domingo, 26 de septiembre de 2010

Pintado en la Pared No. 38-Caridad, pobreza y catolicismo en la historia de Colombia

Reseña del libro de Beatriz Castro Carvajal, Caridad y beneficencia. El tratamiento de la pobreza en Colombia, 1870-1930, Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 2007, 351 pags.

Por: Gilberto Loaiza Cano

La profesora Beatriz Castro Carvajal nos ha mostrado a lo largo de los seis capítulos de esta obra un panorama de lo que fue la pobreza y las principales formas de ayuda institucional y privada que se utilizaron, en Colombia, entre 1870 y 1930. Con un acervo amplio de fuentes primarias, tanto manuscritas como impresas, Castro Carvajal examina la pobreza estructural en un periodo de conflictos partidistas, de debates entre el Estado y la Iglesia católica, de relativos procesos de urbanización y modernización. Su libro es pionero por la visión general que presenta para un lapso temporal considerable y significativo en la vida pública colombiana; la autora comienza en 1870, cuando el reformismo liberal radical depositó buena parte de sus esperanzas modernizadoras en la implantación de un sistema nacional escolar; atraviesa el ascenso de la Regeneración y las primeras décadas del siglo XX que se distinguieron por un proceso de urbanización y de industrialización en algunas regiones; por la formación del movimiento obrero; por la crisis, no solo nacional, del liberalismo; y por la aparición, así hubiese sido efímera, de los partidos socialistas.

En los dos primeros capítulos, la autora nos presenta un panorama general de la pobreza y luego examina, “en términos semánticos”, las categorías de pobres. Es interesante, en su examen comparativo, que concluya que la pobreza estructural colombiana, como la de otros países latinoamericanos, ha sido diferente a la de Europa; también es esclarecedor su análisis acerca de cómo eran percibidos los pobres dentro de la sociedad y cómo en esa categorización ha podido existir la imagen del “pobre ideal” proyectada por el trabajador sobrio y ahorrador. El pobre como una categoría social dentro de lo popular me parece un matiz explicativo muy acertado. En el capítulo tercero hay un detenido examen de los antecedentes coloniales sobre la existencia de hospitales, orfanatos y hospicios. Creo que en este capítulo se precisa y justifica el hecho de haber tomado el año 1870 como el momento inicial de una tentativa de ayuda institucional sistemática en Colombia. Podría entenderse que la ayuda institucional fue la concreción de la noción liberal de filantropía, atacada entonces por los ideólogos conservadores; una ayuda mediada por instituciones en que la visita domiciliaria era elemento ausente. El capítulo cuarto está dedicado a analizar el origen y los alcances de la ayuda domiciliaria que, al parecer, tiene relación directa con la implantación de una asociación católica de origen francés, las conferencias de San Vicente de Paúl, cuya llegada al país se remonta a 1857. La autora ha explicado en esta parte la importancia de la visita a domicilio como un mecanismo que permitió, afirma ella, “crear vínculos personales estrechos con los grupos bajo atención” (p.177). El capítulo siguiente es una aproximación histórica a las prácticas de auxilio mutuo en el mundo artesanal y obrero; para Castro Carvajal estas prácticas también tienen su inicio en 1870 y señala como momento de auge la década de 1920. Y el capítulo final es una especie de síntesis en que compara los logros de la beneficencia estatal con los de la asistencia privada. Uno de sus interesantes hallazgos tiene que ver con el amplio espectro de ayuda a los pobres durante la Regeneración que va más allá de la intervención de la Iglesia católica.

Este trabajo, en últimas, demuestra las limitaciones de la beneficencia estatal en Colombia y la importancia creciente que adquirió la caridad privada gracias a un activismo más variado y a la intervención de un personal que no fue exclusivamente la elite conservadora y paternalista. El libro tiene la virtud de presentar, en cada capítulo, una explicación sustentada en antecedentes históricos que, en varios casos, se remontan al periodo del dominio colonial español. También se apoya en datos estadísticos sobre la población colombiana en diversos periodos; en inventarios de hospitales, escuelas, asociaciones de ayuda mutua, en fin. Todo esto hace de esta de obra un punto de referencia insoslayable para otros investigadores.

