jueves, 15 de mayo de 2014

Pintado en la Pared No. 105

Se fue García Márquez

Por: Juan Guillermo Gómez García

Se fue García Márquez. Mentalmente, se había ido hacía un par de años, sumido en esa nebulosa del reblandecimiento que lo aquejaba. Como ciudadano, lo habíamos perdido el día en que almorzó con César Gaviria, por allá en 1992. Pero como autor de La Hojarasca, El Coronel no tiene quien le escriba, La mamá Grande, Cien años de soledad, El Otoño del patriarca, El General en su laberinto sigue vivo, al menos, por unas cuantas décadas más, hasta que los lectores del futuro tengan que emplear los artilugios de la filología para tener que comprender el denso humor, la ironía corrosiva, las secretas lecciones de época que nos son a nosotros tan caras, tan hermosas, tan humanas. Pero ya será la momia el que les hable y tendremos a gabólogos como se tiene hoy a cervantistas.  

Es el destino de las letras: envejecer y caer en manos de expertos que les rindan culto como el cajero a los billetes que no son suyos y el sepulturero a las tumbas de muertos que no conocieron. Pero mientras envejece la obra literaria de García Márquez, precisamos volver a leerla, volver a discutirla, volver a disfrutarla, a envidiarla, salir inconforme de todo: de nuestra mancillada patria, de los horrores de sus escritores, de la impotencia que siempre nos ha distinguido. Pero aparte de esta relectura de Semana Santa, que marca su inhumación, estará la de Pascua.

Luego, en la próxima era de hielo cultural que se aproxima a pasos agigantados, millones de sus ejemplares tendrán su infamante destino. Al hacer limpieza de estantes de librerías públicas, se sacrificarán muchos de ellos cargados de polvo y hongos y ya sin lectores previsibles. Alguien, con todo, se perderá en las aventuras cíclicas del coronel Aureliano Buendía. Algunos querrán desposar con Fernanda del Carpio, y que les aproveche. Yo me desveló por la viuda de Montiel, que puede ser la viuda de Carlos Castaño. 

Ángel Rama nos enseñó a apreciar el sentido de la labor genética de prensa en El Universal de Cartagena y El Heraldo de Barranquilla para la definición de la vocación de García Márquez; Ernesto Volkening, a valorar la sobriedad lingüística de su obra temprana, El coronel no tiene quien le escriba, que peligraba ya en El Otoño… (luego vino el desbarrancadero con Crónica de una muerte anunciada y esa novela que parece imitar a sus malos imitadores y está como escrita por Isabel Allende, El amor en los tiempos del cólera); Don Klein, con su bibliografía descriptiva, a destacar la universalidad de sus lectores (incluimos las precisiones regañonas de Gustavo Ramírez); Rafael Gutiérrez Girardot, a redimensionar el humor como armas críticas y de corrosión y el arte magistral de la caricatura histórica (Miguel Antonio Caro es Fernanda del Carpio); o Jacques Gilard, que “datió” –con un cartesianismo casi vanidoso-, pero no comprendió al García Márquez de miembro del Grupo de Barrranquilla…

Como advierte Gilberto Loaiza, es mucho lo que debemos a hacer, investigar. Por empezar, a adquirir sus libros en las bibliotecas universitarias.     

Hay un documento -porque tiene las características de fuente histórica- que escribió García Márquez hacia 1988, para El País de España y que debe acompañarnos al tratar de descifrar el laberinto de nuestra violencia de los últimos veinte y cinco años. Se tituló: "¿Qué pasa en Colombia?". Es una crónica de su visita al Magdalena Medio, en compañía del presidente Omar Torrijos, sobre la situación de orden público hacia 1980. Turbay Ayala mostraba complacido a su homólogo panameño, las esperanzas que tenía en pacificar la zona con los grupos paramilitares que promocionaba su gobierno. La observación de Torrijos: "El remedio es más malo que la enfermedad".  

El buen lector de García Márquez será el que olvide sus metáforas. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores