martes, 2 de agosto de 2016

Pintado en la Pared No. 143-La investigación en ciencias humanas (IV)

Más allá de un problema de investigación
Hallar un problema de investigación, saber formularlo y medianamente resolverlo suele ser parte de la rutina universitaria y deja como resultado un montón de monografías de pregrado de calidad muy desigual; unas merecen ser consultadas con alguna recurrencia, otras pasarán rápidamente a los anaqueles del olvido. Hasta el propio autor olvidará que alguna vez se interesó por un asunto más o menos minúsculo que le provocó algunas dificultades para graduarse en la universidad.
Uno puede hallar su problema de investigación como una actividad rutinaria y obligatoria que permite cumplir con algunas condiciones impuestas por las universidades; pero puede suceder que el problema de investigación lo halle a uno y se establezca una conversación que podrá prolongarse por mucho tiempo, más allá del cumplimiento de un trámite formal para obtener un título universitario.
A veces olvidamos que puede suceder que el investigador haga su problema de investigación  y que el problema haga al investigador. Este encuentro se vuelve crucial, aunque pocos lo perciban. Adoptar un problema de investigación puede entrañar una experiencia decisiva para buena parte del destino de un investigador. La adopción de un problema de investigación puede ser el inicio de una trayectoria definida y, por tanto, la construcción de la propia personalidad del investigador. En este mundo de la hiper-especialización, la elección de un problema de investigación es entrar en un microcosmos disciplinar, comenzar a hacer parte de una conversación en una comunidad científica muy particular.
Un problema de investigación escogido en un arduo proceso reflexivo puede significar, además, el inicio de un largo y sinuoso camino cuyos resultados y satisfacciones no se verán ni pronto ni todos los días. Un problema es una continua y prolongada conversación que forja la personalidad del investigador, lo somete a desafíos, a carencias, a debates, a derrotas y a pequeñas o grandes glorias, al reconocimiento momentáneo de sus hallazgos. Un problema es, muchas veces, la punta de un iceberg, un pretexto para agregar consecuentes y nuevas preguntas que necesitan alguna respuesta nuestra. Investigar, así, se vuelve un compromiso permanente en que cada día contiene una pequeña aventura.
Un verdadero investigador se descubre en esta situación. Si ha escogido un problema para salir del paso, para cumplir con un rito de la academia universitaria, para complacer las exigencias de un profesor, para no desentonar en un grupo, pronto abandonara su preocupación porque fue superflua. Una convicción débil está acompañada de una curiosidad muy superficial; allí no hallaremos nada sistemático ni permanente; estaremos ante alguien cuyas preocupaciones serán efímeras y sus aportes científicos muy discretos, por no decir que mediocres.
Un verdadero investigador se pule en las asperezas de cada día, quizás sin saber del todo en el lío que se ha metido. Llegará el momento en que comprenda que ha tomado una decisión definitiva para su vida, que cada avance lo ha comprometido y luego verá que su hoja de vida comienza a contener una personalidad; el investigador se ha vuelto especialista en algo muy determinado, está inmiscuido en una competencia entre amigos, enemigos y colegas. Varias veces habrá pensado en evadir su situación, en dedicarse a otros menesteres; sin embargo, su nombre propio ya es inseparable de un área de estudios y se sentirá irremediablemente atrapado.
Esas situaciones parecen muy raras, casos excepcionales que nutren muy de vez en cuando un microcosmos disciplinar; creo que no es así. Los casos son frecuentes y revelan personalidades jóvenes y talentosas; su impulso suele ser un reto para un sistema de investigación muy precario, como el nuestro. De modo que lo más posible es que muchas trayectorias investigativas queden truncas o forjadas en condiciones muy adversas. Todo ese entusiasmo de jóvenes investigadores se vuelve rápidamente amargura de decepción. Entonces del entusiasmo se tiene que pasar a la obstinación, a la pertinacia. Ese es otro aditamento, casi inesperado, en la formación de un investigador.    

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