jueves, 6 de noviembre de 2014

Pintado en la Pared No. 113




El profesor Miguel Ángel Beltrán

Miguel Ángel Beltrán, el profesor de sociología destituido de la Universidad Nacional de Colombia, debería estar ahora ejerciendo sus labores de docente e investigador en esa universidad. Presumo que, tarde o temprano, el colega volverá a los recintos de la Facultad de Ciencias Humanas, de donde nunca debió ser separado. Miguel Ángel Beltrán es un hombre de academia universitaria, no pertenece a otro lugar; su trayectoria lo testimonia. Casi la mitad de su vida ha transcurrido entre la Universidad Nacional, la Universidad Distrital, la UNAM, la Flacso. Es licenciado en ciencias sociales, sociólogo, doctor en estudios latinoamericanos y ha hecho estudios posdoctorales entre México y Argentina. Con esa trayectoria no puede andar por ahí deambulando, pidiendo permiso para ejercer un oficio en el cual ha acumulado méritos, ha ganado concursos públicos y ha obtenido el reconocimiento de colegas y estudiantes.

Su caso es el de muchos intelectuales colombianos que se han formado y forjado con sacrificios de variada índole, que han buscado alternativas de estudio en otros países, que han asumido con convicción y con autocrítica su oficio. Lo que ha obtenido ha sido resultado de sus capacidades, de sus talentos. Su vida misma comprueba que, en medio de todas las dificultades y conflictos de un país como Colombia, es todavía posible investigar, pensar y escribir que alimentar el recurso violento de las armas. Su vida misma demuestra que el recurso armado es un error.

Nada gana la sociedad colombiana ni la Universidad Nacional ni el Estado impidiéndole a Miguel Ángel Beltrán que siga ejerciendo sus funciones de docente e investigador de la principal universidad pública colombiana. La destitución ha demostrado que hay acciones estatales arbitrarias, mal fundamentadas y vengativas; ha puesto en duda la autonomía universitaria y ha ultrajado la libertad de cátedra. Es una situación que habla mal del Estado colombiano y sus instituciones, y no del profesor Beltrán que ha quedado como víctima de una medida expeditiva.

La firmeza con que el profesor Beltrán ha defendido su condición de sociólogo e investigador demuestra que no ha estado preparándose para cosa distinta a la de compartir sus conocimientos con las nuevas generaciones de científicos sociales y que esa vocación no puede ser extirpada. No creo que el profesor Beltrán considere o haya considerado alguna vez a la universidad como un medio, sino como un fin en sí mismo, como el lugar natural de la discusión fundamentada de los problemas de la sociedad colombiana. Todo lo que sé de él corresponde a la academia universitaria, porque él no ha sido ni puede ser de otro lugar. Por eso debe regresar.

Pintado en la Pared No. 112




La Universidad Nacional de Colombia

Los escándalos en la llamada Fundación Universitaria San Martín no tienen que ver, solamente, con el hecho de que una familia en particular se haya enriquecido ofreciendo educación universitaria de mala calidad. Eso viene sucediendo en Colombia hace mucho rato y en muchas otras instituciones universitarias que son negocios familiares o de comunidades religiosas o de grupos de empresarios. Este lío reciente desnuda, una vez más, las flaquezas del sistema de educación superior colombiano que no ha sido lo suficientemente selectivo de la calidad de las instituciones que deben componerlo.

Si tuviésemos grandes universidades públicas, bien financiadas, bien distribuidas en sedes por todo el país, con una planta de profesores amplia y bien remunerada, los padres de familia y sus hijos no tendrían que recurrir a las que llamamos “universidades de garaje”. Es la debilidad del sistema de universidades públicas, su escasez de cupos para la creciente población juvenil, su disminuido presupuesto para mantenimiento de edificios, laboratorios y bibliotecas lo que ha hecho que la gente mire como alternativa cualquier cosa que ponga por delante el mote de universidad sin serlo.

A mis amigos y a mis parientes les aconsejo, siempre, que piensen en la Universidad Nacional de Colombia como el mejor lugar para una formación universitaria rigurosa, para llevar una vida genuina de estudiante. Un joven a los dieciséis o diecisiete años puede comenzar a comprender que los seres humanos tenemos preocupaciones estéticas, artísticas, arquitectónicas, médicas, biológicas, jurídicas, históricas, matemáticas cuando asiste a una universidad en cuyo campus se encuentran distribuidas todas esas formas de saber producidas por los seres humanos desde tiempos inmemoriales. Las verdaderas universidades permiten a quienes las habitan –porque en las verdaderas universidades se vive- comprender que el ser humano tiene relación consigo mismo, tiene relación con los demás seres humanos, con la naturaleza y con cualquier idea de trascendencia. Todas esas relaciones están reunidas para entenderlas y discutirlas en las verdaderas universidades.

En las verdaderas universidades hay tradiciones de conocimiento que se transmiten en la conversación cotidiana, en la clase magistral, en las sesiones de una tertulia, de una mesa redonda, en las revistas especializadas, en los centros de documentación que guardan centenarias tesis de antiguos estudiantes. Las verdaderas universidades han vivido épocas florecientes y tiempos decadentes, han sobrevivido a guerras, a malos gobiernos, pero siguen acumulando tradición que se plasma en libros, en obras de arte, en invenciones, en profesionales idóneos que salen a recorrer el mundo.

En Colombia hay pocas verdaderas universidades que tengan un legado que atraviese siglos. Colombia ha sido un país de una muy pequeña tradición universitaria y la única institución que se parece a una gran universidad es la Universidad Nacional. Cada vez que se difunde un escándalo de negociantes que se han lucrado con las expectativas de educación de la juventud colombiana, se vuelve apremiante fortalecer la universidad pública, expandirla por todo el territorio y tomarla como el emblema de lo que debe ser una educación universitaria de alta calidad.

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