martes, 20 de diciembre de 2011

Pintado en la Pared No. 61-Diccionario de conceptos políticos (Colombia, siglo XIX)

EL ARTESANO

La palabra artesano fue y es aún denominación equívoca; en el siglo XIX colombiano evocaba el fragmento letrado de los sectores populares, el más políticamente activo, el más próximo a los eventos electorales y el más propicio a alianzas esporádicas y volátiles con el notablato. Ha evocado una “vida cultural de tradición” (M. Agulhon, 1970: 6), una tradición que admitía, a veces de manera brusca y rápida, la adopción de temas ideológicos nuevos. Un grupo social cuya mentalidad era, aparentemente, “arcaica” hacía irrupción en el mundo republicano y compartía, además, los espacios de la opinión pública con las élites del conservatismo y del liberalismo hasta el punto de provocar inquietud. El historiador Malcolm Deas alguna vez dijo que la palabra artesano fue una forma de “auto clasificación política” que podía incluir a muchas gentes que “no hacían nada” pero que estaban siempre disponibles para actuar en la vida pública (M. Deas, 1993: 72).

El artesano osciló entre la perpetuación de los valores del antiguo régimen y la adopción de ciertos principios republicanos. Los artesanos reflejaron, en buena medida, la mezcla de antiguas creencias religiosas católicas, de las novedades del liberalismo y del socialismo e, incluso, con el transcurrir del siglo, agregaron formas de disidencia anticatólica, como el espiritismo y el protestantismo. Su participación en política osciló entre las lógicas aparentemente modernas de la representación política y la sumisión a relaciones clientelistas; y, también, entre el apoyo y el rechazo a la institución católica. En términos económicos, el artesanado simbolizaba la protección de oficios y pequeñas economías domésticas, sometidas a la competencia de las manufacturas extranjeras. Esto explica, en parte, el carácter efímero de sus alianzas con la dirigencia del liberalismo radical y las violentas reacciones anti-radicales en algunas regiones.

Los conservadores y los liberales se disputaron el apoyo de grupos de artesanos. Para los unos, se trataba de perpetuar el control de la religiosidad católica; mientras que para los otros se trataba de cimentar una sociabilidad política por fuera de la influencia religiosa y de obtener un apoyo popular para sus reformas modernizadoras. De todas maneras, las relaciones del artesanado con las élites conservadoras y liberales estuvieron marcadas por la desconfianza recíproca. Su vago socialismo, lo mismo que su cristianismo renovado y fundado sobre una visión igualitaria de la sociedad, fueron siempre motivo de inquietud, tanto para los notables liberales como para los conservadores. Podría también afirmarse que para el naciente mundo republicano y para los nuevos gobernantes, el artesanado constituyó, a la vez, un incómodo y necesario aliado. Más claramente, el artesanado de algunos países hispanoamericanos fue un sujeto social y político que obstaculizaba aquellas reformas inspiradas por el liberalismo económico pero, he ahí la incomodidad de tal sujeto, era a la vez el grupo social que recibía y difundía con mayor entusiasmo los ideales liberales de ciudadanía y de participación en la vida pública. Dicho en otras palabras, el artesanado era un grupo social que representaba una especie de arcaísmo pero, al mismo tiempo, era el grupo más próximo en la recepción y divulgación del lenguaje político moderno. De manera que no fue extraña en la América hispana, sobre todo a partir de la mitad del siglo XIX, la recurrencia de protestas de núcleos artesanales opuestos a medidas económicas liberales.

En Colombia, como en otros lugares de América latina, fue común la utilización electoral del artesanado por parte del notablato político. Los artesanos constituían una masa electoral o una clientela con la cual eran posibles y necesarias alianzas episódicas. En aquellos países donde predominaron las modalidades indirectas de participación electoral, la organización de juntas o clubes electorales se volvía decisiva para garantizar el voto favorable de aquellos maestros artesanos que sabían leer y escribir. El resultado fue una sociabilidad cuya composición social era diversa; en principio, era la convivencia asociativa de un elemento portador de valores tradicionales, el artesanado, con el lenguaje de la política moderna transmitido por una nueva generación de políticos.

Las mejores evidencias –que son pocas- de una sociabilidad artesanal previa a sus vínculos formales con las élites, nos llevan al decenio 1830. Alguna correspondencia dirigida al general Francisco de Paula Santander nos ilustra acerca de la utilidad de los artesanos en los momentos de movilización electoral, ya sea antes o después de unas elecciones; y también nos informa acerca de dónde solían reunirse o dónde eran buscados, con propósitos de agitación política, por los miembros del notablato. Los sitios de reunión de los artesanos eran los mismos de las gentes del pueblo: “los cafés”, “las tiendas, “las pulperías”, “las galleras”, “las plazas de mercado”. También se agolpaban al lado del taller de imprenta para que uno de los cofrades leyera en voz alta el periódico del día.

Para la élite, el voto artesanal era elemento precioso y, para el artesano, el acceso al sufragio lo habilitaba para exigir compromisos e, incluso, para exigir puestos públicos si su candidato resultaba ganador. En consecuencia, las épocas próximas a una jornada electoral eran tiempos de compromisos, de negociaciones entre potenciales sufragantes y electores con quienes iban a ser, también potencialmente, sus representantes. Los artesanos organizados exigían con frecuencia el debate público de las tesis de los candidatos antes de anunciar sus adhesiones; esos debates estaban acompañados por el florecimiento de publicaciones periódicas, lecturas públicas en voz alta, reuniones en episódicas pero decisivas asociaciones eleccionarias. La participación en la esfera pública mediante la competencia electoral les permitió a muchos artesanos, además, agregar a sus trayectorias la ocupación transitoria de cargos administrativos locales.

Ciertas profesiones fueron más proclives a una activa participación política: zapateros, talabarteros, ebanistas, sastres cuyos talleres estaba situados en el marco de una plaza; su formación autodidacta los volvió imprescindibles entre sus compañeros. Pero, sin duda, fue el impresor la principal categoría de artesanos por su papel intermediario entre el notablato que los contrataba y los artesanos que trabajaban en su taller. El impresor y su taller se consolidaron, en el siglo XIX, como el principal agente en la circulación de ideas. Al averiguar por estas figuras sociales del artesano, estamos más próximos de formas concretas de acción colectiva y la vaporosa palabra pueblo nos remite a un componente sociológico menos indeterminado. El pueblo dejó de ser principio abstracto de legitimidad y se tornó en una inquietante presencia en la vida pública mediante la acción de grupos de artesanos. La cultura letrada, además, tan selecta y excluyente fue poco a poco invadida por grupos esclarecidos de artesanos que habían encontrado en la escritura y la lectura un dispositivo de comunicación necesario y eficaz. Por eso encontraremos a varios de ellos inmersos en la fundación, dirección y redacción de influyentes impresos.

Bibliografía (no exhaustiva)
Alberto Mayor Mora, Cabezas duras y dedos inteligentes, Bogotá, Colcultura-Tercer Mundo, 1997.
Maurice Agulhon, La République au village, Paris, Librairie Plon, 1970.
Malcolm Deas, Del poder y la gramática, Bogota, Tercer Mundo Editores 1993.
Darío Acevedo, « Consideraciones críticas sobre la historiografía de los artesanos del siglo XIX », en ACHSC, n°18, 1991, p. 125-141.
Francisco Gutiérrez Sanín, Curso y discurso del movimiento plebeyo (1849-1854), Bogotá, El Ancora Editores, 1995.
David Sowell, Artesanos y política en Bogotá, Pensamiento crítico, 2006.

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