Hoja suelta de opinión del profesor Gilberto Loaiza Cano. Licenciado en Filología, Master en Historia y Doctor en Sociología. Profesor titular del Departamento de Filosofía, Universidad del Valle. Premio Ciencias Sociales y Humanas, Fundación Alejandro Ángel Escobar, 2012. Línea de investigación: Historia intelectual de Colombia.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Pintado en la Pared No.150



El Tercer Congreso de Historia Intelectual de
América latina

Entre el 8 y 11 de noviembre tuvo lugar el Tercer Congreso de Historia Intelectual de América latina; su sede fue el Colegio de México. Luego del primer congreso en Medellín (2012) y el siguiente en Buenos Aires (2014), podemos hablar de una comunidad relativamente acostumbrada a reunirse para compartir experiencias, tradiciones y novedades en la investigación. Y, si usamos cierto vocabulario en boga, hay redes de investigadores que comparten sus preocupaciones específicas con alguna frecuencia. Aunque me adelanto a pensar que aún faltan mecanismos institucionales y buen carácter (al menos humildad) para poder conversar entre colegas de diferentes países.  
La Historia Intelectual es una relativa novedad en el campo historiográfico latinoamericano, es una vieja preocupación por las élites intelectuales y sus ideas que ha intentado remozarse en conversación con los aportes de la historia conceptual, de la historia política en la versión de los historiadores de la llamada escuela de Cambridge y del análisis del discurso según las sugerencias de método de Michel Foucault. A eso se agrega alguna mirada sociologizante al incluir el estudio de grupos, generaciones, sociabilidades y redes de intelectuales. Además, el vínculo entre intelectuales, vida intelectual y poder político parecen cobrar fuerza en los análisis de los jóvenes investigadores que han nutrido con su vigor, y a veces con su ingenuidad, todas las tentativas de remozamiento que confluyen en esta denominada nueva historia intelectual.
Es cierto que esta tercera reunión fue quizás la menos vital de todas, la más desigual en la selección de las mesas temáticas. En este tercero hubo ausencias notorias, poco o nada de Ecuador, Perú, Chile, Uruguay, Paraguay; una muy débil presencia, en número, de Brasil y quizás demasiado por parte de Argentina, México y Colombia. Esas asimetrías merecerán, tal vez, las necesarias rectificaciones para un futuro congreso, si lo hay.    
Será muy difícil superar el generoso primer congreso de Medellín, cuya hospitalidad con los invitados será, además, imposible repetir. Para nosotros, en Colombia, sigue el desafío de lograr círculos de investigadores más sistemáticos y de mejorar la calidad editorial a la hora de publicar los resultados de nuestras investigaciones. Buscar acuerdos de colaboración más asidua con los colegas mexicanos, argentinos o brasileros parece tarea infructuosa; quizás vale más el empecinamiento individual o las excepcionales amistades entre algunos. Mejor leernos que tratar de encontrarnos en algún lugar. Cada comunidad de historiadores tiene sus ritmos de trabajo bien establecidos, sus tradiciones más o menos bien definidas; a nosotros, en Colombia, nos corresponde perseverar en nuestro propio camino; luego, si es posible, conversar con aquel u otro colega de otros países, aunque después caigamos fácilmente en mutuos olvidos o desprecios.

Cuando los intelectuales estudiamos a los intelectuales, nos volvemos fácilmente sujetos y objetos a la vez. Algún día se estudiará por qué los pretendidos historiadores intelectuales latinoamericanos contemporáneos teníamos ciertas dificultades de comunicación y comunión, sobre todo cuando hacíamos congresos de Historia Intelectual.

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