Hoja suelta de opinión del profesor Gilberto Loaiza Cano. Licenciado en Filología, Master en Historia y Doctor en Sociología. Profesor titular del Departamento de Filosofía, Universidad del Valle. Premio Ciencias Sociales y Humanas, Fundación Alejandro Ángel Escobar, 2012. Línea de investigación: Historia intelectual de Colombia.

martes, 3 de marzo de 2009

MATHIAS, CARMEN Y EL MURO DE BERLÍN

PINTADO EN LA PARED No.8

Por Gilberto Loaiza Cano


Mathias Hamman es un médico cirujano alemán graduado de la Universidad de Freiburg; a sus 56 años sigue con la rutina invariable de levantarse todos los días a las cuatro de la madrugada para tomarse un cálido té y preparar su viaje en bicicleta desde Estrasburgo, al este de Francia, hasta un pequeño pueblo situado entre Kehl y Offenburg, a unos 25 kilómetros, al otro lado del río Rhin. Todos los días va y viene de su jornada en la pequeña clínica, entre las ventiscas, la nieve y el frío inclemente de enero o bajo el sol canicular de julio. Como buen alemán, dice que ante los rigores del clima basta con llevar la ropa adecuada y poner buen ánimo. Es un excelente coleccionista de música, cuando regresa a su casa, hacia las ocho de la noche, ayuda a preparar la cena mientras escucha un poco de rock o de jazz o de pop o de clásica. El gusto por la medicina y por la música debió heredarlo de su padre que fue el único farmaceuta y el único organista de un pequeño pueblo, cerca del lago de Konstanz. Además lee en varios idiomas; el último verano lo aprovechó para devorar Die Buddenbrooks de Thomas Mann y cuando lo vi, en octubre, aún no salía del asombro de haber leído “algo tan hermoso, tan apasionante”.


Cuando apenas comenzaba su carrera de cirujano y todavía tenía que pasar varios semestres de especializaciones, Mathias hacía sus prácticas en un hospital de Karlsruhe; el 19 de noviembre de 1989 fue un día agobiante, sin pausa, cuando terminó en la noche su turno se fue a su pequeño apartamento a descansar. Alcanzó a notar que las gentes escuchaban la radio en el tranvía o veían televisión en sus casas, pero el cansancio venció su curiosidad y prefirió encerrarse en su cuarto. A la mañana siguiente, mientras se afeitaba, escuchó en la radio una noticia increíble: el muro de Berlín había caído. Entre sorprendido y decidido, terminó como pudo la afeitada, tomó un libro cualquiera y se fue corriendo hasta la estación del tren y comenzó, como muchos, el peregrinaje hacia Berlín. El viaje fue lento y sofocante. Fueron necesarias muchas conexiones, varios tramos fueron en vagones atestados en que fue necesario permanecer de pie. A la llegada, el tren abrió las puertas y vomitó una multitud ansiosa que corrió por las escalinatas de la vieja estación berlinesa. Todos querían ver lo que ya no existía, todos querían ver el desmoronado muro que los había separado.


Esa noche del viernes la pasó recogiendo vestigios del muro, recorriendo los alrededores de la puerta de Brandenburgo y, por fin, cansado, se sentó a tomar un par de cervezas, a comer una salchicha y a conversar en una cafetería, cerca de la congestionada estación Alexanderplatz. Recuerda que le fue fácil reconocer a los alemanes “del otro lado”; todos eran pálidos y sus ropas olían a hollín. Se sentó cerca de un alemán del este que le contaba a un grupo las penurias alimenticias de los últimos meses en la RDA. En esa tertulia, que fue más una entrevista de curiosos al “pobre muchacho del este”, conoció a Carmen, una chica española que llevaba un par de años en Berlín; había salido de la España franquista y de la España de la transición, “la de la vergonzosa transición”, había decidido dejar a su familia de Salamanca y probar fortuna dictando clases de castellano en Alemania.


Al día siguiente, sin haber dormido, Mathias se despidió de los amigos momentáneos del café, anotó el teléfono de Carmen y se subió al tren de regreso a Karlsruhe. Un par de meses después preparó una nueva visita a Berlín. Esta vez quería llevar su bicicleta, porque creía que la manera más solemne y a la vez más palpable de sentir que el muro había desaparecido de la vida de cada alemán era pasando montado en su bicicleta por la puerta de Brandenburgo. Pero había “un pequeño detalle” por resolver: alguien debía tomarle la foto de ese evento tan importante; así que tuvo un buen pretexto para reencontrarse con Carmen. En esa ocasión se quedó un par de noches en Berlín y luego, Carmen y él, viajaron a Karlsruhe.


Ahora, casi veinte años después, hemos tocado el tema del muro en la conversación acostumbrada después de la cena; Mathias lía el par de cigarros que fuma todas las noches en compañía de Carmen, destapa una botella de vino español y pone como música de fondo la bachiana brasileira No. 5 de Heitor Villalobos. Le pregunto si cambió la vida para los alemanes después de la caída del muro de Berlín y me dice que “es lo mejor que pudo pasar y lo que tenía que pasar, porque era un pueblo separado por algo artificial, por algo inventado y puesto ahí de manera arbitraria”; pero enseguida me advierte que eso no quiere decir que las cosas hayan sido fáciles desde entonces. “Yo sé –agrega Mathias- que nosotros, los alemanes del oeste, tenemos que ayudar a reconstruir la Alemania del este; pago mis impuestos con mucho placer cuando de eso se trata”. Luego le pregunto si la vida cambió radicalmente para él con la caída del muro. Piensa largo rato, sonríe y habla mientras mira a Carmen: “Sí y no; sí, porque encontré a alguien que me enseñó a hablar y leer en español, con quien converso todas las noches y con quien tengo una dulce niña de diez años. Y no, porque seguí viviendo como antes, en mi oficio de médico, montando en mi bicicleta, leyendo mis libros y liando mis cigarros todas las noches”.


Mientras Mathias decía eso, Carmen mantuvo una sonrisa escéptica. El cucú del reloj de pared nos recordó que era medianoche y que debíamos aplazar el relato de Carmen acerca de sus años en la España “oscura, muda y ciega” de la dictadura del general Francisco Franco.


Marzo de 2009.

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