Ahora bien, quizás haya sido mejor que cada capítulo tuviera sus propias conclusiones, pero eso lo subsana en parte las conclusiones generales. La autora pudo haber acudido a algunas fuentes más representativas para su ejercicio de reconstrucción histórica; constato, por ejemplo, la ausencia notoria del periódico La Caridad que existió, con algunas interrupciones, entre 1864 y 1890 (la profesora Castro sólo hace referencia a un periódico con el mismo título de 1905). No hay que olvidar que La Caridad fue el principal órgano de la conferencia de San Vicente de Paúl, en Bogotá, y que su popularidad le permitió darse el lujo de contribuir a financiar las actividades de esa asociación, algo poco común en la prensa colombiana del siglo XIX. También es una ausencia ostensible el periódico La Sociedad, de Medellín, que entre 1872 y 1876 fue el difusor de las actividades caritativas de la elite conservadora antioqueña. Ambos periódicos fueron el vehículo de algunos debates sustanciales en torno al papel de la Iglesia católica y el laicado conservador en el frente caritativo; también fueron voceros de un catolicismo intransigente que censuró de manera sistemática la aparición de novedades bibliográficas consideradas impías. En ellos, como también en El Catolicismo, hubo un desarrollo bastante amplio de la discusión en torno a las diferencias entre la caridad y la filantropía, algo que la autora examina en su obra.

Precisamente, el debate entre caridad y filantropía tuvo, en la prensa de la época, mayores matices y tiene una conexión muy estrecha con el recurso eficaz de la visita domiciliaria. La caridad cristiana se entendía, para los ideólogos conservadores, como una superación doctrinaria y práctica de la filantropía. Mientras la caridad cristiana tenía un sustento divino que le otorgaba, según esa reflexión, una base moral mucho más sólida, la filantropía era un frío recurso de liberales y masones que no estaban interesados en el contacto cotidiano y directo con los pobres; además, he ahí lo más importante, no tenía ninguna trascendencia religiosa, era simplemente un acto racional del hombre con el hombre. Por eso, la visita domiciliaria era, al tiempo, una expresión del contacto directo del rico con el pobre; una visita religiosa con el fin de lograr, además, un control doctrinario, confesional, sobre la población y una expresión del dominio paternal de la elite conservadora. Era, en resumen, la demostración de la superioridad de la religión católica en la vida pública. Precisemos de paso que los argumentos de la Iglesia católica y los laicos conservadores pueden leerse, por ejemplo, en: La Caridad, Bogotá, n° 1, 25 de mayo de 1871, p. 1; « Filosofía religiosa. De la caridad y de la filantropía », El Catolicismo, Bogotá, n° 58, 1° de agosto de 1852, p. 498; « La filantropía y la caridad », La Caridad, Bogotá, n° 34, 19 de mayo 1865, p. 529; Rafael Celedón, « Diálogo entre un masón y un católico», La Sociedad, Medellín, n° 57, 12 de julio de 1873, p. 70.

Es un acierto de este estudio que tenga en cuenta la implantación en Colombia de la Sociedad de San Vicente de Paúl; incluso, ese factor haría pensar que es más convincente tratar este tema a partir del hito fundacional de 1857 que a partir de 1870. ¿Por qué? Porque puede suponerse que desde entonces comienza una nueva etapa del catolicismo colombiano en alianza con la dirigencia conservadora; después de la coyuntura crítica de mitad de siglo que desembocó en el golpe artesano-militar del 17 de abril de 1854, y gracias al triunfo electoral del conservador Mariano Ospina Rodríguez, hubo una reorganización del activismo asociativo que se basó en una alianza orgánica del laicado conservador y el personal eclesiástico. El modelo caritativo de la Sociedad de San Vicente de Paúl implicaba una movilización del personal laico y, algo que me parece poco destacado por el libro de Castro Carvajal, el vínculo sistemático al frente caritativo de las mujeres. La presencia del personal femenino estuvo basada en una propaganda doctrinaria muy fuerte durante ese siglo, auspiciada por el papado de Pío IX, acerca de las virtudes intrínsecas de la mujer para ser difusora de la fe cristiana. La visita domiciliaria, el apoyo masivo del personal femenino que se plasmó en la existencia de otras asociaciones, como la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús que, entre otras cosas, tampoco aparece examinada en detalle por este estudio, fueron ingredientes novedosos que contribuyeron a que el conservatismo colombiano le diera una solución parcial a la necesidad de ejercer un control sobre los sectores populares y demostrar la superioridad del proyecto de una república católica sobre el proyecto laico del liberalismo radical. Ese conflicto entre dos ideales de organización republicana fue, eso sí, más intenso a partir de 1870 con la instauración de la reforma escolar del radicalismo. De todos modos, no puede despreciarse la importancia explicativa del contexto de pugnas entre liberalismo e Iglesia católica para comprender el paso que dio el conservatismo colombiano al adoptar la experiencia francesa de las conferencias de San Vicente de Paúl. En mi opinión, desde 1857 nuestro catolicismo pasa de una posición defensiva a tomar la iniciativa en la expansión de un asociacionismo basado en el frente de caridad. Digamos de paso que esta experiencia de contacto directo de la elite conservadora con los pobres fue evocada luego por un sector del partido conservador hacia la década de 1930, cuando era apremiante replantear la relación de elites y pueblo en un proyecto populista de ese partido (Es algo que me sugiere la lectura de otro libro reciente; Cesar Ayala Diago, El porvenir del pasado: Gilberto Alzate Avendaño, sensibilidad leopardo y democracia. La derecha colombiana de los años treinta, Bogotá, Fundación Gilberto Alzate Avendaño-Gobernación de Caldas, 2007).

