lunes, 4 de junio de 2012

Pintado en la Pared No. 70


Una medalla para Marichú
(o la triste suerte de la secretaria de la
Federación Colombiana de Atletismo)

En estos días de indignación por el maltrato a las mujeres recuerdo a una mujer que, quienes saben de atletismo en Colombia, la deben conocer. No es una atleta, no compite en grandes eventos, no se ha ganado ni una medalla de cuero, no aparece siquiera en los discursos de agradecimiento. No es favorita para ir a los próximos juegos olímpicos, ni siquiera es favorita para unas vacaciones bien remuneradas. Su trabajo, por casi veinte años, como secretaria de la federación colombiana de atletismo, se ha distinguido por ser silencioso, excesivo y muy mal remunerado. Se trata de María de Jesús Orozco, conocida cariñosamente como Marichú.

Ella ha corrido a su manera, llevando y trayendo pasaportes, consiguiéndoles visas a los atletas de alto rendimiento, a los directivos, a los árbitros, a los técnicos y a cualquier “lagarto”  atravesado. Ella ha corrido varias carreras de obstáculos para sobrevivir con un sueldo que apenas pellizca los dos salarios mínimos; ella está disponible domingos, festivos y nocturnos para preparar competencias, inscribir atletas, premiarlos, vestirlos, llevarlos a las embajadas, a los hoteles, a los aeropuertos. Marichú es la que sabe de los peores y mejores registros de los atletas, de sus enfermedades, de sus indisciplinas, de sus logros, de sus sufrimientos. Marichú lleva veinte años preparando maratones en Bogota, asesorando competencias en Cali y Medellín. Lleva veinte años aguantando jefes arbitrarios, parásitos politiqueros que se pasean por el mundo a nombre del deporte nacional.

Lo que ha logrado Marichú como “premio”, hasta ahora, es que su jefe quiera echarla de cualquier manera porque ya es una mujer vieja, cansada y enferma. Lo que ha logrado Marichú en sus carreras en nombre de la federación colombiana de atletismo es que pase más tiempo en los hospitales que en la oficina o en su casa. Se le acumularon las enfermedades provocadas por sobrecarga laboral y amenazas para botarla como si no mereciera nada. Marichú visita por lo menos tres veces al año la antigua clínica San Pedro Claver, en Bogotá, y allí le ha ganado varias maratones a la muerte. En este instante, mientras escribo esto, Marichú trata de salir de la clínica, después de una semana de nueva postración; pero no le pudieron dar de alta porque la federación colombiana de atletismo no se ha puesto al día en las cuotas de seguridad social; bueno, eso debía hacerlo la misma Marichú, pero era imposible que lo hiciera mientras estaba postrada llena de agujas y sondas en el hospital.

Siempre que veo una carrera con nuestros atletas, recuerdo que detrás de ellos, muy escondida y olvidada, hay una secretaria que les ayudó a estar ahí, listos, en la raya de partida hacia la gloria o el fracaso.



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