miércoles, 22 de septiembre de 2010

Pintado en la pared No. 37-Colombia es una cosa penetrable


Reseña del libro de Juan Guillermo Gómez García, Colombia es una cosa impenetrable. Raíces de la intolerancia y otros ensayos sobre historia política y vida intelectual, Bogotá, Diente de León, 2006, 454 pags.

Por: Gilberto Loaiza Cano

No puedo leer ni opinar sobre este libro sin sentirme, de varios modos, implicado. Primero, porque el autor es alguien que hace parte de mi generación; aunque la reflexión parezca caduca, creo que todavía puede sostenerse que existen y han existido generaciones intelectuales, grupos de individuos que han compartido determinados dilemas y formas de responder a esos dilemas; que han compartido carencias y rasgos en el proceso de su formación intelectual; que han tenido que debatirse en un campo simbólico que tenía ya sus sacerdotes. Existen, por supuesto, variantes y peculiaridades en los individuos mismos que los hacen más o menos singulares o distantes o distintos del resto; pero aun así el conjunto de afinidades no se borra del todo. Por eso puedo decir que a Gómez García ya lo conocía en sus primeros ensayos, que aquí los rescata. Y ya lo extrañaba porque recuerdo que había aparecido ante mí como un muchacho de una precocidad admirable. Luego desapareció; pero supe que fue una afortunada desaparición, no una de esas tenebrosas a las que nos ha acostumbrado este país terrible. Gómez García se había ido a gozar –no sé si exagero- del magisterio del profesor Rafael Gutiérrez Girardot, en Alemania.

Aunque se confunda con un testimonio de parte, me atrevo a decir que a la generación de Gómez García no le ha tocado fácil. Yo creo que no ha tenido tantos maestros o guías intelectuales como otras; no es una generación pionera en la institucionalización de las ciencias humanas, le ha tocado más bien formarse en disciplinas en vía de consolidación con oficiantes más o menos establecidos y reconocidos. Es una generación que ha llegado a un medio con unas rutinas, unos vicios y unas carencias difíciles de erradicar. En vez de disfrutar de un legado, ha tenido el reto de sobrevivir y forjarse en los desafíos de la investigación y de la escritura sin contar con grandes ejemplos de generosidad que la precedan y la iluminen. Si no, lancemos una ojeada sobre ciertos departamentos o institutos o escuelas (denominaciones sobran para simular) que se dedicaron al vacuo asunto de la « inter-intra-trans-disciplinariedad » o se anquilosaron en el facilismo de los estudios regionales y en la publicación rutinaria en revistas « indexadas » de articulejos que rozan frecuentemente el (auto) plagio. Gómez García hace parte de una generación que tuvo que soportar, primero, el prolongado cierre de la Universidad Nacional, en 1984, y, luego, el proyecto autoritario del rector Marco Palacios que se prolongó de manera al menos divertida con Antanas Mockus. Precisamente, a Marco Palacios y a Antanas Mockus nuestra generación les debe muy poco en términos intelectuales porque finalmente nos enseñaron que las instituciones universitarias pueden ser muy mezquinas y que lo único que debe prevalecer, en cualquier circunstancia, es la férrea convicción de un proyecto individual. Y aquí es donde una definición de nuestra generación puede entrar en el campo paradojal: nuestra generación intelectual se distingue por su individualismo, por haber crecido sin asociarse y con la costumbre de ver morir o de ver matar hasta los proyectos comunes más candorosos e inofensivos. Una generación, en definitiva, aplastada y solitaria, que todavía tiene que rendirles devoción en las universidades públicas a los tramposos alumnos – por lo menos tienen anecdotario de sobra para certificar que sí fueron alumnos - de Germán Colmenares y Estanislao Zuleta.

Y es una generación que le ha tocado sacudirse, con lentitud y trauma, de mitos, lugares comunes y grandes utopías políticas que se derrumbaron. Gómez García debe tener, a propósito, alguna buena reflexión sobre la Alemania escindida, luego penosamente unificada y ahora envuelta en el proyecto comunitarista europeo. Es una generación formada en y para el escepticismo, para la incredulidad y, en consecuencia, para el ejercicio de la crítica. Una crítica que significa reevaluación de lo que han sido las ciencias sociales en las últimas décadas y de lo que ha sido la escritura de la historia hasta nuestros días. Este libro es buena prueba de lo que puede lograrse en ese sentido.