Acerca de los orígenes de las asociaciones de ayuda mutua quizás sea necesario agregar algunas precisiones. Los clubes políticos que la dirigencia proto-liberal intentó fundar, entre 1838 y 1839, contienen en sus programas algunas tentativas de apoyo mutuo; la instrucción mutua fue una de las aspiraciones tanto de las Sociedades democráticas como de las Sociedades Populares de Instrucción Mutua que emergieron entre 1849 y 1851. Y, en 1868, ya existían círculos de ayuda mutua que se denominaron La Alianza y El Obrero. Tal vez nos falte indagar un poco más acerca de la posible influencia eclesiástica sobre estas asociaciones; no olvidemos que las asociaciones de artesanos en los primeros años de la Regeneración debían solicitar un permiso eclesiástico para su funcionamiento; tampoco olvidemos que algunas asociaciones de artesanos, como los carpinteros y los tipógrafos en Bogota, fueron el fruto del liderazgo del personal conservador y del vínculo muy estrecho con las actividades de la Iglesia católica. Rafael Núñez alguna vez reconoció que su ascenso político se debió, en buena medida, a sectores artesanales que se habían desprendido de la tutela liberal radical y habían preferido hacer alianzas con el conservatismo o con el ala moderada del liberalismo.

Como puede verse, el libro de la profesora Beatriz Castro Carvajal no sólo llena un vacío historiográfico sino que permite iniciar discusiones en torno, por ejemplo, a la relación de prácticas caritativas con la formación partidista en Colombia; en torno al vínculo orgánico de la caridad cristiana con la consolidación pública del partido conservador. Y, al mismo tiempo, nos permite comprender mejor las limitaciones en la expansión del proyecto modernizador liberal en una sociedad mayoritariamente rural y católica.








miércoles, 22 de septiembre de 2010

Pintado en la pared No. 37-Colombia es una cosa penetrable


Reseña del libro de Juan Guillermo Gómez García, Colombia es una cosa impenetrable. Raíces de la intolerancia y otros ensayos sobre historia política y vida intelectual, Bogotá, Diente de León, 2006, 454 pags.

Por: Gilberto Loaiza Cano

No puedo leer ni opinar sobre este libro sin sentirme, de varios modos, implicado. Primero, porque el autor es alguien que hace parte de mi generación; aunque la reflexión parezca caduca, creo que todavía puede sostenerse que existen y han existido generaciones intelectuales, grupos de individuos que han compartido determinados dilemas y formas de responder a esos dilemas; que han compartido carencias y rasgos en el proceso de su formación intelectual; que han tenido que debatirse en un campo simbólico que tenía ya sus sacerdotes. Existen, por supuesto, variantes y peculiaridades en los individuos mismos que los hacen más o menos singulares o distantes o distintos del resto; pero aun así el conjunto de afinidades no se borra del todo. Por eso puedo decir que a Gómez García ya lo conocía en sus primeros ensayos, que aquí los rescata. Y ya lo extrañaba porque recuerdo que había aparecido ante mí como un muchacho de una precocidad admirable. Luego desapareció; pero supe que fue una afortunada desaparición, no una de esas tenebrosas a las que nos ha acostumbrado este país terrible. Gómez García se había ido a gozar –no sé si exagero- del magisterio del profesor Rafael Gutiérrez Girardot, en Alemania.

