martes, 1 de abril de 2014

Pintado en la Pared No. 102

Jacques Le Goff, historiador y biógrafo (1924-2014)

Ha llegado la noticia de la muerte de Jacques Le Goff, noticia que solamente debe interesarnos a los historiadores y a unos cuantos más. El hecho puede pasar notoriamente inadvertido. Para mí no, porque leí del difunto varios libros que ejercieron algún impacto. Recuerdo que la primera obra de Le Goff que llegó a mis manos fue sus ensayos reunidos en Tiempo, trabajo y cultura en el occidente medieval, cuya primera edición en español data de 1987, tal vez. Allí encontré una soberbia explicación del paso en el control público del tiempo, acerca de cómo la Iglesia católica perdió el monopolio de la vida cotidiana y aparecieron los ritmos temporales regidos por la codicia mercantil. Luego leí Los intelectuales en la Edad Media, libro escrito y publicado antes que el otro.  Allí sostuvo sin aspavientos el supuesto anacronismo de la existencia de intelectuales en la Edad Media. 

Georges Duby y Jacques Le Goff pusieron de moda los tiempos medievales, popularizaron el medioevo con sus libros fáciles de leer, con sus colaboraciones para el periodismo ligero y con sus asesorías en adaptaciones de series para la televisión y de largometrajes para el cine. Con ellos la Edad Media dejó de ser ese tiempo oscuro y estancado para convertirse en los orígenes de categorías contemporáneas de control social, como el matrimonio, o de invención de instituciones imaginarias, como el purgatorio, que hicieron más interesante y tramposo el sistema de creencias del catolicismo. Jacques Le Goff, por ejemplo, legó la idea de una tercería en el camino hacia el cielo o hacia el infierno, cuando a la Iglesia católica se le ocurrió inventar el purgatorio como una especie de metáfora acerca de la aparición, en la sociedad, de unas capas medias indecisas; es decir, demostró cómo una nueva geografía del más allá era una transposición de las mutaciones sociales en el más acá; de eso trata, más o menos, La naissance du purgatoire (1981).

Le Goff perteneció a una generación de historiadores que se sacudió de la sombra dominante de Fernand Braudel y regresó al camino esbozado antes por las obras de Marc Bloch y Lucien Febvre; así le dio vida, una segunda vida, a lo que él y sus coetáneos difundieron como una historia de imaginarios o como una historia de las “mentalités”. Ceñido a la impronta de Bloch, creyó, tal como su maestro hizo en Les rois thaumaturges, que era posible escribir la historia de una creencia. A eso agregó, más cercano del influjo de Lucien Febvre, el interés por la escritura biográfica. La Edad Media produjo suficientes individuos enigmáticos dignos de un rastreo exhaustivo para relatar sus vidas; se concentró en San Francisco de Asís y en San Luis, el rey-santo. La una no es tan lograda como la otra; su fascinación por el personaje no fue suficiente para lograr un relato consistente y quedó a mitad de camino en unos cuantos ensayos sueltos y desganados. Algo muy diferente fue su estudio riguroso que terminó en su biografía sobre San Luis que le ocupó unos quince años. Libro denso, redondo, meticuloso y uno de los mejores ejemplos de ese género híbrido, incómodo y sucio que se defiende con la denominación de biografía histórica.

Los intelectuales de América latina hemos tenido la buena o mala costumbre de acercarnos a la tradición académica francesa; nos gusta su sistema universitario más accesible y democrático que el nuestro; también más exigente en los rigores de la investigación y la escritura, y más sistemático en la búsqueda de difusión. Jacques Le Goff fue fiel representante de esa tradición de historiadores y escritores franceses; hombres de archivos pero también de escritura y de conversación ante los micrófonos. Con este medievalista aprendimos a hacer analogías y comparaciones que nos permitieron entender, por ejemplo, la vida intelectual de tiempos más cercanos a nosotros y también los enfrentamientos entre valores religiosos y valores laicos, otro conflicto muy contemporáneo. Jacques Le Goff nos ha legado una obra de historiador y de biógrafo, de estudioso de los cambios en las creencias colectivas y, también, de narrador de las vidas de aquellos que él llamó sujetos “globalizantes”.

Au revoir, monsieur Le Goff. 

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