lunes, 30 de marzo de 2009

UN ASUNTO MUY FAMILIAR

PINTADO EN LA PARED No. 10


“Poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad”. Max Weber

Las universidades, al menos en el mundo y la tradición occidentales, tienen sus determinaciones provincianas. Tienen que parecerse en algo a la sociedad que las produce. En todas partes hay enfrentamientos, luchas simbólicas y no tan simbólicas por tener el control en la producción de conocimiento, por lograr el predominio de unos campos de saber y de unas comunidades científicas. En todas partes se enfrentan grupos tradicionales y privilegiados con otros que son generacional, social o hasta étnicamente nuevos o intrusos. Unos adquieren el control de los procesos y de los recursos, otros terminan siendo más o menos marginales. Hay sistemas universitarios nacionales que han resuelto que sus profesores no tengan nexos inmediatos –el del nacimiento, por ejemplo- con la ciudad o la región a la que pertenece la universidad; pero también hay otras tradiciones universitarias en que el profesor que gane un concurso de méritos, si no era el candidato de la gente de la provincia, tendrá que soportar por mucho tiempo (puede ser toda su vida de docente) el peso hostil de no ser bienvenido. En otros lugares, por ejemplo en algunos países de Latinoamérica, existe el acuerdo tácito de negarle el ingreso, como estudiantes y como docentes, a individuos afro-descendientes y hay ciertas carreras universitarias que todavía les cierran las puertas al talento femenino. En fin, falta mucho por analizar en estos temas en que se pone en entredicho la racionalidad de los individuos que componen las comunidades universitarias en el mundo.

Esta universidad no escapa de ciertas determinaciones de su carácter provinciano. Y un rasgo evidente pero quizás poco examinado por nosotros es el peso de las relaciones endogámicas, el influjo de las relaciones de amistad y de parentesco en la construcción de la vida y del poder universitarios. Algo que, entre otras cosas, no es exclusivo de esta universidad; al contrario, las universidades en el mundo son instituciones muy proclives a la endogamia: las profesoras se casan con profesores y viceversa. Sin embargo, el tema, por sí mismo, parece tabú y con seguridad es incómodo. Pero, me pregunto si Ustedes, colegas y estudiantes, no han notado que en esta universidad es necesario conversar, como le escuche a alguien, con “una prudencia sigilosa” porque cualquier interlocutor puede ser amiga o amigo de, prima o primo de, hermano de, esposa, esposo o amante de… No se trata de prohibir la libre elección de pareja ni de ignorar que hay familias muy inteligentes que han encontrado en la educación un mecanismo de ascenso social y un lugar de reconocimiento. Tampoco se trata de estigmatizar a aquellos que han acumulado méritos académicos sin acudir al recurso del parentesco o la amistad. En un mundo monótono de vidas previsibles hay que acostumbrarse a la repetición, a convivir con las coincidencias. Además, no puedo negar la mesura, la discreción y hasta la abrumadora modestia de familias ilustres que han enaltecido la vida universitaria.
La existencia determinante de la amistad o del parentesco es inevitable en nuestro mundo universitario; el problema es el sentido, el peso y el estilo de esas relaciones. El sentido, porque muchas de esas relaciones sirven para edificar redes de omnipresencia en la cultura. El peso, porque se vuelve una constante el conflicto de intereses, porque se vuelve difícil discernir entre lo privado y lo público; porque está siempre presente la tentación de favorecer a su consorte y, por tanto, se abre la puerta de la discriminación, del nepotismo, del tráfico de influencias. Porque la crítica responsable y el libre examen quedan hipotecados cuando se trata de ser cómplice o alcahueta de nuestro amigo de toda la vida o de nuestro compañero o compañera de alcoba o del coterráneo con que crecimos por allá en La Cumbre o en el barrio San Fernando. El asunto se vuelve tan sutil, tan natural, que puede pasar inadvertido; entonces nuestras afinidades y apetencias privadas se confunden con las necesidades de la institución. No es necesario adentrarse en honduras sociológicas para adivinar que las reuniones institucionales –un Claustro, por ejemplo- cuentan con sesión previa de acuerdos en privado. Por tanto, el estilo. Sí, porque entonces el modo de gobernar en las universidades se vuelve un estilo, el de los vecinos de la parroquia, de las familias omnisapientes y omnipresentes a las que se les vuelve obsesión tener el control de las situaciones más anodinas.