Aunque se confunda con un testimonio de parte, me atrevo a decir que a la generación de Gómez García no le ha tocado fácil. Yo creo que no ha tenido tantos maestros o guías intelectuales como otras; no es una generación pionera en la institucionalización de las ciencias humanas, le ha tocado más bien formarse en disciplinas en vía de consolidación con oficiantes más o menos establecidos y reconocidos. Es una generación que ha llegado a un medio con unas rutinas, unos vicios y unas carencias difíciles de erradicar. En vez de disfrutar de un legado, ha tenido el reto de sobrevivir y forjarse en los desafíos de la investigación y de la escritura sin contar con grandes ejemplos de generosidad que la precedan y la iluminen. Si no, lancemos una ojeada sobre ciertos departamentos o institutos o escuelas (denominaciones sobran para simular) que se dedicaron al vacuo asunto de la « inter-intra-trans-disciplinariedad » o se anquilosaron en el facilismo de los estudios regionales y en la publicación rutinaria en revistas « indexadas » de articulejos que rozan frecuentemente el (auto) plagio. Gómez García hace parte de una generación que tuvo que soportar, primero, el prolongado cierre de la Universidad Nacional, en 1984, y, luego, el proyecto autoritario del rector Marco Palacios que se prolongó de manera al menos divertida con Antanas Mockus. Precisamente, a Marco Palacios y a Antanas Mockus nuestra generación les debe muy poco en términos intelectuales porque finalmente nos enseñaron que las instituciones universitarias pueden ser muy mezquinas y que lo único que debe prevalecer, en cualquier circunstancia, es la férrea convicción de un proyecto individual. Y aquí es donde una definición de nuestra generación puede entrar en el campo paradojal: nuestra generación intelectual se distingue por su individualismo, por haber crecido sin asociarse y con la costumbre de ver morir o de ver matar hasta los proyectos comunes más candorosos e inofensivos. Una generación, en definitiva, aplastada y solitaria, que todavía tiene que rendirles devoción en las universidades públicas a los tramposos alumnos – por lo menos tienen anecdotario de sobra para certificar que sí fueron alumnos - de Germán Colmenares y Estanislao Zuleta.

Y es una generación que le ha tocado sacudirse, con lentitud y trauma, de mitos, lugares comunes y grandes utopías políticas que se derrumbaron. Gómez García debe tener, a propósito, alguna buena reflexión sobre la Alemania escindida, luego penosamente unificada y ahora envuelta en el proyecto comunitarista europeo. Es una generación formada en y para el escepticismo, para la incredulidad y, en consecuencia, para el ejercicio de la crítica. Una crítica que significa reevaluación de lo que han sido las ciencias sociales en las últimas décadas y de lo que ha sido la escritura de la historia hasta nuestros días. Este libro es buena prueba de lo que puede lograrse en ese sentido.

Ahora bien, me veo implicado de otro modo. Los ensayos que reúne en este libro Gómez García tienen un vaivén entre historia política y vida intelectual, algo que está anunciado en el título del libro. Me veo implicado porque me siento responsable –o, mejor, irresponsable-por haber fomentado una historia de la vida intelectual colombiana que ha tenido hasta ahora unos oficiantes que me superan con creces. Además de algunos bien logrados ensayos que aparecen en este libro, debo evocar la obra sistemática del profesor Renán Silva. Pero detenidos ahora en la obra de Gómez García, digamos que el autor ha querido correr varios riesgos con este libro; el conjunto de ensayos es abigarrado: examen de la República liberal; un aporte a la historia de la izquierda en Colombia, con base en el análisis del caso del socialismo trotskista; interpretación de algunos relatos de Tomás Carrasquilla y José Antonio Osorio Lizarazo; unos balances sobre la trascendencia de la cultura alemana en Colombia; unos apuntes para una historia de la lectura y termina con un ensayo sobre la crisis (siempre está en crisis) de nuestro sistema universitario. Variopinto o pedantesco, el caso es que el autor se ha atrevido a presentar un repertorio muy variado de preocupaciones cuyo hilo conductor puede y debe ser una voluntad de escribir una historia crítica de la cultura colombiana. Otro riesgo consiste en que decidió reunir ensayos que provienen de diferentes extremos cronológicos; es decir, aquellos que fueron escritos antes de su viaje a Alemania y los que ha escrito luego de su retorno. En todos prevalece una misma convicción de crítico de la política y de la cultura; pero en los primeros ensayos es más evidente el tono lastimero, en ellos predomina un lamento en nombre de una modernidad más imaginada que posible. Me parece que Gómez García creyó (o cree) en la existencia de un modelo occidental de modernidad individualista, contractual, secular y liberal. Y no solo creía (o cree) en él, sino que lo deseaba realizado en nuestras circunstancias. Esa diferencia entre el deseo y lo que presenta la realidad es buen alimento para escribir y polemizar, pero poco sustento para el análisis porque en vez de deplorar ad nauseam lo que existe, lo que hemos podido llegar a ser y lo que seguiremos siendo, en vez de eso se necesita entender la condición sincrética, contradictoria de nuestra modernidad. Parece que Gómez García reproduce así un historicismo que hace ver lo que ha sucedido en América latina como un fracaso, el fracaso de un ideal de modernidad.

