jueves, 4 de diciembre de 2014

Pintado en la Pared No. 114



México en una encrucijada

Han pasado más de dos meses sin que la sociedad mexicana sepa qué les ha sucedido a los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, estado de Guerrero. Hay unos cuantos detenidos sospechosos de haber participado, probablemente, en la masacre y desaparición de esos jóvenes. Todos los días los periódicos transmiten alguna novedad sobre el asunto, pero las autoridades judiciales y policiales no dicen nada certero al respecto. El Estado mexicano no ha podido o no ha querido decir qué les pasó a aquellos muchachos ni quiénes lo hicieron ni por qué. Y no se sabe qué es peor: que no quiera hacerlo porque fue, de algún modo, cómplice; o que no pueda hacerlo porque no tiene ningún control sobre las regiones. En todo caso, el gobierno de Enrique Peña Nieto camina en el filo de la navaja, se debate entre la complicidad, la ineficiencia y la impunidad. Complicidad, porque es ya bastante evidente que agentes del Estado tuvieron algún grado de participación en algún tipo de agresión contra los estudiantes; ineficiencia, porque la Procuraduría General de la República hasta hoy no reporta claramente ningún tipo de hallazgo ni averiguaciones que conduzcan a un rápido y certero desenlace del asunto. Impunidad, porque parece que hubiese una predisposición para encubrir autoridades de algún rango de importancia que intervinieron en un procedimiento violento contra los 43 muchachos.

La sociedad mexicana está indignada y no ha cesado de manifestarse. El tiempo parece que juega en su contra, mientras el gobierno de Peña Nieto cree que le favorece. Mientras más se tarda en alguna respuesta contundente del Estado, la sociedad podría tender a olvidar y desmovilizarse. Hasta ahora, eso no ha sucedido. Hay, quizás, una razón entre muchas que impide olvidar fácilmente: lo que ha sucedido con los normalistas de Ayotzinapa no es un hecho aislado ni excepcional; lamentablemente, hace parte de sucesivas masacres y desapariciones forzadas en varios estados de la república federal mexicana. La gente no habla solamente de lo que ha sucedido en el estado de Guerrero, sino de lo que ha venido sucediendo durante varios años y cómo se ha vuelto de sistemática la impunidad en todo el territorio mexicano.

Los jóvenes han sido los más activos en las protestas de los últimos meses y quienes, a la vez, mejor resumen el pesimismo colectivo que se escucha todos los días. Unos piensan que el modelo neoliberal que se entronizó en México terminó por criminalizar a la juventud y considerarla como un segmento social incómodo para los propósitos de la inversión extranjera; otros creen que las alianzas entre élites locales y grupos de narcotraficantes ven muy peligrosas las iniciativas organizativas de jóvenes que, como los de Ayotzinapa, tienen vínculos directos con grupos sociales y étnicos que han padecido los embates de la expropiación agrícola y la discriminación económica. 

El presidente Peña Nieto acaba de celebrar –si cabe el término en estas circunstancias- sus primeros dos años de posesión como jefe de Estado y de Gobierno. Las encuestas le recordaron que su popularidad es la peor en mucho tiempo para un presidente mexicano. Hasta quienes parecieran ser sus corifeos, critican el destemplado balance de su gobierno y la poca sintonía que tiene con los problemas que estremecen a la sociedad mexicana y que han provocado movilizaciones dentro y fuera del país. Hasta ahora él no es el único perdedor; el Partido de la Revolución Democrática también pasa por su peor momento. Una de sus figuras políticas fundadoras, Cuauhtémoc Cárdenas, ha renunciado en un intento de salvar, aunque tardíamente, su pellejo moral en la debacle de una organización política que olvidó sus orígenes y propósitos.

Nadie sabe decir en México cuál va a ser el resultado de lo que se ha venido acumulando en estos dos últimos meses; unos vaticinan desgaste, decepción y olvido; otros creen que habrá un movimiento persistente y ascendente que producirá sus propios líderes. En general, se cree que el país ya no será el mismo: será peor o será mejor.          

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