lunes, 25 de enero de 2016

Pintado en la Pared No. 135


El Parque Nacional del Café y el desastre quindiano

Extranjeros y nacionales conocen, en Colombia, la región del Quindío, otrora región insignia en la producción de café y privilegiada con uno de los suelos más feraces del país, apto para muchos tipos de cultivo. En uno de los municipios más tradicionales de la hoy llamada cultura cafetera, Montenegro, fue instalado el Parque Nacional del Café, un atractivo turístico que mueve miles de millones de pesos anuales y que le ha dejado enormes ganancias…¿A quiénes? A los propietarios del parque, por supuesto, porque ni a los habitantes de ese municipio ni a la región les ha generado beneficios importantes.
La creación del Parque Nacional del Café, en 1995, fue una inteligente alternativa de algunos empresarios que vislumbraron el derrumbe de lo que había sido uno de los principales productos de agro-exportación para Colombia; el nacimiento del parque en el corazón de la economía cafetera demostraba que el café se había vuelto asunto de museo y de historia, que se quedaba como un adorno en el bello paisaje de tonalidades verdes de esa región. Desde entonces ha habido un drástico cambio de ese paisaje; donde hubo plantaciones de café ahora hay piscinas, cabañas de hospedaje, hoteles y polución de ruido sobre todo en los días de temporada alta del turismo. A eso se agregó la intensificación del comercio sexual, una sección paralela y perversa que nació con el señuelo del turismo.
Después de veinte años de existencia de ese parque que concita a tantos turistas de diversos lugares de Colombia y del mundo es bueno hacer balances; ¿de qué les han servido a las gentes del Quindío los cambios que sobrevinieron con esa atracción turística? Sin duda, hubo generación de empleo, hubo alternativas para aquellos parceleros que ya no podían vivir de solamente cultivar café y plátano. Pero, en términos generales, unas cuantas cifras demuestran que las dichas del agro-turismo caminan por un lado y la realidad áspera de la gente del común va por otro camino.
Hoy, el Quindío y su capital, Armenia, encabezan sistemáticamente, desde hace más  de un lustro, las listas de desempleo en el país. Hoy, Montenegro, la sede del parque, tiene la cifra más alta de Colombia en embarazos de mujeres adolescentes y es el municipio colombiano más violento, con la mayor tasa de homicidios. Y no hablemos del alto nivel de corrupción de su clase dirigente; de los niveles que ha alcanzado el micro-tráfico de drogas que ha llevado a la tugurización de la capital quindiana.
No vamos a culpar al Parque Nacional del Café por el preocupante retroceso de una región que parecía el paraíso; de hecho, una parte del paisaje que se inclina desde Armenia hacia el Valle del Cauca se le conoce como El Edén. Pero sí podemos decir que el turismo en la antigua región cafetera no ha sido la panacea; le ha servido a algunos pocos y no ha producido cifras generosas de bienestar social. El Quindío acumula problemas sin resolver y el turismo está lejos de ser una de las soluciones.
La clase dirigente es una de las grandes responsables del atraso de la región; su ubicación estratégica en la comunicación del occidente y el centro del país, la ha vuelto un lugar esencial para el comercio interno de drogas ilícitas, para la especulación con la propiedad de la tierra, para las disputas territoriales de grupos de narcotraficantes. Esa clase dirigente se ha lucrado con negocios turbios y lo que es, todavía, una reserva natural para el país, comienza a volverse una zona de deterioro ambiental, de ruindad para el pequeño propietario del campo, de peligro para los habitantes de la capital quindiana. 
Mientras tanto, el Parque Nacional del Café sigue funcionando como un mundo aparte en que la superficial visita del turista no alcanza a sospechar las dificultades con que se sobrevive en la que fue una de las regiones más bellas, más ricas y apacibles de Colombia.



viernes, 15 de enero de 2016

Pintado en la Pared No. 134


El país del post-acuerdo

Cuando comenzamos cada año, ensayamos a ser adivinos o profetas. Ni el Estado con sus estadísticas y sus técnicos ni el Destino con sus fatalidades ni Dios con sus designios nos parecen suficientes. Total, ni el Estado ni el Destino ni Dios nos dicen grandes cosas, por eso no merecen tanta mayúscula. Quizás el fluido de la historia con sus recurrencias, con sus momentos semejantes que pueden compararse, nos permite tener algún punto de referencia para no ser completamente arbitrarios con nuestros presentimientos.

Colombia se acerca a un momento que muchos llaman el del post-conflicto, luego de una inminente firma de un acuerdo de paz entre la guerrilla denominada Farc y el gobierno del presidente Juan Manuel Santos. Con la pretensión de ser más precisos, y también escépticos, otros preferimos hablar de un post-acuerdo. Hablar del fin de un conflicto con la firma de un acuerdo en La Habana entre dos poderes que emplearon sus armas para enfrentarse por más de medio siglo es una ilusión mal formulada. Un pensador de estos asuntos advirtió en alguna parte que estamos ante la aplicación de un principio de la política en que los poderes enfrentados han decidido continuar la guerra por otros medios. “Hay que descifrar la guerra debajo de la paz” (Michel Foucault, Defender la sociedad, p. 53). Las Farc y el Estado colombiano seguirán enfrentados por las mismas razones de los orígenes de ese movimiento armado. Es posible que el país haya cambiado lo suficiente como para seguir enfrentados con otros recursos; pero no tanto como para que caigamos en la molicie de un edén en que todo es música angelical y armonía de niños bulliciosos en un parque.

El país seguirá siendo muy desigual; seguirá siendo violento, con poderes y micro-poderes locales muy arbitrarios. La clase política seguirá siendo superficial e irresponsable; por tanto, nuestras ciudades serán cada vez más feas y peligrosas. Habrá una transición muy difusa, con una institucionalidad ambivalente que no logrará fácilmente afirmar lo pactado en La Habana. La tierra no será devuelta a quienes la habían perdido en forma cruenta, bajo la arbitrariedad de grupos armados. Viviremos en medio de situaciones volátiles alimentadas por odios difíciles de desterrar. Ni víctimas del conflicto armado ni la derecha recalcitrante ni los más crédulos con el proceso de negociación se sentirán tranquilos. Todos habremos perdido algo y conquistado una calma tensa que disparará sus rencores por aquí y por allá. El país seguirá creciendo, llenándose de gente, carros, asfalto y mascotas, pero seguirá siendo un país desordenado, irresponsable, acostumbrado a caminar por el filo de la navaja. 

La idea de revolución, quizás la más afectada en el horizonte inmediato, tanto en Colombia como en América latina, necesitará un lento relevo generacional que le asigne nuevos significados. La revolución política está huérfana de líderes y de programas. Estamos en un momento vacío de pensamiento y de acción en que el principal factor de movilización es la conquista del poder para satisfacer sin piedad los intereses particulares. Nada ha terminado, no hay final feliz de nada. Al contrario, hay que empezar a andar con esta frase elemental: “echando a perder también se aprende”.   

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