Encontrar que en una misma Facultad trabajan juntos, en el mismo piso, a pocos pasos el uno del otro, el señor Decano y un hermano suyo, puede ser una prodigiosa coincidencia legalmente irreprochable; que entre allegados se desparramen en la exaltación pública de sus respectivas virtudes (de sus virtudes, por supuesto, porque defectos no van a tener), puede ser otra coincidencia inevitable que nos acostumbramos a soportar; que los grupos de investigación se parezcan a camarillas que buscan el control de cargos y recursos, puede ser otra coincidencia. Y de tanta coincidencia uno comienza a preguntarse si no ha hecho falta, de un lado, un poco de pudor, de auto-control y, del otro, un poco de amor propio, de espíritu crítico o de valor civil. Hace rato debieron haber sonado las alarmas éticas en una Facultad donde tenemos especialistas (según bibliografía circundante) en asuntos del deber ser. La representación profesoral, hoy inexistente, debió cumplir, por lo menos, con enviarnos un informe lacónico. Algún vice-decano coherente entre sus postulados y su conducta debió haber puesto signos de exclamación o de interrogación en algún documento oportuno. Hemos ido dejando que triunfe la costumbre y el ejercicio tradicional del poder, en que la amistad, el parentesco, el favor, la clientela, el beneficio privado y hasta la evidente carencia de méritos suplantaron cualquier proyecto colectivo y desahuciaron el debido trato igualitario pregonado por un pomposo e inútil Código de Ética.

La moraleja de la crisis que vivió esta Universidad, en 1998, no la hemos asimilado. No se trata solamente de cuestionar el poco compromiso estatal en la financiación de las universidades públicas, también se trata de cuestionar cómo gastamos los escasos o abundantes recursos; cómo lo público lo vamos volviendo tan privado, tan personal, tan familiar. Por ahora tenemos bien merecida una broma estudiantil que comienza así: “Bienvenidos a la Facultad de la familia…”



Abril de 2009.

lunes, 16 de marzo de 2009

UN DEPARTAMENTO DE HISTORIA Y UNAS CONMEMORACIONES

PINTADO EN LA PARED No. 9

POR GILBERTO LOAIZA CANO


Los historiadores y demás científicos sociales no podemos eludir el peso de las conmemoraciones; en Hispanoamérica, la conmemoración del bicentenario de la Independencia ha determinado agendas modestas o ambiciosas, controvertidas o discretas, con la participación entusiasta o crítica de comunidades de investigadores sociales, con el apoyo decidido o la desidia de los gobiernos. Ya había dicho en otra parte que esta conmemoración lanzaba desafíos sobre lo que se había hecho o dejado de hacer con el conocimiento histórico. Y que también desafiaba la consistencia de una disciplina volátil y la cohesión y coherencia de sus oficiantes. A esa conmemoración hemos tenido que añadir, en Cali (Colombia), otra de carácter más particular, que le atañe de inmediato a este trozo de país, se trata del centenario de la creación del departamento del Valle del Cauca.


Ante esos eventos, el departamento de Historia de la Universidad del Valle, compuesto de unos doce o trece profesores, ha debido tener alguna manifestación, si no unánime, al menos oportuna y clara. Hay que partir, por supuesto, de respetar los matices de formación y de convicción de quienes estamos administrativamente adscritos a un departamento de Historia; cada cual, supongo, con diverso grado de aprecio o interés (y también con diverso grado de conocimiento) por estas zalamerías o trascendencias de los festejos de hitos memorables y, a la vez, cuestionables. El caso es que el departamento de Historia al que pertenezco no ha tenido –hasta ahora- ninguna reunión en que haya discutido y acordado formalmente la participación en la organización de eventos relacionados con esas dos conmemoraciones. De hecho, no existe hasta hoy ninguna actividad pública al respecto que sea el resultado de una programación pensada y decidida por el conjunto de miembros de la unidad académica en mientes.


Agrego otra constatación. Hasta hoy ninguna autoridad académica o administrativa de la Universidad ha acudido formalmente ante el departamento de Historia para coordinar alguna actividad relacionada con el par de conmemoraciones que se avecinan. Sólo en la última reunión del Claustro de Historia (marzo 10 de 2009) nos informaron que la rectoría de la Universidad del Valle acudió al colega Alonso Valencia Llano con ese fin y que, además, ya existen actividades preparadas. En ese mismo Claustro supimos, de adehala, que el profesor Valencia Llano ha sido designado por la Alta Consejería de la Presidencia de la República como coordinador de la conmemoración del bicentenario de la Independencia en el sur-occidente colombiano. Esas dos designaciones a quien ha sido jefe de nuestro departamento de Historia y en la actualidad el saliente Vice-decano de Investigaciones de nuestra Facultad de Humanidades (ha presentado renuncia y estará en el cargo hasta el 1º de abril) me parecen muy acertadas y es un merecido reconocimiento a su trayectoria académica, a su capacidad de gestión y a su conocimiento de la región. Pero, entonces, es necesario reclamarle al profesor Valencia Llano que, luego de esas honrosas designaciones, ¿por qué no pensó en consultar o en coordinar, formalmente, alguna (sólo alguna) actividad con el departamento de Historia de la Universidad del Valle? ¿Por qué tan sólo ahora, cuando se va a retirar (o lo retiraron) de la Vice-decanatura de Investigaciones, se acordó de su pertenencia al departamento de Historia y, por fin, se le ocurrió invitar al resto de sus colegas a participar de la programación que él ha gestionado?