Ahora bien, me veo implicado de otro modo. Los ensayos que reúne en este libro Gómez García tienen un vaivén entre historia política y vida intelectual, algo que está anunciado en el título del libro. Me veo implicado porque me siento responsable –o, mejor, irresponsable-por haber fomentado una historia de la vida intelectual colombiana que ha tenido hasta ahora unos oficiantes que me superan con creces. Además de algunos bien logrados ensayos que aparecen en este libro, debo evocar la obra sistemática del profesor Renán Silva. Pero detenidos ahora en la obra de Gómez García, digamos que el autor ha querido correr varios riesgos con este libro; el conjunto de ensayos es abigarrado: examen de la República liberal; un aporte a la historia de la izquierda en Colombia, con base en el análisis del caso del socialismo trotskista; interpretación de algunos relatos de Tomás Carrasquilla y José Antonio Osorio Lizarazo; unos balances sobre la trascendencia de la cultura alemana en Colombia; unos apuntes para una historia de la lectura y termina con un ensayo sobre la crisis (siempre está en crisis) de nuestro sistema universitario. Variopinto o pedantesco, el caso es que el autor se ha atrevido a presentar un repertorio muy variado de preocupaciones cuyo hilo conductor puede y debe ser una voluntad de escribir una historia crítica de la cultura colombiana. Otro riesgo consiste en que decidió reunir ensayos que provienen de diferentes extremos cronológicos; es decir, aquellos que fueron escritos antes de su viaje a Alemania y los que ha escrito luego de su retorno. En todos prevalece una misma convicción de crítico de la política y de la cultura; pero en los primeros ensayos es más evidente el tono lastimero, en ellos predomina un lamento en nombre de una modernidad más imaginada que posible. Me parece que Gómez García creyó (o cree) en la existencia de un modelo occidental de modernidad individualista, contractual, secular y liberal. Y no solo creía (o cree) en él, sino que lo deseaba realizado en nuestras circunstancias. Esa diferencia entre el deseo y lo que presenta la realidad es buen alimento para escribir y polemizar, pero poco sustento para el análisis porque en vez de deplorar ad nauseam lo que existe, lo que hemos podido llegar a ser y lo que seguiremos siendo, en vez de eso se necesita entender la condición sincrética, contradictoria de nuestra modernidad. Parece que Gómez García reproduce así un historicismo que hace ver lo que ha sucedido en América latina como un fracaso, el fracaso de un ideal de modernidad.

Ahora bien, qué transformación puede vivir un intelectual latinoamericano en las universidades europeas. La respuesta es múltiple; conozco gente que pasó por la Sorbona sin conocer París ni Francia; sin saber como funcionaban los restaurantes estudiantiles, sin hablar francés o, al menos, sin intentarlo. Sin entender las diferencias sociales entre Vanves y Saint-Denis. No siempre se tropieza con un buen profesor director de tesis y en muchas ocasiones se trata de señores que aprendieron a edificar un prestigio internacional aprovechándose de la inteligencia y la aplicación de sus alumnos latinoamericanos. El modelo y la síntesis los fabrican en Europa, el trabajo laborioso y empírico de validación de esos modelos es nuestra fatalidad. De todos modos admitamos que el contacto con Europa nos permite comunicarnos con tradiciones académicas de largo aliento, con recursos bibliográficos insospechados y con gente de inmensa generosidad humana e intelectual. Aprendemos a relativizarnos y compararnos, ganamos en el repertorio de análisis; entendemos y apreciamos mejor lo que tenemos y también entendemos por qué algunas cosas jamás las tendremos. Sin embargo, en esta reflexión cabe bien detenerse en lo que dice el propio Gómez García en su semblanza del maestro Gutiérrez Girardot; en comparación con Europa, el intelectual latinoamericano se sitúa de una manera peculiar; su pensamiento y escritura son menos cómodos, menos ordenados y sistemáticos. Con menos recursos y menos peso de una tradición, elabora con mayor heterodoxia y tiene una más natural propensión a la disidencia.