Ahora bien, qué transformación puede vivir un intelectual latinoamericano en las universidades europeas. La respuesta es múltiple; conozco gente que pasó por la Sorbona sin conocer París ni Francia; sin saber como funcionaban los restaurantes estudiantiles, sin hablar francés o, al menos, sin intentarlo. Sin entender las diferencias sociales entre Vanves y Saint-Denis. No siempre se tropieza con un buen profesor director de tesis y en muchas ocasiones se trata de señores que aprendieron a edificar un prestigio internacional aprovechándose de la inteligencia y la aplicación de sus alumnos latinoamericanos. El modelo y la síntesis los fabrican en Europa, el trabajo laborioso y empírico de validación de esos modelos es nuestra fatalidad. De todos modos admitamos que el contacto con Europa nos permite comunicarnos con tradiciones académicas de largo aliento, con recursos bibliográficos insospechados y con gente de inmensa generosidad humana e intelectual. Aprendemos a relativizarnos y compararnos, ganamos en el repertorio de análisis; entendemos y apreciamos mejor lo que tenemos y también entendemos por qué algunas cosas jamás las tendremos. Sin embargo, en esta reflexión cabe bien detenerse en lo que dice el propio Gómez García en su semblanza del maestro Gutiérrez Girardot; en comparación con Europa, el intelectual latinoamericano se sitúa de una manera peculiar; su pensamiento y escritura son menos cómodos, menos ordenados y sistemáticos. Con menos recursos y menos peso de una tradición, elabora con mayor heterodoxia y tiene una más natural propensión a la disidencia.

Leyendo sus ensayos sobre algunas novelas de Tomás Carrasquilla y José Antonio Lizarazo, o sus bien pensados aportes a la historia del trotskismo o del libro de izquierda en Colombia, y en el mismo ensayo acerca de la obra de Gutiérrez Girardot, hallo a un autor mucho más sobrio. Ya no es el que habla, como una especie de excusa, del « indescifrable lenguaje político del momento ». Se percibe luego a un excelente lector y crítico de la obra de Carrasquilla; aun así hay que formularle algunos reparos o, por lo menos, preguntas. Estamos de acuerdo -y me parece una obviedad- en que Hace tiempos, como todo lo que escribió Carrasquilla, es « una privilegiada fuente de conocimiento de la vida antioqueña ». Y, aun más, de la vida pública colombiana. Las « matronas piedragordeñas » no fueron patrimonio cultural exclusivo de Antioquia, también desfilaron por distritos o parroquias de lo que era en el siglo XIX el vasto Estado del Cauca o en la misma Bogota. Pero no puedo estar de acuerdo cuando compara la novela semi-autobiografica de Carrasquilla con Facundo o Recuerdos de provincia, de Domingo Faustino Sarmiento. El aburrido y esquemático Facundo ha servido para testimoniar los estereotipos de los intelectuales liberales del siglo XIX; es cierto que Facundo ha gozado de una hiperinflación de comentaristas y que a la obra de Carrasquilla le ha faltado críticos sistemáticos; pero, en cualquier caso, Hace tiempos de Carrasquilla va por un camino diferente y merece, tal vez, un tipo de comparación más pertinente. Por ejemplo, por qué no se comparan los relatos de Carrasquilla con los del chileno Alberto Blest Gana y, sobre todo, en lo que tiene que ver con la capacidad, en ambos autores, de producir un tipo de literatura que contó con un tipo de público. Alguien llamó a eso literatura transaccional, porque fue el resultado de una cierta síntesis o armonía entre el catolicismo y el asomo de la modernidad liberal.

