lunes, 12 de julio de 2010

Pintado en la Pared No. 34- La Universidad (3)

Apuntes para una agenda

Es lugar común decir que el siglo XXI constituye un reto para la existencia de la Universidad en el mundo; de hecho, la condición de la Universidad ha ido cambiando en el mundo occidental. Esos cambios han sido producto de factores externos e internos. Europa, madre de la tradición que le ha dado fundamento a las universidades que mejor conocemos, ha ido cuestionando el papel tutelar del Estado y la estructura interna de los saberes, aunque ese cuestionamiento no conduce a la imposición de un nuevo y definitivo modelo. Por ahora está en una zona oscura, incierta, de transición hacia algo que no ha podido resolver. Es más, Europa en general no sabe a dónde va y menos sabe a qué le apuesta con un sistema universitario que no compagina con los dilemas del mercado laboral. Lo único evidente es que la política predominante es la disminución de la presencia del Estado en la dirección y financiación de un sistema universitario. Pero la Universidad también ha sido empujada al cambio desde adentro, por aquellos que desafían los compartimentos clásicos de las ciencias heredados del sello kantiano-humboldtiano. De manera que se habla cada vez más de extirpar los eurocentrismos, los racismos, los sexismos que la Universidad tradicional ha reproducido. Pareciera una sincronizada liberalización propiciada por fuera y por dentro; liberalización para su sostenimiento económico, liberalización para la circulación del conocimiento. Tal vez se trata de una simple coincidencia de dos fuerzas que empujan hacia lados opuestos a una institución anclada en inercias. Lo cierto es que los cambios en la institucionalidad universitaria, en su funcionamiento, provienen de fuera y de adentro.

Pero no en todas partes sucede algo así. La universidad pública colombiana, es cierto, declina ante la imposición de las reglas del libre mercado; ya adoptó en su lenguaje cotidiano y en los comportamientos administrativos un lenguaje empresarial presuntamente aséptico pero, en últimas, mezquino e intelectualmente pobre. Mientras las universidades publicas se debilitan, las universidades privadas se fortalecen; han consolidado sus campus, sus sistemas de reclutamiento de profesores, sus redes de reconocimiento institucional e, incluso, en la producción de investigación y de publicaciones. Su eficiencia operativa se ha vuelto modelo para la actuación en las universidades públicas.

Las universidades públicas colombianas deberían tener en su agenda más inmediata la discusión y el esclarecimiento de los siguientes aspectos:
Uno: la redefinición de la autonomía universitaria en sus varias dimensiones. Autonomía financiera garantizada por una política educativa y cultural del Estado a largo plazo; autonomía administrativa como capacidad de autogobierno; autonomía como ejercicio de la autoridad intelectual para servir de guía de la sociedad, en vez de ser simple reproductora de lo que sucede en la sociedad.
Dos: la reorganización de los saberes en función de su liderazgo y de las necesidades de las comunidades más próximas. Discusión que entraña un acto reflexivo colectivo con liderazgo de las autoridades académicas de la institución. Nuevos objetos, nuevos sujetos y nuevas vías de conversación epistemológica que traspasan las estructuras disciplinares tradicionales.
Tres: la reforma del ejercicio del poder dentro de la universidad. Las universidades públicas se han ido convirtiendo en modus vivendi de sub-culturas políticas o, mejor, de individuos más dedicados a la política que a la producción y circulación de conocimiento. Son muchas las formas de ejercicio del poder en las universidades: en los laboratorios, en las aulas, en los institutos de investigación, en las facultades. Los cargos directivos son cuotas de la nomenclatura política externa y, de ese modo, erosionan la pretendida autonomía universitaria. Las universidades son instituciones que aseguran control social y cultural, solucionan problemas de desempleo y hasta ambiciones familiares.

En Colombia, la universidad pública está sometida en los tiempos recientes a un agotamiento de su estructura de financiación estatal. Mientras tanto, su esquema de producción y circulación de conocimiento decae, tanto por la fuerza de los agentes externos que invocan las virtudes del libre mercado como por los agentes internos que la esquilman. El profesorado es el elemento más permanente y, en principio, el más esclarecido para guiar su destino. Esa agenda de discusión debería estar orientada por una movilización intelectual colectiva; por una discusión permanente, despiadada y, al tiempo, constructiva. Una dirección académica fuerte debería abrir las puertas de la discusión y admitir, de entrada, que es necesario preparar cambios de enorme trascendencia.

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