Leyendo sus ensayos sobre algunas novelas de Tomás Carrasquilla y José Antonio Lizarazo, o sus bien pensados aportes a la historia del trotskismo o del libro de izquierda en Colombia, y en el mismo ensayo acerca de la obra de Gutiérrez Girardot, hallo a un autor mucho más sobrio. Ya no es el que habla, como una especie de excusa, del « indescifrable lenguaje político del momento ». Se percibe luego a un excelente lector y crítico de la obra de Carrasquilla; aun así hay que formularle algunos reparos o, por lo menos, preguntas. Estamos de acuerdo -y me parece una obviedad- en que Hace tiempos, como todo lo que escribió Carrasquilla, es « una privilegiada fuente de conocimiento de la vida antioqueña ». Y, aun más, de la vida pública colombiana. Las « matronas piedragordeñas » no fueron patrimonio cultural exclusivo de Antioquia, también desfilaron por distritos o parroquias de lo que era en el siglo XIX el vasto Estado del Cauca o en la misma Bogota. Pero no puedo estar de acuerdo cuando compara la novela semi-autobiografica de Carrasquilla con Facundo o Recuerdos de provincia, de Domingo Faustino Sarmiento. El aburrido y esquemático Facundo ha servido para testimoniar los estereotipos de los intelectuales liberales del siglo XIX; es cierto que Facundo ha gozado de una hiperinflación de comentaristas y que a la obra de Carrasquilla le ha faltado críticos sistemáticos; pero, en cualquier caso, Hace tiempos de Carrasquilla va por un camino diferente y merece, tal vez, un tipo de comparación más pertinente. Por ejemplo, por qué no se comparan los relatos de Carrasquilla con los del chileno Alberto Blest Gana y, sobre todo, en lo que tiene que ver con la capacidad, en ambos autores, de producir un tipo de literatura que contó con un tipo de público. Alguien llamó a eso literatura transaccional, porque fue el resultado de una cierta síntesis o armonía entre el catolicismo y el asomo de la modernidad liberal.

A la obra de Carrasquilla le ha faltado crítica y le ha sobrado, como a otros autores, veneración provinciana. Y la buena crítica tiene que hacerlo trascender por encima de la sobreprotección antioqueña. Algo semejante tendría que suceder con la obra de José Antonio Lizarazo, que es algo más que literatura urbana o novelística bogotana. Esos provincianismos que entierran autores y obras, que encierran en territorios precisos, en un mapa de la separación, no aportan nada. También, en el caso de la novelística de Osorio Lizarazo, está de sobra decir que se trata de una obra con valor documental. Cualquier texto es texto de cultura, eso es evidente.

Otro ensayo que intenta escapar del “panorama gris de la realidad nacional” o del “presente turbio” que sale al encuentro de un “pasado turbio” es aquel dedicado del socialismo trotskista en Colombia. Creo que es una valiosa contribución a la historia de la cultura política y lamento que no haya podido tener en cuenta, por ejemplo, los aportes más recientes de Fabio López de la Roche. El ensayo se volvió buen pretexto para examinar el microclima universitario del decenio de 1970. Tal vez la prolongada digresión sobre el paisaje de la crisis de la universidad pública no haga más que destacar, sin quererlo, el débil influjo político y cultural del socialismo trotskista en nuestro medio. Y, tal vez, hubiese sido bueno explorar otras formas en que incidió el pensamiento trotskista en las ciencias sociales. Algunas genuinas reflexiones sobre la diversidad regional del país tienen, en buen grado, cimiento en la tesis trotskista del desarrollo desigual; en efecto, el desigual desarrollo de las regiones en Colombia hace parte de las explicaciones plausibles del accidentado devenir de lo que podemos llamar la nación colombiana.