A la obra de Carrasquilla le ha faltado crítica y le ha sobrado, como a otros autores, veneración provinciana. Y la buena crítica tiene que hacerlo trascender por encima de la sobreprotección antioqueña. Algo semejante tendría que suceder con la obra de José Antonio Lizarazo, que es algo más que literatura urbana o novelística bogotana. Esos provincianismos que entierran autores y obras, que encierran en territorios precisos, en un mapa de la separación, no aportan nada. También, en el caso de la novelística de Osorio Lizarazo, está de sobra decir que se trata de una obra con valor documental. Cualquier texto es texto de cultura, eso es evidente.

Otro ensayo que intenta escapar del “panorama gris de la realidad nacional” o del “presente turbio” que sale al encuentro de un “pasado turbio” es aquel dedicado del socialismo trotskista en Colombia. Creo que es una valiosa contribución a la historia de la cultura política y lamento que no haya podido tener en cuenta, por ejemplo, los aportes más recientes de Fabio López de la Roche. El ensayo se volvió buen pretexto para examinar el microclima universitario del decenio de 1970. Tal vez la prolongada digresión sobre el paisaje de la crisis de la universidad pública no haga más que destacar, sin quererlo, el débil influjo político y cultural del socialismo trotskista en nuestro medio. Y, tal vez, hubiese sido bueno explorar otras formas en que incidió el pensamiento trotskista en las ciencias sociales. Algunas genuinas reflexiones sobre la diversidad regional del país tienen, en buen grado, cimiento en la tesis trotskista del desarrollo desigual; en efecto, el desigual desarrollo de las regiones en Colombia hace parte de las explicaciones plausibles del accidentado devenir de lo que podemos llamar la nación colombiana.

En su ensayo sobre los viajeros alemanes del siglo XIX parece compartir sin reserva la mirada del civilizado sobre la barbarie de las republiquetas latinoamericanas que visitaban. Gómez García se decidió por ser más benévolo con los viajeros que con las sociedades presuntamente caóticas y burdas que recibieron a los ilustrados viajeros alemanes. Es cierto que admite la “irreprimible intolerancia” de las cartas de Alphons Stubel; pero igualmente acepta, como lo dijera el mismo viajero, que “la expresión es dura, pero completamente acertada”. El asunto no consiste en aceptar o negar tajantemente la versión y la visión de los viajeros europeos del siglo XIX sobre lo que acontecía en América; consiste, más bien, en relativizar el relato de viajes como fuente histórica. Aceptemos que no se ha dilucidado del todo la cuestión, pero el informe, las memorias o la carta de un viajero contienen un testimonio subjetivo de un autor, expuesto a excesos, desviaciones, omisiones y tergiversaciones. Mucho depende de la situación del testigo-autor, no podría pensar lo mismo de la vida pública ecuatoriana un influyente sacerdote jesuita alemán que un naturalista aparentemente marginado. El error de apreciación del autor del testimonio puede convertirse en un multiplicado error de apreciación cuando el historiador lo toma sin reparos. Sin embargo, no sería extraño que muchos viajeros europeos se sorprendieran o se indignaran de ver como se construía la vida pública de ese “otro Occidente”, tan cercano y lejano a la vez del provincianismo europeo. Me atrevo a recomendarle a Gómez García un interesante y reciente trabajo de Carlos Sanhueza titulado Chilenos en Alemania y alemanes en Chile. Viaje y nación en el siglo XIX (2006), que comienza precisamente con una revisión general de lo que fueron los viajeros alemanes de esa centuria bajo la sombra de Alexander von Humboldt. Pero entre el grupo de ensayos acerca de la presencia de la cultura alemana en Colombia destaco aquel dedicado a Ernesto Volkening, aunque sea uno de los peor editados y corregidos en el libro. Volkening fue un hombre que vivió en condiciones precarias y ejerció su labor crítica de manera discreta. Con todos los altibajos que pueda haber en su obra, Volkening puede ser todavía un modelo de crítica literaria o, al menos, un ejemplo de crítica en que no intervenían las vísceras.
Por último, quisiera detenerme en su ensayo sobre la historia política y social del libro de izquierda. Es uno de los más sugestivos e innovadores, porque explora en un terreno casi virgen. Pocos historiadores se han detenido a examinar el pasado lejano y el pasado reciente de lo que podría ser la cultura política de las disidencias políticas. Y entendiendo aquí cultura política como todo aquello que contribuye a formar un tipo de individuos con afinidades en la militancia ideológica y práctica. Lo que el autor examina acerca de la producción y consumo de libros en décadas más o menos cercanas es perfectamente aplicable a cesuras cronológicas más remotas. Las disidencias políticas y religiosas, aquí y en muchas partes, se han alimentado de las rupturas o desvíos en los procesos de producción y distribución de impresos. Un autor es indispensable y está ausente en sus reflexiones, se trata del historiador marxista británico Edward Palmer Thompson; pienso que su libro sobre la formación de la clase obrera en Inglaterra le puede ayudar a matizar o a profundizar en algunas ideas que todavía andan sueltas. Hay que tener en cuenta, leyendo a Thompson, que la sociabilidad artesanal, las tradiciones de rebeldía de los artesanos ante la irrupción de la modernización industrial, las experiencias autodidactas y la solidaridad mutualista contribuyeron a que el futuro proletariado urbano se auto- instruyera en asuntos técnicos y adquiriera una cierta cultura cívica. Las bibliotecas establecidas por propios artesanos, las formas de lectura colectiva que burlaban la censura oficial o la censura religiosa y que solucionaban el problema del analfabetismo, fueron mecanismos quizás más eficaces en la creación de una cultura política obrera que los esfuerzos institucionales del Estado mediante la escuela, las brigadas de alfabetización o la creación de bibliotecas públicas. Hay, en definitiva, un largo y apasionante camino por recorrer en este tema.