Así como el profesor Valencia Llano reúne todas las virtudes que acabo de señalar, tiene unos defectos ostensibles que se acentúan con el paso del tiempo y que los podría sintetizar en su inclinación megalómana que lo impulsa a protagonizar más de la cuenta y a despreciar cualquier procedimiento democrático. A mí me queda claro que el profesor Valencia Llano, hasta el último Claustro, en que por fin nos puso al día, había estado empeñado en sacar adelante, quizás con los miembros de su grupo de investigación, todas las actividades conmemorativas que se había propuesto. Es que además de los rasgos de personalidad de cada quien, hay que agregar que se ha ido imponiendo en el ambiente de la Facultad un liberalismo extremo en que los propósitos colectivos son suplantados por intereses muy particulares, y que en vez de comunidades académicas consolidadas y definidas por algunos derroteros compartidos, predomina la competición entre grupos de investigación por recursos, notoriedad y prestigio. Y a eso se añade que estas actividades conmemorativas son oportunidad para el desenfreno de muchas ambiciones.


Yo habría deseado que nuestra actual jefa del departamento de Historia -a quien hay que reconocerle conductas democráticas que el profesor Valencia Llano se acostumbró a olvidar- hubiese convocado una reunión para fijar un derrotero colectivo sobre las dos principales conmemoraciones que nos conciernen. Pero la profesora Nancy Motta ya ha dado puntadas de su desinterés por el tema del bicentenario de la Independencia, en particular. Por eso, ante el poco o nulo interés colectivo por organizar, como departamento de Historia, alguna actividad en nombre del bicentenario de la Independencia, el grupo de investigación que lidero –Nación-Cultura-Memoria- decidió organizar su propia agenda sin grandes recursos ni relaciones; una pequeña agenda que involuntariamente puede interferir con los eventos programados por nuestro colega. En todo caso, hemos contado con el generoso apoyo del Museo Arqueológico de La Merced, la Biblioteca Departamental, la Biblioteca Central de la Universidad del Valle y el área cultural del Banco de la República para adelantar ciclos de conferencias o preparar exposiciones.


Siempre hemos invitado y seguiremos invitando a nuestros colegas y estudiantes, y no solamente para que sean espectadores. Mientras tanto, debo desearle al profesor Valencia Llano que pueda sacar adelante sus proyectos que, entiendo, no se reducen a preparar ambas conmemoraciones.


Segunda quincena de marzo de 2009.

Menciono otra vez un pequeño artículo mío escrito a fines de 2007, difundido entre mis colegas del departamento de Historia y luego publicado por la revista Número, Bogotá, No. 57, junio-agosto de 2008, p. 50-57. Debo decir de paso que las opiniones de esta hoja suelta no comprometen a los miembros del grupo de investigación al que pertenezco.

martes, 3 de marzo de 2009

MATHIAS, CARMEN Y EL MURO DE BERLÍN

PINTADO EN LA PARED No.8

Por Gilberto Loaiza Cano


Mathias Hamman es un médico cirujano alemán graduado de la Universidad de Freiburg; a sus 56 años sigue con la rutina invariable de levantarse todos los días a las cuatro de la madrugada para tomarse un cálido té y preparar su viaje en bicicleta desde Estrasburgo, al este de Francia, hasta un pequeño pueblo situado entre Kehl y Offenburg, a unos 25 kilómetros, al otro lado del río Rhin. Todos los días va y viene de su jornada en la pequeña clínica, entre las ventiscas, la nieve y el frío inclemente de enero o bajo el sol canicular de julio. Como buen alemán, dice que ante los rigores del clima basta con llevar la ropa adecuada y poner buen ánimo. Es un excelente coleccionista de música, cuando regresa a su casa, hacia las ocho de la noche, ayuda a preparar la cena mientras escucha un poco de rock o de jazz o de pop o de clásica. El gusto por la medicina y por la música debió heredarlo de su padre que fue el único farmaceuta y el único organista de un pequeño pueblo, cerca del lago de Konstanz. Además lee en varios idiomas; el último verano lo aprovechó para devorar Die Buddenbrooks de Thomas Mann y cuando lo vi, en octubre, aún no salía del asombro de haber leído “algo tan hermoso, tan apasionante”.


