lunes, 7 de octubre de 2013

Pintado en la Pared No. 94



LOS PREMIOS DE
LA FUNDACIÓN ALEJANDRO ÁNGEL ESCOBAR

Son muy pocos aquellos premios que, basados en principios estrictamente meritocráticos, constituyen un reconocimiento autorizado de la creación intelectual en las ciencias sociales y humanas en Colombia. Uno de esos premios, considerado como una especie de Nobel de dimensión local, es el que ofrece anualmente, desde 1955, la Fundación Alejandro Ángel Escobar (FAAE). Desde ese año, esa fundación otorga premios a los mejores investigadores en ciencias naturales y exactas; y desde 1995, lo hace en ciencias sociales y humanas. Desde entonces, es un premio deseado por muchos y conseguido por muy pocos.   

Como bien lo recordaba un colega cuyo nombre no estoy autorizado a divulgar, el creador de la FAAE “era un economista graduado en Cambridge, notable investigador en ciencias agropecuarias, ministro de agricultura de Laureano Gómez y empresario exitoso. Dicen que le llamaban el "míster" por sus modales refinados. Al final de sus años, Ángel Escobar decidió legar su fortuna al fomento de la ciencia y la cultura y a la promoción de las élites intelectuales de este país. Para ello decidió emplear el patrón moderno de filantropía académica y científica de la Fundación Rockefeller que en el periodo de entreguerras contribuyó a la reconstrucción de la ciencia europea y en mucho a la constitución del desarrollo moderno de las ciencias en América Latina”. En fin, agrego yo, el empresario en mientes obró como un mecenas que quiso contribuir a darle firmeza a la producción intelectual de alto nivel en una Colombia que apenas estaba consolidando un sistema universitario de educación superior; su lema fundador de los premios, que se repite por estos días de octubre, ha sido el siguiente: No es mi deseo que se premie al menos malo, sino al muy bueno”.

Sin embargo, los premios de FAAE siguen pasando inadvertidos en muchas instituciones universitarias y regiones del país. Basta ver el contraste entre la difusión que les otorgan las universidades de Bogotá y Medellín en sus publicaciones oficiales, incluso en sus programas radiales, con la escasa repercusión en, por ejemplo, Cali. Hace un año, el suscrito recibió el premio en ciencias sociales y humanas por su libro Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación. Colombia, 1811-1882. Ningún funcionario de la Universidad del Valle me acompañó al acto de premiación; no hubo nota de felicitación de ningún directivo de la universidad, salvo un par de líneas desganadas del consejo de Facultad de Humanidades de ese entonces. Tampoco hubo mención alguna del hecho en la prensa local, menos en los pequeños boletines que informan de los sucesos menudos de la vida universitaria. En contraste, el rector de la Universidad de Antioquia acompañó y leyó un discurso para elogiar al ganador en ciencias naturales y exactas, un joven investigador egresado de su universidad que estaba radicado en Alemania. Su periódico, Alma Mater, le dio generoso despliegue a la noticia e incluso publicó apartes de mi discurso de recepción del premio.

En la Universidad del Valle sucedió más o menos todo lo contrario. Salvo las felicitaciones escritas de un par de colegas y de algunos miembros del grupo de investigación al que pertenezco, el premio provocó más bien daños colaterales. Uno de ellos lo protagonizaron quien era, en ese entonces, mi asistente de investigación y un profesor que era, precisamente, el director del grupo de investigación Nación-Cultura-Memoria. Un asalto a la oficina de un profesor premiado pudo ser una forma oblicua de reconocimiento que se añadió al silencio generalizado. Por eso el disfrute de un premio de esa trascendencia quedó recluido en la esfera estrictamente privada. Todo eso habla mucho de la condición de la institución a la que se pertenece y de la situación de una comunidad académica muy específica. Viendo hoy la entrega de la versión 2013 de los premios de la FAAE, es felizmente obvia la importancia que sigue teniendo en otros lugares y para otros colegas del país.

1 comentario:

  1. Estimado profesor Gilberto Loaiza,

    Debo decir que con sorpresa noto que usted persiste en un reconocimiento por el premio obtenido ya hace un año. Con el aprecio que le tengo, me atrevo a decirle lo siguiente: en primer lugar la Universidad sí sacó una nota oficial sobre su premio a penas se lo otorgaron. De hecho, yo me di cuenta de su galardón por las noticias que aparecen en la página oficial de la Universidad. En segundo lugar, me parece sorprendente que considere que los inconvenientes que usted tuvo con la que fuera su asistente y con el que era el Director del grupo al que usted pertenece tiene algo que ver con su premio. A diferencia de usted, el profesor Vega no vive pendiente de reconocimientos. Me atrevo a sugerirle que supere ese impase, que siga investigando, publicando y dando buenas cátedras. Ya el tiempo le dará el reconocimiento que merece. Pero, créame, yo nunca he visto a otro docente publicando oficialmente su necesidad de distinción. Conozco a otro profesor que también ganó el premio Ángel Escobar y a otro que obtuvo mención de honor y ninguno de los dos ha hecho nunca un discurso, público o privado, haciendo alusión a la falta de homenaje por parte de su institución o allegados. El premio debe ser una satisfacción personal por la labor cumplida, no una oportunidad para engrandecer el ego. Eso genera que su imagen, en vez de mejorar, empeore. Cordialmente, Viviana Arce Escobar.

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