El libro de Gómez García contiene una especie de autobiografía intelectual, una historia de un proceso de escritura crítica. No son ensayos ligeros, son elaboraciones con sustento empírico cada vez más notable. Es posible que abunden reiteraciones y lugares comunes; también frases ácidas y efectistas; y uno que otro desquite con la mezquindad de sus colegas. El título es lo menos afortunado del libro, porque nos ha anticipado una especie de claudicación del crítico, de quien no ha podido “penetrar” en esa “cosa” llamada Colombia. O tal vez nos ha advertido, como lo ha reiterado en algunos de sus ensayos, que comparte esa representación pesimista de nuestra historia en que nada se salva. Pero, por fortuna, en el transcurso de la obra vamos hallando matices: ni el idilio ni la catástrofe. El subtítulo, “las raíces de la intolerancia”, tampoco es un anuncio consecuente con el contenido. Aparte del primer ensayo, titulado de igual manera, no se ve una reiteración que justifique el asunto. Pero, en fin, no hay duda de que estamos ante un escritor-investigador apasionado que ha ido encontrando una armonía fecunda entre los fundamentos empíricos y una voluntad de interpretación.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Pintado en la Pared No. 36-Colombia: ¿qué símbolos patrios?

PARTE FINAL
Por: Alfonso Rubio
Profesor del Departamento de Historia
Universidad del Valle

Brevemente te comento que los sucesos bogotanos ocurridos el 20 de julio de 1810 –el “Grito de Independencia”- son considerados como el acontecimiento fundacional de la República. En la campaña libertadora liderada por Simón Bolívar, la victoria el 7 de agosto de 1819 con la Batalla de Boyacá, fue definitiva para conseguir la independencia absoluta. Y el 11 de agosto de 1813 se conmemora la independencia de Antioquia, que no reconoció por Rey a Fernando VII. Tres seguiditos días que se confunden como tres colores juntos que no acaban de entenderse dentro de unas grandes diferencias políticas que dividen al país. Para qué interpretaciones cromáticas, esa decimonónica, pongamos por caso, del amarillo por el amor a los pueblos y su unión, el azul por la separación marítima del yugo español y el rojo por la sangre que defienda la libertad. Para qué, no creo, Blas, que orgullo y colombianidad sean dos palabras inseparables aquí.

Con más de medio siglo resignados a soportar una gran losa de desigualdades sociales, no se puede creer en la clase política que, todavía corrupta, tampoco resuelve el conflicto armado y aprovecha estas celebraciones patrias para captar adeptos al régimen presidencial, dizque ahora, un régimen que se hace llamar de seguridad democrática sólo porque el ejército aumenta los retenes en las carreteras. Es como aliviar la más delgada vértebra de una vasta conciencia, confusa y dolorida. Piensa, Blas, que un decenio muy reciente como el de los años 80 es definido por analistas políticos, como Marcos Palacios, como de confuso, conflictivo y dramático para la historia de Colombia: los escándalos del Banco Nacional y del Grupo Gran Colombia, el magnicidio de Rodrigo Lara Bonilla, ministro de justicia que persiguió a los narcotraficantes del Cartel de Medellín; el asalto al Palacio de Justicia que recordarás, los ajustes macroeconómicos llevados a cabo por un grupo de tecnócratas, devaluando la moneda y reduciendo el déficit fiscal con la congelación de salarios del sector público y la reducción de inversiones en los programas educativos; movilizaciones nacionales ante el aumento de la pobreza, inequidad y exclusión política, actividades paramilitares, masacres rurales y terrorismo urbano…