Cuando apenas comenzaba su carrera de cirujano y todavía tenía que pasar varios semestres de especializaciones, Mathias hacía sus prácticas en un hospital de Karlsruhe; el 19 de noviembre de 1989 fue un día agobiante, sin pausa, cuando terminó en la noche su turno se fue a su pequeño apartamento a descansar. Alcanzó a notar que las gentes escuchaban la radio en el tranvía o veían televisión en sus casas, pero el cansancio venció su curiosidad y prefirió encerrarse en su cuarto. A la mañana siguiente, mientras se afeitaba, escuchó en la radio una noticia increíble: el muro de Berlín había caído. Entre sorprendido y decidido, terminó como pudo la afeitada, tomó un libro cualquiera y se fue corriendo hasta la estación del tren y comenzó, como muchos, el peregrinaje hacia Berlín. El viaje fue lento y sofocante. Fueron necesarias muchas conexiones, varios tramos fueron en vagones atestados en que fue necesario permanecer de pie. A la llegada, el tren abrió las puertas y vomitó una multitud ansiosa que corrió por las escalinatas de la vieja estación berlinesa. Todos querían ver lo que ya no existía, todos querían ver el desmoronado muro que los había separado.


Esa noche del viernes la pasó recogiendo vestigios del muro, recorriendo los alrededores de la puerta de Brandenburgo y, por fin, cansado, se sentó a tomar un par de cervezas, a comer una salchicha y a conversar en una cafetería, cerca de la congestionada estación Alexanderplatz. Recuerda que le fue fácil reconocer a los alemanes “del otro lado”; todos eran pálidos y sus ropas olían a hollín. Se sentó cerca de un alemán del este que le contaba a un grupo las penurias alimenticias de los últimos meses en la RDA. En esa tertulia, que fue más una entrevista de curiosos al “pobre muchacho del este”, conoció a Carmen, una chica española que llevaba un par de años en Berlín; había salido de la España franquista y de la España de la transición, “la de la vergonzosa transición”, había decidido dejar a su familia de Salamanca y probar fortuna dictando clases de castellano en Alemania.


Al día siguiente, sin haber dormido, Mathias se despidió de los amigos momentáneos del café, anotó el teléfono de Carmen y se subió al tren de regreso a Karlsruhe. Un par de meses después preparó una nueva visita a Berlín. Esta vez quería llevar su bicicleta, porque creía que la manera más solemne y a la vez más palpable de sentir que el muro había desaparecido de la vida de cada alemán era pasando montado en su bicicleta por la puerta de Brandenburgo. Pero había “un pequeño detalle” por resolver: alguien debía tomarle la foto de ese evento tan importante; así que tuvo un buen pretexto para reencontrarse con Carmen. En esa ocasión se quedó un par de noches en Berlín y luego, Carmen y él, viajaron a Karlsruhe.


Ahora, casi veinte años después, hemos tocado el tema del muro en la conversación acostumbrada después de la cena; Mathias lía el par de cigarros que fuma todas las noches en compañía de Carmen, destapa una botella de vino español y pone como música de fondo la bachiana brasileira No. 5 de Heitor Villalobos. Le pregunto si cambió la vida para los alemanes después de la caída del muro de Berlín y me dice que “es lo mejor que pudo pasar y lo que tenía que pasar, porque era un pueblo separado por algo artificial, por algo inventado y puesto ahí de manera arbitraria”; pero enseguida me advierte que eso no quiere decir que las cosas hayan sido fáciles desde entonces. “Yo sé –agrega Mathias- que nosotros, los alemanes del oeste, tenemos que ayudar a reconstruir la Alemania del este; pago mis impuestos con mucho placer cuando de eso se trata”. Luego le pregunto si la vida cambió radicalmente para él con la caída del muro. Piensa largo rato, sonríe y habla mientras mira a Carmen: “Sí y no; sí, porque encontré a alguien que me enseñó a hablar y leer en español, con quien converso todas las noches y con quien tengo una dulce niña de diez años. Y no, porque seguí viviendo como antes, en mi oficio de médico, montando en mi bicicleta, leyendo mis libros y liando mis cigarros todas las noches”.


Mientras Mathias decía eso, Carmen mantuvo una sonrisa escéptica. El cucú del reloj de pared nos recordó que era medianoche y que debíamos aplazar el relato de Carmen acerca de sus años en la España “oscura, muda y ciega” de la dictadura del general Francisco Franco.


Marzo de 2009.

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