento. Que la universidad tiene razón de ser si es una institución que abre las puertas a todos los individuos, sin reservas ni discriminaciones económicas, sociales, políticas, religiosas, étnicas, en fin. Que la universidad condensa en su microcosmos la diversidad de una sociedad, incluso sus tensiones y pugnas. Que en cada rincón de la universidad, en el aula, en el laboratorio, en el salón de conferencias, en la reunión de un consejo se escenifican las disputas de todo orden en el resto de la sociedad; pero que a diferencia del resto de la sociedad, la universidad soluciona de manera civilizada, racional y razonable lo que en otros lugares se resuelve de manera cruenta y despiadada.

Muchos más dirán que la universidad en Colombia debe distinguirse por su eficiencia; por su capacidad para resolver rápidamente cualquier trámite, para determinar las funciones de su personal, para garantizar mínimos (sobre todo mínimos) de calidad académica, para satisfacer las demandas sociales. La universidad debería ser, según esto, una institución hecha para cumplir con demandas de cobertura; tendría que ser competitiva; ofrecer un grueso portafolio de servicios; solucionarle asuntos prácticos a las empresas y a la población en general.

Y otros dirán que todos aquellos enunciados de lo que debería ser una universidad en Colombia no son irreconciliables y que, más bien, contribuyen a definir su rasgo verdaderamente singular; que la universidad es el lugar donde circula exclusivamente el principio del mérito. Es decir, que es el único lugar donde los individuos, las actividades, los procesos y los resultados son derivaciones de la aplicación casi natural del principio de las capacidades; algo difícil de hallar en otros lugares y circunstancias. Donde nada ni nadie es el resultado de la decisión discrecional y arbitraria de alguien; donde los agentes de producción de conocimiento están sometidos a un constante examen. Es más, que la universidad misma se desmoronaría si dejara desaparecer ese espíritu de examen. Mejor dicho, que el espíritu universitario, eso tan inasible, tan ideal, fuera precisamente eso: el ejercicio cotidiano del libre examen.

Pero es muy probable que se llegue muy rápido a esta conclusión: que cada uno de estos enunciados – y otros- no son más que elucubraciones, excesos, idealizaciones. Que las universidades reales en que vivimos son letárgicas, silenciosas, tramposas; que sus funcionarios y sus científicos tienen las mismas flaquezas del resto de la sociedad; que los valores que rigen a esos individuos son los mismos que predominan en la selva del capitalismo. Que un rector o un decano o un representante profesoral son más el resultado de habilidades políticas que de brillantes e incuestionables trayectorias académicas. Que las universidades son sitios habitados por seres humanos con sus grandezas y defectos. Que un rector no es necesariamente el mejor habitante de una institución universitaria ni tiene que distinguirse por el acumulado de sus méritos como productor de conocimiento y como heraldo del espíritu crítico. Que, en vez de contrastar con la sociedad, la universidad es fatalmente una de sus prolongaciones más visibles. De modo que lo mejor es no esforzarse por llevarle la contraria a la fuerza de la realidad.

Y también es muy probable que todo esto último sea una explicación para entender lo que ha venido siendo la Universidad del Valle –muy cerca de la costa pacífica, en el sur de América- en las dos últimas décadas. Sin embargo, se trata de hablar de su futuro y ese reto hace necesario sacudirnos del letargo.

2 comentarios:

  1. La Universidad reproduce los esquemas de luchas de poder, sin desconocer que desde el intelectualismo de sus profesores pueda convertirse algunas veces en un palacio de enajenaciòn de la realidad cotidiana, donde se rinde un culto fofo a los pequeños dioses de los saberes disciplinares.

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  2. Reflexión pertinente, no solo por la elecciones que se nos avocan (estoy pensado en la segunda vuelta presidencial, en la elección de decanatura de humanidades de Univalle y en el reemplazo del gobernador Abadía)sino para el ejercicio académico cotidiano que desarrollamos, como estudiantes o docentes... cuándo pasaremos a las acciones para construir la universidad-el país que no nos dé vergüenza, aquella-aquel que nos reflejemos dignamente!

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