lunes, 17 de abril de 2017

Pintado en la pared No. 153

Pequeña vida

"Con licencia del Superior Gobierno".

Por fin, un día, me aburrí de ver perder los domingos al Arsenal de Arsene Wenger, el perdedor más exitoso de los últimos veinte años. Su equipo, lleno de jugadores talentosos pero desperdiciados por un entrenador devorado por la rutina. La costumbre de fracasar con todos los medios a su alcance debe ser premisa de los mediocres. La hartura de esa situación repetida, amarrada a otras de nivel semejante de insignificancia en mi vida real, me hizo saltar de la modorra de mi suave sofá convertido en cama matutina casi todos los domingos.
¿Cuántos partidos de tenis he contemplado? ¿Cuántas finales de Wimbledon? ¿Cuántos resúmenes semanales de los deportes con goles en repetición industrial, con jonrones o nuevas marcas de velocidad en la pista de autos de fórmula 1 o cuántas disputas de un match-point y sus bolas increíbles? Tantos acumulados de celebraciones y de lágrimas por una derrota. Números organizados en estadísticas que hablan de nuevos registros en los cien metros planos de atletas masculinos, en la carrera de Indianapolis, en el circuito de Montecarlo, en la serie mundial de beisbol, en la liga de baloncesto norteamericano, en los ascensos a premios de montaña en el tour de France, en el giro de Italia, en la vuelta a España.
He contemplado varias generaciones de jóvenes sudorosos que superan antiguas marcas, que logran acumular años de imbatibilidad, seres portentosos de cuerpos atléticos que luego se desmoronan en el retiro, la vejez y el olvido. Otros que comprueban los avances tecnológicos en la fabricación de autos, de ruedas para bicicletas, de zapatillas para atletas. Hombres y mujeres fabricados en laboratorios de dopaje; competidores insaciables que buscan nuevas pruebas, nuevos triunfos, que conquistan milésimas de segundo o centímetros de altura o de extensión en un campo o goleadores que superan las fronteras de anotaciones en una temporada.
Todo eso ha hecho parte de mi vida de espectador que aprendió a recordar algunos nombres propios y volverlos parte de sus afinidades emocionales. Miro el uniforme del Arsenal y me siento un londinense dominical que espera el triunfo de su equipo, pero que regresa a la cruda realidad de la semana en que seguimos trabajando y consumiendo hasta que el espejo nos informe de la existencia de canas, calvicie, arrugas, enfermedades, deformaciones. La decrepitud de alguien que no ha vivido nada glorioso ni memorable. Vida repetida de todos los días sin nada sinuoso, sin grandes sufrimientos ni grandes triunfos. Vida acumulativa de horas pero sin experiencias, sin trascendencia. Individuo reproductivo, repetitivo, sin imaginación, sin intenciones de ruptura.
Hasta que un día reaccionamos como cuando tenemos que sacudirnos de un insecto desconocido que camina por nuestra espalda. Saltamos de la silla o de la cama y salimos a caminar sin rumbo, desorientados, perplejos. Nos hemos dado cuenta de la prolongada muerte en vida. Primer diagnóstico, ya tardío, que nos hace sentir miserables en el tumulto de gentes que van caminando hacia el centro comercial, la iglesia evangélica, el estadio, la fábrica, la universidad. El sentimiento de una vida sin muchas opciones, con expectativas limitadas; un individuo subordinado a jefes, reuniones, comités, compañeros de trabajo, parientes que nos llaman y visitan de vez en cuando. Un listado de pagos mensuales, fechas casi exactas, de vez en cuando la interrupción de una enfermedad, un accidente, un hundimiento depresivo. Pequeños paréntesis de flaqueza en la competencia de todos los días por ser al menos igual a un buen ciudadano o a un buen católico o a un correcto heterosexual o a un funcionario eficiente o a un buen esposo.
Tengo esposa, una compañera que duerme conmigo hace treinta y cinco años. Tranquila, hacendosa, buena en la cocina, lectora juiciosa, correcta en sus modales. Tiene la tenacidad de un ancla, me enseñó a vivir en un orden con ciclos de lavado, de planchado, de compras en días de promoción, de paseos en el auto. Vida sencilla sin excesos, sin defectos, sin grandes compromisos. Nada de militancias políticas ni religiosas; nada de aventuras en el sexo. Imaginación limitada a un buen gusto, parecido al de los platos que pone en la mesa. Todo debidamente distribuido y adobado, porciones justas, horarios establecidos.
Sin embargo, llega la saturación y la corrosión. Los muebles desfallecen, los cuerpos se agrietan, los dolores aparecen en zonas del cuerpo. Los pequeños olvidos se acumulan: el arroz sin sal, el jugo sin azúcar, las frutas se pudren en la mesa. Volvemos al restaurante donde nos han robado más de tres veces y decidimos nunca volver por enésima vez. Olvidamos los nombres de viejos rostros familiares y nos da vergüenza admitirlo.
Alberto Otaiza Gallion, Ciudad de México, marzo de 2016

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