Todavía en la década de los 80 seguía rigiendo la antiquísima Constitución de 1886. La actual Constituyente fue aprobada en 1991 con una de las tasas de participación más bajas en el país (26%), prueba de la crisis institucional y política que se vivía. Se cambia la Constitución de 1886 por una nueva de 380 artículos, entre los cuales se incluyó a la Seguridad Social como principio básico y fundamental de los colombianos. La idea, en el decir resumido de los profesores Álvaro Acevedo y Rigoberto Gil, era acabar con el legado político excluyente del Frente Nacional, debilitar los engranajes clientelistas y encontrar mejores y más eficaces mecanismos de participación y consenso en un ambiente de neoliberalización económica. Pero la nueva y recientísima Constitución del 91 no promovió los cambios que el país requería, sobre todo en lo referente a ajustes estructurales económicos más incluyentes y equitativos. Hoy, sus artículos son más una ruta de principios básicos y derechos fundamentales, que todavía deben lucharse.

Así, con más de medio siglo forjado de hechos dramáticos, creo que ni banderas, ni himnos, ni celebraciones independentistas, son acogidos con un entusiasmo común que pueda dejar paso ni siquiera a la esperanza.

Plazas y parques con guachimanes permanentes en sus cuatro esquinas. Edificios con vigilancia fija en cada una de sus correspondientes porterías. Guardianes todos con porra y pistola para decorar de confianza el medio ambiente y el descanso hogareño. Centros comerciales con seguridad asegurada a punta de escopeta y televisión. Edificios públicos, bancos y establecimientos donde el uniforme azul celeste que enfunda el colt 45 te da la bienvenida o los buenos días y… -Buenos días, responde mi cortesía. Verjas, celosías, este es el símbolo patrio que recorre todas y cada una de las casas de Medellín en todas y cada una de sus calles y carreras. La vida violenta de las pandillas de Medellín, nutrida de robos y asesinatos, ha descendido bastante desde la década de los 80, pero en la ciudad de Cali, sólo para que te hagas una idea, hay identificadas 70 pandillas de pelaítos que dejan al año no menos de 100 muertos. Atracos callejeros, asalto a motoristas, buses, taxis o vehículos de transporte; venganzas y ajustes de cuentas por el control de una esquina. Los del Charco en la comuna 14, la Calavera en la 13, el Cagao en la 7, el Hueco y los Simpson en la 16, los Abuelos y los Areperos en la 15, la Sobredosis en la 20, los del Humo en la 21; jóvenes entre los 9 y los 25 años que son capaces de disparar porque “se pusieron groseros conmigo y tocó darles su merecido. Himnos, banderas, fechas patrias de Locombia, victoriosos domingos del Medallo, el Millonarios o el Pasto. Himnos, banderas, fechas patrias de Locombia.”

Pareciera que los estigmas colombianos de la delincuencia urbana, la corrupción, el conflicto armado, la parapolítica, el narcotráfico, la desigualdad social y tantas otras llagas, se hubieran convertido en símbolos patrios sin los cuales ya no supiésemos reconocernos ni en nuestra propia nación ni fuera de ella.

En fin, ya hace muchos, muchos años comenzó en estas tierras un imperio europeo que llenó a los españoles de oro y plata durante tres siglos y de culpabilidad los dos siguientes. Tres siglos de injertos -frente al concepto de ‘trasplantes’ de la colonización inglesa, como dice el filósofo Julián Marías-, sangrientos unos y fértiles otros, que nos mantienen unidos a los de acá y a los de acullá por algún vínculo invisible que todavía hoy se despierta envuelto en filias y fobias cuando entramos en contacto.

Trasladando una última reflexión de Blas al caso colombiano, después de hablarme de un pasado fascinante, tanto el nativo como el colonial, descubrió que para comprender mejor a los mexicanos era necesario detenerse en su historia como nación independiente, pues, por el momento, son hijos, como nosotros los españoles, del siglo XIX. Un siglo que en el contexto del Bicentenario y siempre, debe ser revisado y reinterpretado, sin olvidar, desde una determinada y dramática situación política y social, cómo nuestras propias señas de identidad funcionan y se relacionan en la formación del Estado y la construcción de la nación.

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