En su ensayo sobre los viajeros alemanes del siglo XIX parece compartir sin reserva la mirada del civilizado sobre la barbarie de las republiquetas latinoamericanas que visitaban. Gómez García se decidió por ser más benévolo con los viajeros que con las sociedades presuntamente caóticas y burdas que recibieron a los ilustrados viajeros alemanes. Es cierto que admite la “irreprimible intolerancia” de las cartas de Alphons Stubel; pero igualmente acepta, como lo dijera el mismo viajero, que “la expresión es dura, pero completamente acertada”. El asunto no consiste en aceptar o negar tajantemente la versión y la visión de los viajeros europeos del siglo XIX sobre lo que acontecía en América; consiste, más bien, en relativizar el relato de viajes como fuente histórica. Aceptemos que no se ha dilucidado del todo la cuestión, pero el informe, las memorias o la carta de un viajero contienen un testimonio subjetivo de un autor, expuesto a excesos, desviaciones, omisiones y tergiversaciones. Mucho depende de la situación del testigo-autor, no podría pensar lo mismo de la vida pública ecuatoriana un influyente sacerdote jesuita alemán que un naturalista aparentemente marginado. El error de apreciación del autor del testimonio puede convertirse en un multiplicado error de apreciación cuando el historiador lo toma sin reparos. Sin embargo, no sería extraño que muchos viajeros europeos se sorprendieran o se indignaran de ver como se construía la vida pública de ese “otro Occidente”, tan cercano y lejano a la vez del provincianismo europeo. Me atrevo a recomendarle a Gómez García un interesante y reciente trabajo de Carlos Sanhueza titulado Chilenos en Alemania y alemanes en Chile. Viaje y nación en el siglo XIX (2006), que comienza precisamente con una revisión general de lo que fueron los viajeros alemanes de esa centuria bajo la sombra de Alexander von Humboldt. Pero entre el grupo de ensayos acerca de la presencia de la cultura alemana en Colombia destaco aquel dedicado a Ernesto Volkening, aunque sea uno de los peor editados y corregidos en el libro. Volkening fue un hombre que vivió en condiciones precarias y ejerció su labor crítica de manera discreta. Con todos los altibajos que pueda haber en su obra, Volkening puede ser todavía un modelo de crítica literaria o, al menos, un ejemplo de crítica en que no intervenían las vísceras.
Por último, quisiera detenerme en su ensayo sobre la historia política y social del libro de izquierda. Es uno de los más sugestivos e innovadores, porque explora en un terreno casi virgen. Pocos historiadores se han detenido a examinar el pasado lejano y el pasado reciente de lo que podría ser la cultura política de las disidencias políticas. Y entendiendo aquí cultura política como todo aquello que contribuye a formar un tipo de individuos con afinidades en la militancia ideológica y práctica. Lo que el autor examina acerca de la producción y consumo de libros en décadas más o menos cercanas es perfectamente aplicable a cesuras cronológicas más remotas. Las disidencias políticas y religiosas, aquí y en muchas partes, se han alimentado de las rupturas o desvíos en los procesos de producción y distribución de impresos. Un autor es indispensable y está ausente en sus reflexiones, se trata del historiador marxista británico Edward Palmer Thompson; pienso que su libro sobre la formación de la clase obrera en Inglaterra le puede ayudar a matizar o a profundizar en algunas ideas que todavía andan sueltas. Hay que tener en cuenta, leyendo a Thompson, que la sociabilidad artesanal, las tradiciones de rebeldía de los artesanos ante la irrupción de la modernización industrial, las experiencias autodidactas y la solidaridad mutualista contribuyeron a que el futuro proletariado urbano se auto- instruyera en asuntos técnicos y adquiriera una cierta cultura cívica. Las bibliotecas establecidas por propios artesanos, las formas de lectura colectiva que burlaban la censura oficial o la censura religiosa y que solucionaban el problema del analfabetismo, fueron mecanismos quizás más eficaces en la creación de una cultura política obrera que los esfuerzos institucionales del Estado mediante la escuela, las brigadas de alfabetización o la creación de bibliotecas públicas. Hay, en definitiva, un largo y apasionante camino por recorrer en este tema.

El libro de Gómez García contiene una especie de autobiografía intelectual, una historia de un proceso de escritura crítica. No son ensayos ligeros, son elaboraciones con sustento empírico cada vez más notable. Es posible que abunden reiteraciones y lugares comunes; también frases ácidas y efectistas; y uno que otro desquite con la mezquindad de sus colegas. El título es lo menos afortunado del libro, porque nos ha anticipado una especie de claudicación del crítico, de quien no ha podido “penetrar” en esa “cosa” llamada Colombia. O tal vez nos ha advertido, como lo ha reiterado en algunos de sus ensayos, que comparte esa representación pesimista de nuestra historia en que nada se salva. Pero, por fortuna, en el transcurso de la obra vamos hallando matices: ni el idilio ni la catástrofe. El subtítulo, “las raíces de la intolerancia”, tampoco es un anuncio consecuente con el contenido. Aparte del primer ensayo, titulado de igual manera, no se ve una reiteración que justifique el asunto. Pero, en fin, no hay duda de que estamos ante un escritor-investigador apasionado que ha ido encontrando una armonía fecunda entre los fundamentos empíricos y una voluntad de interpretación.

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